MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

La zona literaria de Mathias Énard

3.12.2009
Carátula del libro. Fuente: deslivres

Mathias Énard no es un desconocido para los lectores del castellano. Este narrador francés, radicado en Barcelona desde el 2000 y especialista en Medio Oriente, estuvo en boca de todos hace unos años al publicar con Belaqua el Manual del perfecto terrorista (aquí hay un fragmento de la obra). El año pasado publicó en Francia un libro de memorias bajo el título Zone (el libro se publicó la semana pasada en castellano en La Otra Orilla, en la editorial Norma, según me datea un comentarista). En la revista The Quartely Conversation hacen una reseña del libro y en ella me ha llamado la atención, sobre todo, el amplio -y atractivo- círculo de referencias al que se alude para hablar de este libro. El absoluto eclecticismo. Gracias a Dios:

In 1913 Apollinaire published Alcools, his famous poetry collection, which is entirely devoid of punctuation and includes a text entitled “Zone.” And indeed, Apollinaire is one of many writers quoted in this book and probably one of its most important references: as Énard himself commented, his poem and the novel share many thematic aspects. Apollinaire is hardly alone among literary referents, as there is not only a lot of violence in Zone; there is also a lot of literature. The two things held in common by most of the writers Énard mentions in Zone are their personal ties with the Mediterranean and their own history with its ills and its violence. Burroughs, an adept of the concept of a “Zone,” is also another Zone wanderer. Although he does not grace the book’s pages, it is difficult not to think of Claudio Magris, not only because some pivotal scenes take place in his beloved Trieste but also because Énard uses ideas of frontiers and mixed identities. Another such writer that might come to mind while reading Zone is Thomas Pynchon, another artist of the Zone who, geographically speaking, never quite haunted Énard’s chosen stomping ground (notwithstanding the disturbing scenes at Casino Göring or the Maltese escapades). A Pynchonian pessimism seems to fill Zone’s pages, as Francis’ worries spiral around the Italian countryside he fails to see in his night train, even as he sees places like Tangiers, Barcelona, and Beirut all too clearly in his head. Furthermore, readers of Against the Day will find familiar Énard’s use of train transports as a metaphor of the century’s woes, as this mirrors Pynchon’s own assessment of them in Against the Day, where he noted that the train was primarily developed to dispatch troops faster and farther. The two writers other than Apollinaire that Énard comes back to most often in Zone are Ezra Pound and Maurice Bardéche. The latter was the brother-in-law of Robert Brasillach, the infamous collaborationist writer who was executed after WWII. Bardéche was the intellectual face of French fascism, a leading Holocaust denier and a strong critic of the Nuremberg trials. He died peacefully at the age of 91 in 1998. In Zone, Bardéche gives Francis Servain, then a neofascist youth, his 1939 book on the Spanish civil war, which he boasts gestated under Franco. In a way, Bardéche is the man who first puts Francis on the trail of the evils of his chosen zone of action. Pound’s presence, obviously very political, is even more literary: one feels that, as much as Francis, Énard loves the Mussolinian poet. His work is quoted, his life in Italy told. His presence is one of madness and of genius: he is probably the writer who most intimately fits, in equal measure, the form and content of Zone’s literary project. There are other writers or literary works that do not appear on the pages but do appear in one’s mind while reading this book. In some ways, this seemingly never-ending list of slaughters, wars, political games, terrorist acts, and historical wrongs of the Mediterranean area, told on many occasions with a very matter-of-fact tone, is reminiscent of Roberto Bolaño’s take on Ciudad Juarez’s mass murders of women in the fourth part of 2666. And, like 2666, Zone doesn’t tell us about the banality of evil, it tells us about a civilization numbing its senses, about hopelessness, about disillusion. Finally, there is also more than a hint of Sebald at play here. The comparison doesn’t work on a stylistic level, although, much like Sebald’s books, while Zone appears to be infinitely digressive it is really centered on strong themes that lurk behind everything that happens: there is always something else the narrator thinks about, there is always something to distract him from the very event he—and the reader—was reliving. This only serves to emphasize the feeling put forward by both authors: Sebald would load every object with a history and make it a significant piece of his narration; Énard does the same with the political events Francis walks through. Both The Rings of Saturn and Zone tell the tale of an internal voyage of sorts.

