MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Nalkowska reseñada

6.30.2009
Carátula del libro. Fuente: archimadrid

Zofia Nalkowska es una escritora polaca a la cual, según me entero por Mercedes Monmany, debemos agradecer el descubrimiento de autores como Bruno Schulz o Witold Gombrowicz. Ahora, la editorial Minúscula ha publicado una obra suya, Medallones, que Monmany reseña bajo el escalofriante título "Jabón humano":

La muerte, una muerte apocalíptica que reina como una realidad única y desoladora, atraviesa las páginas de este libro desde el comienzo hasta el final. El Apocalipsis es tan aplastante que «da la sensación de que ya no queda nadie vivo, de que ya no vale la pena perseverar ni insistir». Insistir en seguir viviendo. Nada del mundo de antes parece haberles quedado como referencia a estos hombres y mujeres, las víctimas. El terror se ha hecho dueño de todo y «se interpone» a cada paso entre ellos, hasta el punto de que cada uno, en ese mundo de lobos, se convierte peligrosamente para el otro en «un riesgo».«¿Y nadie os dijo que hacer jabón con grasa humana era un delito?», le preguntará un miembro de la Comisión Investigadora, recién acabada la guerra, al ayudante polaco de los macabros experimentos que un tal doctor Spanner llevaba a cabo en las siniestras mazmorras de un Infierno de Dante del aprovechamiento industrial de cadáveres instalado en Gdánsk. El joven, cuenta Zofia Nalkowska, responderá «con una sinceridad absoluta»: «No, nadie me lo dijo». No sólo nadie le había dicho que era un delito, sino que en aquellos días en que proliferaba la idea de que «todo era posible», nadie le advirtió de que era algo malo, repudiable, una abominación. El joven se llevará jabón a casa y, aunque su madre, al principio, se muestre algo asqueada y reticente, luego le dirá que «hace muy buena espuma». Las escenas y testimonios escalofriantes no dejan tregua al lector en este pequeño libro único, impresionante y, tristemente, de lectura obligatoria. De lectura obligatoria en un mundo moderno que no sólo olvida, sino que, muy a menudo, distorsiona o insulta, utilizando intolerables y consentidos paralelismos. Paralelismos en los que llamar nazi a alguien, en especial a los israelíes de nuestros días, hijos y nietos de los masacrados, se ha convertido en algo banal, fácil, sin consecuencias, sin necesidad de dar muchas más explicaciones. Medallones es un libro conciso, sin adornos, doloroso como un zarpazo lanzado directo al corazón y a las conciencias, en el que no se incluyen arquetipos narrativos inventados por la imaginación macabra de un autor de historias hechas expresamente para no dormir. Se trata de seres humanos en situaciones humanamente inimaginables: judíos que ayudaban a descargar cuerpos de gaseados que un día se tropiezan, cara a cara, con los cadáveres de su mujer y sus hijos pequeños; jóvenes mujeres de la Resistencia torturadas y prematuramente devastadas, tuertas y sin dientes; chicas huidas de un vagón de ganado que al caer del tren se rompen una pierna y a las que nadie del pueblo cercano quiere ayudar, mientras se dedican a desfilar delante de ellas como quien contempla a un animal moribundo en su jaula del zoo?

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El amor según Tibor Déry

1.13.2009
Carátula del libro. Fuente: amazon

Tengo alojados a dos amigos, más precisamente a una amiga peruana que estudia una maestría de Literatura en EEUU y a su novio nacido en Milwaukee. Ayer regresé agotado, pasada la medianoche, a casa y encontré en la mesa de centro de la sala, iluminado por un rayo de luz filtrado por quién sabe dónde, un libro editado por New Directions titulado Love and the Other Stories de Tibor Déry. Lo cogí y descubrí dos cosas que son como un canto de sirena para mí: Déry era húngaro y, además, el estupendo Peter Nadas lo ha elogiado muchísimo. Dice de él: "Tibor Déry was a dissenter, a subersive revolutionary and, in his old age, a jailbird. He was also one of the greatest stylist in the history of the Hungarian literature". Hojeando el libro caí sobre el cuento "Love" y, algo obvio para quien me conoce, lo empecé a leer. Y a pesar de estar en inglés, que estaba muy agotado y que no era, en términos generales, un buen día, lo terminé de leer en estado de gracia. Es uno de los cuentos más bellos que he leído en mi vida. Un cuento preciso. Hoy en google descubro la biografía de Déry:

Escritor húngaro (1894-1977), autor de La frase inacabada; fue una de las figuras más importantes de la literatura húngara vanguardista (vinculado al dadaísmo y el surrealismo) en el siglo XX. Nacido en Budapest en una familia de la alta burguesía, Tibor Déry rompió pronto con su entorno para frecuentar los movimientos anarquistas y consagrarse a la escritura; participó en los movimientos revolucionarios de 1918 y 1919 y posteriormente hubo de exiliarse en Austria, Francia e Italia. De esta primera etapa de su vida cabe destacar su novela paródica El bebé gigante (1924). En la década de 1930, de nuevo en Hungría, Déry mantuvo relaciones un tanto ambiguas con el partido comunista en el poder. Pese a su consagración como escritor oficial, Déry guardó pronto las distancias con respecto al régimen; desde 1938 estuvo en el punto de mira de la censura por haber traducido Regreso de la URSS de André Gide; más tarde fue encarcelado (1957-1960) por participar en el intento de sublevación de 1956. Tras haber colaborado en diversas revistas surrealistas, Déry optó, en su narrativa, por una estética de inspiración realista. De este modo su “novela río” La frase inacabada (1947) hacía un retrato preciso de la sociedad húngara de entreguerras describiendo los amores de un joven burgués y una militante comunista. Tras su liberación, su prestigio como escritor le permitió volver a publicar. En 1964 dio a luz una novela, El señor G. A. en X., con claras influencias, en su dimensión absurda y fantástica, del universo de Kafka. Hay que citar también El excomulgador (1966), relato en el que el autor se proponía hacer una síntesis de todos sus hallazgos formales. Cabe citar, por último, Querido suegro (1974), novela desencantada de inspiración autobiográfica en la que describe el último amor de un anciano. Escribió también novelas cortas El columpio (1969) y obras de teatro Pelotillero (1954)

