MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Barthes por Christopher Domínguez Michael

12.15.2009
Roland Barthes. Fuente: daily value

Diario de duelo, el libro de notas de Roland Barthes redactadas durante la muerte de su madre, le permite al crítico mexicano Christopher Domínguez Michael hacer un repaso personal, para Letras Libres, sobre lo que le gusta y no le gusta de Barthes, además de la reseña del libro. les dejo unos párrafos que podrían resumir cada uno de los tres ítems:

Lo que le gusta:

"Me gusta el paladín de la lectura y de sus placeres minuciosos. Barthes, en el fondo (lo dice Antoine Compagnon), hablando de “escritura” dio la batalla por el estilo y en ese sentido nadie menos actual que él. Pero hay otra cosa que me gusta, relacionada con mi propia biografía, en la que está casi ausente la vida como alumno en un salón de clases. Leyendo, sobre todo, las magníficas ediciones de los tres seminarios de 1976-1980 que Barthes dejó inéditos (Cómo vivir juntos, Lo neutro, La preparación de la novela) me admira la devoción con que preparaba sus conferencias, la función amorosa del preceptor, el conocimiento de la retórica de los antiguos, la construcción minuciosa de una verdadera lección magistral en cada clase. La mitología que él mismo divulgó del seminario como falansterio es efectiva, y uno colocaría, ese sitio, en el mapa imaginario del siglo pasado, de la misma manera en que Barthes soñaba con una mesa donde habrían coincidido Mallarmé, Freud y Marx. [...] En Fragmentos de un discurso amoroso (1977) o en Incidentes (1987), su memoria póstuma, y de manera clarísima en los seminarios publicados en esta década, Barthes construye otra imagen, más fascinante aún que la del profeta de lo nuevo: la del responsable funcionario que, feliz en el cumplimiento de su deber, desteje de noche a la vanguardia que tejió de día y se refugia, voluptuoso, en las Memorias de ultratumba. Hace veintiséis años, apenas muerto, un partidario de Barthes, Jonathan Culler, perdió la paciencia y en su monografía (Roland Barthes, 1983) no ocultaba su decepción ante el radical que se volvió respetable, el autor nada muerto y bien vivo que termina encarnando los valores literarios que se supone había negado: el amor por la lengua francesa y la tirria contra quienes la corrompen en la radio y en la televisión, el cultivo de la frase redonda y la transgresión de la transgresión, el sentimentalismo, etcétera [...] Susan Sontag, al escribir su elogio fúnebre, dijo lo esencial: lector de Gide (siempre joven, siempre maduro) y, sobre todo, lector del Diario gideano, Barthes fue un esteta, uno de los estetas más completos (eso lo agrego yo) en la historia de la literatura.6 Más esteta de lo que pudo ser Gide, atemorizado por su conciencia protestante (moralismo o inmoralismo, he allí el dilema) a un grado que Barthes (de origen protestante también) jamás conoció ni le interesó conocer: para eso había estado Sartre. Pongo un ejemplo de suma hazaña de esteta: El imperio de los signos (1970), su libro sobre el Japón. Más allá de lo mucho o poco que haya de realidad en la interpretación, importa el arrebato consecuente del esteta que hace de su ignorancia total de la lengua japonesa una fuente de verdad novelesca y configura una realidad aparte, autosuficiente, legible, una obra maestra del exotismo como nadie la escribió en los años de la decadencia finisecular decimonónica."

Lo que no le gusta

"Quizá pueda explicarme con Sade, Fourier, Loyola (1971), donde están algunas de las mejores páginas que se han escrito sobre el marqués pero donde impera la falla moral del esteta que lastima, a mis puritanos ojos, su herencia. Las vistosas piruetas de esteta logradas por Barthes para no dar una sola opinión ética sobre el mundo sadiano contrastan con el esfuerzo abismal que ante esa misma obra hicieron, por ejemplo, Albert Camus y Octavio Paz. Barthes, en ese equívoco sentido, fue el mejor discípulo del Nietzsche más relativista, aquel que nos ofreció el regalo envenenado de la interpretación permanente. En algunos sentidos, prefiero la algarabía un tanto pomposa (a fuer de sincera) y cursi con que Barthes celebra la escritura a la frígida insolencia de Bataille y Blanchot. Pero voto por Bataille (y hasta por Simone de Beauvoir) ante Sade: tolero poco que se hable de él sin descubrirse ante el problema del Mal. Esa insolente frialdad de esteta, esa pedantería suprema, queda clara, también, en el viaje a China de la primavera de 1974, en el que Barthes acompaña a la plana mayor de Tel Quel a una excursión celebratoria en uno de los momentos más terribles de la Revolución Cultural. Apolítico de corazón y, sobre todo, buen amigo, Barthes se niega a decir gran cosa de un país que le ha parecido nauseabundo y sale bien librado, gracias a la oportunidad de la omisión, del patético chasco del maoísmo francés. Decepciona a los periodistas y al proletariado intelectual, quienes esperan de él una segunda parte de El imperio de los signos, alguna explicación semiótica del reino del Gran Timonel, ignorante de que es poco factible que quien ama Japón ame a China. Pero años después, en una nota de Lo neutro, explica Barthes, despectivo como un Des Esseintes, que lo que el vio durante la Revolución Cultural, la campaña anticonfuciana, se explicaba gracias a la vieja oposición binaria que separa la fijeza del movimiento, a Platón de Aristóteles, a Confucio de Lao Tse. Lo demás, miles y miles de muertos y la destrucción de la intelectualidad china, ¿por qué habría de importarle al gran mandarín venido de París?"