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John Banville entrevistado

1.18.2009
John Banville. Fuente: theage.com

"Si se pudiera medir la potencia de la literatura como una carrera de caballos, el irlandés John Banville sería el nombre mayor de la novela en inglés" dice Matilde Sánchez, periodista de la Revista Ñ quien desde Dublín envía una entrevista exclusiva con este, en efecto, extraordinario prosista y narrador. Es cierto que la presencia de Banville antes de conseguir el Booker por su genial novela El mar (2005) pasaba desapercibida en medio del Dream Team británico y los minimalistas norteamericanos. "Antes del premio yo fui ignorado. No, me ocurría algo peor; era un autor consagrado por la crítica. Me colgaron el peor título nobiliario, el de 'escritor para escritores" dice Banville, quien ahora gracias a sus novelas policiales escritas bajo seudónimo se ha vuelto un éxito de ventas. Dejo aquí tres preguntas de la entrevista:


Confesiones y evocación: ¿su punto cardinal sería el registro de una voz, una primera persona absoluta? Por esa voz, el ensayista George Steiner escribió que usted es "el mayor estilista de la lengua inglesa".
No haga caso, el viejo Steiner se acordó de mí sólo para recordarnos a todos que él ya había escrito sobre el espía Blunt... Mire, es lo opuesto de lo que me fascina de esas obras de Simenon: ¡él no necesita de tanta intimidad! Alcanza una inmensa potencia sin cultivar un tono de voz propio, sin que lo oigamos a él. Su gran talento, que ni Black ni yo tenemos, le permite precisar una escena en apenas dos renglones. ¡Es que yo odio vivamente todo lo que escribo! Mis libros me hacen sentir avergonzado... Son mejores que los del resto de mis contemporáneos, desde luego, pero eso de ninguna manera me alcanza...

Después de tanta querella entre vanguardia y mercado, ¿qué es una buena novela hoy?
Para mí la novela es una forma capaz de pensar por sí sola, aunque esto no postula que sea una rama de la filosofía. Pero sí propone sus propias conclusiones. Es el instrumento que nos permite acercarnos cada vez más a un objeto, con obsesión. Cuando uno escribe sobre personajes, sus acciones y odios, termina escribiendo sobre algo que en verdad existe. Yo procuro enfocar algo no como referencia de lo real sino buscando aislar el hecho; para eso la primera persona es fundamental. Mi nuevo experimento ahora es enfocar sin depender del poder encantatorio de una voz singular.

¿Cómo surge cada libro?
Con una figura geométrica, una forma en el espacio y una tensión en mi cabeza. Y esto debo convertirlo en palabras, bajarlo a una página. Es muy parecido a lo que siente un compositor. Un músico amigo me dijo una vez, "Oigo un grito en la cabeza y debo participarlo a una orquesta". Es una compulsión, ¿qué otra cosa puede ser? Ahí estoy, horas enteras solo en mi escritorio durante más de cuarenta años contando historias absurdas, tratando con obsesión de que salga bien y sabiendo que nunca voy a conseguir lo que quiero. Y al mismo tiempo, no puedo hacer otra cosa. No es una vida digna para ningún ser humano... Incluso ante los buenos escritores, el lector puede ausentarse un rato mientras lee, pensar en otra cosa y volver a las dos o tres páginas. Conmigo no es posible; hay que estar concentrado a cada renglón porque la trama no cuenta, los personajes son menores y lo único que vale es esa voz obsesiva.

