Mairal dictará taller
3.02.2010Etiquetas: argentina, eterna cadencia, mairal, NOTICIA
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Un libro que nos maravilla es siempre un regalo. Pero puede ser la pista de un asombro mayor: el descubrimiento de un narrador tan atípico en su apuesta literaria como en su vida, verdadera novela por entregas y materia prima de la ficción. Escrito en Buenos Aires entre 1992 y 1994, El traductor tiene más de 600 páginas, es la única novela de un escritor prácticamente desconocido —Salvador Benesdra—, fue finalista del Premio Planeta 95 y logró un subsidio para publicación de la Fundación Antorchas. Pero SB no llegó a recibirlo, porque se mató pocos meses antes, el 2 de enero de 1996, saltando al vacío desde el balcón de su casa, el 10ø piso de Solís 456. Dos años después y gracias a una edición paga, la novela fue publicada por De la Flor. Las pocas lecturas periodísticas no ahorraron fervor: se lo comparó con Rayuela, Adán Buenosayres y los textos de Alfred Döblin y Robert Musil por su ambiciosa reflexión sobre la vida contemporánea y su retrato polifónico de la ciudad. Luego corrió la suerte ingrata de los libros que hibernan en depósitos. Benesdra era psicólogo y docente de la UBA. Su pasado incluye militancia en el Partido Obrero y actividad sindical, estudios en Francia y Alemania, años de periodismo, internaciones psiquiátricas e intentos de suicidio. Tenía 43 años, un buen pasar (gracias a un pequeño proyecto editorial desarrollado para SOCMA) y ningún contacto con el mundo literario, cosa que explica, parcialmente, la originalidad de su novela: el desenfrenado monólogo de Ricardo Zevi (alter ego de SB) que en tiempos de utilería menemista sobrevive a los derrumbes simultáneos de la URSS, sus ilusiones y la escenografía "progre" de Turba, editorial en la cual trabaja, y —para algunos— versión ficcional de Página/12, donde SB fue redactor. Todo esto, mientras traduce a (y se pelea con) Brockner, un filósofo de ultraderecha (inventado de pies a discurso), y trata de encarrilar su vida amorosa junto a Romina, salteña, adventista y con problemas sexuales. En el caso Benesdra suenan otros ecos: el de John Kennedy Toole, que se suicidó en 1969 sin haber hallado editor para La conjura de los necios, luego clásico de la narrativa estadounidense, que lleva vendidos, sólo en castellano, unos de 700 mil ejemplares. O el que lo acerca a Santiago Dabove, argentino y autor de un único libro, La muerte y su traje, prologado por Borges y menos recordado de lo que su calidad merece. Más allá de estos paralelos, El traductor se alza como una primera novela notable. Huella cierta de un escritor desmesurado, dueño de una de las prosas más promisorias de la última década y con un mundo propio que recuerda, en su pintura de faunas diversas, al mejor Arlt. Hasta aquí, los datos que ofrecen el libro y el boca a boca. Ayer, 29 de noviembre, Salvador Benesdra hubiera cumplido 50 años. Y queremos contar su historia. Sobre SB (1952-1996), periodista argentino especializado en política internacional y economía que trabajó en La voz, La Razón y Página/12, políglota autodidacto, insomne de noches que duraban días enteros, orador brillante, lector voraz y errático y líder sindical conocido por dar vuelta asambleas gremiales con sólo tomar la palabra, se oyen las anécdotas más diversas. Quienes lo conocieron (las múltiples voces de este artículo) guardan recuerdos de antología. Muchos, sin embargo, prefieren el anonimato. Una reserva fundada en las esquirlas de esa muerte trágica y reciente. "¿Sabés cómo empezó a escribir El traductor? En el colectivo, con una laptop", cuenta una colega que lo conoció en Página. Antes de eso, nadie sabía de su vocación de escritor. "Pero siempre fue especial. En séptimo grado, mientras todos pensábamos en jugar a la pelota, el Turco era un frondizista apasionado", agrega Alejandro Mantero, compinche desde el Mariano Acosta. Se dice también que no habló hasta los 3 años y que de chico fue tartamudo. Que a los 12 ya había terminado de leer las obras completas de Lenin y a los 15 había afiliado al PO a Carlos Luis, su profesor de literatura en el Nacional Buenos Aires. Que aprobó la carrera de psicología en dos años para no ejercerla nunca. Que, polemista profesional, era capaz de convencer a las piedras, pero un tronco con las mujeres. Cuentan también que nadaba (en mar abierto) y bailaba (tango y samba) como los dioses. Que fue un hombre de lucidez y memoria irritantes, capaz de hacerle morder el polvo al historiador británico Paul Johnson refutando sus inconsistencias, como lo hizo en una entrevista del 91 que merecería figurar entre las highlights del periodismo argentino. Y que, con todo, aprendió a manejar recién a los 40, para protagonizar —por despiste y velocidad— los choques más inverosímiles. En voz baja, propios y ajenos dicen además que estaba loco y que El traductor es, en gran parte, un reflejo de su vida, de su personalidad torrencial y de sus obsesiones. Fue víctima de brotes psicóticos ocasionales que lo llevaron en París (donde estudió psicología genética con Pierre Gréco y vivió entre 1977 y 1980) a ser internado en la Maison Blanche y en Buenos Aires a diferentes clínicas privadas y al Borda. Más allá de estos episodios, afirman, era un tipo simpático y generoso que podía reírse de su propia enfermedad con un: "Y sí, me broté... como los árboles". Todo es esencialmente cierto. También, los hondos bajones seguidos de rampante euforia (al mejor estilo Mr. Jones, el personaje