MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Latinoamérica en clave Sci-fi

12.29.2009
Remedios, la Bella, en clave sci-fi. Fuente: marcianitos verdes

Edmundo Paz Soldán dedica su último artículo en La Tercera -recogido en su blog en Boomerang- a la antología de cuentos The Secret History of Science Fiction que acaba de publicar James Patrick Kelly y John Kessel. Lo más interesante del artículo aparece al final. Dice:

En la tradición latinoamericana no hubo tanta adherencia al género, y éste no logró consolidarse como un mundo autónomo, con sus propias revistas, críticos y premios. Por ello, la historia no es tan secreta. O al menos no debería: Holmberg, Quiroga, Lugones, Clemente Palma, Borges, Bioy Casares... La lista es larga, y sin embargo, la literatura latinoamericana -tanto críticos como lectores y autores- se empeña en aparentar que la ciencia ficción es cosa de otros. La ciencia ficción latinoamericana actúa como la carta robada de Poe: se halla escondida a la vista de todo el mundo

Tiene razón, sin duda. Ahora entiendo mejor novelas como Pedro Páramo o títulos supuestamente indigenistas, pero en el fondo mensaje cienciológicos, como El mundo es ancho y ajeno. Sin olvidar, claro, la abducción de Remedios, la bella, en Cien años de Soledad. Solo hay que averiguar de qué sistema planetario vino Melquiades para que Macondo nos parezca una novela realista que sucede en algún lugar, o alguna dimensión, distinta a la latinoamericana. Ahora sí que murió el realismo mágico.

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Paz Soldán sobre Alice Munro

12.21.2009
carátula del libro. fuente: el boomerang

Edmundo Paz Soldán comentó hace semanas uno de los libros más apreciados del momento en Estados Unidos, los nuevos relatos de Alice Munro presentados bajo el título Too Much Happiness aún sin traductor en castellano. Paz Soldán intenta entender el mecanismo de lo que califica como "mágicas máquinas narrativas" de Munro. Dice la nota en "La Tercera" y replicada en su blog:

Uno lee, por ejemplo, a Alice Munro en Escapada, y entiende que su estilo es lo opuesto a lo que quería Eco: sus cuentos transmiten una sensación de inevitabilidad. Como si las cosas sólo pudieran haber ocurrido de la forma en que Munro las narra. Todo fluye a la perfección, un hecho sucede al otro de la manera más natural e irrefutable del mundo. Si los críticos dicen de ella que es “nuestra Chejov”, no sólo se debe a que se enfoca en la vida anodina de pueblos y ciudades alejados de las grandes capitales —y muestra que, gracias a la densa vida interior de sus personajes, esa vida no es nada anodina--, sino a su maestría en el arte del cuento moderno. Los suyos son cuentos perfectamente cerrados a pesar de que muchas veces tengan un final abierto. Pienso en todo esto al leer el nuevo libro de cuentos de Alice Munro, Too Much Happiness. La prosa es excelsa, llena de detalles capaces de evocar emociones sutiles y matizar atmósferas con delicadeza, pero ¿se crea de nuevo esa sensación de inevitabilidad? En la mayoría de los casos, esta vez no. Igual, hay relatos magistrales, como "Fiction”, sobre la forma compleja en que los escritores utilizan la realidad para construir sus ficciones, con guiños irónicos a la condición de Munro como escritora sólo de cuentos: “How Are We to Live es una colección de cuentos, no una novela. Eso decepciona, disminuye la autoridad del libro, hace que el autor parezca alguien que se está colgando apenas de las puertas de la Literatura y no instalado adentro y ya a salvo”. En “Dimensions”, un hombre mata a sus hijos y termina en la cárcel, condenando también a su esposa a vivir con el peso de esas muertes; en “Free Radicals”, otro hombre mata a sus padres y a su hermana, entra a una casa a robarse el auto y perdona a la mujer con la que se topa ahí adentro (poco después, el hombre muere en un torpe acto de Deus ex machina; ese acto, por ejemplo, era perfectamente evitable). Es como si la Munro hubiera decidido trasladar a su mundo de clase media las tramas del universo más proletario de Joyce Carol Oates. Pero en la Oates hay una fiebre gótica que no se encuentra en la digna Munro. El tema de Munro en Too Much Happiness está explicitado en “Fiction”: la forma en que “la gran felicidad –temporal, precaria— de una persona pueda provenir de la gran infelicidad de otra persona”, con lo que la “contabilidad emocional del mundo” termina equilibrándose. Sí, estos cuentos repletos de personajes inestables aspiran desesperadamente al equilibrio y a veces lo consiguen. Munro sabe como pocos escritores que el mundo no se rige por la justicia cósmica; sin embargo, aquí se esfuerza por encontrar ese balance, y al hacerlo desbalancea el equilibrio interno de algunas de esas mágicas máquinas narrativas que son sus cuentos.

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Excesos del cuerpo

12.17.2009
carátula del libro. fuente: eterna cadencia

Muy tarde, cuando mi amiga Kat se ha ido ya de viaje rumbo a las parrillas de Buenos Aires, me entero de este libro que ha aparecido en Eterna Cadencia. Se llama Excesos del cuerpo y es una recopilación de textos sobre la enfermedad realizada por dos venezolanos: Nathalie Bouzaglo y Javier Guerrero. Algunos autores tenían que estar sí o sí, como Mario Bellatin o Alan Pauls, dos hipocondriacos de grado mayor. La presencia de Margo Glantz y Diamela Eltit se justifica por asuntos más literarios que hipocondriacos, creo. Otros, como el siempre atlético Edmundo Paz Soldán, me sorprenden. Dice la nota en Telam:

El libro reúne once voces latinoamericanas: Mario Bellatín, Sergio Chejfec, Victoria de Stéfano, Roberto Echavarren, Diamela Eltit, Margo Glantz, Lina Meruane, Sylvia Molloy, Alan Pauls, Edmundo Paz Soldán y Edgardo Rodríguez Juliá.Uno de los elementos que ponen sobre el tapete los compiladores es la centralidad que en las ficciones latinoamericanas adquiere la enfermedad -algo no muy explorado- y el hecho de que muchas veces la propia literatura se describe como una enfermedad.La convocatoria de la editorial Eterna Cadencia a participar de esta antología incluía una pregunta: ¿Cómo narrar la enfermedad? Y alrededor de este interrogante los escritores inventan una espesa trama de respuestas posibles.En "Ex", del argentino Alan Pauls, la enfermedad contagiosa es la que deviene de un pasado que resulta imposible dejar definitivamente atrás para las tres personas involucradas en esta historia.En "Colonizadas", de la chilena Eltit, los compiladores llaman la atención sobre la manera en que trabaja la enfermedad: "como metáfora de opresiones sociales, médicas, políticas, religiosas".El relato pone al descubierto "la imposición cultural" que constituye la figura de la madre y la "alienación que ello implica".La argentina Sylvia Molloy cuenta de una mujer que no puede recordar en un relato, "Desarticulaciones", que por ende se presenta como fragmentario. "La desmemoria da paso a la ficción sin límites", apuntan los compiladores: `Acaso esté inventando esto que escribo. Nadie, después de todo me podría contradecir`, dice la mujer sin memoria.Desde una perspectiva onírica Mario Bellatín, escritor peruano nacido en México, urde una narración donde se adivinan las intersecciones entre el cuerpo, el sueño y la enfermedad de la mano de un niño criado en una comunidad sufí.Sergio Chejfec elige la ausencia del cuerpo para su relato "Los enfermos", "que propone incluso a partir de la ironía de su título un desmantelamiento del cuerpo ante un mundo fascinado por las tecnologías y sus seductores poderes de invisibilidad", advierten Guerrero y Bouzaglo. Por el contrario, el puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá, en "Tu bata blanca, el pastillero mío, ambos trofeos", elige la representación de su propio cuerpo en el que "las enfermedades son las condiciones que anclan los recuerdos y relacionan el cuerpo con acontecimientos históricos significativos". La depresión se enseñorea en "Trazos oscuros sobre líneas borrosas", de la venezolana De Stefano, a través de la historia de un pintor que ha caído en una severa depresión, mientras que en "Mal de ojo", de la chilena Meruane, la enfermedad desorganiza la vida del que la sufre y de su entorno, al tiempo que en el texto se suceden las metáforas sobre la experiencia de ver. "Estaba solo a medias ciega. Y por eso acepté tu café y me lo llevé a la boca sin titubear, por eso incluso sonreí, porque, a pesar de todo. No podías ver lo que había detrás de mis pupilas, no podías calcular la gravedad de la hemorragia. Se te iluminaron los ojos y me sonreíste de vuelta. Y entonces pensé que sería fácil engañarte mientras estuviera tuerta", escribe Meruane. El tema del contagio, que sobrevuela la mayoría de los relatos de esta antología, es central en "Tres personas distintas. ¿Alguna verdadera?", de la mexicana Glantz. Según los compiladores, el relato hurga en una zona peligrosa "en la que se activa el terrorífico juego de las relaciones de poder: Los dientes son proclives a pensar el contagio e incluso la enfermedad, pero se activan con frecuencia cuando hay ganas de morder".