Por otra parte, gracias a la entrevista también me entero no solo de las lecturas de Banville (Magris, Sebald, Calasso, coincidentemente todos autores editados en Anagrama en castellano, como el mismo Banville) sino de su disgusto por Jorge Luis Borges:


Magris, Sebald, Calasso, todos ellos autores muy influidos por los ensayos breves de Borges. Sin embargo, a usted Borges no le gusta.

Bueno, es que le encuentro ciertos límites. Acuerdo con Nabokov; él dijo que cuando empezó a leer a Borges pensó que había descubierto una catedral y que después se encontró en un hall... Algunas de sus piezas son perfectas pero las encuentro carentes de pasión. Y cuando se despacha con los gauchos esos, bueno, ya no le creo una palabra.

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La melancólica muerte del chico Sebald

12.10.2008
La melancólica muerte del chico Sebald. Fuente: markmordue

Alvaro Colomer ha escrito un artículo imprescindible sobre un escritor imprescindible: W.G. Sebald, quien en el séptimo aniversario de su muerte ha sido homenajeado por la Universidad de East Anglia En dicho evento, la imagen del escritor contemplativo y melancólico ha sido complejizada, aumentada si se quiere, por otra imagen más: la de un escritor absolutamente jovial y capaz de disfrutar de la vida:

Las charlas se sucedieron a lo largo de todo un fin de semana, contando con personalidades de excepción no sólo por sus conocimientos teóricos, sino por haber compartido amistad con un escritor cuya personalidad ha sido distorsionada por parte de esa crítica literaria que, en muchos casos, ha cometido uno de los errores más típicos en la historia de la literatura: confundir al narrador con el autor. Porque Sebald no fue el hombre melancólico, solitario y en cierta manera apartado del hecho humano que se nos acostumbra a dibujar, sino una persona vital, alegre e incluso algo payasa.

El artículo continúa dando anécdotas que desmitifican al autor tristón de las fotos de contratapa, una figura incluso fomentada -al parecer- por el mismo Sebald porque sabía que en Inglaterra tenía mucha pegada la imagen del "alemán melancólico". De todas las anécdotas, la que más me fascina es ésta, por su lección literaria:

Y aún hay otro ejemplo, acaso una picardía de autor: recuerda el poeta húngaro George Szirtes que el día en que conoció a Sebald le preguntó por cierta casa de la que hablaba en las primeras páginas de Los emigrantes. Szirtes vivía en el pueblo que se describe al inicio de dicha novela, pero no había sido capaz de localizar esa casa en el mundo real. "¿Quieres que te cuente un secreto?", le soltó entonces Max. Claro que quería. "Esa casa no está ahí, sino en el pueblo de al lado." Fue entonces cuando Szirtes comprendió que el afán de Sebald por convertir sus libros en una suerte de "falsos documentales" iba mucho más allá de lo que se tiende a considerar. El autor de Los emigrantes no sólo revestía sus novelas de una parafernalia - imágenes reales, detalles verificables, datos históricos...-que les confiriera una verosimilitud extrema, sino que esa misma parafernalia, casi siempre tomada por verdadera, también estaba alterada hasta un grado insospechado. Dicho de un modo sencillo: en sus textos Sebald podía asegurar que un buzón estaba a la izquierda de una farola, cuando en el mundo real ese buzón está a la derecha. Y con estas pequeñísimas alteraciones, imperceptibles tanto para el lector como para el estudioso, se divertía. "Cuando me explicó aquello, esbozó una sonrisa que no era más que pura picardía", añade Szirtes.

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Vila Matas lee a Sebald

11.05.2007
Cartel en Mauthaussen. Fuente: memento

En su columna "Dietario Voluble" Enrique Vila Matas lee Campo Santo de W.G. Sebald y lo encuentra estupendo. Subraya especialmente el artículo titulado "Construcciones del duelo" y basta seguir la breve reflexión de Vila Matas para saber la profundidad y lucidez que hay detrás de Sebald. Un autor absolutamente imprescindible para quien no lee a la ligera.

