MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Gumucio en Bs As

12.21.2009
Rafael Gumucio en Argentina. Fuente: eternacadencia

Rafael Gumucio estuvo en Buenos Aires de book tour con La deuda, la novela que ha editado con Mondadori. Recibió a Patricio Zunini, de "Eterna Cadencia", de punta en blanco, a lo Tom Wolfe, con unos zapatos imposible y un corte de pelo a lo "genio"; toda una producción, imposible un look mejor para decir las cosas que Gumucio siempre dice. Y dijo esto:

¿Cómo te sentís vos en relación a la culpa?
Woody Allen comparado a mí es una alpargata. Yo soy la culpabilidad misma. Me siento culpable si voy a un restorán y pido poca comida. Si me equivoqué en un negocio y dije algo mal, no quiero ir más a ese negocio porque me produce timidez. Uno escribe un poco para sanarse de esta enfermedad. He escrito tanto sobre este tema, sobre la culpa, sobre el miedo, que en gran parte no es un problema urgente en mi vida como lo era. De alguna forma, Fernando Girón es una versión mía, de algo que pude ser y no fue: me salvé porque fui capaz de escribirlo. No soy culposo ideológicamente porque nací en el año ’70 y tenía 18 o 19 años cuando cayó el muro de Berlín. Soy bajo de porte, o sea soy chaparro. ¿Cómo se dice aquí?

Hay una frase del libro, para cerrar el tema de la culpa, que dice: “en este mundo donde los grandes administradores de la culpa, la iglesia y el comunismo, han sido disueltos, el que mata un moscardón puede quedar insomne por semanas y el que asesina un pueblo entero puede dormir en perfecta calma”.
Cuando empecé el libro, mi primera reflexión fue que soy hijo del comunismo cristiano y me he hecho medianamente rico, he hecho negocios y he participado de muchos contubernios. Me preguntaba si me sentía culpable por eso: ¡no! La que se tenía que sentir culpable era mi mamá por haber creído en el Che Guevara que era bastante más estúpido que lo que yo he creído.
Mi primer gesto fue decir basta con la culpa, basta con el lloriqueo, basta con las instituciones que infantilizan a las personas. Luego de dar toda vuelta la novela, revaloré estas instituciones en el sentido de que si uno no se las tomas muy en serio, si uno sabe que mucho de lo que dicen es mentira, tienen valor porque ponen jerarquías. Los siete pecados capitales, los pecados veniales, los pecados mortales crean jerarquías. Hoy en día llegamos a un mundo en el que el pecado venial es lo mismo que el pecado mortal y todo se confunde. La propia iglesia está confundida. La iglesia vive persiguiendo el matrimonio homosexual y el aborto de los microorganismos y el asesinato y el robo da lo mismo. Pero en la jerarquía, en los padres de la iglesia, esta diferencia estaba muy clara. Es muy práctica y útil. Santo Tomás habla del tiranicidio pero da las razones de cuándo se puede y cuándo no se puede matar a un tirano. Eso ordena y da sentido a muchas cosas. Uno puede tomar la iglesia y el comunismo de manera infantil, de manera ciega, pero también puede tomarlo de manera adulta: de manera adulta sirve mucho.

¿La culpa es la idiosincrasia que nos hermana en tanto latinoamericanos?
La culpa existe en todos los países y de todas formas. Hay una culpa católica apostólica romana que compartimos no sólo los latinoamericanos sino también los españoles, los italianos, de alguna forma los franceses. Es una forma de culpa, pero no creo que la culpa no exista en otras religiones. Si tú lees a Kawabata o a Mishima, la culpa tiene otras ramificaciones, pero no se puede decir que no haya culpa en ellos, que son escritores esencialmente morales. Otras formas de culpa, distintas. Las nuestras son más teatrales, tienen más un componente dramático y menos profundo. La japonesa es un poco más terminal.