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Paz Soldán lee Summertime

12.03.2009
Carátula de la novela. Fuente: boomerang

La nueva novela de J.M. Coetzee, Summertime, publicada por Random House y que aún no ha sido editada en castellano. Se trata de una novela autobiográfica que estuvo nominada al Man Booker 2009. Seguro pronto la podremos leer por Mondadori. Edmundo Paz Soldán se adelanta en La Tercera y en su blog y nos dice qué podemos esperar:

Summertime tiene obvias relaciones con Infancia y Juventud, los dos relatos autobiográficos de Coetzee. Aquí, Coetzee rememora e inventa el período de la publicación de Dusklands, su primera novela. La Sud África que aparece en estas páginas es la del "fin de juego" del apartheid. En ese país deambula un Coetzee fantasmal, incapaz de dejar una impresión duradera en los otros: "Para mí, francamente, él no era nadie. No era un hombre de sustancia. Quizás podía escribir bien, quizás tenía cierto talento para la escritura, no lo sé... Sé qué se ganó una gran reputación después, pero, ¿era de verdad un gran escritor? Tener talento para la escritura no es suficiente para ser un gran escritor. Para ello tienes que ser también un gran hombre. Y él no lo era. Él era pequeño, un hombre pequeño y sin importancia". Las palabras son de Adriana, una de las entrevistadas, condensan brutalmente lo que de una manera u otra dicen los otros de Coetzee; como un santo secular que encuentra placer en la humillación, el escritor flagela constantemente a una versión de sí mismo. En la novela, lo único que le interesa a Coetzee es la escritura: sus libros son, serán "un intento de inmortalidad". El dilema ético de Summertime es, entonces, el abismo moral que separa a la vida del arte. Ya hemos visto este debate repetidas veces--¿podemos disfrutar las novelas del fascista Celine?--, pero Coetzee lo lleva a un plano radical: visto bajo un poderoso microscopio, ningún artista está a la altura de su obra. Coetzee ha encontrado formas de no hundirse en la irrelevancia que ataca a los escritores apenas ganan el premio Nobel. Summertime no es Esperando a los bárbaros ni Vida y época de Michael K., pero tampoco desentona en una obra que se erige, a pesar de lo que diga el propio Coetzee, como una de las más ambiciosas de nuestro tiempo.

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Inventar América

12.01.2009
Amanda. Buenos Aires (2005) y Il piccolo vapore, La Boca, Bs. As. Argentina (2007). Fotografía: Marcos López. Fuente: Babelia

El último número de Babelia está dedicado a recordar los 200 años del "arranque de las independencias" en América Latina. "Inventar América" es la consigna, y pensar en ella también. Para eso, se ha convocado a un grupo de intelectuales, algunos de ellos narradores, para que escriban sobre América Latina. Destaco los artículos de Caros Fuentes, Edmundo Paz Soldán, Horacio Castellanos Moya, Santiago Roncagliolo y Martín Caparrós. Por otra parte, en el mismo número Carlos Monsiváis comenta los resultados de una encuesta realizada entre un centenar de personalidades de América Latina sobre quiénes son los 10 personajes que sintetizan mejor al Continente, con todas sus virtudes y contradicciones. Los constructores del concepto América Latina. Los 10 elegidos, en orden, son los siguientes:

Simón Bolívar

Fidel Castro

Ché Guevara

José Martí

José de San Martín

Benito Juárez

Jorge Luis Borges

Gabriel García Márquez

Emiliano Zapata

Andrés Bello

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Lorrie Moore come zanahorias

11.12.2009
Lorrie Moore. Fuente: flavorwire

Vestida de negro, Lorrie Moore está sentada en esa terraza de un bar-restaurante, con una tira de zanahoria entre los dedos como si fuera un largo cigarrillo que se lleva a los labios, al mejor estilo de las antiguas estrellas del cine. Mira a los ojos, y suelta el humo invisible para reconocer: "Sí, en esta novela he tratado de reflejar el mundo surgido en mi país después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Es un pequeño golpe bajo a la vida estadounidense", y cierra su actuación hollywoodesca dando un mordisco a su colorido cigarrillo. Así empieza la excelente crónica que Winston Manrique Sabogal ha hecho de una visita a Lorrie Moore, la autora del libro más comentado del año en EE.UU., Al pie de la escalera, editado en castellano por Seix Barral. Y aunque algunos narradores latinoamericanos como Edmundo Paz Soldán y Rodrigo Fresán han coincidido en que la mejor Moore no es la novelista, sin duda las virtudes de la escritora (su sensibilidad, su fragilidad, su humor sarcástico) están presentes aquí como en Anagramas u Hospital de ranas, sus otras novelas. Copio aquí algunos momentos de la extensa crónica publicada el fin de semana pasado en "Babelia":


En su crujiente compañía, Moore recuerda que ganó a los 19 años un concurso de cuentos en la revista Seventeen. Y cómo ahora, 33 años después, ha publicado tres libros de relatos, acaba de editar su tercera novela y es miembro de la Academia de las Artes y las Letras de América desde 2006. No sabe muy bien qué ha cambiado en la literatura, ni en la suya en particular, en todo este tiempo. Lo único claro es que ahora tiene un hijo adolescente, se ha divorciado y se han mudado del Este al Oeste, a la mitad de Estados Unidos. "Aquí hay un muy buen resumen de la sociedad estadounidense. Al principio no era consciente de eso, de todo lo que había aquí, y ahora estoy tratando de reflejarlo. Éste es un micromundo del país con todos sus microambientes políticos, culturales, sociales y de sueños". Calla un instante y su voz pausada encuentra un punto de cambio como narradora: "Antes, cuando era más joven, escribí mis dos novelas, Anagramas y El hospital de ranas, sobre mujeres mayores, y ahora que ya soy mayor escribo sobre una mujer joven", y se interrumpe con una risa clara y dosificada. "Eso quería hacer en esta novela. Quería contar estas cosas como un resumen de Estados Unidos".
¿Acaso la tan mentada y esperada gran novela de la sociedad estadounidense del siglo XXI?
Silencio...
Al pie de la escalera tiene más dosis de su humor envenenado, a veces usado por sus personajes como escape al dolor, mientras se explaya en las descripciones del ambiente y las psicológicas de personas puestas en un cruce de caminos frente a temas como los prejuicios en torno al racismo, la inmigración, la adopción, las nuevas familias, la religión, los miedos modernos, la guerra, la desolación de ciertas pasiones y la culpa y la expiación. Un paisaje devastador que descubre Tassie Keltjin, una joven universitaria, en su travesía hacia la vida de verdad, teniendo como fondo la larga y oscura estela del 11-S y la guerra de Irak.
A Moore no le queda la menor duda de que no somos impermeables al tiempo. A su arte para moldear las vidas solapadamente, y a pesar de quien sea. "Las cosas cambian, las ideas cambian, las familias cambian. Las cosas que importan en el mundo. Y ahora resulta que ese paradigma que teníamos en Estados Unidos de la sociedad inmigrante se ha roto. Eso me ha llevado a abordar este tema que es fundamental. Antes, mis dos primeros libros hablaban de la familia. Cada libro es diferente".
Su aproximación y percepción de la gente y la manera como refleja sus relaciones personales y sentimentales en sus libros ha variado. Y para demostrarlo toma prestada una frase de unos amigos que le han dicho: "Lorrie, tú escribes todo el tiempo sobre los sentimientos mutuos entre hombres y mujeres; pero ahora te preocupas de cómo las mujeres fracasan unas con otras", y termina subiendo las cejas.
Cuando la luz empieza a tornarse bronceada, y a regalar los últimos haces de sol danzarines, Lorrie Moore, con el cigarrillo-zanahoria entre los dedos, reconoce el alcance que quiere darle a su novela; la de una obra que represente y retrate el mosaico de la sociedad estadounidense del nuevo siglo XXI, engendrada súbitamente tras los atentados terroristas de Al Qaeda en 2001 en Nueva York y Washington. Le gustaría que Al pie de la escalera fuera una especie de espejo en el cual se pudieran mirar sus compatriotas. Porque de ese suceso procede la nueva sociedad que ella describe. De ahí que defina la novela como "un pequeño golpe bajo a la vida estadounidense", tras lo cual suelta el humo invisible de su cigarrillo-zanahoria.