Dice Vila Matas: " En Campo Santo brilla con energía propia el indignado ensayo Construcciones del duelo, donde el autor habla de la sorprendente paralización de sentimientos con que se respondió en Alemania a las montañas de cadáveres de los campos de concentración y comenta, con pesimismo, nuestra creciente incapacidad para cualquier duelo. Como una maldición del mundo actual, la ausencia del culto a los muertos y la pérdida de trascendencia ha ido dejando desamparados nuestros camposantos y crematorios. ¿Quién no ha pensado alguna vez en una ceremonia en el crematorio, viendo que introducen el ataúd en el horno sobre la cureña, que la forma de despedirnos de los difuntos se caracteriza por una mezquindad y una prisa mal disimuladas? Es nuestra incapacidad moderna para cualquier duelo. A este paso -viene a advertirnos W. G. Sebald-, la memoria entera del pasado se disipará en una masa informe, indistinta y muda, y se perfilará en el horizonte un mundo hostil y tan carente de memoria que seguramente las personas, al abandonarlo, no sentirán la necesidad de regresar ocasionalmente algún día, de regresar aunque sólo sea por curiosidad, por visitar a los familiares, por conocer al fin de cerca los entresijos que comporta llevar una respetable vida de almas en pena".

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Sebald urgente

10.28.2007
Carátula de la obra. Fuente: anagrama

En su "Mea Culpa Donosiano" Rafael Gumucio califica, confundiendo el cinismo con la mezquindad, como "comentarios de buen gusto" los libros de Sebald. Curiosamente, Mercedes Monmany escribe extraordinariamente sobre la urgencia de leer a WG Sebald incluso en obras supuestamente menores como los textos reunidos en Campo Santo. Gumucio debería aprender del propio artículo que ha escrito sobre Donoso y descubrir que uno puede escribir memorias prematuras, pero no comentarios apresurados.
Dice Monmany: "En el reciente, y de nuevo magnífico, libro de relatos y ensayos aparecido en nuestro país de W. G. Sebald, Campo Santo, este autor que revolucionó y reeditó todos los géneros literarios y el método de narrar en nuestros días, creando una estela, cuenta en qué instante preciso de su vida, él, profesor y especialista en literatura comparada, expatriado desde 1970 de su país natal, Alemania, e instalado en la Universidad de Norwich, Inglaterra, tras haber pasado por Suiza, tuvo la idea de que un día le gustaría hacer «algo más que conferencias y seminarios». Como siempre en su caso, esta intuición programática de lo que sería su futuro, toma la voz, inmediatamente, no de un ensayista, sino de un narrador en estado puro. Un narrador que mezcla sin cesar pequeñas y concentradas miniaturas de lo observado; particularidades que encierran una infinita explosión de radiaciones, huellas y referencias culturales y, sobre todo, un sinfín de desvíos y tercos merodeos propios del viajero que no suelta ningún detalle de su presa: «esas similitudes, coincidencias y correspondencias» que conectan sin cesar realidad, «imágenes enigmáticas del recuerdo», «ideas que bullen continuamente dentro de nosotros» y rastros históricos que se niegan a ser enterrados definitivamente.

(...)

Ya sea tratando a su casi doble literario, Bruce Chatwin, enemigo como él del encasillamiento y amante de la promiscuidad de géneros y temas en los libros, o hablando de la compleja figura del suicida y espléndido autor judío Jean Améry, con su «implacable resentimiento» de apátrida un día expulsado de su «propia idea austrocéntrica del mundo»; ya sea reflexionando en otro excelente ensayo condenatorio («Construcciones del duelo: Günter Grass y Wolfgang Hildesheimer») sobre «la incapacidad para el duelo», sobre «la sorprendente paralización de sentimientos con que se respondió en Alemania a las montañas de cadáveres de los campos de concentración», sobre «las estrategias y mecanismos» de defensa de esta misma población alemana y de los escritores de la inmediata posguerra para asumir cualquier culpa o al menos «un duelo adecuado por los seres humanos que, por hechos nuestros, resultaron muertos en gran número»; en cualquiera de estos casos, el ensayista, crítico literario y narrador que es Sebald no se separa ni un solo minuto del humanista estremecido y del pensador irritado por la tendencia a borrar, a cancelar, a no enfrentarse, a ser cómplices de instituir un estado de cosas por el que «recordar es un escándalo»