Diario de duelo

"En la vida de Barthes, su madre –Henriette Barthes– es una figura capital. Muerta el 25 de octubre de 1977, desencadenaba, según Barthes, una nueva madurez, una vita nuova que lo transformaría en otra cosa, en un novelista quizá. De hecho, Diario de duelo es un libro redundante: lo propiamente literario que Barthes tenía que decir de su madre está en La cámara lúcida (1980), su primer e involuntario libro póstumo, una encantadora e inteligente reflexión sobre la fotografía, un álbum de fotos escrito de manera vicaria una vez que Barthes, acompañado de su medio hermano Michel Salzedo (su otro S/Z), pasó por la ceremonia impía de revolver los papeles de su madre. Logró Barthes duplicar metafóricamente la muerte de la madre de Proust y convertir a Henriette en un buen personaje-fantasma. Sedimento de otra obra, el Diario de duelo queda implicado en los abusos de confianza propios del aforismo y su cauda de despropósitos mandatados por el estilo, que en Barthes, caray, siempre impera: pareciera que si nunca se permitió escribir mal una frase, ni en el más perezoso de sus proyectos de seminario, las fichas dedicadas tendrían que ser eficaces, bellas y sinceras. Creía Barthes en la sinceridad de la introspección y habría disfrutado de una memoria gemela a la suya, la de C.S. Lewis, sobre su amada muerta: Una pena en observación (1961). El Diario de duelo, finalmente, arroja mucha luz sobre la naturaleza autobiográfica de Fragmentos de un discurso amoroso y sobre toda la parafernalia despersonalizante de Roland Barthes por Roland Barthes: quien predicó la muerte del autor fue un escritor confesional en la línea de Montaigne, Rousseau, Amiel y Gide. Su época –de la que es autor y víctima– lo obligó a un sacrificio estético y escondió su yo sólo hasta que su madre murió: esa, y no la publicidad de su homosexualismo que le pedía su no amigo Foucault, fue su salida del clóset. Me encanta en Barthes su lado, quién lo dijera, Cyril Connolly, autor al que probablemente ignoraba o despreciaba: Roland Barthes por Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso, Diario de duelo, tantas páginas de los seminarios póstumos, se parecen más, mucho más, con todo y sus ínfulas teoréticas, a los libros del crítico inglés (Enemigos de la promesa, La tumba sin sosiego) que a las obras de Gérard Genette o de Deleuze o a las novelas de Sollers. A Barthes, como a Connolly, verdaderamente le importaban las condiciones materiales en que transcurre la vida del escritor, sus alimentos terrestres: qué come, qué lee, cómo ordena su escritorio y su biblioteca, cómo funciona la red de sus amigos, cómo vive la separación de los amantes y de qué manera llora la muerte de su madre."

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Domínguez Michael sobre Pavese

1.07.2009
Estampilla por el centenario de Césare Pavese. Fuente: algún día en una parte

Al buscar la reseña de Rafael Lemus sobre mi novela, pasé un minuto por el blog de Christopher Domínguez Michael -que hacía meses no revisaba- y me encuentro con este elogio a El oficio de vivir de Césare Pavese, uno de los libros fundamentales para mi vida como lo comenté antes. Al igual que Alejandro Zambra, quien tiene un recuerdo ingrato de ese libro estupendo, el crítico mexicano lo recordaba como un libro plañidero y adolescente. Pero luego de su relectura se encontró con un libro distinto:

Yo también hablo de Pavese. Releí El oficio de vivir (1954), que según mi muy errático recuerdo conocía yo bien por haberlo estrujado y subrayado durante algunos meses de la temprana juventud. En realidad, comprobé, no recordaba casi nada y, peor aún, lo tenía confundido, en un estante desvencijado de la biblioteca de la memoria, con las Cartas a Theo, de Vincent van Gogh y el Diario de un seductor de Soren Kierkegaard, leídos en aquel ánimo. Sólo la conocida frase final, como me di cuenta el otro día al verla citada en Reforma por Juan Villoro, la tenía grabadísima: “Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más.” Había olvidado, o quisiera pensar que lo almacené como un recuerdo nutricio, que El oficio de vivir es, pese al título, a la postre un tanto plañidero, un verdadero diario literario. Más que vivir, el oficio de Cesare Pavese (1908–1950) era, por fortuna, leer. Dado su suicidio, si es que eso puede decirse, su oficio de vivir no le resultó el suficiente para sobrevivir. El oficio de vivir (traducido al español en fecha tardía, en 1979, por Esther Benítez, que tradujo todo Pavese) tiene poco que ver con el testimonio, manipulado por mi recuerdo, de un poeta maldito, de un conquistador empedernido o de un gigoló que se mata en un acto de supremo fastidio romántico, aunque algo haya en su vida de todo ello. Nunca se sabe porque se mata la gente. El riesgo póstumo tomado por un poeta que se suicida, si acaso, estaba contemplado por el propio Pavese en la entrada de El oficio de vivir del 26 de abril de 1936: “No existe la tempestad sufrida locamente y luego la liberación a través de la obra, so pena de suicidio. Tan verdad es, que los artistas que verdaderamente se han matado por sus casos trágicos son de ordinario cantores ligeros, diletantes de sensaciones, que a nada aludieron en sus cancioneros del profundo cáncer que los devoraba. De lo que se aprende que el único modo de salvarse del abismo es mirarlo y medirlo y sondarlo y bajar a él.”

Eso sí, Christopher Domínguez Michael no deja de subrayar que la misoginia de Pavese resulta ahora no solo políticamente incorrecta sino desfasada:

De El oficio de vivir lo más envejecido, quizá, es la misoginia de Pavese. Dice cosas sublimes en ese alcurnioso género que es la máxima escrita por los varones sobre las mujeres, ingeniándoselas para hacer leña del árbol caído de Eva, como decía Jardiel Poncela. Acierta, por ejemplo, al hablar de que para las grandes escritoras no existe la historia porque Safo, la señora Murasaki o Madame Lafayette, se leen como si fueran contemporáneas entre sí. Dice, también, “de joven nos dolemos de una mujer; ya maduros, de la mujer.” Pero escribe otras cosas que, para el criterio del joven siglo XXI, incluso si quien cree ejercerlo se tiene por persona no del todo políticamente correcta, son un tanto vulgares, a medio camino entre la invectiva y el chiste verde, que acaban exponiendo a Pavese como un hombre resentido, un tanto amargado y, que, además, muestra poca experiencia con las mujeres. Pavese es mal psicólogo y quizá por eso se mató. De Stendhal, a quien compara, en un juicio muy extraño para nosotros, con Hemingway, tomó las lecciones equivocadas.