(...)


...Y Lorrie Moore estira la mano hasta el centro de la mesa donde está el Rilish para coger otra tira de zanahoria y volver a jugar, entre risas, a la fumadora glamourosa de los años treinta. Ya no hay sol. Sólo una luz cobriza que lo baña todo bajo el susurro de la parra movida por la brisa como preámbulo a sus ideas sobre los miedos contemporáneos que palpitan en Al pie de la escalera.
Insiste en el temor ante la desconfianza o descalificación que ahora se da a alguna persona según su credo. Miedos individuales y miedos colectivos que parecen acorralar a la gente en su novela. "Cada generación tiene su colección de nuevos miedos", reconoce resignada. "Es también una forma de confrontar el mundo. De cómo tú miras ese mundo y cómo tú sacas lo que tienes para salir adelante en la vida. Cada uno de nosotros asumimos unos temores, es interesante, y son diferentes sus grados en cada persona".
Aunque en el camino se han perdido cosas que no comparte, como cambiar privacidad por seguridad. "Cuando John Kerry dijo que se debía tratar como una cosa más, yo estaba de acuerdo, pero cuando lo pusieron más grande y lo exageraron lo convirtieron en un problema. El terrorismo es una manera de manipular a la gente".


(...)


Y para que todo encaje, Lorrie Moore tiene que inventarse un mundo perfecto para su obra, acorde a lo que va a contar. Sin olvidar, recuerda, que también tiene que traer a él cosas del mundo real, que es lo que al final contribuye a hacerlo creíble y verosímil. Reconocible para el lector. En su caso, con temas cotidianos poblados de personajes cuyos mundos interiores ella muestra como seres a veces inconformes o amordazados o devastados por frustraciones, desencuentros o sueños.
Sus manos, que a veces acompañan a sus palabras, aquí ganan protagonismo. Confiesa que no piensa en el humor cuando escribe. "Las cosas tienen humor en sí mismas. Es cuestión de saber verlo. En esta novela creo que no hay mucho, pero mi editor me dijo que era muy graciosa", y sonríe perpleja porque no termina de entenderlo.
Cuando intenta explicar la procedencia de su ironía y de aquello que parece políticamente incorrecto, manda atrás su brazo izquierdo, que se topa con una ramita de parra descolgada como una serpiente que le hace girar rápidamente la cabeza. Se percata de lo que es, sonríe y sube las cejas mientras dice que "es importante la interacción que tienen las personas, mostrar el mundo interior y exterior del individuo. Arrostrar dichos mundos. En el cine es difícil hacer esto, pero en la literatura se puede hacer con tres o cuatro frases".


(...)


Así, entre la crianza, la mudanza, las clases y la adaptación a la nueva vida en Madison, a finales de los noventa, empezó a concebir Al pie de la escalera con algún rasgo autobiográfico. La escritura llegó después del 11-S. Luego tardó un año en arreglar lo escrito porque lo que pretendía era que la novela reflejara el mundo surgido de allí. Mientras tanto la gente se preguntaba dónde estaba la autora de Pájaros de América. Y ahora que ha vuelto, después de once años sin publicar, lo dice: "Me he repartido entre varios quehaceres. En un año pensé que ya tenía toda la novela en la cabeza, pero resultó que eran únicamente 50 páginas. Y, encima, la historia era muy triste, así que tuve que rehacerla. Además he publicado cuentos en revistas como The New Yorker y en The Guardian".
Una hora después, dentro del restaurante, al final de la cena, Lorrie Moore lee el comienzo de su novela en inglés como en un recital secreto... Luego pregunta cómo suena en su traducción al español. Se recuesta en la silla, y escucha atenta: "El frío llegó aquel otoño y a los pájaros cantores los cogió desprevenidos. Cuando la nieve y el viento empezaron a ser intensos, demasiados habían sido engañados para quedarse, y en vez de partir hacia el sur, en vez de haber volado ya hacia el sur, estaban acurrucados en los jardines de las casas, con las alas ahuecadas para conseguir un poco de calor...". Sonríe... Le gusta lo que ha escuchado en un idioma ajeno al suyo. El sonido de ese comienzo cuya imagen presagia la historia por venir.

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Roth masticado

11.06.2009
Ilustración: Neal Fox/ The Guardian

The digested read de John Crace se une a la campaña de demolición, emprendida por Edmundo Paz Soldán en The Boomerang, contra la última novela editada de Philip Roth, The Humbling. En su último número, comenta la novela poniendo énfasis en que la mediocridad súbita, la desaparición de talento y la impotencia creativa (que quiere ser reemplazada por potencia sexual) del personaje de la novela, enmascara apenas al verdadero protagonista: Philip Roth. La frase final: "It was him or me." Sin embargo, el verdadero cuchillo está en el penúltimo párrafo cuando escribe: ""I've had enough of this," Pegeen said, echoing every reader's thoughts." Se maleó. Me he reído mucho. Como sea, le dedico este post a mi querido Edmundo, el nuevo machetero de las reseñas literarias en castellano.

He'd lost his magic. The impulse was spent. Perhaps not the wisest admission from someone who has spent the last decade writing the same book, but the truth nonetheless. Simon Axler, let's call him Simon Axler, had never failed in the theatre, let's call it theatre; everything he had done had been successful. But now, at the age of 65, he couldn't act. He had failed as Prospero and Macbeth at the Kennedy Centre and going on stage had become agony.

His wife Victoria had left him and he sat at home contemplating suicide. The worst of it was that he saw through his breakdown and doubted it was genuine. Yet he had himself admitted to a psychiatric hospital where he was – naturally – befriended by an attractive woman.

"My husband has done vile things to our daughter, Philip," Sybil said.

"It's Simon, not Philip."

(...)

After his release, Axler had retreated to his farmhouse in upstate New York and it was there that Pegeen had visited him. Her parents were old friends and he had known her since she was a baby, suckling at her mother's breast. Now she was 40, a lesbian teaching at a progressive women's college in Vermont. "Have you ever slept with a man?" he asked.

"Not for more than 20 years," Pegeen replied. "But there's something about your arthritic body I find irresistible."

"I can only make love if you're on top of me because my back's playing up," he said, fondling her heavy breasts.

"You're a smooth talking lesbo-converter, Philip . . ."

"It's Simon."

"Whatever. No one else could make me want cock."

He started to buy her expensive lingerie, and though it grieved him that her parents were concerned about the age gap between Pegeen and him, he was greatly cheered up when her former lover Louise turned up at his house distraught with grief. "Why has she left me?" Louise cried.

"Because it's my book and in my books younger women always want to have sex with me."
She had now become insatiable. "As it's you, Philip, I mean Simon," Pegeen had said, "I'm up for the full range of dirty-old-man sexual fantasies. Bring on the anal sex, the dildos, the strap-ons and the threesomes with another girl with a shaved bush."

(...)

Simon picked up the newspaper. Sybil had killed her husband. Was it bravery or madness, he wondered briefly, before returning to his sexual reveries. Given another few sessions with five babes all gagging for him, he might even return to the theatre. Perhaps he should make things more permanent with Pegeen. He phoned the clinic to book a sperm motility test. "I've had enough of this," Pegeen said, echoing every reader's thoughts. "I'm off."

He sobbed uncontrollably. Her parents had conspired against him. Tracy had conspired against him. The world had conspired against him. He should have played this paragraph for laughter, instead of pathos. Yet the notion of the absurd barely penetrated. He thought of Sybil. He thought of the final lines of The Seagull. He pulled the trigger.

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¿Se equivocó Roth?