Otra cosa que tiene el libro es mucho humor.
Yo me he dedicado mucho tiempo a escribir cosas que tienen que ver con el humor. He escrito chistes, he vivido de eso mucho tiempo. En una cena puedo ser circunstancialmente divertido, pero cuando escribo me resulta ser una verdadera tarea el ser humorista, por eso intento no serlo. Involuntariamente sí lo soy porque no puedo tomar a mis personajes de una manera trágica o cómica: los tengo que tomar como son. Tiene que ver con una visión del mundo. Muchas veces hablo de alguien y lo destrozo en tres o cuatro palabras. Entonces me preguntan cómo puedo ser amigo de él: conocer sus defectos más pequeños –como también reconozco los míos que son enormes– me hace sentir una cierta cercanía, una cierta complicidad con la persona. En lugar de sentirme distanciado, el saber que esta persona es un miserable me ayuda. Por ejemplo, yo detesto a Pinochet y lo he detestado toda la vida, pero una persona que estuvo casada con una hija de Pinochet me contó que él llegaba a las once de la noche a su casa desesperado, esperando que se hubiesen dormido su mujer y sus hijas para que nadie lo jodiera. Sentado en la cocina comía el resto de la comida fría y preguntaba cómo había sido el día, cómo estaban las yeguas –las mujeres–. Por fin puedo entender a Pinochet, por fin puedo llegar a comprenderlo y hasta quererlo. Otra persona podría encontrar eso miserable y pequeño: el pobre hombre que ha torturado y matado miles de personas sólo para huir de su esposa. Pero a mí eso me hace entrañable y querible.

Parecido al maestro de The Wall.
Claro. Yo soy bastante admirador de Pink Floyd, pero me derrota la falta total de humor que tiene ese grupo. Uno de los grupos con menos humor del mundo. Lo tenía hasta que se fue Syd Barrett. Después si hay alguien con menos sentido del humor en el mundo es Roger Waters.

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Turistas literarios

11.30.2009
Carátula del libro. Fuente: moleskine

Con la sangre despierta es el título de una Antología de viajeros realizada por Sexto Piso en la que se cuenta la primera llegada, el primer contacto, de una serie de escritores latinoamericanos con países de distintos continentes. Son once viajeros y once ciudades. Hay textos de Ricardo Sumalavia (Seúl), Rodrigo Rey Rosa (Tánger), Santiago Roncagliolo (Madrid), Rodrigio Fresán (Caracas), Rafael Gumucio (Nueva York) o Francisco Goldman (México), entre otros. Habrá que buscar en el stand del Fondo de Cultura Económica de la feria Ricardo Palma para no perdernos este libro que promete mucho. La contratapa dice:

A golpe de tecla hoy se puede estar en cualquier parte; hacer una visita virtual a los tesoros del Louvre o dar un paseo por las tiendas de moda de la Quinta Avenida; trasladarse de un sitio a otro a gran velocidad en un solo fin de semana. La tecnología y los servicios de televisión por cable han desvanecido el aura romántica y misteriosa del encuentro, del primer encuentro. «Haberlo visto todo», «haber estado en todas partes», es una experiencia común y generalizada, de la que este libro no habla; Con la sangre despierta trata sobre la experiencia de «haberlo vivido», de haber estado allí, de haber sufrido y gozado al mismo tiempo el primer encuentro con una ciudad ajena, de haber absorbido de ella todo lo que puede ofrecer, todo lo que puede esconder, lo que nos hace quererla, admirarla, pero también, a veces, padecerla. Como escribe Juan Manuel Villalobos en el prólogo, la ciudad que uno descubre a su llegada es uno, porque el verdadero encuentro de cada uno de los once escritores que narran su primer arribo a ese lugar desconocido, es, por sobre todas las cosas, con ellos mismos, con lo que fueron alguna vez, con lo que dejaron de ser, para fundirse y fundarse, como una ciudad, de nuevo. El resultado son estas once crónicas, tan diversas como los autores y ciudades que las componen, en las que el lector encontrará una mirada fundacional a cada una de las urbes que acogieron a los escritores durante periodos variados. Algunos de ellos se toparon con barreras lingüísticas infranqueables, culturas hostiles e indiferentes, revoluciones en ciernes, crisis económicas e intentos de asalto, que hoy narran con la cálida nostalgia de la distancia. En todos los casos, asistimos al registro de una experiencia fresca, que exigía permanecer en todo momento alerta o, en otras palabras, «con la sangre despierta».