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Las preguntas de Sebald

10.23.2007
WG Sebald, preguntas importantes. Foto: Chris Buck Fuente: chris buck page

Una de las mejores cosas de tener un blog es descubrir cómo las mismas interrogantes y cuestionamientos se repiten en distintos países y lenguas. Lo malo es comprobar las diferencias intelectuales en el modo de responder a esas preguntas. En su blog "El Escorpión" Alejandro Gándara retoma una pregunta del último libro editado en castellano de WG Sebald, Campo santo, y lo hace propio. Y en el Perú podría hacerse lo mismo y, en nuestro caso, utilizarla no para explicar el silencio si no la necesidad de narrar, desde diferentes perspectivas, los años de la violencia que nos tocó vivir.

Dice Gándara: "El párrafo de ayer fue extraído del compendio pluriforme de W. G. Sebald (1944-2001), 'Campo Santo' (Anagrama), en concreto de uno de sus ensayos titulado 'Entre Historia e historia natural. Sobre la descripción literaria de la destrucción total'. En él se pregunta Sebald por qué la destrucción de las ciudades alemanas por los bombardeos aliados no ha sido objeto de descripción literaria, ni impulsó literatura alguna en el área de esa lengua. Antes de examinar tanto las excepciones como las causas del silencio, Sebald sugiere que lagunas como ésta son suficientes para preguntarse por la función de la literatura: me temo, visto el conjunto de los ensayos aquí reunidos, que la respuesta no es muy optimista y que, cuando la literatura de ficción no es insuficiente o ampliamente rebasada por la experiencia, acaba resultando un refuerzo del imaginario establecido (a este respecto léase el ensayo sobre 'Construcciones del duelo', especialmente dedicado a Günter Grass, a su colaboración en la campaña política que colocó a la socialdemocracia en el poder y a la obra concomitante). Creo que una cuestión legítima para quien esté interesado por las literaturas nacionales (o mundiales) es la de averiguar dónde se sitúan las zonas de olvido, los territorios en blanco de los mapas. También para quien esté interesado sencillamente en conocer el país en que vive, por poner un ejemplo cercano, el nuestro.

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Los nuevos clásicos

9.19.2007
Roberto Bolaño, un nombre que se reitera en las listas. Ilustración: Loredano. Fuente: El País

Hace varios meses me pidieron de la revista Qué Pasa una lista de mis siete clásicos contemporáneos, libros escritos a partir de 1970. Entregué mi lista (la colgué en el blog además, recuerdo) y no supe más de ella hasta hoy, que un lector me facilita el link donde puedo encontrar la nota de la revista. La lista tiene más diferencias que similitudes, obvio, porque no es fácil buscar "clásicos" tan contemporáneos (finalmente, ¿qué es un clásico?) pero mantiene el interés porque puede ser una buena guía para aquellos que siempre están buscando que les recomienden libros. Algunos nombres se repiten, desde luego: Roberto Bolaño es el más acudido, igual que Philiph Roth, JM Coetzee y Gabriel García Márquez. Y también por ahí hay un par de menciones a Georges Perec, WG Sebald y Alfredo Bryce Echenique. Cada uno debió escoger siete libros, en orden de importancia, y explicar sólo el primero. Les dejo aquí la lista de los primeros de cada lista y quiénes lo propusieron.