11.04.2009
Carátula de la novela. Fuente: theoxenofthesun

Es un lugar común decir que Philip Roth, con el tiempo, se vuelve cada vez mejor escritor. Yo comparto ese lugar común y, de hecho, me conmueven mucho más sus últimas novelas (pese a que podrían ser consideradas "menores" por la extensión) que las anteriores. Quizá Edmundo Paz Soldán está de acuerdo conmigo. Sin embargo, acaba de leer la nueva novela de Roth, The Humbling, y al parecer hubo una desbarrancada. ¿Se equivocó realmente Roth? Edmundo suena muy convincente y sus argumentos son puñetazos. Tendré que esperar qué dice Peter Elmore, otro fan de Roth, para la contraparte. Esto no acaba aquí, señores. Dice la nota en "La Tercera", reproducida en su blog en El Boomerang:

[...] ¿qué hacemos con The Humbling, la novela que Roth acaba de publicar? Aceptar que el novelista de Newark también se equivoca, y que esta obra no es menor ni residual, sino, simplemente, mala. Comienza con una gran idea: Simon Axler, un actor teatral de renombre, ha perdido de la noche a la mañana su talento para la actuación (la analogía con el Roth de esta novela puede ser fácil). Aunque no se exploran las razones de esta pérdida, aquí hay suficiente material para iniciar una reflexión narrativa sobre la creatividad y sus misterios. Sin embargo, lo que hace Roth es, literalmente, retirar de escena a Axler, hacer que se vaya a vivir al campo, y que se reencuentre con Pegeen, una ex-amiga lesbiana. De pronto, estamos en típico territorio de Roth: Axler conquista a Pegeen, se exploran los impulsos oscuros de la sexualidad, y la fantasía erótica se convierte en aliciente para que el hombre pueda reconectarse consigo mismo y recuperar su talento. El problema es que la forma en que todo está narrado no tiene suficiente carne para ir más allá del sueño mojado de un hombre mayor, con vibradores, látigos y encuentros entre tres en la cama: "It was as if she were wearing a mask on her genitals, a weird totem mask, that made her into what she was not and was not supposed to be. She would as well have been a crow or a coyote, while simultaneously Pegeen Mike". Hay pocas cosas más cómicas que una escena de sexo mal narrada. Ni siquiera provoca mucho la provocación de Roth -una lesbiana puede volver a interesarse en el sexo opuesto si encuentra a un hombre con la potencia adecuada.Roth siempre confió en la fuerza de su historia. En The Humbling parecen haberle entrado dudas, y por ello necesita reforzar ciertas frases con signos de admiración, como para hacerle ver al lector que lo que está narrando es importante: "Everything he wanted, she was preventing him from having!" "No, he would not be defeated by these two mediocrities. He would not be a boy overcome by her parents!" No hay muchas sorpresas en el desenlace, y queda la insinuación de que los grandes nunca están vencidos del todo. De modo que esperemos Némesis.

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Fresán sobre Lorrie Moore

10.27.2009
Lorrie Moore. Fuente: the guardian

Edmundo Paz Soldán, al mejor estilo lapidario de John Crace, dejó en el status de su Facebook una breve -pero suficiente- crítica a la nueva novela de Lorrie Moore: "Leyendo a la novelista Lorrie Moore. Extrañando a la cuentista Lorrie Moore". Acaba de aparecer la novela en castellano bajo el título Al pie de la escalera, editada por Seix Barral, y en el ABCD las Letras Rodrigo Fresán la reseña de inmediato. Y al parecer, comparte la opinión de Paz Soldán. Una pena, porque yo espero mucho, muchísimo de Lorrie Moore (y Hospital de ranas me encantó). Pero si la comparan con Chandler de Friends me fregaron. Difícil sacarse esa imagen. Dice Fresán:

(...) ahora es el turno de la joven veinteañera Tassie Keltjin: hija de una familia despareja, enamorada de un cada vez más inquietante falso brasileño, y atrapada en la vertiginosa órbita de un matrimonio disfuncional que la emplea como canguro todo terreno y la involucra en las maniobras de adopción de una pequeña afroamericana mientras, ahí afuera, se suceden los días que van del 11-S a los inicios de la invasión de Irak. Y Tassie se mueve de un lado para otro y no deja de contarnos lo que sucede a su alrededor con los modales de una virtual Lady Seinfeld. Es decir: como si estuviera sobre el escenario de un club nocturno como experta stand-up comedian pero, al mismo tiempo, aquejada del mismo síndrome que sufre el Chandler Bing de la serie Friends. Es decir: Tassie (y Moore) no puede dejar de hacer chistes. Sin parar. Varios por página. Y -se sabe- no todos los chistes son buenos. El problema es que Moore (Tassie) no parece o no quiere darse cuenta de ello. Y esta irrefrenable adicción a disparar one-liners en ocasiones da en el blanco y, en otras, hiere a alguien que pasaba por ahí. Dicho esto, Al pie de la escalera pone en evidencia el hecho de que Lorrie Moore es una cuentista genial y, apenas, una muy buena novelista. (...) Al pie de la escalera es, sí, la muy esperada primera «novela-novela» de Lorrie Moore y, como tal, se disfruta mucho pero no termina de conformar del todo. Resultan admirables los tramos en los que Tassie se relaciona con Sarah -la inminente madre adoptiva a la que no puedo sino imaginar con el rostro y el nerviosismo de otra Moore: Julianne; Zooey Deschanel, de paso, sería una perfecta Tassie-, pero no parecen tan logradas las escenas en que la protagonista regresa a su hogar o conversa con sus amigas o con su hermano «marca Salinger». De este modo, en buena parte del libro, todo parece fluir con un curioso ritmo entre insomne y sonámbulo mientras, entre ocurrencia y ocurrencia (impagable el apunte sobre la falta de un editor y corrector de pruebas al «Génesis» de Dios), uno comienza a intuir que oscuras nubes se acercan desde el horizonte, que todo lo que hemos vivido hasta ese momento no es más que la calma que precede a una tormenta. Y el último tramo de la novela -truenos y rayos- es una densa y monstruosa sucesión de catástrofes sin anestesia que dejan a Tassie girando en falso pero no por eso privándose de soltar alguna broma fuera de lugar. Los lectores piadosos y comprensivos dirán que la indefensa Tassie utiliza el humor como mecanismo de defensa. Pero -insisto- basta recordar la elegancia con que alguien como Anne Tyler (o la misma Moore en su cuento antes citado) le abre la puerta a la desgracia para comprender qué es lo que no acaba de funcionar en Al pie de la escalera. La inequívoca sensación entonces es que el libro se ha escapado de las manos y de la cabeza de Moore y, como Tassie, después de tropezar, ha caído rodando por los escalones.Y quizás todo esto suene más ominoso o negativo de lo que en realidad es. Recapitulemos: esta no es una mala reseña sino una reseña desilusionada; y Al pie de la escalera no es un mal libro sino un muy buen libro que podría haber sido una obra maestra y no lo es. Uno de esos libros que vuelven a poner de manifiesto la insalvable distancia que hay entre el ingenio (Moore fue genialmente ingeniosa en Autoayuda) y el genio (Moore fue ingeniosamente genial en Pájaros de América).

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Reacciones al Nobel

10.09.2009
Fuente: la tercera

Obviamente, el Premio Nobel a Herta Muller ha dado lugar a innumerables reacciones. La mayoría ha enfatizado la sorpresa ante una autora de celebridad más bien discreta, frente a autores de talla universal como Amos Oz, Philip Roth, Mario Vargas Llosa o Joyce Carol Oates. Otros, han declarado que sigue la lógica de los "descubrimientos" políticamente correctos de la Academia. Yo dejo aquí tres reacciones especialmente interesantes para este blog. La primera, de Gustavo Faverón en su blog "Puente Aéreo":


No sé cómo es la cosa en el resto del mundo, pero diré que en los dos países que mejor conozco la adjudicación del Nobel de Literatura concita más atención por las especulaciones previas que por las consecuencias, y sólo cuando el premiado gozaba de cierta fama antes de la nominación su aura crece y resplandece un tanto, post-Nobel; mientras que quien era oscuro anteriormente, vuelve a la oscuridad en poco tiempo. Herta Müller se merecería una fama mayor y se merecería, sobre todo, que su obra no llamara la atención por la decisión de los académicos suecos, sino por su búsqueda impenitente de un lenguaje que sirva para expresar el constante y obsesivo tema que la informa: la violencia indiscriminada y sin embargo discriminatoria de las dictaduras (en su caso, la que le tocó sufrir en carne propia: la de Nicolae Ceausescu).

Luego, una reacción más descreída de Edmundo Paz Soldán publicada en "La Tercera" y republicada en su blog donde habla de una "legitimidad en crisis":


Hubo un tiempo en que el premio Nobel de Literatura tenía una vocación decididamente universal. Pero en los últimos quince años los miembros de la academia sueca han decidido convertirlo en una suerte de premio para escritores europeos. Es cierto que en esos años lo ganaron Coetzee, Naipaul, Cao Xingjian y Pamuk (Turquía es una nación euroasiática), pero los otros once han sido europeos. De esos, algunos han sido nombres acertados, como Szymborska, Grass o Heaney; otros, sin embargo, son escritores de rango más limitado, como Le Clézio o Fo. (...) Está bien que un premio pequeño aspire a convertirse en referente; más raro es lo del Nobel: un gran premio que decide empequeñecerse por cuenta propia. Puestos a hablar de europeos, la literatura universal no pasa hoy por Kertész o Jelinek, escritores que le hablan a una parroquia limitada, sino por, entre otros, Marías y Kadaré y Lobo Antunes, cuyas propuestas estéticas son renovadoras y abren puertas para la literatura de este siglo. De lo que se trata es de abrir el mapa, de ampliar la mirada. No es necesario premiar a escritores muy conocidos como Murakami, Roth o Vargas Llosa. Si le dieran el premio a Adonis o Assia Djebar, también estaríamos felices. Nos haría sentir que el Nobel puede acertar en grande, y no sólo mirándose a su propio ombligo.