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La deuda de Gumucio

7.31.2009
Carátula de la novela. Fuente: the clinic

Como lo prometido es deuda, el escritor chileno Rafael Gumucio tenía una deuda con Moleskine Literario: publicar una nueva novela. A principios de este año saldó lo que debía justo con una novela llamada La deuda, editada en Mondadori. La novela ha sido muy bien reseñada en "Babelia" por Ernesto Ayala-Dip. Ahora, la nueva deuda contraída de Rafael es enviarme la novela prometida. O que llegue. Ya les cuento si también salda esa arruguita. Dice la reseña:

Se nos narra una historia de intereses familiares, políticos y de clase. El drama gira en torno a Fernando Girón, un guionista y productor de documentales que descubre que su contable le ha estado estafando y se disparan las alarmas psicológicas. Salpica relaciones matrimoniales, hunde esperanzas artísticas, remueve malas conciencias. Hasta aquí, una novela en la estela quirúrgica de Balzac y Zola. Me interesa destacar el papel de la forma en la novela de Gumucio. La forma en el sentido en que la definió Jean Rousset: como el desplazamiento de un desorden a un orden. Narrada en tercera persona, esa voz omnisciente que más parece, por su dicción, una cámara llevada al hombro, otorga al relato su tinte naturalista y su calado irónico. Hacia el final, el protagonista encuentra una edición de Contrapunto, de Aldous Huxley. Intenta leerla pero apenas pasa de sus primeros capítulos. Esta referencia no es inocente. Nos conduce al espíritu arquitectónico de La deuda (por cierto, un título muy de Zola). El privilegio de la forma sobre el desorden de los seres distintos o antagónicos, de mayor o menor entidad, que pueblan esta excelente novela.

A propósito, en el blog Cargada de libros veo este post en el que se comenta el parecido de las carátulas entre el libro de Gumucio y la novela Presentimientos de Clara Sánchez (Alfaguara) editada años antes. Un buen post para el fenecido blog "Basta de carátulas"

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El año de Gumucio

1.07.2008
Rafael Gumucio. Foto: Carola Delpiano. Fuente: zancada.com

Rafael Gumucio hace en la Revista de Libros una exploración hombre-dentro y describe su complicado año literario 2007 que incluye una mención al Moleskine Literario. Por cierto, Rafael, más allá de las diferencias en la lectura de Sebald debo decirte que en Moleskine Literario esperamos ansiosamente la llegada de tu próxima novela. ¡Ningún niño viene sin pan bajo el brazo! Mucha suerte en el 2008.

Dice Gumucio: "Viciosamente, empecé a escribir ya no para comprender, o disfrutar, sino para enfrentarme con esos fantasmas que me mordían, pero que me acompañaban, que me saboteaban, pero al menos se preocupaban por mí. La literatura, mi literatura, la opinión de mis amigos, de mi esposa, de mis hermanos, Bolaño, la moda intercultural, los siempre tan bien portados jóvenes escritores sudamericanos, los Moleskines literarios. Envidioso, afiebrado, sordo y ciego, pasé por alto el embarazo de mi mujer, el nacimiento de mi hija, preocupado al mismo tiempo de nutrir y abortar mi propio criatura, de dar vida y matar, de mostrarme y esconderme para no admitir ese miedo a publicar, a exponerse sin máscaras, del que tanto me había burlado en mis mayores de la generación justo anterior a la mía.Incapaz de avanzar no me quedó otra que retroceder. Busqué entre mis papeles, entre mis libros, pero no encontré respuestas. (...)

Nació mi hija, aterrado por la pobreza posible volví a andar en micro. Todo un mundo que conocía, el de las calles de Santiago, el de mi propio tiempo sin apuros, sin escape, se me hizo patente. Recordé lo que sabía cuando empecé a escribir -cuando no conocía a los editores de Barcelona-: sólo yo puedo contar mi soledad en la multitud del paseo Ahumada. El verdadero trabajo literario no se mide en horas frente al computador, sino en ese enfrentamiento con esa parte de tu intimidad y la del país que es tan íntima que hasta tú desconoces, con ese temblor que seria más fácil pasar por alto, pero que cuentas, que con urgencia tienes que contar para separarlo de ti, para hacerlo objeto, mercancía, es decir olvido.Luego vino Sciascia y Lampedusa escribiendo sobre Stendhal, y Chesterton escribiendo sobre Dickens, recordándome al pasar, como si fuese lo más natural del mundo, que un buen libro es Algo que se convierte en Alguien. Un objeto que respira como una persona, una persona que sólo es querible, soportable cuando no es consistente, cuando no sabe, cuando se contradice, cuando lo intenta y no cuando lo logra. Esa persona sé, ahora al comenzar 2008, es lo que tengo que intentar ser totalmente para escribirla después. Mi novela, ésta y las que vendrán tienen que respirar antes de hablar y hablar sólo para respirar.El intento contrario, sé ahora, el escribir para ser, fue mi gran error del 2007.

