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Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Gumucio en Bs As

Rafael Gumucio en Argentina. Fuente: eternacadencia

Rafael Gumucio estuvo en Buenos Aires de book tour con La deuda, la novela que ha editado con Mondadori. Recibió a Patricio Zunini, de "Eterna Cadencia", de punta en blanco, a lo Tom Wolfe, con unos zapatos imposible y un corte de pelo a lo "genio"; toda una producción, imposible un look mejor para decir las cosas que Gumucio siempre dice. Y dijo esto:

¿Cómo te sentís vos en relación a la culpa?
Woody Allen comparado a mí es una alpargata. Yo soy la culpabilidad misma. Me siento culpable si voy a un restorán y pido poca comida. Si me equivoqué en un negocio y dije algo mal, no quiero ir más a ese negocio porque me produce timidez. Uno escribe un poco para sanarse de esta enfermedad. He escrito tanto sobre este tema, sobre la culpa, sobre el miedo, que en gran parte no es un problema urgente en mi vida como lo era. De alguna forma, Fernando Girón es una versión mía, de algo que pude ser y no fue: me salvé porque fui capaz de escribirlo. No soy culposo ideológicamente porque nací en el año ’70 y tenía 18 o 19 años cuando cayó el muro de Berlín. Soy bajo de porte, o sea soy chaparro. ¿Cómo se dice aquí?

Hay una frase del libro, para cerrar el tema de la culpa, que dice: “en este mundo donde los grandes administradores de la culpa, la iglesia y el comunismo, han sido disueltos, el que mata un moscardón puede quedar insomne por semanas y el que asesina un pueblo entero puede dormir en perfecta calma”.
Cuando empecé el libro, mi primera reflexión fue que soy hijo del comunismo cristiano y me he hecho medianamente rico, he hecho negocios y he participado de muchos contubernios. Me preguntaba si me sentía culpable por eso: ¡no! La que se tenía que sentir culpable era mi mamá por haber creído en el Che Guevara que era bastante más estúpido que lo que yo he creído.
Mi primer gesto fue decir basta con la culpa, basta con el lloriqueo, basta con las instituciones que infantilizan a las personas. Luego de dar toda vuelta la novela, revaloré estas instituciones en el sentido de que si uno no se las tomas muy en serio, si uno sabe que mucho de lo que dicen es mentira, tienen valor porque ponen jerarquías. Los siete pecados capitales, los pecados veniales, los pecados mortales crean jerarquías. Hoy en día llegamos a un mundo en el que el pecado venial es lo mismo que el pecado mortal y todo se confunde. La propia iglesia está confundida. La iglesia vive persiguiendo el matrimonio homosexual y el aborto de los microorganismos y el asesinato y el robo da lo mismo. Pero en la jerarquía, en los padres de la iglesia, esta diferencia estaba muy clara. Es muy práctica y útil. Santo Tomás habla del tiranicidio pero da las razones de cuándo se puede y cuándo no se puede matar a un tirano. Eso ordena y da sentido a muchas cosas. Uno puede tomar la iglesia y el comunismo de manera infantil, de manera ciega, pero también puede tomarlo de manera adulta: de manera adulta sirve mucho.

¿La culpa es la idiosincrasia que nos hermana en tanto latinoamericanos?
La culpa existe en todos los países y de todas formas. Hay una culpa católica apostólica romana que compartimos no sólo los latinoamericanos sino también los españoles, los italianos, de alguna forma los franceses. Es una forma de culpa, pero no creo que la culpa no exista en otras religiones. Si tú lees a Kawabata o a Mishima, la culpa tiene otras ramificaciones, pero no se puede decir que no haya culpa en ellos, que son escritores esencialmente morales. Otras formas de culpa, distintas. Las nuestras son más teatrales, tienen más un componente dramático y menos profundo. La japonesa es un poco más terminal.

Otra cosa que tiene el libro es mucho humor.
Yo me he dedicado mucho tiempo a escribir cosas que tienen que ver con el humor. He escrito chistes, he vivido de eso mucho tiempo. En una cena puedo ser circunstancialmente divertido, pero cuando escribo me resulta ser una verdadera tarea el ser humorista, por eso intento no serlo. Involuntariamente sí lo soy porque no puedo tomar a mis personajes de una manera trágica o cómica: los tengo que tomar como son. Tiene que ver con una visión del mundo. Muchas veces hablo de alguien y lo destrozo en tres o cuatro palabras. Entonces me preguntan cómo puedo ser amigo de él: conocer sus defectos más pequeños –como también reconozco los míos que son enormes– me hace sentir una cierta cercanía, una cierta complicidad con la persona. En lugar de sentirme distanciado, el saber que esta persona es un miserable me ayuda. Por ejemplo, yo detesto a Pinochet y lo he detestado toda la vida, pero una persona que estuvo casada con una hija de Pinochet me contó que él llegaba a las once de la noche a su casa desesperado, esperando que se hubiesen dormido su mujer y sus hijas para que nadie lo jodiera. Sentado en la cocina comía el resto de la comida fría y preguntaba cómo había sido el día, cómo estaban las yeguas –las mujeres–. Por fin puedo entender a Pinochet, por fin puedo llegar a comprenderlo y hasta quererlo. Otra persona podría encontrar eso miserable y pequeño: el pobre hombre que ha torturado y matado miles de personas sólo para huir de su esposa. Pero a mí eso me hace entrañable y querible.

Parecido al maestro de The Wall.
Claro. Yo soy bastante admirador de Pink Floyd, pero me derrota la falta total de humor que tiene ese grupo. Uno de los grupos con menos humor del mundo. Lo tenía hasta que se fue Syd Barrett. Después si hay alguien con menos sentido del humor en el mundo es Roger Waters.

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9:07 a.m.

Igual si se corta el pelo, empieza a decir cosas más interesantes. Y Pinochet deja entonces de ser querible porque el machito vestido de blanco ya no se conduele de las penas domésticas del miserable dictador.    



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