Y en "The Guardian" aparece un comentario de Martin Chalmers, traductor al inglés de la autora, quien declara que no solo se ha premiado a una autora extraordinaria sino que con este Premio se expande nuestra visión sobre Europa. ¿Por qué no?:

Herta Müller experienced a double exile from her home in the village, and from her land, Romania, even before she left for Germany in 1987. In a reportage, written before that, about a journey to Maramuresh in northern Romania, she comes across a monument to the deported Jews of the region. She notes: "No guidebook mentions the monument. I am humiliated by my German father and further demeaned and cheated by the silence of Romanian history." The title of the piece is "Everywhere, where one has seen death. A Summer Journey to the Maramuresh" and not until the very end is the sentence completed: "Yet, everywhere, where one has seen death, one feels a little bit at home." It's not a comfortable vision that Müller presents in her novels and essays, but few other contemporary writers can match her understanding of the totality and corrupting effect of dictatorship - and still fewer are able to do so in words that are at once so poetic, that get under the skin and lodge in the mind of the reader. In awarding the 2009 Nobel prize for literature to Herta Müller, as well as rewarding an outstanding writer, the Swedish Academy is, I think, doing two things. It is once again challenging the self-satisfied Anglo-centrism of the English-language publishing business, with its rather narrow definitions of what constitutes good writing, and it is widening our ideas of Europe. And it is perhaps in its failure to engage with European literatures that the English culture, for all the advantages of the global reach of the English language, shows itself at its most provincial.

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Sumalavia: Taller Literario on line

8.31.2009
Fuente: emudesc.net

"No necesitas cumplir ningún pre-requisito, salvo tus ganas y pasión por escribir" dice Ricardo Sumalavia en la página web de su Taller Literario On Line "La Cueva" que ha dado un salto cualitativo y se ha convertido en un taller literario internacional con profesores como Guadalupe Nettel, Alejandro Zambra, Andrés Neuman, etc. Comienza el 5 de setiembre así que hay que apurarse con las inscripciones. Les dejo la información:

Muy pronto se dará inicio el nuevo Taller Virtual de Narrativa enfocado a la escritura de cuentos. Por supuesto, la propuesta de este taller apoya perfectamente a la escritura de novelas.Las sesiones estarán coordinadas por el escritor peruano Ricardo Sumalavia. En esta oportunidad el taller se dinamizará todavía más con la presencia de escritores invitados de reconocida trayectoria, como Santiago Roncagliolo (Perú), Andrés Neuman (España-Argentina), Alejandro Zambra (Chile), Fernando Iwasaki (Perú), Guadalupe Nettel (México), Edmundo Paz-Soldán (Bolivia), Ana María Shua (Argentina) e Iván Thays (Perú), entre otros.

Además, su formato online permitirá desarrollar un verdadero taller internacional de narrativa.

No necesitas cumplir ningún pre-requisito, salvo tus ganas y pasión por escribir.

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Mayra Santos Febres: universal y privada

4.02.2009
Mayra Santos Febres presentando su libro de cuentos para niños con sus dos inspiraciones: Ernesto (hijo de su carnal Melanie Pérez Ortiz) y el travieso Lucien, que está enorme. Foto: mayrasantosblog

He tenido la suerte de leer en versión pdf Fe en Disfraz, la nueva novela de Mayra Santos Febres. Hace poco estuvo en Puerto Rico Edmundo Paz Soldán para presentar la novela, lo que no pudo ser porque la editorial Alfaguara no tuvo los ejemplares a tiempo. Espero que el impase se haya solucionado porque estamos hablando, ni más ni menos, que de la mejor novela de Mayra y eso no es poco decir para quienes conocemos sus extraordinarios libros. Ya Edmundo adelantó algo sobre Fe en Disfraz en su blog, al decir sobre ella: "(...) nos descubrirá a una Mayra capaz de dialogar con un texto clásico (Aura) para su concepción del tiempo, y que ha logrado una novela que es a la vez histórica y contemporánea. No es poco. Si a eso le añadimos una visión fascinante del encuentro sexual como un combate violento, con un erotismo no exento ni de masoquismo ni de sadismo, la mesa está servida". Por lo pronto, podemos leer a Mayra en el suplemento "Babelia" un lúcido artículo -con la misma calidad con la que esta mujer increíble escribe libros, compone salsas, cría a sus hijos, enseña sus clases, quiere a sus amigos y hasta baila bomba, caray- sobre la universalidad en la literatura latinoamericana. Dice:

Para nosotros, los que vivimos de este otro lado del Atlántico, ser universal implica haber leído y hasta saberse de memoria toda la literatura clásica (que no está mal), a Dante y a Boccaccio, a Cervantes y Goethe, a Thomas Mann, Sándor Márai y a la generación del 27, más toda la literatura de Latinoamérica. Y, si para colmo, resultas ser negra o mujer como yo, lo universal se vuelve complejísimo. Aparecen cánones alternos de lecturas obligadas: el feminista que encabezan Virginia Woolf y la Beauvoir, el afrodiaspórico, con Wole Soyinka, Ben Oki, Toni Morrison y Tzitsi Dangarema, pasando por Coetzee, Nadine Gordimer. El laberinto, biblioteca de Babel, se hace infinito. Uno ya va sospechándose que no está siendo del todo "universal", que lo "universal" era otra cosa. Que ya está empezando a ser "global". Como dijera Borges en el 1932, en El escritor argentino y la tradición, los escritores latinoamericanos, al ser marginales, recombinamos la tradición. Lo hacemos tensamente, inseguramente, con otra perspectiva. Y eso que Borges no era caribeño. A fin de cuentas, él nació en Suiza. Se sentía más o menos heredero de la tradición occidental. Lo ayudaba su género y su color de piel. Sin embargo, para muchos escritores iberoamericanos de estos últimos siglos, acceder a esta cultura implica esperar entrada desde otras coordinadas sociales y en medio de discusiones sobre el derrumbe de lo universal y del canon. Cierto es lo que afirma Carlos Fuentes, se han derrumbado los metarrelatos; en su lugar han aparecido los "multirrelatos". Vivimos un hermoso y babélico momento de transición cultural. Caos, sí, estridencias, cierto, pero también aperturas y esperanzas. Habrá que ver cómo logramos ponerle concierto a nuestras actuales y muy globales diversidades. Quizás estamos más cerca de lo universal que nunca antes en la historia.

Esa es mi Mayra, universal y privada para quienes la adoramos.¡Equahey!

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Desembarco latino en España

3.07.2009
Edmundo Paz Soldán y yo en curso en El Escorial. Fuente: moleskine

El diario El Comercio de hoy coloca un cable de AFP en el que se habla del "desembarco latino en España" y se menciona algunos nombres de escritores latinoamericanos que han publicado desde el año pasado en ese país. Entre esos nombres destacan el de algunos autores ya recorridos como Daniel Sada, Edmundo Paz Soldán y Santiago Roncagliolo, así como el de jóvenes como Carlos Busqued o Tryno Maldonado. También se menciona a su servidor. Muy agradecido.

Un grupo de nuevos escritores latinoamericanos se está imponiendo en el competitivo mercado literario español desde que el mexicano Daniel Sada obtuvo el premio Herralde de novela con su obra “Casi nunca”. El día que se dio el galardón, otorgado anualmente por la editorial Anagrama, el jurado proclamó finalista el libro “Un lugar llamado Oreja de Perro” del peruano Iván Thays. (...) El libro del escritor y periodista mexicano Daniel Sada retrata una relación amorosa a tres bandas entre un ingeniero agrónomo, una prostituta y una ilustre señorita, mientras que Thays propone el relato introspectivo de un hombre que acaba de perder a su hijo, de 5 años, y que ve cómo se rompe su matrimonio. El peruano sostuvo que no es una obra autobiográfica, sino “más bien una expiación personal porque de alguna manera todos vivimos en un lugar llamado Oreja de Perro”. Es la historia de un periodista destinado a una ciudad andina destruida con los acontecimientos ocurridos en el Perú a raíz del gobierno de Alberto Fujimori. Alfaguara, por su parte, publica un nuevo libro del peruano Santiago Roncagliolo, “Memorias de una dama”, en el que se narran las dificultades que tiene un joven escritor para triunfar y las desventuras de una misteriosa y decadente mujer, y cómo el encuentro entre ellos los cambiará para siempre. La editorial madrileña también coloca en las estanterías de las librerías españolas “Los vivos y los muertos” del boliviano Edmundo Paz Soldán, ganador de varios premios literarios y que pertenece a una nueva corriente narrativa latinoamericana. A partir de hechos reales, Paz Soldán hace en su libro un retrato descarnado de la violencia en una sociedad que se creía triunfadora. Tryno Maldonado escribió para Anagrama “Temporada de caza para el león negro”, una novela de aprendizaje, repaso histórico de las mafias caribeñas que dominaban el ambiente político de las décadas pasadas en Centroamérica y obra que conjuga la ficción, la realidad y la biografía.