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Dietario voluble

10.02.2008
Carátula del libro. Fuente: letras libres

Como muchos bloggers, soy fan de las columnas de escritores, que son como blogs impresos. Y una de las que más sigo es el "Dietario Voluble". Anagrama acaba de publicar varios de esos artículos en un volumen (que ha sido comentado en Letras Libres de este mes por Christopher Michael Domínguez, junto con el libro de Margarita Heredia Vila Matas Portátil). Hoy leí el más reciente "Dietario Voluble" de Vila Matas y todo el párrafo final -pero para llegar a él en su auténtica dimensión tienen que leerlo entero o no entenderán nada- se me ha quedado grabado como aquella cancion, track 1, de mi disco de boleros cantados por Héctor Lavoe:
¿Los libros son absolutamente reales? Hace cuatro años en un hotel de Madrid, a una pregunta acerca de por qué salía Dashiell Hammet en su más reciente libro y Chateaubriand en el anterior, Paul Auster -que está casado con Hustvedt, y sin duda habrá leído su ensayo sobre la importancia de los lentes en El gran Gatsby- contestó así: "Los libros son parte de la realidad. Son tan reales como esta mesa junto a la que estamos sentados. ¿Por qué no pueden entonces estar presentes dentro de una ficción?". No creo que Auster fuera consciente en ese momento de que estaba conectando con el ensayo de Siri, pero me recordó de inmediato al hombre de los ojos de búho. Y, además, me hizo sentirme involuntario testigo de la historia de amor entre sus declaraciones y el ensayo de su mujer. ¿Al hombre-búho lo invitó Gatsby alguna vez de verdad? Es un personaje en el que apenas reparamos cuando aparece borracho en la fiesta inicial. Y no volvemos a verlo hasta el entierro de Gatsby: "En el cementerio oí que un auto se detenía y luego el sonido de alguien chapoteando detrás de nosotros en la tierra mojada. Miré en derredor. Era el hombre con gafas como ojos de búho (...) No lo había vuelto a ver. No supe cómo se enteró del funeral, ni siquiera conocí su nombre. El agua le caía sobre los gruesos anteojos; se los quitó y los limpió para ver la carpa que protegía la tumba de Gatsby". ¿Quién es ese hombre de los gruesos anteojos? Nick no le ha pedido que vaya al funeral. Para Hustvedt, representa una segunda encarnación del señor Eckleburg, testigo del problema de qué es y no es real, "un problema vuelto del revés mediante el concepto de ver a través de cristales especiales: los cristales de la ficción". En Madrid, Auster fue la reencarnación involuntaria del hombre de las gafas ojos de búho. Pero la pregunta sigue en pie: ¿Quién era ese hombre que, a su vez, era la reencarnación del señor Eckleburg? ¿Por qué apenas nada sabemos de él? Me hace pensar en la escena de la biblioteca en Ulises de Joyce, cuando Stephen está hablando de Shakespeare, y sostiene que éste se ha incluido a sí mismo en sus obras. Muy tenso, Stephen dice que Shakespeare "ha ocultado su propio nombre, un nombre magnífico, William, en sus obras: es un comparsa aquí, allá, igual que el pintor de la vieja Italia colocaba su rostro en un rincón oscuro de su lienzo". Tal vez Nick, al ver al hombre de los gruesos anteojos en el funeral de Gatsby, vio al propio autor del libro. De ser así, Nick llegó a ver a su creador. ¿Lo invitó el propio Gatsby? ¿Lo invitó de verdad? ¿Qué hacía allí el autor? Bueno, ya se sabe que en los funerales siempre aparece alguien que no te esperabas.

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Releyendo a Cortázar

5.20.2008
Disco de Julio Cortázar. Fuente: alkon.com.ar

Me entero en el blog del estupendo crítico Christopher Domínguez Michael (digan lo que digan, difícilmente encontrarán sus detractores -que luego de su Diccionario suman decenas- un crítico con la cultura y la agudeza de Christopher Dominguez Michael, aunque no deja de ser obviamente polémico) una nota sobre el libro de Beatriz Sarlo Escritos sobre literatura argentina (Siglo XXI) y ahí, un comentario sobre Cortázar que me parece interesante discutir. Lo resume así el crítico mexicano:
En un ensayo escrito con motivo de los ochenta años que Julio Cortázar hubiese cumplido en 1994, Beatriz Sarlo se pregunta, palabras más, palabras menos, qué hacer con Rayuela, novela tan adorada y luego, un poco vergonzosamente, enviada al cuarto de servicio. Tras aclarar, siendo justa y estricta, que la combinación de novedades que traía Rayuela al aparecer en 1963 no fue cosa menor, Sarlo pide que a Cortázar no se le siga juzgando con condescendencia, como al escritor fácil destinado a los lectores primarios y sentimentales. Cortázar, argumenta, no puede ser acusado por culpa del cortazarianismo, ese anticonvencionalismo juvenil de los años sesenta. Una objeción salta de inmediato: fue Cortázar, precisamente él, el primero y más entusiasta de los cortazarianos.

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La librería de los escritores

4.17.2008
Carátula del libro. Fuente: fragmentos

La editorial mexicana Sexto Piso es un modelo de lo que podría -o debería- ser una editorial joven, independiente y alternativa. En vez de intentar competir con editoriales más grandes, haciéndose un hueco en el mercado pero repitiendo los mismos vicios de esas editoriales, y asimismo incapaces de asumirse sólo como una "plataforma de lanzamiento" de autores jóvenes, optó por el camino difícil: editar los libros que ninguna otra editorial se atrevería a hacerlo. Consiguió así hacerse de un catálogo impresionante de primeros libros de autores célebres, joyas literarias extraviadas y traducciones de autores de culto, ya sea contemporáneos o antiguos. En su visión predomina el cosmopolitismo, la heterodoxia y el exquisito gusto literario. Ahora, la editorial ha empezado a moverse por España y junto con la librería catalana La Central ha conseguido editar un libro donde todos esos dones se conjugan de manera perfecta: La librería de los escritores. Muchos buenos lectores me han comentado, sorprendidos, ese libro que sería impensable si no hubiese detrás editores que aman realmente la literatura. Aquí, el testimonio de uno de esos admirados lectores: Christopher Domínguez Michael.