maníaco depresivo de Richard Gere en cine), la paranoia, las páginas escritas con sangre propia en sus diarios íntimos y su negativa a tener hijos con las tres parejas decisivas de su vida. Una falta que compensó en la ficción con el hijo de Zevi, Roman, palabra que en francés y alemán quiere decir, significativamente, "novela". Una de las ideas fijas de Benesdra era ganar plata: "No era avaricia, Salvador la asociaba con la libertad ", precisa una de sus amigas más cercanas. Esta ambición explica en parte la existencia de El camino total, un libro de autoayuda sui generis, previo a El traductor y aún inédito, en el cual SB defendió desde el zen y otras disciplinas una tesis inquietante: para salir del dolor hay que adentrarse en él y "adquirir una habilidad, la habilidad del faquir". Todo indica que predicaba con el ejemplo: algunos testimonios refieren que por esa época hablaba incluso de dejar el sexo. El subtítulo —"Técnicas no ingenuas de autoayuda para gente en crisis en tiempos de cambio"— precisa el contenido del libro y coquetea con los límites de un género —la autoayuda— que Benesdra refutó con su propio final. La paradoja (y el humor negro) de un texto de estas características escrito por un suicida lo eximió de publicación. Pero aunque difícil de digerir, el libro no es contradictorio: Benesdra respetaba el suicidio como elección (ver pág. 3). A principios de los 90 hay quienes recuerdan haber visto a SB en Letras considerando volver a la aulas (además de psicología, había estudiado algo de matemática y ciencias económicas). "Lo curioso era que no preguntaba lo que habitualmente intriga a un estudiante. Estaba obsesionado con la idea de ganar becas, de hacer dinero. Mencionó incluso la posibilidad de escribir una novela", recuerda una docente que lo cruzó en la Facultad. Ese fue, aparentemente, el germen de El Traductor: SB soñaba con ganar el premio Planeta, que asignaba 40 mil pesos a la novela ganadora. En esa época, sin embargo, muchos de los periodistas de Página/12 donde él trabajaba (con tensiones dada su actividad sindical) estaban vinculados con Planeta: Miguel Briante, Tomás Eloy Martínez... Así fue cómo, en la ficción, el diario se convirtió en Turba, la editorial de izquierda en la que trabaja Zevi, y el periodista mutó en traductor. Un oficio que, en verdad, no era ajeno a Benesdra. Edhasa conserva aún en su catálogo, un libro traducido por él, Sobre la ciencia ficción, 337 páginas de UFOs, que lo acompañarían de la literatura al delirio: la invasión extraterrestre fue estribillo recurrente de sus brotes. En 1998 llegó a creer que los ovnis habían robado el Obelisco y sólo aceptó internarse, escoltado por dos amigos, tras verificar que seguía en su sitio. "Para soportar la tensión, nos habíamos bajado media botella de whisky. Imaginate la escena: dos borrachos y un loco subidos a un taxi a las cuatro y media de la mañana chequeando que el Obelisco estuviera en pie", relata uno de los protagonistas.Hijo menor de una familia acomodada, dueña de la zapatería Greco (junto a Guido y Grimoldi, una de las tres g que calzaron a varias generaciones de argentinos), Salvador Benesdra mantuvo una relación muy compleja con sus padres, que recreó en su novela. Las contadas menciones a la familia de Zevi incluyen a las institutrices del propio Benesdra y el relato de una de sus fantasías infantiles: imaginar a cada miembro del clan como un monstruo. Así también, el delirio de Zevi es un patchwork ficcional de crisis reales: el altercado con la policía que lo lleva al Borda, su negativa a tomar remedios, la rebelión tipo Atrapados sin salida que Zevi promueve en el hospicio y la "fuga" de éste, del que sale caminando sin dar explicaciones fueron hechos compartidos por su entorno.El traductor compitió dos veces por el Planeta: en el 94 y el 95. Por Briante, jurado del premio, SB supo que el primer año no había pasado la preselección. Reincidió y llegó al final, pero no ganó. El golpe, dicen, lo afectó mucho. Tanto como el peregrinaje hacia no menos de 10 editoriales (Anagrama, Tusquets, Espasa Calpe y Emecé entre ellas) que rechazaron el libro por no ajustarse a criterios de mercado.Para entonces, SB ya había dejado el trotskismo, las redacciones y salvo ocasionales trabajos como free-lance estaba dedicado a escribir. Cumplía así un circuito que marcó hasta los 70 la relación entre periodismo y literatura en la Argentina: diarios y revistas que atraían con su bohemia de horarios laxos y papel pautado a narradores (Arlt, Borges, González Tuñón, H. Conti, R. Walsh y A. Rivera entre otros), expulsados luego por las exigencias y ritmos crecientes de las empresas periodísticas, diezmados por la dictadura o absorbidos por su propia carrera literaria.En 1995, SB alquiló una casita sobre la playa en Arachania, Uruguay, y empezó a pensar su segunda novela, Puntería. "Estamos en un tiempo indefinido de un futuro cercano, en una Buenos Aires donde el índice de desocupación se estabilizó definitivamente en torno del 30%", comienza el borrador argumental que, escrito en el 95, parece hablar de 2002. "Un canal de TV recoge un hecho curioso: un empleado de una gran compañía nacional (los dueños deben vivir aquí) asesina en el parking de la empresa al propietario que acaba de despedirlo. La noticia pasa un solo día por la pantalla. Al día siguiente, un directivo del canal advierte a la gente del noticiero que no juegue con fuego: en EEUU fueron asesinados en 1993-4 unos 700 patrones por empleados resentidos con ellos por diversos motivos (dato real)." El proyecto, iniciado el 24 de octubre de 1995, tiene cuatro entradas. La última es del 27 de noviembre, un mes y una semana antes de que SB saltara desde el balcón de su departamento en Buenos Aires, al que había vuelto para reponerse de un lumbago que lo tenía tieso. De ese bosquejo —hoy en manos de Julie, una de sus hermanas— se desprende que SB quería darle un giro a su escritura: "El lenguaje (...) buscará imitar la velocidad de la cultura massmediática. Espero no incluir una sola frase de tono lírico, como las que componen casi todo El traductor". Julie, poeta y autora de El infierno celeste, recuerda el entusiasmo de SB: "Guardaba el título como un tesoro: sólo lo había compartido conmigo".Algunos amigos recuerdan que durante los últimos días de su vida, SB estaba deprimido y que había gestionado incluso su internación en una clínica (luego cancelada). Julie sostiene, en cambio, que Salvador dejó una carta final "en la cual, contra los que hablaron de depresión, dice que se mata en estado de exaltación, tranquilo económica y emocionalmente ". Ambas versiones son confusas, incompletas y, como en todo relato que busca preservar una imagen (la del amigo, el pariente, el amante), su hilo conductor es el secreto.Fiel en otro sentido es un autorretrato de SB: el 5 de octubre de 1992, poco antes de cumplir 40 años, Benesdra grabó un video casero. La idea era guardar su imagen, componer un recuerdo físico. Sentado sobre un sillón blanquísimo, confiesa que se ve feo, narigón. Recrea un simulacro de asamblea sindical, canta en francés y en alemán, ríe a carcajadas ("¿llegaste risa, llegaste al celuloide?") y habla, casi con pudor, de El traductor: "Mi primer intento de escribir una novela". Acababa de terminar el capítulo uno. No le gustaba, pero había anhelado escribir ficción desde los 12 y lograrlo al fin era indicio de salud. Tres años y tres meses después, el libro estaba terminado y Benesdra, muerto. En 1998 sus íntimos decidieron editarlo y contrataron a Elvio E. Gandolfo para sugerir cortes. Aconsejó no tocarlo. "Para ser escritor había que desviarse, había que vivir", le confesaba a la cámara Salvador Benesdra en el 92. Su legado es una novela que no se parece a ninguna. Es hora de correr la voz.
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Si fuera un futbolista uruguayo traería el mate y un termo debajo del brazo. Si fuera una diva como Susana, un yorkshire que ladre en las entrañas del bolso de mano. Pero el peruano Ivan Thays es escritor y su fetiche es una libretita Moleskine que apreta contra el el sobaco. En entrevista pública con el escritor Pedro Mairal en el patio de la librería Eterna Cadencia, el finalista del premio Herralde de novela 2008 habló de su libro Un lugar llamado Oreja de Perro ,sobre la creación del que hoy es uno de los blogs literarios más populares de latinoamérica y dejó perlas como la caracterización de los escritores argentinos como una genealogía de "peinaditos". La charla de Thays coincidió con el quinto aniversario de su blog moleskine literario (notasmolesnkine.blogspot.com), una suerte de antología en tiempo real de artículos y novedades literarias alrededor del mundo. "Mi blog no es de ideas, es de telereportes, es algo que hago mientras en realidad estoy haciendo otras cosas", explicó, y soltó el primer dardo de la tarde al decir que los compatriotas que los que lo acusan de no hablar sobre la literatura de Perú no se dan cuenta que "ahí sólo pongo lo que me interesa".
-¿Pero qué hay de su relación con Vargas Llosa?preguntó Mairal.
-Bueno, relación es mucho, lo nuestro fue sólo un romance, contestó Thays, que después de elogiar al autor de La Ciudad y los perros se desmarcó y dijo que no comparte el método topográfico que él tiene para escribir.
"Si Vargas Llosa va escribir sobre Africa él tiene que ir al lugar, tomar notas, mirar a la gente y sacar fotografías. A mí ese método no me gusta, soy de los que creen que un escritor debería inventarlo todo". De hecho, recordó que para escribir su novela ni siquiera fue a Oreja de Perro, la región peruana donde ambientó la historia. "En algún momento, me preguntaba si el protagonista tendría luz para conectar su computadora y como no sabía le inventé al lugar una central hidroeléctrica". Thays no es la clase de invitado que se queda modosito y reparte cariño entre los anfitriones, aunque sí busque hacerse querer. Desde el patio de la librería porteña, se lamentó de las dificultades de circulación de libros dentro de latinoamérica, que impide que los libros de un autor boliviano lleguen a Perú o la Argentina, y dijo que "el Kindle, en ese sentido, será estupendo, ya que podés bajar inmediatamente lo que se publique en cualquier lugar del mundo". Después, aclaró que no es un fetichista del objeto libro y ya entre risas dijo que, de hecho, cree "que las librerías deben desaparecer". Quizá lo mejor de la charla fue cuando se refirió a la literatura argentina y la pulcritud extrema de sus autores. "Yo la verdad es que a los escritores argentinos los veo muy peinaditos, no podría corregirles ni una coma a sus libros pero por lo mismo siento que aveces sus libros no se disparan. No me refiero tanto a lo disparatado de una trama como al estilo. No hay muchos raros como Roberto Arlt, que dejó menos estela que los peinaditos, algo que supongo que viene más de Borges. Por suerte sí hay un argentino no argentino como Gombrowicz, que no es nada peinadito".
-Pero ojo remató Thays, que yo hablo así, pero reconozco que soy un peinadito...