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Paz Soldán en Madrid

2.24.2009
Edmundo Paz Soldán en la mejor librería de Madrid, la Librería Machado. Fuente: moleskine

¿Y cuál es la novedad? La broma que todos los amigos madrileños de Edmundo hacen es que él se va de Madrid solo para tener fiestas de despedida, porque antes de un mes siempre está de regreso. La verdad es que desde hace unos años Paz Soldán es un personaje itinerante pero firme del habitat literario madrileño. Ahora, por ejemplo, ha regresado a Madrid en book tour para presentar su novela Los vivos y los muertos, editada por Alfaguara. La noticia ha rebotado en varios diarios peruanos, lo que confirma que el boliviano Paz Soldán es para los periodistas un escritor peruano. De hecho, el Perú fue el primer país en apostar por sus obras fuera de su país. Un romance que nunca termina (aunque el sacavueltero Paz Soldán cambie a Lima por Madrid a cada rato... que se decida). Dice la nota:

Las frustraciones mueven el nuevo relato de Edmundo Paz Soldán (Bolivia, 1967), que lleva por título Los vivos y los muertos (Alfaguara), y en el que recoge nueve asesinatos de los once personajes que pasan por el libro, en pocas semanas en Madison (EEUU). El autor siembra de ficción hechos verídicos, para conseguir una crónica verosímil de la maldad a punto de cañón, por la que atraviesa la sociedad norteamericana. "El problema de EEUU como sociedad es que tienen la tentación de las armas para dar respuesta. En Bolivia, si te deja tu novia o te emborrachas o te pegas con alguien, pero no solucionas los problemas con escopetas. Las armas y el arrebato son un cóctel muy peligroso", reconoce. Sin embargo, la violencia no queda tan lejos. Columbine no debería sonarnos tan extraño estos días. "Nadie está a salvo de esta violencia y cada vez será más común entre los jóvenes. Eso es lo que más me ha asustado", opina (...) "EEUU es una sociedad que no está acostumbrada a lidiar con el fracaso", explica el autor, que es profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell (contigua a la ciudad de Ithaca, en el norte del estado de Nueva York). Recuerda que para algunos de sus compañeros en la universidad su ídolo era Donald Trump. "El aprendizaje para el éxito aparece en el High School con el deportista. Ese ritual genera muchas frustraciones para aquellos que no han podido llegar hasta el lugar de los elegidos", quizá por eso la gran soledad ante el cultivo de lo individual. Cuando se enteró de la historia, porque son hechos reales, tuvo la tentación de hacer una crónica de los acontecimientos. Narrar con testimonios. Pero un día, recuerda, comenzó a escuchar las voces de los niños hablando en primera persona. "Me acordé de una novela de Faulkner, Mientras agoniza, que tenía esta estructura de monólogos interiores, que iban y venían. Ese era el modelo de estructura que más encajaba".

En "Babelia" apareció hace unas semanas una buena reseña de la novela, a cargo de Javier Aparicio, y en el diario El País se anuncia un Encuentro Digital con el escritor. A ver si hay buenas preguntas.

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Daniel Sada contundente

2.16.2009
Daniel Sada canta claro. Foto: Isaí Moreno/ Flckr. Fuente:  el boomeran(g)

En el suplemento Ñ de la semana pasada, entrevistaron al escritor mexicano Daniel Sada, ganador del último premio Herralde con Casi nunca. La nota curiosa de la entrevista, realizada en la Feria de Guadalajara por Guido Carelli, es que Daniel Sada confiesa sentirse tranquilo porque hasta ahora ninguno de los personajes "reales" de su novela lo ha enjuiciado, aclarando de inmediato que en la novela el 50% es inventado. "¿Nada de realidad, entonces?" le pregunta el periodista y la respuesta de Sada es radical:

¡Yo no quiero reflejar la realidad, no me interesa leer la realidad! Yo la vivo y creo mi realidad personal. Este pacto lo tienen que entender los que me lean. Siento que el escritor enteramente realista es el más enriquecido, el más conservador de todos. Si uno no apuesta por algo fantástico, por los lados ocultos de la realidad, si uno no prevé que puede haber otros enigmas en la realidad, como escritor y autor está muy limitado. Argentina es el único país con tradición fantástica, estamos encerrados en el realismo. Ni siquiera la magia y el pensamiento del realismo mágico hay que inventar. La realidad mexicana a lo mejor es fantástica. No creo que un autor deba pretender a ultranza ser realista o fantástico. Siempre hay una interpretación de la realidad para plasmarla en el papel y ahí se desvirtúa todo. El que se obstina en ser realista o en ser fantástico se está autolimitando, ese es el problema...

¿Qué pensará entonces Sada de que Edmundo Paz Soldán, en una reseña publicada en su blog, lo considerase que Sada ha escrito "la mejor novela costumbrista que se podía escribir hoy" ¿Puede una novela costumbrista no ser realista? Pero las preguntas que surgen a partir de esta interesante entrevista no quedan ahí. Sada, orgulloso de haber tenido como maestro de narrativa a Juan Rulfo, declara:

"(Juan) Rulfo fue mi maestro. Vio mi primera novela cuando era muy joven y me hizo un comentario muy siniestro. El no era muy intelectual, era un artista y era muy intuitivo. Sobre la base de esa intuición, yo me formé. No era un teórico, no le interesaban los estilos, sólo quería que los personajes estuvieran sólidos y que la trama fuera lo suficientemente fuerte e impactante. Eso es lo más importante y ha sido una lección para mí".

¡Uy! Ahora sí la chingada. ¿No era políticamente incorrecto decir en México que Rulfo no era intelectual? Cuando Tomás Segovia dijo eso, ¿no se cargaron los familiares el nombre del Premio Rulfo en la FIL Guadalajara? ¿No existe en México una bronca entre los que llaman a Rulfo "no intelectual" o "intuitivo" para enfrentarlo al "intelectual" y "libresco" Octavio Paz? ¿Tomará la familia de Rulfo, tan activa en armas enfrentamientos, alguna medida contra el buenote de Daniel y lo declarara persona non grata o algo así? Estaremos al tanto. Mientras, leamos las lúcidas declaraciones de Sada respecto al mercado y la literatura actual:

Yo no puedo sustraerme del mercado. Sé que si me vuelvo muy descriptivo en mi prosa, voy a quedarme afuera y el mercado lo determinan ni más ni menos que los mismos lectores. La gente que nos lee actualmente es gente que va al cine, que ve televisión, es gente que utiliza Internet. El lector de hace algunos siglos no tenía esa referencia, se concentraba en el papel. Tampoco quieren descripciones muy detalladas, porque ya tienen la cultura de la imagen. Ahora las descripciones deben ser rápidas y precisas, no hay lugar para los hermanos Gouncourt que se tomaban quince páginas. Aunque yo tenga mis ritmos, tengo que buscar la rapidez, porque el lector actual es un poco exasperado. En las universidades norteamericanas se está analizando el problema de la concentración en la lectura y si antes un estudiante de Harvard leía tres horas diarias, ahora difícilmente lo haga más de una hora. El mundo moderno nos instala una gama de distractores por todos lados. Estamos saturados. Uno tiene que tener en cuenta el hecho de que el lector se puede escapar en cualquier momento. Todo se está contaminando, no hay purismos en nada, ya no hay totalidades, ni del lenguaje, ni de la novela, ni de nada, todo está como en piezas... Como diría Rubem Fonseca: el que ha muerto es el lector, no la novela.