"La Librería de los Escritores (2007), coeditado por la editorial mexicana Sexto Piso y por La Central, la librería española, es una joya bibliográfica: una edición a la vez modesta y magnífica que remite a un pequeño capítulo, que yo ignoraba del todo, en la historia de la resistencia intelectual contra el totalitarismo. La Librería de los Escritores ofrece el testimonio de Mijaíl Osorguín sobre cómo se las ingeniaron un grupo de intelectuales, escritores y bibliófilos rusos para enfrentar, entre 1918 y 1922, la penuria económica y moral que fue desecando la cultura rusa tras el triunfo de la revolución bolchevique de 1917. Al dulce testimonio de Osorguín, se suma la reproducción de las ilustraciones que el cuentista e ilustrador Alexéi Rémizov (1877–1957) hizo para acompañar lo que, al parecer, fue el último proyecto de la Librería de los Escritores: publicar libros manuscritos, un puñado de originales, que algunos de los más tenaces escritores rusos, como Marina Tsvietáieva (1892–1941), caligrafiaron. De la gran poeta se ofrece, en La Librería de los Escritores, el facsímil de tres poemas, traducidos por Selma Ancira con la ayuda de Francisco Segovia.El testimonio de Osorguín, publicado originalmente en italiano por la revista Adelphiana (septiembre de 2001) y a cuyo original en ruso tuvo acceso Ancira, comienza mostrando el estupor de los escritores rusos, la gran mayoría partidarios de la revolución, cuando ésta suprimió todo tipo de censura en 1917. “No supimos qué hacer”, dice Osorguín (1879–1942), él mismo un novelista de simpatías revolucionarias, un literato italianizante que había sido el introductor de Marinetti al ruso. Poco duró el aprendizaje de la libertad y el régimen bolchevique dio inicio casi de inmediato al juego del gato y el ratón, la censura y la atracción que caracterizó durante los años veinte su trato con la vanguardia artística. Es notorio, en el relato que hace Osorguín, que las dificultades sufridas por los escritores que decidieron mantener abierta en Moscú, a como diera lugar, una librería, no se debían tanto a la persecución ideológica sino a la estatización emprendida por los bolcheviques, tan brutal que en 1923 hubieron de reintroducir parcialmente la economía de mercado para salvar a la joven URSS de la hambruna y de la bancarrota. Paradójicamente, fueron los impuestos los que acaban por quebrar a la Librería de los Escritores que mantuvo hasta su cierre una relación más que oficiosa con la Unión de Escritores."

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Simulación y crítica literaria

2.04.2008
Carátula de Confabulario. Fuente: confabulario

"El país de la simulación. La imposibilidad de la crítica en México", ése es el lapidario título que tiene el artículo del ensayista mexicano Armando Gonzales Torres en el último "Confabulario". No hay que dejar de leerlo, pues muchas de las cosas que dice tienen que ver con nuestros países latinoamericanos, y de una manera ligeramente distinta también en España, en especial estos párrafos navajeros:

Dice: "La crítica mexicana sufre del mismo malestar de la cultura libresca en todo el mundo, aunque hay una serie de rasgos, como la politización del campo literario y la estrechez del mercado cultural, que han contribuido a conferirle un carácter particular a sus dolencias. No es extraño que en una vida literaria politizada, vertical y jerárquica, la crítica sea mal vista y la verdadera polémica se ejerza por debajo del agua, con pequeñas intrigas y vetos. Por un lado, la politización del campo literario contribuyó a que, durante mucho tiempo, predominaran condiciones e incentivos para una crítica militante, oscilante entre el terrorismo y la lambisconería, donde la simpatía política se confundía con el juicio literario. Por otro lado, la concentración del mercado y del poder cultural y, por ende, la importancia de las relaciones personales en el ascenso literario obstaculizan el ejercicio natural de la crítica e inhiben la cultura del debate y la disidencia. La politización de la literatura generó durante buena parte del siglo XX, una frecuente propensión a fragmentar el universo literario mexicano en estancos rivales; a convertir los debates literarios en controversias políticas y a construir un canon dual, en constante pugna. En efecto, durante buena parte del siglo, la crítica y el ensayo fueron identificados como géneros edificantes, que debían aportar a la patria no sólo un canon, sino un instrumento de ingeniería de las conciencias. Así, en el plano literario las discusiones entre nacionalismo y cosmopolitismo, entre arte comprometido y arte puro ocuparon muchas décadas de saliva y tinta. Quizás pueda hablarse, hacia los años 50, de un breve interregno, para que después del 68 la escena literaria y cultural se polarizara de nuevo y la pugna ideológica volviera a trasladarse de modo evidente al campo de la cultura. En estos años de enfrentamientos (el primer Plural vs. La cultura en México, Vuelta vs. Nexos), la élite literaria se dividió en bandos y en gustos casi corporativos (literatura fácil vs. literatura difícil, crónica vs. ensayo) que representaban una escisión estética y política más amplia. Por supuesto, pueden recogerse algunas obras y momentos críticos excepcionales, pero el medio ambiente en general desfavorecía la pluralidad y dificultaba el diálogo literario. Si bien, merced al desgaste de algunos debates y a la consolidación de cuadros especializados, en los últimos años la vida cultural se ha despolitizado, la crítica se ha visto sometida a nuevas presiones, ahora provenientes de los intereses comerciales.