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El “peinadito” Iván Thays llegó a Retiro el primer día hábil del flamante 2010, a eso de las 19, con el mismo ánimo de provocar, aunque ahora tenga el pelo bien cortito y prolijo. En la otra punta de la ciudad, en Palermo, en la librería Eterna Cadencia, su amigo Pedro Mairal lo esperaba para entrevistarlo. Las mesitas ya estaban ocupadas por el público curioso y un puñado de escritores que se arrimaron, Martín Kohan, Juan Diego Incardona y Elsa Osorio, entre otros, a pesar del calor. Los remolones de siempre se acomodaron en las escaleras o se quedaron de pie. En una ciudad en vacaciones, la primera actividad del año convocó a mucha más gente de la prevista. Claro que la dupla prometía. Y cumplió. El diálogo dejó mucha tela para cortar, para peinarse o despeinarse, sobre todo con el canon propuesto por el escritor peruano, Arlt, Gombrowicz, Bolaño y “el cascarudo que rompió el techo”, Alan Pauls. “Disculpen la demora”, se excusó media hora después el autor de Un lugar llamado Oreja de Perro, novela finalista del premio Herralde 2008. “Estuve en Arrecifes, picado por mosquitos. El Off no sirve. Thays apeló a las artes plásticas para explicar por qué se tomó siete años para terminar su última novela, a pesar de haberla escrito en dos meses. “Es como tener un cuadro y no querer soltarlo; fueron siete años entre las dudas y los temores que tenía porque al personaje se le muere un hijo y yo tengo un hijo y pensé que eso podía provocar una catástrofe”, subrayó. Un lugar llamado Oreja de Perro es la historia de un hombre al que se le muere un hijo, se separa y se va a sufrir a un pueblucho donde no hay nada. Pero viaja para encontrarse a sí mismo. “La gran pregunta que me hacía cuando mi mujer me dijo ‘te voy a dejar’ es si no sería excelente que la memoria o el dolor fuera una piedra y uno pudiera abrírsela, operarse la piedra y sacársela para no pensar”, dijo el escritor. “Siempre me he sentido bastante oreja de perro. Cuando hay un temblor o pasa algo, los perros están echados y paran la oreja. Están muy atentos, pero no se mueven, no hacen nada. Siempre he sentido que paro la oreja y puedo hasta prever el apellido de la persona con la que se va a ir mi ex mujer. Pero no soy capaz de hacer nada; me quedo echado, pero muy atento. Oreja de Perro es un lugar donde uno no puede actuar, pero está atento. El escritor peruano fue finalista del Iniciativa Artística Rolex para Mentores y Discípulos, un premio de 20 mil dólares en el que el mentor era nada menos que Mario Vargas Llosa. El ganador debía trabajar un año con su mentor. “Cuando me enteré de que estaba entre los finalistas y me dijeron que era muy posible que me lo dieran, me asusté muchísimo. ¿Qué cosa va hacer Vargas conmigo? Me iba a obligar a ir a Oreja de Perro. Adoro a Vargas Llosa, me parece un gran escritor, pero detesto ese método topográfico que tiene para escribir, no lo puedo aceptar. El escritor debería inventar absolutamente todo; incluso si pasa en Buenos Aires debería destruir Buenos Aires y volverla a inventar. Soy una persona que rompe con la realidad, no es que no sea realista, sino que rompo con la realidad topográfica. No me importa saber si a tres cuadras hay un café y tengo que mencionarlo o cuántos habitantes hay”, afirmó Thays. “Vargas Llosa es un gran escritor, una muy buena persona; él me ha apoyado muchísimo en mi carrera, pero definitivamente no tengo nada que ver con su forma de pensar la literatura. Me respeta mucho como escritor, pero le parece una porquería lo que escribo.” Cuando Thays ganó el premio Príncipe Claus, Vargas Llosa escribió el discurso de honor, titulado “Iván Thays, un fan de Boca Juniors”. El autor de Conversación en la Catedral había leído un artículo en el que Thays comentaba que cuando era chico decía que era de Boca, en la época en que actuaban Maradona, Brindisi, Gareca y atajaba Gatti. “¿Cómo puedes ser hincha de un equipo que no sea peruano?”, lo increpaban. “Yo soy hincha del buen fútbol, donde esté el buen fútbol; así sea en Noruega, soy hincha de ese equipo”, respondía sin dudar. Vargas Llosa dijo que le parecía una nueva actitud de los escritores, “la idea de que el escritor puede decir ‘soy fan de Nabokov, de Lowry, de Boca Juniors, porque soy fan del que juega bien, no de quien debería estar’”. Moleskine, creado por Thays, cumple cinco años. “El blog fue como una broma”, reconoció el escritor. “No es como el que hace la mayoría, que está lleno de ideas, pensamientos y reflexiones; mi blog es de recortes. Leo en una página una entrevista que me ha interesado, saco un pedacito, hago un link a la entrevista y un comentario. Al principio sólo era de Perú, pero poco a poco empezaron a aparecer más lectores de afuera y decidí hacer un blog sobre lo que me interesaba. Como no tengo ninguna bandera y no represento a ninguna institución, lo que hago es entrar a El País, La Jornada o Página/12 y saco las noticias que me interesan. Las personas terminaban entrando a mi blog para enterarse de todo lo que pasaba.” Pisándole los talones a la tesis planteada por Jorge Volpi en El insomnio de Bolívar, Thays aseguró que el escritor latinoamericano ya no existe: “Bolaño fue el último latinoamericano que escribía como latinoamericano y que le interesaba ser latinoamericano”. El escritor peruano arremetió, con la razón de su lado, contra el mercado editorial español. “Me afecta mucho que en las mesas de novedades siempre están los libros de autores españoles o los extranjeros traducidos por Anagrama o Acantilado. Si hay una novedad de un autor latinoamericano, está en una mesa que se llama narrativa o literatura latinoamericana. ¿Por qué no pueden aceptar que los latinoamericanos somos también parte de esa lengua y que deberíamos estar en la misma mesa de novedades? ¿Por qué los españoles, salvo Cercas y Vila-Matas, no hablan de Bolaño cuando es lo mejor que ha aparecido en castellano? Mi blog está logrando que los españoles se preocupen por su imagen en América latina. Adriana Hidalgo tradujo a un irlandés que es un genio, John McGahern, y muchos españoles me escribieron preguntándome por qué no lo tradujeron allá. Me gusta que se sepa que América latina traduce autores. Lo que pretendo y estoy consiguiendo es que Moleskine sea una especie de puente entre América latina y el castellano.” Mairal planteó una paradoja. “Para que una novela sea latinoamericana se tiene que publicar en España”, advirtió. “En esta especie de balcanización de la literatura, la única manera de que un autor se vuelva latinoamericano es rebotando en España.” Thays contó una anécdota que ilustró esta balcanización. Quería leer Derrumbe, la novela de Daniel Guebel, pero sólo había sido publicada por Mondadori en la Argentina. “Ahora tenemos la información, pero no tenemos el libro. Antes no sabía que Guebel existía, entonces podía vivir sin Guebel, pero ya no puedo porque sé que existe”, comparó. El escritor peruano celebró la próxima llegada de Amazon Kindle al castellano. “Será estupendo porque podré bajarme todos los libros que quiera; no importa si se publica en Asunción o en un pueblito donde hay mosquitos. Donde sea que se publique, si está en la red, lo voy a bajar. Esa es mi ambición porque no soy fetichista del libro como objeto. Las librerías deberían desaparecer y tener todos un Kindle”, ponderó el “peinadito” peruano ante la mirada fulminante del dueño de casa, el librero Pablo Braun.“La literatura argentina me gusta muchísimo, pero son muy peinaditos, muy ordenados; todo bien escrito, todo bien hecho, nunca se disparan. Jamás a un escritor argentino podría corregirle una coma, pero siento que se quedan en el techo y rebotan como cascarudos”, disparó un tanto a la ligera. En las caras de algunos escritores presentes se percibió el síntoma de un pequeño malestar, el de la discrepancia. “Borges y Bioy Casares escriben tan bonito, escriben limpio. ¿Y cuándo el extraño, el más raro que rompa la pared y haga algo distinto? Ustedes tienen una tradición en Roberto Arlt, el que desarma las cosas, el que le echa ácido a la tela. Pero Arlt no ha dejado una estela tan grande como los peinaditos. El único que me parece muy despeinado es Gombrowicz. No soy de esos escritores, yo también soy peinado. Pero me encanta que existan escritores como Gombrowicz. Cada vez me gusta menos Borges. Y Bioy Casares ya ni hablar.” Entre los escritores argentinos contemporáneos rescató a Alan Pauls por El pasado. “Lo que más me gusta de Alan Pauls es lo que menos me gusta de Alan Pauls. En la novela hay un pintor extraño que pintaba cosas obscenas y esa parte que sobra me fascina. De esas sobras haría una novela. Lo que pasa que es que en una novela tan larga la sobra te molesta. Pauls es un cascarudo que rompió el techo. Pero la mayoría de los escritores argentinos y latinoamericanos son muy Volpi, bien peinaditos. Y escuchan demasiado música clásica.
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Martini dijo que los protagonistas de los diez cuentos son “hombres y mujeres que circulan por los bordes, entre la desesperanza y el fracaso, de pronto encarnan un instante excepcional: no es un instante de gloria, es el momento de la violencia, de un acto inesperado, o de la resignación final. Un libro que articula con un estilo impecable el mundo previsible con la historia secreta de una sociedad carcomida por la ausencia de toda justicia.” Martín Kohan destacó que los cuentos están “escritos con la sabiduría de la buena espera, con el arte intemporal de la paciencia, con esa modulación perfecta que le permite a Consiglio elegir cada vez la palabra justa. No se trata de una colección de cuentos, sino de un libro de cuentos. Porque Consiglio no reunió en un volumen lo que surgió por separado al escribir; cada cuento existe por sí mismo pero además cobra sentido en el conjunto al que pertenece.”
(...) nosotros como argentinos tenemos una tradición cuentística vastísima. Si no se escriben más cuentos –o si no se publican más cuentos, porque quién no tiene un libro de cuentos escondidito– es por un criterio editorial. No más que eso. Creo que es un género absolutamente saludable. Por otra parte, me parece que tiene que ver con el tiempo de lectura de nuestra época. Esa cuestión de leer en el poco tiempo que tenemos. Un cuento, en algún punto, se presta bien a esta lectura rápida, que no por rápida es fugaz.