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Sebald urgente

10.28.2007
Carátula de la obra. Fuente: anagrama

En su "Mea Culpa Donosiano" Rafael Gumucio califica, confundiendo el cinismo con la mezquindad, como "comentarios de buen gusto" los libros de Sebald. Curiosamente, Mercedes Monmany escribe extraordinariamente sobre la urgencia de leer a WG Sebald incluso en obras supuestamente menores como los textos reunidos en Campo Santo. Gumucio debería aprender del propio artículo que ha escrito sobre Donoso y descubrir que uno puede escribir memorias prematuras, pero no comentarios apresurados.
Dice Monmany: "En el reciente, y de nuevo magnífico, libro de relatos y ensayos aparecido en nuestro país de W. G. Sebald, Campo Santo, este autor que revolucionó y reeditó todos los géneros literarios y el método de narrar en nuestros días, creando una estela, cuenta en qué instante preciso de su vida, él, profesor y especialista en literatura comparada, expatriado desde 1970 de su país natal, Alemania, e instalado en la Universidad de Norwich, Inglaterra, tras haber pasado por Suiza, tuvo la idea de que un día le gustaría hacer «algo más que conferencias y seminarios». Como siempre en su caso, esta intuición programática de lo que sería su futuro, toma la voz, inmediatamente, no de un ensayista, sino de un narrador en estado puro. Un narrador que mezcla sin cesar pequeñas y concentradas miniaturas de lo observado; particularidades que encierran una infinita explosión de radiaciones, huellas y referencias culturales y, sobre todo, un sinfín de desvíos y tercos merodeos propios del viajero que no suelta ningún detalle de su presa: «esas similitudes, coincidencias y correspondencias» que conectan sin cesar realidad, «imágenes enigmáticas del recuerdo», «ideas que bullen continuamente dentro de nosotros» y rastros históricos que se niegan a ser enterrados definitivamente.

(...)

Ya sea tratando a su casi doble literario, Bruce Chatwin, enemigo como él del encasillamiento y amante de la promiscuidad de géneros y temas en los libros, o hablando de la compleja figura del suicida y espléndido autor judío Jean Améry, con su «implacable resentimiento» de apátrida un día expulsado de su «propia idea austrocéntrica del mundo»; ya sea reflexionando en otro excelente ensayo condenatorio («Construcciones del duelo: Günter Grass y Wolfgang Hildesheimer») sobre «la incapacidad para el duelo», sobre «la sorprendente paralización de sentimientos con que se respondió en Alemania a las montañas de cadáveres de los campos de concentración», sobre «las estrategias y mecanismos» de defensa de esta misma población alemana y de los escritores de la inmediata posguerra para asumir cualquier culpa o al menos «un duelo adecuado por los seres humanos que, por hechos nuestros, resultaron muertos en gran número»; en cualquiera de estos casos, el ensayista, crítico literario y narrador que es Sebald no se separa ni un solo minuto del humanista estremecido y del pensador irritado por la tendencia a borrar, a cancelar, a no enfrentarse, a ser cómplices de instituir un estado de cosas por el que «recordar es un escándalo»

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Mea Culpa Donosiano

José Donoso releído por Rafael Gumucio. Fuente: princeton.edu

Ayer pude ver (pero no tener), con carátula de una lagarto del parque Guell, una edición del libro inédito de José Donoso Lagartija sin cola, editado por Alfaguara. Ahora, en La Revista de Libros, leo este impresionante "mea culpa donosiano" de Rafael Gumucio. Relectura a los cuarenta años. Interesante.

Dice: " Uno de los primeros gestos de Bolaño al desembarcar en Chile, después de veinte años de ausencia, fue confesar que Donoso le parecía un autor de una "línea de flotación" bastante baja. Los jóvenes, entre los cuales tenía la desgracia cronológica de contarme, celebramos en silencio ese ajuste de cuentas. Donoso representaba por entonces lo establecido, lo normal, lo normado. El escritor que escribe bien y que recibe por ello la paradójica corona envenenada del prestigio literario internacional. Donoso era el boom, pero no tenía nada del aura aventurero y húmedo de un Vargas Llosa, de un Cortázar o un García Márquez. Donoso prefería hablar de Henry James, y sus discípulos más cercanos creerse ingleses o madrileños desangelados adictos a la estructura y alérgicos a la convicción. Donoso era la figura misma del escritor que nunca fue, ni nunca será joven. Se habla hoy con cierto romanticismo del "hombre enfermo de literatura"; Donoso era la expresión más viva de esa enfermedad literaria, una enfermedad que un escritor de veinte años no quería por nada en el mundo contagiarse. (...) A Donoso el hombre, pero de alguna manera también a Donoso el escritor se le solían colgar para callado las dos palabras más chilenas de todo el vocabulario castellano. La palabra "fome", es decir aburrido, blandengue, y la palabra "siútico", es decir arribista cursilón que quiere representar algo que está destinado a no ser nunca. La fomedad y la siutiquería, la violencia subyacente detrás de esos calificativos, la profundidad metafísica que esos términos azarosos cubren es el tema principal de la obra de Donoso. Quizás esa descripción vivida y profunda de estos dos adjetivos nos duele tanto, que tendemos a atribuirle al escritor mismo los adjetivos. De alguna forma, Donoso podía ser fome, y podía ser siútico, pero logró hasta el final -con la notable Conjetura acerca de las memorias de mi tribu- escandalizar a los bien pensantes, y romper con los lazos del clan.