Por otra parte, se refiere al diccionario de Christopher Domínguez Michael con un comentario atendible: " la controversia que ha desatado el Diccionario… de Christopher Domínguez es el resultado de intentar convertir, desde un título desproporcionado, un mosaico crítico, que pudo haber resultado interesante, en un recuento canónico"

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Diccionario mexicano

2.03.2008
Carátula del libro. Fuente: letras libres

¿Quién quiere pertenecer?, pregunté en un artículo en "Babelia" que ocasionó sarpullido en Zona de noticias (ver post). Pues ahora veo que Christopher Domínguez Michael ha publicado un Diccionario crítico de la literatura mexicana, reseñado en la Revista de Libros de El mercurio. Y más escándalo ha creado por los incluidos que por los excluidos. Aparecen en su lista escritores extranjeros como Fernando Vallejo, Augusto Monterroso, Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Luis Cernuda, Max Aub y Roberto Bolaño. Frente a estas decisiones arriesgadas pero que ponen énfasis no en los prejucios (ni en las demagogias) sino en la calidad de la obra literaria, aquel sarpullido literario antes mencionado deprime. Otro level, como diríamos en el winning eleven.

Les dejo aquí también la reseña de Rafael Lemus en Letras Libres quien afirma: "Cosa buena: entre las 588 páginas del tomo hay pullas, controversias y dos o tres sopapos. Cosa extraña: no hay violencia".

Dice la reseña: "(...) la omisión más significativa es la de autores mexicanos cuya fama ha traspasado ampliamente las fronteras de su país de origen: Héctor Aguilar Camín, Ángeles Mastretta y Laura Esquivel. Su exclusión es resultado de lo que se declara al principio: "Como diccionario de autor, este libro le apuesta a la libertad de elección, al juego interpretativo y al capricho que resulta de construir un orden guiándose por la rutina y por las sorpresas del alfabeto". A esta libertad de elección, de efectos controvertibles, sin duda, se debe una de las mayores fortalezas del diccionario. La independencia de su redactor asegura que estén solamente los escritores que, a su juicio, lo merecen; incluso cuando no sean de su total agrado, pero parte de su obra, aunque se reduzca a un libro, o a pasajes de él, requiera su comparecencia en el volumen. Son los casos, entre otros, de Jaime Sabines, Homero Aridjis y Jorge Volpi. Honestidad ante todo. En la breve entrada que le dedica a la prolífica Margo Glantz, Domínguez llegará a decir de su novela publicada en 2002: "Se necesitan muchos años de vida en la literatura para escribir un libro como El rastro". Por lo demás, están representados, en su justa proporción, los ineludibles Alfonso Reyes, Octavio Paz, Juan José Arreola, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis. Vacas que, para Domínguez, como para cualquier mexicano, también son sagradas, pero no intocables. Es de agradecer, asimismo, el rescate de Jorge Cuesta y Elena Garro. Un crítico y una narradora sobresalientes, con personalidades beligerantes, paranoides y autodestructivas que, por décadas, impidieron aquilatar el real valor de sus obras. Cuesta se ahorcó a los 39 años en un manicomio. Garro cometió suicidio político en 1968, al responsabilizar a los intelectuales por haber instigado la rebelión estudiantil que culminó en la masacre de Tlatelolco. Vivió 30 años más bajo diversas formas de ostracismo.En otro rasgo de audacia, aun mayor, que expande su campo de maniobras, Domínguez decide admitir en el coto de la "literatura mexicana" autores afincados en el país hasta su muerte o por largos períodos de su vida, como Fernando Vallejo, Augusto Monterroso, Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Luis Cernuda, Max Aub y Roberto Bolaño. De Los detectives salvajes afirma: "La más persuasiva de las novelas mexicanas de los últimos años la escribió un chileno: Bolaño", añadiendo que es "acaso la novela más importante que un extranjero ha escrito sobre este país desde Bajo el volcán (1949), de Malcolm Lowry". Nada menos.