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Llegamos entonces al punto de partida de los Cuentos encontrados: mi costumbre (mi manía, ¿por qué no?) de subrayar, de coleccionar las historias breves que voy encontrando dentro de libros más extensos. Porque no es lo mismo, por supuesto, un cuento que nació autónomo (como las fábulas esopianas y otros materiales que conforman Los cuentos más breves del mundo) que un microrrelato que está enmarcado dentro de un texto mayor. Y porque la evolución del género (desde esos primeros pasos que citaba Anderson Imbert) no ha hecho, en absoluto, que desaparecieran las digresiones autónomas. Los cuentos que conforman Historias encontradas provienen, en líneas generales, de tres clases de libros: en su mayor parte de novelas y relatos; en segundo lugar, de misceláneas (florilegios) o de ensayos. Pero en todos los casos se trata de “relatos hallados” o, si se prefiere, de historias semiocultas o sembradas por el autor en el agitado mar de un texto bastante más vasto. [...] Muchos de estos cuentos “encontrados” se hacen eco de una historia mayor, del gran relato que los contiene (remedándolo con variantes, como un espejo en miniatura), otros son independientes o únicamente ilustrativos de un momento o un detalle en particular. Ambas prácticas existen, por cierto, desde hace siglos. Las “novelas” que componen el Quijote, las muchas digresiones que hay en Sterne o en Fielding son, por lo general, independientes del relato mayor [...] Cada historia encierra otras historias. Como muñecas rusas, las novelas o los cuentos que más hemos disfrutado podrían haberse prolongado de manera casi infinita; sólo que el narrador, nunca más afín a un escultor, tomó la decisión de fijar límites, se vio obligado a hacer recortes. Al mismo tiempo, los narradores saben o presienten que, como decía Bioy Casares, por las digresiones penetra la vida. La jerarquía de ciertos libros, de ciertas novelas, puede detectarse no sólo por el brillo innegable de su historia central, sino también por el atractivo de sus “materiales de segundo plano”, de sus “historias menores”. No es de extrañar, en consecuencia, que de ciertos monumentos literarios nos quede, pasado un tiempo, la memoria de tal o cual relato digresivo, tanto o más que un recuerdo integral
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"En noviembre de 2001, sentado en un café de Barcelona, vi un viejo mozo y pensé que debía de haber visto muchas cosas en su vida -cuenta-. Me interesaba una figura así, un hombre al que nadie le pregunta nada, pero que podría contar muchas cosas sobre el siglo XX. Me lo imaginé hablando con algún cliente que alguna vez fue un pez gordo del franquismo. Tardé dos años en empezar a escribir la historia. Entretanto, el mozo se convirtió en un ornitólogo y el personaje pasó a estar inspirado en el zoólogo Konrad Lorenz, una figura que yo conocía de chico aunque recién a fines de los años noventa descubrí su pasado nazi.
-¿Por qué ese interés, ya presente en sus otros libros, por figuras de pasado oscuro?
-A mí me educaron mirando lo bueno. Y entonces es lógico que uno desarrolle un interés por conocer el otro lado. En los años sesenta la diferencia entre buenos y malos era muy clara. Habría sido un escándalo que uno dijera que se encontró con un nazi simpático. ¡Pero los hay!
En los últimos años se ha registrado un cambio de perspectiva en el abordaje de la Segunda Guerra y sus consecuencias. El interés parece haberse desplazado de las víctimas del Holocausto a las víctimas de la guerra en general, empezando por los propios alemanes. ¿Cómo ve esa evolución?
-Este cambio respecto de qué víctimas lamentamos viene de la mano de otro cambio sospechoso, según el cual todos los testigos tienen razón: yo recuerdo de una forma y usted de otra. Se tiende cada vez más a aceptar la opinión de viejos miembros de la SS que dicen: "Yo lo vi así". Eso es muy peligroso.
-Pero su libro trata el bombardeo de Dresde, emblema de esa nueva mirada.
-Ese bombardeo juega un papel muy importante en la identidad de los habitantes de esa ciudad. No podía esquivar esa noche si quería escribir sobre Dresde. El bombardeo fue el 13 de febrero. Y el 14 de febrero los últimos judíos que vivían en Dresde tenían que presentarse en cierto lugar para ser transportados a los campos de exterminio. Por eso hay personas que hoy dicen que ese bombardeo les salvó la vida, porque al día siguiente ya ni se hablaba de los transportes. En mi libro quise reflejar ese conflicto.
-¿Existe aún la diferencia Este-Oeste en la literatura alemana?
-Sí, absolutamente. Lo normal es que un autor del Este hable de su vida en la República Democrática Alemana. No sé si la prensa aceptaría fácilmente el libro de un autor del Este donde no se hable de eso. Como autor de Alemania Occidental, yo tengo mucha mayor libertad.
-Pero vuelve una y otra vez al nazismo.
-Es verdad. En ese sentido, quizá no soy tan libre. Es una herencia que llevo conmigo. Mis abuelos vivieron esa época, y algo de ellos seguramente perdura en mí.
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La novela Patas de Perro del escritor chileno Carlos Droguett es historia de Bobi, mitad niño-mitad perro, quien por su aspecto canino es rechazado por su familia, escuela, sociedad, hasta que un hombre se encarga de su cuidado y descubre en él otra belleza. Ese hombre es el narrador que da a conocer el periplo por la discriminación y la injusticia que todas las instituciones burguesas (familia, educación, medicina, bienestar social) ejercen sobre los individuos diferentes. Como buen niño con aspecto de perro recibirá varios trozos de carne en su miserable vida y es su pelaje animal lo que lo pone en problemas. Bobi es blanco de muchas cosas, entre ellas, la crueldad, la morbosidad, la violencia de la sociedad; su cuerpo ambiguo es la transgresión no deseada, que no se puede mirar ni integrar... Bobi resuelve el estigma y la diferencia empleándose en un circo que no hace más que explotar económicamente su “monstruosidad”. Su “perrunidad” lo engrandece y señala la deshumanización de los demás.
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La novela es del ’65. Salvo unas pocas menciones –la guerra de Vietnam, la Revolución Cuba–, no parece haber intenciones de situarla en una época.
Yo creo que ha habido una distorsión en la apreciación de la literatura peruana. No sé si en otros países se da esta distorsión. Los estudios que hacen los norteamericanos, los europeos y algunos críticos de mi país hacen más que todo es un enfoque sociológico. Entonces toman la novela como un testimonio de lo social. ¡Pero el escritor no ha escrito un ensayo! Ha escrito una novela y la novela es una obra de arte. Y sobre la concepción artística, estética del autor no dicen nada. Lo que les interesa es ver si refleja o no la realidad y como esta mirada sociológica. Me parece un error. En América Latina y en Perú se escriben buenas novelas, buenos cuentos. Pero eso se deja de lado. Con esta novela he comprobado esto porque sigue leyéndose a pesar de que se habla de otra etapa. Sin embargo hay determinados valores que subsisten. No leemos a Proust ni leemos a Dostoievski por la situación socioeconómica de Francia o de Rusia: leemos porque son grandes novelistas. Yo creo que esa óptica debe haber en la crítica, en la percepción de la obra narrativa. En mi primer libro, Los inocentes, los personajes transitan por cantinas que tienen rockolas, se visten a lo James Dean, tienen un lenguaje de esa época –lo que se llama lenguaje popular peruano–. Sin embargo es un libro que sigue leyéndose y sigue teniendo buena apreciación de parte de los jóvenes, porque en cada uno de los personajes hay una posición interna que, a pesar de la época, conmueve al lector joven.