También descubrí otras cosas. Por ejemplo, que -con mucha justicia a juzgar de lo poco suyo que he leído- su estilo se ha vinculado con el de Franz Kafka, Anton Chejov y también Bruno Schulz (sobre quien, coincidentemente, Edmundo Paz Soldán escribió en La Tercera este fin de semana). Que existe una película del director húngaro Károly Makk sobre ese bellísimo cuento. Y que Sergio Pitol tradujo algunos cuentos de Tibor Déry -incluyendo el mencionado "Amor"- para una edición de la Universidad Veracruzana titulada El ajuste de cuentas (2007) Y también que, si son pacientes y aguantan la lectura en pantalla, gracias a Google pueden leer la ya, para mí, entrañable edición paperback de New Directions de Tibor Déry que hoy descansa en el mismo lugar en la sala donde lo encontré, al lado del improvisado florero y la flor que ya se marchita, y que ayer me hizo tan feliz pasada la medianoche.

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Bruno Schulz, el demiurgo

7.17.2007
Bruno Schulz, autorretrato. Fuente: un buraco na sombra

Muchas veces me ha sucedido que pienso en un autor o tema y, zas, al día siguiente aparece comentado en el blog "Puente aéreo" de Gustavo Faverón. Ayer, en medio de un insomnio que se está haciendo habitual, se me ocurrió pensar en Bruno Schulz y su libro Las tiendas de color canela, según la traducción de Barral editores (por Salvador Puig, y que en mi memoria las recuerdo mucho mejores que la actual de Siruela, que recoge una anterior de la editorial Montesinos). Y ahora aparece mencionado en un post de "Puente Aéreo". Recuerdo que ese libro, gracias a la recomendación entusiasta, diría extasiada, de Xavier Echarri, fue uno de los primeros que leí una vez ingresado a la facultad de letras y su impacto fue muy profundo. Recuerdo mucho de él, pero en especial el capítulo llamado "Tratado de los maniquíes o El segundo libro del Génesis" que fue para mí una inspiración literaria, una auténtica arte poética de la fragmentación, que justificó no sólo mi obra (eso es lo de menos) sino todas mis pedanterías teóricas en un taller literario en el Museo de Arte. Nadie podía reclamar entonces (y los que han leído Las fotografías de Frances Farmer sabrán de qué hablo) que a mis cuentos le faltaba final, o que no tenían argumentos, o que mis personajes estaban mal perfilados psicológicamente. Ante cualquier duda o murmuración, los mandaba a leer el "Tratado de los maniquíes".

¡Ah, tiempos aquellos en que al menos tenía el pelo largo y la edición de Bruno Schulz publicada por Barral! Ahora eso y aquello se ha perdido. Me queda el internet. Lean aquí el "Tratado de los maniquíes" (y que me perdonen los futuros profesores de talleres, incluyéndome). Yo les adelanto la parte que más me impresionó (el subrayado es mío):

"Nosotros no buscamos, decía, obras de largo aliento, seres hechos para durar mucho tiempo. Nuestras criaturas no serán héroes de novelas que abarquen muchos volúmenes, sino que tendrán breves papeles, lapidarios, caracteres sin profundidad. A menudo sólo los llamaremos a la vida para que ejecuten un solo gesto o pronuncien una sola palabra. Lo reconocemos francamente: no insistiremos en la duración o en la solidaridad de la ejecución, y nuestras criaturas serán casi provisionales, hechas para no servir más que una vez. Si se trata de seres humanos les daremos, por ejemplo, la mitad del rostro, una pierna, una mano, la que le será necesaria para su papel. Sería pedante preocuparse por el segundo elemento si éste no está destinado a entrar en juego. Por detrás podría, simplemente, hacerse una costura o pintarlos de blanco. Nosotros depositaremos toda nuestra ambición en esta noble divisa: un actor para cada gesto. Para cada palabra, para cada acto, haremos nacer un hombre especial. Tal es nuestro gusto, y será un mundo al gusto nuestro.
»El Demiurgo estaba enamorado de los materiales sólidos, complicados y refinados; nosotros, a su vez, damos preferencia a la pacotilla. Estamos interesados y positivamente seducidos por la chapucería, por todo lo que es vulgar e insignificante. ¿Comprenden -preguntaba mi padre- el profundo sentido de esa debilidad, de esa pasión por los trozos de papeles de colores, el papel maché, el barniz, la estopa y el serrín? ¡Pues bien! -respondía con una dolorosa sonrisa- esa debilidad se debía a nuestro amor por la materia por sí misma, por lo que ésta tiene de velloso y poroso, por su consistencia mística. El Demiurgo, ese gran señor y artista, la hace invisible al hacerla desaparecer bajo los ojos de la vida. Nosotros, por el contrario, apreciamos sus disonancias, sus resistencias, su torpeza mal desbastada. Nos gusta discernir en cada gesto, en cada movimiento, su grave esfuerzo, su inercia y su torpeza de gran oso dócil.»

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