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¿Y cómo va la muerte del libro?

1.18.2008
Óleo de Chardin que ilustra el artículo de Domínguez Michael. Fuente: fragmentos-letras libres

A partir de un artículo de Michel Melet, titulado "¿Y cómo va la muerte del libro?" Christopher Domínguez Michael se pregunta en su blog de Letras Libres por los nuevos avances tecnológicos y su relación con el libro. Y como un nuevo pero ardiente creyente en la tecnología según propia confesión (y que además usa Mac, como debe ser) la postura del crítico mexicano es optimista.

Dice el post: "Otro mito pertinaz comentado por Melot es aquel que dice que la televisión substituyó a la lectura. No fue así. La televisión substituyó a las partidas de cartas, al jugueteo mecánico en el piano o a la observación idiota del fuego hogareño. Melot admite que las estadísticas arrojan una paradoja: cada día se lee menos pero los lectores son más numerosos. Porque la lectura se ha diversificado, ya no dominan los lectores de libros serios encuadernados, ahora acompañados por quienes leen en línea, consumen artículos y toda clase de impresos o imprimibles, una categoría nueva. Ello no quiere decir que el lector arquetípico, el lector filósofo, el lector que pintó Chardin, vaya a desaparecer porque, como Melot alega, “el mal del libro es incurable. Pero nunca lo mata.” Se publican, por supuesto, toneladas de mala literatura e, inclusive, se publican toneladas de libros estúpidos, dañinos, fanatizantes, empezando por una parte de la propaganda distribuida desde hace siglos por las letradísimas religiones del Libro durante mil quinientos, dos mil años. En la época de Cervantes o en la de Flaubert también se publicaban porquerías inenarrables que, justamente, por serlo, quedaron olvidadas y perdidas, sometidas a la crítica marxista de los ratones pero disponibles para alimentar las investigaciones sociológicas o bibliográficas en el dominio de la teoría de la percepción. Siempre ha habido, por ejemplo, libros de superación personal: antes pasaban por devocionarios o literatura beata, de edificación. Y antes de Cristo no existía esa frontera, al parecer: la filosofía era a la vez práctica y metafísica. Es más: si Sócrates o Aristóteles entraran a cualquier librería del siglo XXI y buscasen libros de su profesión, les sería más fácil acercarse, al menos en primera instancia, a los autores de superación personal que a Hegel o a Jaspers.

(...)

Decir, como se dice, que las cadenas sólo venden mierda, es una verdad a medias pues la mitad de los libros que se venden en la FNAC, en Barnes & Noble o hasta en la Gandhi son maravillosos, gracias, entre otras razones, a una revolución ya vieja y triunfante y que en su momento también suscitó la santa cólera, la revolución del libro de bolsillo. Ese tema también lo trata Melot, al rebatir el pesimismo de George Steiner, quien llegó a temer la desaparición de los hardcovers. El propio Steiner renunció a esas predicciones y ahora mira ese escenario con perplejidad pero sin indicios apocalípticos (...) La aparición del libro-consola no significa que vayan a desaparecer los libros impresos, lo mismo los que atesoramos los bibliómanos con todo el sentimentalismo del coleccionista y sus amaneramientos, mismos que comparto hasta grados patológicos. Tampoco se irán los batalladores libros de bolsillo, con la lamentable excepción de aquellos que se fabricaron en la segunda mitad del siglo XX con pulpas de papel periclitable y que, como ninguna otra cosa, amenazaron al libro de una verdadera muerte física por pulverización. El consumidor de libros ya no acepta tan fácilmente esos libros malhechos, que se desencuadernaban, brutalmente pegados, sin coser y cuyas páginas amarrilleaban en un santiamén. Yo dedico algunas horas al año a posponer la muerte irremediable de mis ejemplares, por ejemplo, de la Colección Austral y requiero de la constancia de mis caprichosos encuadernadores. Dice Melot que los profetas de la muerte del libro ya se cansarán y les sugiere cambiar de rubro y pregonar, por qué no, la futura muerte de la digitalización. Quizá, digo yo, vivimos en la época de oro del libro y educados en el arte de la deploración, nos negamos a admitirlo. En el Kindle o en sus predecesores, que en un cerrar y abrir de ojos se venderán a la salida del metro Chapultepec, se almacenarán baratijas pero también manuscritos antes limitados a los eruditos, hemerotecas enteras. Quizá el Libro que Vendrá no ha llegado y está por llegar, me digo, en plan mesiánico y blanchotiano, al mismo tiempo que corroboro que me he transformado en un progresista. Y peor todavía, también observo me he vuelto un tanto bobalicón: a veces creo que vivimos en el mejor de los mundos posibles y me atormenta, al caer la noche, creerlo. Me digo entonces que el optimismo es una fantasía defensiva. Etcétera."