¿Miguel –uno de los protagonistas– lo atraviesa la literatura de Dostoievski?
Es posible. Hay aspectos que me doy cuenta después de escribir, porque yo soy un sonámbulo cuando escribo. Porque no soy un escritor: soy un creador. La diferencia que establezco es que el escritor domina su forma expresiva escrita, inteligente, que puede escribir ensayo, poesía, cuento, puede escribir teatro, crónica periodística, pero no hace arte. El creador es aquel que tiene una pulsación interna y eso lo expresa a través del arte. Para mí la literatura es arte. Creo que Octavio Paz decía que un hombre inteligente y culto puede escribir un buen poema, pero no es poeta. Entonces yo hago esa diferenciación entre escritor y creador. Y yo me considero un creador.
Hay un momento en que el narrador habla con el lector. Le dice “nunca fuiste dueño de nada, la Iglesia te usa, los militares te usan…”
Eso para muchos críticos fue algo que desmerecía la novela, dentro de los patrones que hay de la novela. Y yo dije que no, que lo había escrito porque lo sentía. Y actualmente la novela moderna ha roto todos esos patrones. En mi libro Los inocentes, el último relato, el autor se dirige a uno de los personajes. El autor: el que está escribiendo el libro habla con uno de los personajes.
Luego de la edición del ’65, ¿volvió a leerlo, lo corrigió?
Nada. Ni una sola línea. No me interesó porque ya está hecho. Una vez que se publica ya no. El reformar y sacar otro libro me parece que es una trampa al lector. Y de este libro hay muchas ediciones. Ya he perdido la cuenta de las ediciones y de las ediciones piratas, y en este momento es uno de los libros que se leen en secundaria y en la Universidad. Este y Los inocentes. Con frecuencia me invitan a que yo hable con los estudiantes. Estas reuniones con los estudiantes son muy interesantes.
¿Cómo tomó la Revolución Cubana?
Me pareció que fue una gran revolución.
¿Hoy sigue pensando lo mismo?
No conozco mucho, pero si ha resistido tantos años… Pero yo nunca he hecho turismo político. Por eso nunca he ido a Cuba.
Pero fue a China.
Si fui a China no fue por turismo, sino fui a trabajar cuando me quedé sin trabajo en Perú. Y China me ofreció trabajo. Ahora, yo nunca he tenido una afiliación política, nunca he pertenecido a un partido político. Me parece que un partido político tiene sus planes y sus objetivos, y un escritor no puede someterse a eso, lo que no quiere decir que no tenga una ideología de izquierda. Pero eso lo vi claramente: cuando Stalin propone una reforma en el campo, Neruda escribe una oda a esta reforma, pasan tres años, la reforma fue un fracaso, y la oda de Neruda se fue al tacho.
¿Qué piensa de Mariátegui?
¡Ahhhh! Ahora no hay personas tanto de izquierda como de derecha que no recurran a Mariátegui. El dice “la revolución en América no puede ser calco, tiene que ser creación”. Y en literatura él tiene un juicio muy interesante: dice que hay que distinguir entre cosmopolitismo y universalidad. Hay escritores cosmopolitas que siguen las normas, los patrones de los centros de cultura, ya sean europeos o norteamericanos. Los autores universales son aquellos que aplican lo que dijo Chejov: pinta bien a tu aldea y estarás hablando al universo. Un escritor debe penetrar en lo que todos los seres humanos, en cualquier parte de la tierra, tienen la misma raíz. Eso lo ve Mariátegui.
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¿Por qué se ha rechazado tanto la imaginación?
Durante mucho tiempo se temió a ese mundo de lo imaginario como un mundo mentiroso, de puro señuelo, donde todo está puesto sencillamente para tranquilizar a las conciencias o, por el contrario, para aterrar. Por lo tanto, eso debe ser desmontado para llegar al hueso duro de lo real. Lo que hemos visto históricamente es que ese hueso duro de lo real termina siendo indigerible, pero también peligroso. Por el camino de lo real se llega a la muerte, a una suerte de vacío atemorizador. Algunos textos “gloriosos” como El Apocalipsis generaban mucho pánico en la gente. Ese temor regresa culturalmente banalizado en películas como El exorcista. La cultura lo que hace es despojar a esos fantasmas de todo riesgo para poder ser consumidos.
En ese sentido, sus lecturas de El principito, Pedro Páramo o el film de Cozarinsky Ronda nocturna son arriesgadas en torno de una consistencia ética.
Sí, últimamente estoy muy preocupado por el tema de la comunidad, cómo se puede sostener una comunidad en el momento en que sabemos que no hay comunidad posible, que no hay acuerdo posible en términos de identidad colectiva. Creo que hay que trabajar con las pequeñas diferencias que permiten procesos de identificación, pero también de distanciamiento. Me parece que por ese lado todavía es posible construir comunidad. No sé; en todo caso no me resigno a pensar que no se puede.
Por eso en varios ensayos rescata la pregunta, a veces tan denostada, “qué hubiera pasado si...”, como hace en el trabajo sobre Rodolfo Walsh.