Frente a un siglo XXI donde la literatura se ha convertido en un comentario de buen gusto tipo Sebald o Claudio Magris, ante la ironía cómoda de los borgeanos de toda laya, Donoso representa el riesgo y la valentía del siglo XX. El siglo de Proust, de Freud, de Stanislavsky, el siglo de la apuesta, del error, del horror, contra el que no hemos logrado más que sobreponer la burla, la pedantería neoestructural, la ironía, la anécdota periodística. Pienso hoy, después de tanta agua bajo el puente, que lo que odiábamos los jóvenes, lo que despreciaba ciegamente Bolaño en Donoso, no era el gran señor conservador que hablaba de Henry James a la hora del té, sino el revolucionario implacable que fue hasta el fondo de sus pesadillas y las nuestras, y volvió casi ileso a contarnos lo que había en el reverso de todas nuestras certezas. "

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Gumucio y la vanidad cosmética

9.16.2007
Rafael Gumucio. Fuente: emol.com

Después de haber pasado años recopilando aforismos, anécdotas, ensayos y artículos sobre la vanidad literaria, y escribir un libro llamado La disciplina de la vanidad, honestamente estoy agotado sobre el asunto. Pero eso no quiere decir que no me llame la atención cuando otro escritor lo toca, como es el caso de Rafael Gumucio y esta perversa reflexión al respecto que aparece en la Revista de Libros de El Mercurio.

Dice Gumucio: "La vanidad de los escritores no es espiritual o ideológica, es ante todo física. Se escribe para decir algo, o para ser querido -como decía García Márquez-, pero sobre todas las cosas se escribe para ser buenmozo. Los gordos escriben para ser flacos, los flacos para ser sólidos, los feos para acostarse con mucha gente, los buenosmozos para ser, de viejos, cuando sus rostros los abandonen, al menos interesantes. Nada de raro que los problemas y manías de los escritores -y más aún de esta contradictoria categoría de los escritores jóvenes- se parezcan a las modelos de pasarela. La vida sexual de muchos escritores, que sin la literatura permanecería en la rigurosa abstinencia o monogamia, es promiscua y deshilachada. Poseedores de una belleza artificial, de una belleza prestada, intentan una y otra vez probar los límites de su nueva apostura, hasta que ésta se gaste.

Los autores que rechazan sus fotos en las solapas, lo hacen por pura vanidad cosmética. Da lo mismo que en el relato confiesen tener una joroba, o alimentar tres verrugas en la nariz; la fealdad que puede imaginar un lector siempre es infinitamente menos desagradable, siempre más sublime o heroica, que la que el autor esconde en su pieza. No quieren que los lectores al ver la foto en la solapa bajen del pedestal al autor. La fealdad, la monstruosidad por escrito es siempre única, la fealdad -y la belleza- en la vida real es banal, generalmente común, se pierde en la calle, se confunde, fluye sin que la podamos tocar.

La vanidad de la escritura parece más duradera, más profunda, más interesante que la de las quinceañeras, o la de los modelos de Calvin Klein. Es a la postre más monstruosa, más patética, sobre todo cuando -y en Latinoamérica es cada vez más patente- no va acompañada de talento. Un talento que sabe que es en el flujo vulgar de rostros que no nos dicen nada, en esa piel llena de errores que llevamos, en esa vulgaridad que escondemos detrás de las palabras, donde está el verdadero sentido de la escritura. El talento que sabe que ese poder, el del que cuenta, es también una dictadura; que esa belleza, la del que nos hipnotiza, es también una de las formas del horror."

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