Gonzalo Garcés: El teatro de Sabatth de Philip Roth (1995)

Rafael Gumucio: La Lengua Absuelta de Elías Canetti (1977)

Pablo Illanes: La conjura de los necios de John Kennedy Toole (1980)

Iván Thays: Los emigrados de WG Sebald (1996)

Ricardo Silva: Catedral de Raymond Carver (1983)

Antonio Ungar: 2666 de Roberto Bolaño (2004)

Martín Solares. Todos los caballos hermosos de Cormac McCarthy (1992)

Juan José Rodríguez: Terra Nostra de Carlos Fuentes (1975)

Alvaro Bisama: From Hell de Alan Moore y Eddie Campbell. (1988-1998)

Rodrigo Hasbún: Desgracia de JM Coetzee (1999)

Daniel Alarcón: El Emperador de Ryszard Kapuscinski (1978)

Fabrizio Mejía: Los detectives salvajes de Roberto Bolaño (1998)

Ena Lucía Portella: American Psycho de Bret Easton Ellis (1991)

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Lista 4

8.03.2007
Fuente: Loveof74

Hace unas semanas, me pidieron de Chile una lista de siete clásicos publicados después de 1970. Aunque no me queda claro qué es un libro clásico y por qué lo es, puse estos títulos en la lista con la esperanza (espero que no ingenua) de que sigan leyéndose por muchos años. Es sólo una apuesta.

1.- Los emigrados, de W.G. Sebald (1996)

2.- Desgracia, de J.M. Coetzee (1999)

3.- La Guerra del Fin del Mundo, de Mario Vargas Llosa (1981)

4.- Hijos de la Medianoche, de Salman Rushdie (1980)

5.- El arco iris de la gravedad, de Thomas Pynchon (1973)

6.- El arte de la fuga, de Sergio Pitol (1996)

7.- Perorata del apestado, de Gesualdo Bufalino (1981)

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Novedades Anagrama

8.02.2007
Bill Buford, su libro Heat pronto será editado por Anagrama. Fuente: nytimes.com

¿Se acuerdan de Heat, el libro de Bill Buford que fue sometido a un intento de cocinarlo? Pues ahora lo tendremos en versión castellana gracias a Anagrama. Se están acabando ya las vacaciones de verano y las principales editoriales empiezan a mostrar su segundo aire, las novedades hacia fin de año. Hoy me llegó el boletín de Anagrama y, además del mencionado Buford, encuentro cosas interesantes como el nuevo libro de cuentos de Enrique Vila Matas, una reedición de Prisión perpétua de Ricardo Piglia y lo nuevo de Claudio Magris, Paul Auster y un rescate de Sebald. Cito en extenso las palabras de Jorge Herralde que tiene la buena costumbre (ojalá seguida por otros editores) de presentar brevemente sus novedades.

PD.- Quiero agradecer a la oficina de prensa de Anagrama por mencionar nuevamente, entre sus fuentes, a este Moleskine Literario. Ahora comentan la encuesta que eligió a Mario Bellatin como el autor que la mayoría de votantes quiere "introducir en una máquina del tiempo, bajarle la edad y permitirle participar en el encuentro Bogotá 39"

Dice Herralde: "En «Panorama de narrativas», el primer título propuesto es La interpretación del asesinato de Jed Rubenfeld, un impresionante debut narrativo a partir de las peripecias de Sigmund Freud en Nueva York a principios del siglo XX: una novela calificada de «policíaca, histórica y shakespeariana», y de lectura compulsiva, que ha sido un extraordinario bestseller en el mundo anglosajón y ha recibido las más entusiastas críticas. Nos encontramos de nuevo con Paul Auster a través del guión de La vida interior de Martin Frost, cuya versión cinematográfica ha dirigido el propio escritor y que presentará en septiembre en el Festival de San Sebastián. Claudio Magris nos ofrece en Así que Usted comprenderá un breve, bellísimo y magistral monólogo: resucita el célebre mito órfico, dándole la palabra a Eurídice. La más exigente literatura alemana comparece por partida doble: por una parte, Campo Santo, un volumen póstumo de W. G. Sebald, a modo de emocionante despedida de uno de los grandes escritores de nuestro tiempo; por otra, El hueco que deja el diablo: doscientas narraciones de Alexander Kluge, tan reconocido por Susan Sontag y el propio Sebald, que es la presentación española de un exigente y extraordinario escritor y cineasta. Bill Buford, quien fue director de Granta en su mítica etapa de los 80, después director de ficción del New Yorker y entretanto autor de Entre los vándalos (CR 25), un reportaje sobre el fútbol y sus hooligans, nos presenta ahora un libro extraordinario, Calor, donde nos narra sus obsesivas, hilarantes y vívidas experiencias como aprendiz de cocinero, tras conocer al gran chef Mario Batali. El joven escritor y cineasta Samuel Benchetrit, de quien se ha dicho que «es a la literatura lo que los Sex Pistols al rock», nos ofrece Crónicas del asfalto, un seductor texto autobiográfico.