Es interesante confrontar que “por esta frase que se lee acá” Walsh hubiera ido en tal dirección, o “por esta otra frase” hubiera ido en otra dirección. Es totalmente hipotético, pero no por eso me parece que carezca de interés. Hay muchas novelas de ciencia ficción que están construidas con el qué hubiera pasado si los nazis ganaban la guerra. El planteo contrafáctico sirve para reconstruir un mundo que no fue, un mundo como pura potencia, y en ese punto no veo por qué habríamos de resignar esa posibilidad. No para sostenerla como conocimiento verdadero. Cuando se lee algo de Kafka se dice que es muy moderno y en realidad, no es tanto que sea moderno, sino que uno lo considera participando de una misma esfera. ¿Por qué es posible entender a Kafka más cerca de mí que a Thomas Mann? Porque participamos de un mundo imaginario, nos dejamos arrastrar por la misma fuerza, y eso explica la relación más intensa que uno tiene con ciertos textos del pasado que con otros que fueron escritos ayer.
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The research for this edition of Zoetrope: All-Story began with an anthology called El futuro no es nuestro (The Future Is Not Ours), edited by Diego Trelles Paz and just published in Argentina by Eterna Cadencia. That collection includes twenty writers from more than a dozen countries but does not pretend to be anything more than a snapshot of a Latin American moment. It is not comprehensive—for a region this large and diverse, how could it be?—just as this edition of All-Story isn't. Still, we have attempted to show some of the talent that exists among this new generation; and it's no coincidence that the writers here are all under forty years old, therefore born after the publication of One Hundred Years of Solitude. As we embarked on this issue, we wondered if we might find a distinctive theme or style within these stories, something that connects them all. And while in some cases it's easy enough to pick out shared influences—from literature, film, music, art, comics, blogs, sitcoms, etc.—these don't necessarily cohere into anything approaching a common voice, theme, or ideology. Each story is unique in its narrative approach, and this diversity is part of what made the preparation of this special edition of All-Story so exciting. In the end, in lieu of attempting to make any sort of overarching statement about Latin America or its literature, we simply selected stories we like. We hope you like them, as well.
La apuesta sobre el futuro literario de los autores es un asunto de tertulias, de sobremesa después de una cena entre lectores. A mí me interesa más Santiago Roncagliolo que su compatriota Daniel Alarcón. Pero, lo digo sabiendo que es mi valoración por el momento. Pasa el tiempo y a lo mejor tendré la visión opuesta. Y los happy few, como decía Stendhal, de momento pueden desaparecer o transformarse en una muchedumbre. Pero quedará el prólogo de Trelles Paz: una visión de la literatura hoy en día. Cita a otros prólogos de otras antologías, McOndo, Líneas aéreas, Se habla español, antes de entregar su mensaje definitivo. Hay, escribe, una certeza formal y temática ya consolidada que nos reúne y nos identifica incluso más allá de nuestras voluntades y reticencias: la superación de la llamada novela total. No es nuevo, claro, Fuguet y Gómez lo decían en su sabrosa descripción del pueblo de McOndo, burlándose de Gabo. Pero, lo nuevo es, según el autor, la voluntad de recuperar el pacto maravilloso entre escritor y lector. Recordando a Carpentier, todos sabemos que escribir 'pacto maravilloso' en lugar de 'real maravilloso' no es algo ingenuo. Aquí está la apuesta del prólogo arbitrario de Trelles Paz: blogs, páginas personales, redes de contacto, correo electrónico, etc., favorecen la recuperación de un intercambio activo con el lector. El autor de ahora no quiere definir el mundo y su historia pero sí quiere meterse en el flujo de las voces digitales. El futuro no es suyo. Habla en un presente que se va, imposible de detener, como el caimán de la canción que se va para Barranquilla.
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La pregunta es qué tienen en común los veinte escritores reunidos en la edición impresa publicada en Argentina de El futuro no es nuestro. La respuesta es sencilla, y que alcance y sobre con ella: todos son latinoamericanos. Las antologías abren por su naturaleza un juego ciertamente peligroso que da lugar a que sean señaladas como la expresión de un movimiento artístico, la idea de una producción meditada en conjunto que quizá sea lo que queda de la herencia de las vanguardias y sus agrupamientos. El riesgo es que el encanto de variedad al que aspira El futuro no es nuestro se pierda con una lectura que se limite a resaltar el “espíritu de época” y desdibuje las individualidades. Eso no indica, sin embargo, que los cuentos no se crucen o formen conexiones enriquecedoras. Lo cierto es que la mayoría de los relatos escogidos por el peruano Diego Trelles Paz desarrollan una mirada dura y en algunos casos desapegada de la violencia, que no actúa en las historias como telón de fondo sino a un costado, expandiéndose por los límites que enmarcan los cuentos casi como un personaje más. Mientras que algunos escritores apelan al desencanto y una voz seca próxima al nihilismo, en otros prevalece una energía destructiva y renovadora como el huracán que arrasa Cuba en el cuento de Ena Lucía Portela. Cuentos como Pseudoefedrina del mexicano Antonio Ortuño –que traslada la fiebre sintomática y sexual que sufren los personajes a una escritura enardecida– hacen de su tema una forma de narrar. Lo mismo pasa con el delirio realista en el sobresaliente Lima, Perú, 28 de julio de 1979 del peruano Daniel Alarcón o en el cuento de su compatriota Santiago Roncagliolo, Un desierto lleno de agua donde la inocencia de una iniciación sexual roza lo trágico en un relato narrado con aparente ingenuidad. Es probable que esta edición impresa de El futuro no es nuestro no haya estado a la altura de lo que el proyecto prometía. Y es que algunos de los cuentos sobresalen del conjunto de manera notable (...) Tal vez con la intención de resaltar lo latinoamericano donde ya estaba presente se hayan cerrado algunos caminos de la nueva narrativa latinoamericana que evidentemente tiene mucho más para ofrecer.
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