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Sobre Klossowski

11.22.2007
Pierre Klossowski. Fuente: france diplomatie

Encuentro en el blog de Christopher Domínguez Michael este textito (él lo llama "vericueto") del 5 de setiembre sobre un libro de Pierre Klossowski (él lo llama "libreto") que, al parecer, no le ha gustado nada. Como una nota a pie de página al post sobre sus cuadros.

Dice Domínguez Michael: "... algún vericueto me lleva a Klossowski. Me llevo a casa La vocación suspendida: es probable que de tanto oír hablar de ella (todo lo que se hablaba de PK en el entorno de Juan García Ponce) nunca la hubiese leído. El libro –o más bien el libreto– es bastante escolar. No es una novela de tesis (eso creo que lo sabía muy bien PK) sino la tesis de una novela que al autor le dio pereza escribir. Quizá la consideraba redundante porque lo que Klossowski expone no es otra cosa que el resumen (la asignatura) del catolicismo negro y pecador, de Sade hasta Huysmans, al menos. Pero los franceses conservan cierta inocencia: todo lo que les parece clásico les sorprende."

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Christopher Domínguez Michael en Chile

10.21.2007
Chistopher Domínguez Michael. Fuente: etcetera.com

El mexicano Christopher Domínguez Michael es uno de los más incisivos, y por eso de los mejores, críticos de nuestra lengua. No pueden dejar de leer, por ejemplo, sus artículos o reseñas en Letras Libres o su estupendo blog en la revista. Ahora, el crítico se encuentra en Chile donde disertará sobre Gonzalo Rojas (en el auditorio de la Universidad Andrés Bello) y Roberto Bolaño (en la Cátedra Bolaño de la Universidad Diego Portales). Lo entrevistan en la Revista de Libros.

Dice sobre Gonzalos Rojas: "En el caso de Gonzalo Rojas lo conocí muy joven, en el mundo de los exiliados chilenos en México, donde tuve amistades esenciales. Gonzalo estaba en Venezuela, pero pasaba por la ciudad de México. Primero lo conocí como un personaje familiar. Poco después, como un poeta asombroso y a ello se sumó que Gonzalo importaba mucho en el ambiente internacional que rodeaba a la revista Vuelta. En México nos importa mucho su poesía y a veces nos desconcierta que no ocupe en Chile un lugar más destacado. Me sorprende, para empezar a hablar de Bolaño, que al intervenir en la discusión sobre cuáles son los cinco poetas de Chile, él no mencione a Gonzalo, que es, además, un poeta que quizá ha escrito sus mejores poemas después de los 70 años, lo cual es raro en cualquier literatura".

Y sobre Bolaño: "Es el descubrimiento creciente, en México y en todo el mundo, de un escritor crucial. Sus años mexicanos -no cómo fueron en realidad, sino que él los hizo literatura- lo convierten en un fantasma que nunca se alejará de México... Creo que ese fantasma es ya tan importante como el de Malcolm Lowry. En México nos gusta adoptar extranjeros, pese a la injustificada y falsa reputación que tiene nuestra literatura de nacionalista. México es norte y sur, este y oeste, un cruce de caminos. Me gusta Bolaño (a quien, debo aclarar, nunca conocí ni cuando él era joven y yo niño ni después, en sus años de fama) en el México del cambio de siglo. Ha sido una mirada reveladora. Naturalmente, su México es una ficción literaria que se puede compartir o que resulta, para algunos, desenfocada y hasta irritante. Y me da mucha curiosidad saber qué representa Bolaño para la literatura chilena actual. (...) La opinión de Bolaño no era infalible como no lo es la de nadie. Algunos de sus amigos me gustan, otros no. Daniel Sada, para hablar de un mexicano, era un narrador extraordinario mucho tiempo antes de que Bolaño se apareciera. A su vez, Bolaño se convirtió en un escritor famoso e influyente, como ocurre con los hombres de talento. Era lógico que ofreciese su canon a los lectores. Todos lo hacemos o tratamos de hacerlo.

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