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La era anti-Salinger

2.03.2009
¡¡¡Sácame la cámara!!! Salinger fotofóbico. Fuente: javiermarias.blog


Me parece muy pertinente el artículo que Edmundo Paz Soldán ha publicado en Babelia, ante tanto malosentendidos por culpa de las fotografías de los escritores (Mordzinski tiene la culpa) y encuentros literarios, mientras que los románticos lectores buscan que todos se conviertan en Salinger y se encierren en su casa en New Hampshire, donde reciben chicas de 16 años para seducirlas con frases budistas como aquello del sonido de una palmada. Ya lo anticipé al hablar de Abraham Valdelomar en La disciplina de la vanidad (libro que Edmundo no ha leído porque se quedó pegado con el snob El viaje interior): el escritor debe ofrecer su cuerpo, su personalidad, como un escudo para defender su obra. Dice Edmundo:

Durante un buen tiempo, yo pensé que el fenómeno de la proliferación de festivales y ferias del libro se debía sobre todo a un tema de gestión de la cultura: las ciudades -las grandes, las medianas, las pequeñas— necesitan una amplia oferta cultural, y una de las cosas de más amplia difusión e impacto resulta ser el festival de literatura. En mis momentos más optimistas, también creí que se podía tratar de un resurgimiento del interés en la literatura. El libro vuelve a ocupar un lugar privilegiado, me dije; con la romántica recuperación de su aura, todos quieren tener un escritor a mano. Esos factores sólo explican una parte del fenómeno. Ahora creo que la cosa es más compleja, y no tan optimista. El exceso de festivales, de ferias de libro y de congresos, se debe principalmente a una conjunción de ansiedades. Por un lado, en una ecología de medios inundada de ofertas, las editoriales deben luchar para hacerse de un espacio, y los deseos de promocionar a sus autores van de la mano con el interés genuino de los promotores culturales para dar relevancia al libro. Por otro lado, hay una creciente sensación de que la palabra escrita ya no es suficiente. Ésta necesita que la acompañe la figura del autor, la lectura de un texto en voz alta, la performance. Hay una respuesta para la aguda pregunta de Bellatin ("¿por qué ponen tanto el cuerpo?"): a pesar del star system que los acompaña estos días, los escritores saben que se sostienen en un lugar muy precario. Si los vemos por todas partes, debemos preocuparnos: significa que una nueva fe ha tomado los templos, y que el autor, con el fervor de los cruzados, ha salido a defender la novela, la poesía, el ensayo.

Bellatin, por cierto, es el maestro. Cuando no habla de sí mismo, se dedica a hablar de las vidas imaginarias de artistas o escritores que son, finalmente, él mismo siempre. También recuerdo que, hace años, en un encuentro de escritores peruanos, a Alonso Cueto se le acusó de "conchudo" y "egocéntrico" porque en vez de hablar de algún escritor desconocido que se supone que es genio en su barrio, se puso a dar as claves que explicaban La hora azul que acababa de ganar el Herralde. Sin embargo, fue una de las exposiciones más lúcidas que he oído y cuando un escritor nos ayuda a entender su propio libro, solo nos queda agradecer.

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Edmundo Paz Soldán sobre John Updike

1.27.2009
John Updike, 1966. (Time Life Pictures/Getty Images)

Edmundo Paz Soldán, por su parte, también ha sentido la pegada de la muerte de John Updike y ha escrito en La Tercera (aparecerá mañana) -y hoy en su blog- un comentario sobre el fallecido novelista norteamericano:

El concepto de "hombre de letras" ha quedado algo anacrónico para nuestros tiempos, pero si había alguien que lo ejemplificaba mejor que nadie en los Estados Unidos, ese escritor se llamaba John Updike. (...) Updike estaba en todas partes; era una industria editorial de un solo hombre. Lo más conocido de Updike está en su ciclo de cuatro novelas sobre Harry "Rabbit" Angstrom, que muestran la grandeza y la desolación del "sueño americano" -"angst" tiene que ver con angustia"--, sobre todo en su versión más clase media y WASP. Para algunos críticos, ya no es necesario escribir la "gran novela americana" porque Updike lo ha hecho en las mil quinientas páginas de la tetralogía; para otros escritores, la admiración ha llevado a aceptar la influencia y a tratar de darle un toque más contemporáneo (Richard Ford en su trilogía sobre Bascombe). Updike se especializó en un "realismo doméstico" muy norteamericano. A él le interesaban las ciudades y los pueblos "por los que pasa la gente cuando está yendo a otra parte". Allí vivían, se casaban, tenían muchos affaires y se divorciaban sus personajes, que crecían desinteresados de lo que ocurría en el resto del mundo y creyendo que su país era "una vasta conspiración para hacerte feliz". Una vez en la vida adulta, no tardaban en encontrar la desolación y múltiples frustraciones. La prosa que describe esa desesperanza, sin embargo, es siempre radiante, y tiene algo religioso en la manera en que celebra todos los detalles con que se presenta el mundo. En el cuento "The Music School", el narrador lo dice de la mejor manera posible: "El mundo es la hostia; debe ser masticado". En los últimos años, Updike fue criticado por el preciosismo de su escritura ("su detallismo se ha vuelto un culto en sí mismo", escribió James Wood) y por su incapacidad para comprender al Estados Unidos multicultural (en su novela Terrorista, le cuesta meterse en la cabeza de su personaje central, musulmán). Lo cierto es que si el cierre no estuvo a la altura, lo mejor de Updike es harto más que suficiente para considerarlo un clásico.

Por otra parte, en "El País" recuerdan una entrevista que Eduardo Lago le hace a propósito de Terrorista, su última novela, traducida al castellano por Tusquets. Eso fue en el 2007, y Upidike no se veía tan optimista ante la posibilidad de que Obama llegue al poder. También se refirió ahí a su estilo literario:

Cuando empecé a escribir me influyó el nouveau roman. Por eso mi primera novela, que publiqué a los 27 años, era bastante experimental, pero mi estilo, por el que mis lectores me reconocen, es esencialmente realista. Aunque en algunas novelas me he apartado de mi modo de hacer fundamental, siempre vuelvo a mis raíces e intento darle al lector un pedazo de la realidad. Creo que fue Nathalie Sarraute quien dijo que el sustrato que hace que todo se mueva es la realidad. La realidad está en la base de nuestros deseos, de nuestros pensamientos, de nuestros recuerdos, y los novelistas no somos sino comentaristas de la realidad. Decimos lo que en ella hay de maravilloso o de terrible o de misterioso. En ningún lugar me siento más cómodo que instalado en la realidad, cerca de la gente normal. Es de ellos acerca de quienes escribo, acerca de la clase media, ni los más ricos y privilegiados, ni los más pobres, sino el ciudadano medio, los hombres y mujeres que tratan de sobrevivir día a día en la lucha diaria que es la vida cotidiana.

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Siete latinoamericanos en Bs As

1.19.2009
Mapa de escritores latinoamericanos. Fuente: la nación

Horacio Castellanos Moya (El Salvador), Juan Gabriel Vásquez (Colombia), Daniel Galera (Brasil), William Ospina (Colombia), Santiago Roncagliolo (Perú), Edmundo Paz Soldán (Bolivia) y Daniel Alarcón (Perú) fueron los siete "samurais" latinoamericanos, entre la treintena de participantes en el Festival de Literatura del Malba que ocurrió el año pasado en Buenos Aires, elegidos para comentar en el ADN cultura el porvenir de la literatura latinoamericana. La conclusión es la misma de todos los encuentros, pero no por lugar común menos cierta: el signo primordial es la pluralidad y la dispersión de temas y formas. Lo dice así el prólogo a estas siete entrevistas:

"Hoy la literatura latinoamericana no tiene que demostrarle nada a nadie", dice el salvadoreño Horacio Castellanos Moya, convencido de que las letras del continente habrían alcanzado, por fin, su definitiva madurez. La confianza del autor de El asco encuentra sus mejores argumentos en la actual diversidad de estilos y tendencias, la imprevisible amplitud en el horizonte de la libertad creativa (un arco que va de la experimentación de César Aira a la variedad de registros narrativos del mexicano Juan Villoro) y, muy especialmente, en la convivencia pacífica entre las propuestas, toda una novedad para quienes durante décadas se enzarzaron en grandes e históricos debates acerca de por qué una estética debía imponerse sobre la(s) otra(s). "A esta altura ya tenemos claro que, más allá de los gustos personales, todas las corrientes son válidas, cada una con su mérito", cierra Castellanos Moya. El campo de batalla parece haberse convertido en campo de creatividad, y por una vez, la aceptación del otro resulta más importante que la imposición de lo propio. El rigor histórico de William Ospina no se opone a la ficción intimista del brasileño Daniel Galera ni a la pasión por "la palabra justa" de Alan Pauls. El acento performático de Mario Bellatin no es más ni menos valioso que el interés periodístico de Santiago Roncagliolo o la mirada política de Martín Kohan. Ya no se le teme a la libertad del que piensa y escribe desde la esquina opuesta del ring. Es más: en el ring del siglo XXI se discute, pero raramente se condena (...) Edmundo Paz Soldán, que además de escritor es profesor de literatura latinoamericana en Estados Unidos, afirma que el argentino César Aira y el méxicano Mario Bellatin ampliaron el espectro de la "tradición excéntrica", aquella que se aparta del realismo tradicional para aventurarse a construcciones más experimentales. Aira y Bellatin han hecho escuela y en las nuevas generaciones su influencia pesa tanto que en rigor esa literatura -señala- ya no podría llamarse "periférica". Junto a ella se mantiene la línea más realista y social, un tronco central de la tradición latinoamericana, y basten como ejemplo Juan Gabriel Vásquez, Santiago Roncagliolo, Daniel Alarcón y el propio Paz Soldán. En ellos, el factor político no es asunto menor. Lo que sí ha muerto son las viejas utopías: ya nadie entiende la literatura como una forma de militancia política.