En «Narrativas hispánicas» la propuesta de este bimestre no es menos excepcional. Enrique Vila-Matas regresa al cuento, con acierto extraordinario, con Exploradores del abismo, que considera que es «mi libro más genuino». Crematorio, de Rafael Chirbes, es su libro más ambicioso y conseguido, de una sabiduría y radicalidad estremecedoras. Belén Gopegui prosigue, en solitario, con El padre de Blancanieves, un proyecto narrativo, político y moral sin precedentes en nuestras letras. Continuamos con la publicación de la ópera omnia del gran escritor argentino Ricardo Piglia, en edición definitiva: ahora es el turno de Prisión perpetua. También seguimos, con la novela Malacara, con el descenso a los mexicanos infiernos de Guillermo Fadanelli. Y recuperamos en esta colección el primer libro de Sergi Pàmies, Debería caérsete la cara de vergüenza, muy reciente aún su gran éxito con Si te comes un limón sin hacer muecas (NH 409).

En «Argumentos», Daniel Cassany, que escribió hace unos años un libro de obligada referencia, La cocina de la escritura (A 162), se dirige ahora a los más iniciados con Afilar el lapicero. Iñaki Esteban, en El efecto Guggenheim, escudriña en la idea de museo y sus propósitos actuales a partir del célebre museo Guggenheim de Bilbao. Con El cristianismo hedonista, el segundo tomo de su Contrahistoria de la filosofía que se inició con Las sabidurías de la antigüedad A (361), Michel Onfray reivindica el hedonismo y «da la voz a los sin voz de la filosofía» (Stéphane Floccari). En «Crónicas» se recogen las últimas conferencias del gran Ryszard Kapuscinski con el título Encuentro con el Otro, seis textos esenciales sobre las interrogaciones contemporáneas. En «Compactos» tenemos dos novelas mayores: de Enrique Vila-Matas, El mal de Montano, y de Belén Gopegui, La conquista del aire. Asimismo, coincidiendo con la Feria de Frankfurt, cuyo invitado de honor es la cultura catalana, aparecerán en esta colección siete títulos de autores catalanes que hemos traducido al castellano a lo largo de las últimas décadas: Ruleta rusa y otros cuentos de Pere Calders, Camino de sirga de Jesús Moncada, Primaveras y otoños de Baltasar Porcel, El Jardín de los Siete Crepúsculos de Miquel de Palol, El último libro de Sergi Pàmies de Sergi Pàmies, La magnitud de la tragedia y El mejor de los mundos de Quim Monzó. Con estos siete títulos y dos más de Quim Monzó, publicados recientemente en dicha colección, El porqué de las cosas y Ochenta y seis cuentos, haremos una promoción especial con el rótulo «Biblioteca catalana en versión castellana» para apoyar la difusión de tan valiosas y variadas obras de la literatura catalana contemporánea. Asimismo he redactado un librito, que se publicará en edición no venal, Autores catalanes traducidos al castellano. Una experiencia editorial 1971-2007, situando la publicación de 61 títulos en versión castellana desde casi los inicios de la editorial.

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