En la nota hubo espacio para comentar lo que significó, en su real dimensión, ese encuentro llamado Bogotá 39, un maravilloso grupo humano del que nunca dejaré de decir que me siento orgulloso de pertenecer. Sin proclamas, sin manifiestos, sin buscarle tres pies al gato, sin postboom o mini boom, solo unos amigos que hacen lo mismo reunidos para estar juntos (si me disculpan el juego de palabras):

La iniciativa Bogotá 39, que en el Hay Festival de 2007 reunió 39 escritores latinoamericanos menores de 40 años, puede ser tomada como un momento de mutuo reconocimiento que fortaleció el espíritu de grupo, si no literario, al menos generacional. Más atrás, la antología McOndo, editada por los escritores chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez a mediados de los años 90, que intentó presentar una nueva narrativa latinoamericana -urbana y realista al modo norteamericano, reacia además al realismo mágico-, puede ser tomada como antecedente lejano. Pero mucho ha cambiado desde entonces. Hoy, con el mundo convertido en aldea, prima la diversidad y no parecen tiempos de proclamas grupales.

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Jorge Carrión sobre Un lugar llamado Oreja de perro

1.18.2009
Los amigos. Ilustración: Luz Letts

Conocí a Jorge Carrión, cronista de viajes, en un encuentro de escritores "jóvenes" organizado por Julio Ortega en noviembre del 2004 en la FIL Guadalajara. Formaron parte de ese grupo también Edmundo Paz Soldán, Mayra Santos Febres, Andrea Jeftanovic, Antonio Ortuño, Guadalupe Nettel, Florencia Abatte y yo. Ese encuentro fue fundamental para mí: Salía de un divorcio y odiaba la literatura. Entonces conocí el cariño de amigas nuevas, como Andrea y Mayra, y me reencontré con viejos amigos como Edmundo. Con Jorge, lamentablemente, apenas si conversé. En fin, justo hoy Edmundo colgó en el Fb una foto de esa época... y sentí como si estos cuatro años y dos meses que han pasado hubieran dejado una huella notoria en mí física y emocionalmente. Ya no soy más el Chico Owen. Coincidiendo con aquella nostalgia imprevista, me encuentro en el ABCD las letras una reseña de mi novela Un lugar llamado Oreja de perro (Anagrama) escrita por Jorge Carrión. En el primer párrafo comenta que lee Moleskine Literario, que de paso por Lima -nos comunicamos pero no pudimos coordinar- buscó sin éxito Las fotografías de Frances Farmer (no hay en librerías, solo en Amazonas a cinco soles) y que leyó con expectativa mi novela, pero lo decepcionó. Busco en la breve reseña el motivo de su decepción y encuentro este párrafo:

En los «Agradecimientos» finales se lee: «A Liz Rojas Valdez, cuyo valiente y conmovedor testimonio, que he tomado como base para la historia de uno de mis personajes, fue el impulso definitivo que me ayudó a asumir la escritura de esta novela». La contradicción no es superada por el proyecto literario. La opción por ficcionalizar en vez de por relatar no queda justificada. Las aventuras eróticas del narrador y su tormento personal, el pintoresquismo del personaje de Jazmín (una mujer capaz de «oír el futuro»), un estilo basado en el párrafo breve (a veces de forma gratuita) o el adelgazamiento de los sucesos violentos resultan elementos formal, ética o temáticamente discordantes en un conjunto demasiado imperfecto. Tal vez se trate de un error de base: una crónica hubiera sido más adecuada (más justa) que una novela.

Debo admitir que en vez de desilusionarme, preocuparme o fastidiarme, la reseña de Jorge me ha causado una gran sonrisa. ¿En qué Universo paralelo mi novela pretendería "relatar" la historia de la gente herida por el terrorismo? ¿Escribir una crónica es más "justo" que escribir una novela para narrar el dolor de una pérdida individual o colectiva? ¿Está hablando en serio, o es un defecto profesional de cronista? Como sea, solo me queda mandarle un abrazo a Jorge (un par de afectuosas palmadas en la espalda sería lo adecuado) y esperar que nunca consiga Las fotografías de Frances Farmer. No vaya a ser que se decepcione de nuevo porque piense que, en vez de contar la historia de un hombre que vive obsesionado con la demente actriz de Hollywood, debí escribir la biografía de la Farmer. Eso sería, quizá, más justo (¿?)

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El amor según Tibor Déry

1.13.2009
Carátula del libro. Fuente: amazon

Tengo alojados a dos amigos, más precisamente a una amiga peruana que estudia una maestría de Literatura en EEUU y a su novio nacido en Milwaukee. Ayer regresé agotado, pasada la medianoche, a casa y encontré en la mesa de centro de la sala, iluminado por un rayo de luz filtrado por quién sabe dónde, un libro editado por New Directions titulado Love and the Other Stories de Tibor Déry. Lo cogí y descubrí dos cosas que son como un canto de sirena para mí: Déry era húngaro y, además, el estupendo Peter Nadas lo ha elogiado muchísimo. Dice de él: "Tibor Déry was a dissenter, a subersive revolutionary and, in his old age, a jailbird. He was also one of the greatest stylist in the history of the Hungarian literature". Hojeando el libro caí sobre el cuento "Love" y, algo obvio para quien me conoce, lo empecé a leer. Y a pesar de estar en inglés, que estaba muy agotado y que no era, en términos generales, un buen día, lo terminé de leer en estado de gracia. Es uno de los cuentos más bellos que he leído en mi vida. Un cuento preciso. Hoy en google descubro la biografía de Déry:

Escritor húngaro (1894-1977), autor de La frase inacabada; fue una de las figuras más importantes de la literatura húngara vanguardista (vinculado al dadaísmo y el surrealismo) en el siglo XX. Nacido en Budapest en una familia de la alta burguesía, Tibor Déry rompió pronto con su entorno para frecuentar los movimientos anarquistas y consagrarse a la escritura; participó en los movimientos revolucionarios de 1918 y 1919 y posteriormente hubo de exiliarse en Austria, Francia e Italia. De esta primera etapa de su vida cabe destacar su novela paródica El bebé gigante (1924). En la década de 1930, de nuevo en Hungría, Déry mantuvo relaciones un tanto ambiguas con el partido comunista en el poder. Pese a su consagración como escritor oficial, Déry guardó pronto las distancias con respecto al régimen; desde 1938 estuvo en el punto de mira de la censura por haber traducido Regreso de la URSS de André Gide; más tarde fue encarcelado (1957-1960) por participar en el intento de sublevación de 1956. Tras haber colaborado en diversas revistas surrealistas, Déry optó, en su narrativa, por una estética de inspiración realista. De este modo su “novela río” La frase inacabada (1947) hacía un retrato preciso de la sociedad húngara de entreguerras describiendo los amores de un joven burgués y una militante comunista. Tras su liberación, su prestigio como escritor le permitió volver a publicar. En 1964 dio a luz una novela, El señor G. A. en X., con claras influencias, en su dimensión absurda y fantástica, del universo de Kafka. Hay que citar también El excomulgador (1966), relato en el que el autor se proponía hacer una síntesis de todos sus hallazgos formales. Cabe citar, por último, Querido suegro (1974), novela desencantada de inspiración autobiográfica en la que describe el último amor de un anciano. Escribió también novelas cortas El columpio (1969) y obras de teatro Pelotillero (1954)

También descubrí otras cosas. Por ejemplo, que -con mucha justicia a juzgar de lo poco suyo que he leído- su estilo se ha vinculado con el de Franz Kafka, Anton Chejov y también Bruno Schulz (sobre quien, coincidentemente, Edmundo Paz Soldán escribió en La Tercera este fin de semana). Que existe una película del director húngaro Károly Makk sobre ese bellísimo cuento. Y que Sergio Pitol tradujo algunos cuentos de Tibor Déry -incluyendo el mencionado "Amor"- para una edición de la Universidad Veracruzana titulada El ajuste de cuentas (2007) Y también que, si son pacientes y aguantan la lectura en pantalla, gracias a Google pueden leer la ya, para mí, entrañable edición paperback de New Directions de Tibor Déry que hoy descansa en el mismo lugar en la sala donde lo encontré, al lado del improvisado florero y la flor que ya se marchita, y que ayer me hizo tan feliz pasada la medianoche.

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