MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Rezar también ayuda (decálogos literarios)

2.26.2010
Tips for writers. Ilustración: Illustration: Andrzej Krauze. Fuente: the guardian


No creo en los decálogos literarios. Me parecen absurdos, falsos. Y como diría no sé quién, la décima regla debería decir siempre "No hagas caso a los 9 anteriores", del mismo modo como cuando uno sube a un avión lo primer que te dicen es qué hacer en caso de una catástrofe aérea. Sin embargo, es cierto que decálogos hay muchos y seguirán existiendo. Ezequiel Martínez, en su blog "En Minúscula", me ganó la primicia sobre esta nota en The Guardian titulada Ten rules for writing fiction. Invitaron a participar a autores como Elmore Leonard, Diana Athill, Margaret Atwood, Roddy Doyle, Helen Dunmore, Geoff Dyer, Anne Enright, Richard Ford, Jonathan Franzen, Esther Freud, Neil Gaiman, David Hare, PD James, AL Kennedy. Les dejo aquí las mejores de estas recomendaciones ("cotillón de respuestas" las llama), seleccionadas y traducidas por el querido Ezequiel:

No trates de esperar un "lector ideal". Puede haber uno, pero el/ella está leyendo a otro. (Joyce Carol Oates)

Reescribe y edita hasta lograr la frase / el párrafo / la página / el capítulo / la historia más feliz. (Annie Proulx)

No te rindas. (Ian Rankin)

Lo más cercano a una regla es un post-it pegado en la pared frente a mi escritorio que dice "Faire et se taire" (Flaubert), que yo misma traduje como "¡Cállate y sigue adelante con eso". (Helen Simpson)

Trabaja en una computadora que no tenga conexión a internet. (Zadie Smith)

Nada de sexo, drogas o alcohol mientras estés trabajando. (Colm Tóibín)

También puedes hacerlo todo con un whisky. (Anne Enright)

Rezar puede funcionar. (Margaret Atwood)

Cásate con alguien que ames, que piense que es una buena idea que tú seas escritor. No tengas hijos. (Richard Ford)

Escribe en tercera persona a menos que ofrezcas una primera persona cuya voz sea distintiva e irresistible en sí misma. (Jonathan Franzen)

Lee mucho y con discriminación. La mala escritura es contagiosa. (PD James)

Escribe. (Neil Gaiman)

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Anagrama en FIL Guadalajara

12.17.2009
Jon Lee Anderson, Richard Ford, Sandra Lorenzano, Jorge Herralde, Nicolás Alvarado, Juan Villoro. Foto: María Teresa Slanzi. Fuente: Anagrama

Esta es la foto oficial de la celebración por los 40 años de Anagrama en la Feria de Guadalajara. Ahora le pído a María Teresa Slanzi la "otra" foto, aquella del fiestón que no se quiso perder Richard Ford, aquella donde no se sirvieron bocaditos porque en los antros de Guadalajara se va de frente al hígado. Y, si es posible, que en la foto también salga María Teresa. Ya es hora de que la descubran los de Vogue.

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¿Pacto de no agresión?

10.28.2009
El siempre complicado, y nunca bien entendido, pacto entre caballeros de la actual literatura latinoamericana. Fuente: juajomolina

Pasando por el blog The Art of Fiction del mexicano Mauricio Salvador leo la frase: "En lo personal creo que la gente debe relajarse respecto de Bolaño". ¿A qué se refiere? Al parecer, considera que existe una suerte de pasión chauvinista (chilena o latinoamericana, quién sabe) con respecto a Roberto Bolaño. Salvador menciona como punto de partida un artículo de Alejandro Zambra en La Tercera de Chile, en el que refuta bajo el título Historia Universal de la Envida un comentario de Richard Ford contra Los detectives salvajes. El desdén de Ford para Alejandro Zambra es una prueba más del "provincialismo" de los escritores norteamericanos a favor de su literatura y en contra de la literatura de cualquier otro escritor no gringo (hace poco comenté en un post que Philip Roth declaraba que sí, en efecto, la literatura en EEUU es la mejor del mundo). Mauricio Salvador recoge al respecto un post de Gonzalo Baeza titulado "Alejandro Zambra y las defensas corporativas" donde dice:

Según Zambra, la herejía de Ford se explica en parte con el manido argumento que la literatura estadounidense es “pagada de sí misma” o, en otras palabras, autorreferente y tal vez provincial. Una generalización tal sólo puede venir de alguien no familiarizado con dicha literatura o de personas cuyo acceso a ella proviene de lo que se traduce al español, sin reparar en los autores que año a año el mercado hispano ignora. (...) El problema es que, producto de este mismo provincialismo del que solemos acusar a los norteamericanos, sumado al hecho que en nuestros colegios no nos enseñen un segundo o tercer idioma (igual que a los gringos) y que no haya espacio en el mercado para traducir un mayor número de títulos estadounidenses, nos perdemos a una legión de buenos autores. Mirando mi biblioteca, que dista mucho de ser una colección de “imprescindibles”, veo a un sinnúmero de nombres que probablemente jamás lleguen a un público hispanoparlante. A vuelo de pájaro, están los divertidísimos cuentos de Sam Lypsite, los relatos negros de Scott Wolven (quien, por cierto, sí ha sido aplaudido por Ford), Leonard Gardner (autor de un único y desgarrador libro, Fat City, que por sí sólo pesa más que la obra de muchos autores chilenos), Stephen Wright (autor de Meditations in Green, una novela clave sobre Vietnam), o el libro debut de Josh Weil, The New Valley, tres excelentes novelas cortas ambientadas en los bosques y valles de Virginia y West Virginia. Hace poco el blog de Amazon.com publicó una serie de entradas acerca de los libros más representativos de los 50 estados de EE.UU. El número de buenos autores ignorados por las editoriales españolas molesta más cualquier falta de reverencia que Ford pueda manifestar hacia Bolaño. La literatura de EE.UU tiene muy poco de provincial. Un buen ejemplo es Virginia, un estado particularmente retrógrado en lo cultural y cuya universidad pública sin embargo edita una de las mejores revistas literarias del país, el Virginia Quarterly Review. En sus páginas apareció recientemente la traducción al inglés de Bonsái de Zambra. Por lo demás, si bien se estima que apenas el 3% de los libros que se publican anualmente en inglés son traducciones, numéricamente es bastante más de lo que cualquier persona va a leer en su vida. Si vamos a hablar de literatura provincial, qué mejor ejemplo que las letras chilenas, cuya envergadura le permite a duras penas proyectarse regionalmente (basta comparar nuestra anémica producción con lo que ha pasado en la última década en Perú o bien con la tradicional vitalidad de la literatura argentina). ¿O acaso alguien ha leído la traducción al inglés de Palomita Blanca? Después de todo, si alguien inventó el ninguneo a Bolaño fueron autores como Jorge Edwards, quienes miran con condescendencia la adoración que le guardan escritores más jóvenes y sólo a regañadientes lo aceptan en el club, más por el peso de la evidencia que por un deseo de cederle un lugar en el pedestal que ellos mismos se erigieron. Todo ello sin mencionar el ninguneo a nivel regional, partiendo por un Carlos Fuentes que hace poco comentara cómo ni siquiera ha leído a Bolaño.

Mauricio Salvador, orgulloso fan de la literatura norteamericana como lo prueba The Art Of Fiction y la revista Hermano Cerdo, está de acuerdo con Baeza y agrega:

Si Zambra conociera un poco a Ford habría dudado dos veces antes de escribir eso. Sus opiniones, dice, son mezquinas y atarantadas. Yo creo que Ford está en todo su derecho de opinar lo que quiera sobre Bolaño. Lo que sucede es que Zambra vive en una especie de nuevo Mundo feliz en el que la crítica y las posiciones personales existen de verdad muy poco. Esta nueva edad dorada ha sido ensalzada por la marea de encuentros literarios y festivales, de antologías, etc., que han llevado a varios grupos de escritores a renunciar por completo a cualquier clase de crítica en nombre de la preciosa y conveniente amistad. Los escritores latinoamericanos se alaban a sí mismos y a sus amigos escritores con una facilidad que no cabe en alguien como Ford o Bolaño. A Zambra parece incomodarle que alguien ponga en entredicho la recepción de Bolaño como producto del vil marketing. No es tan raro, si lo piensan. Piensen en Bellatin, por ejemplo. Entre Ford y Zambra, veo más pagado de sí mismo a Zambra que al mismo Ford, cuya obra es grandiosa y que no ha lanzado frases envidiosas a su contemporáneo y amigo (y sin duda más famoso) Raymond Carver. Zambra escribe la defensa de Bolaño (él cree que necesita una defensa) en pago a la figura paterna de Bolaño, que abrió las puertas de muchos escritores latinoamericanos en Estados Unidos. Pero se olvida que en la literatura, como en todas las cosas, la gente puede pensar diferente sin por ello ser mezquino o envidioso. Pero los jóvenes escritores que se la viven en festivales, encuentros y antologías no comprenden esto o lo comprenden sintiéndose profundamente ofendidos si alguien opina negativamente de sus obras o de las de sus amigos

La última frase del post de Mauricio Salvador compete a este blog. Como prueba de la amistad y el supuesto pacto de no-agresión de la literatura latinoamericana, Salvador coloca este blog:

Chéquense el Moleskine Literario, por ejemplo, donde todo es feliz y hermoso.

¡Ay, amigo Salvador! Si realmente todo fuera tan feliz y hermoso como en este blog, el mundo no sería lo que es ahora. Nadie quiere un mundo sin conflicto. Sin conflicto, sin mentiras, sin mala onda, sin envidia, sin traición, sin agresión, sin dolor, no habría literatura. No habría Richard Ford, no habría Zambra. No habría The Art of Fiction. No habría Moleskine. Y sobre todo, no habría un escritor que escribe novelas "demasiado largas" como el extraordinario Roberto Bolaño. Felizmente, entonces, el mundo no es hermoso. Y felizmente hay tantos blogs dedicados a insultar agresiva, instintivamente, a todo escritor que pasa por el frente que Moleskine puede covertirse en un refugio donde las ideas disímiles -como lo comprueba este post- pero no groseras encuentran un lugar. Peace and Love. Todo OK. (P.D. Yo también amo a Pip y quiero que le den el Nóbel).

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Historias de hermanos

5.29.2009
carátula del libro. Fuente: amazon

Aunque no gozan del prestigio ni de la bibliografía interminable que tienen as historias padres/hijos, las historias entre hermanos también tienen lo suyo. Basta pensar en la anécdota bíblica de Caín y Abel o en Los Siete contra Tebas para darnos cuenta de que el tema tiene bastante tela para cortar. Esas historias, además, se han replicado en una gran cantidad de poemas y novelas (se me ocurre ahora Al este del Paraíso de John Steinbeck, pero es solo lo primero que pesco al vuelo). Por eso es tan interesanta el volumen Brothers que se ha publicado en EE.UU. con 26 historias entre hermanos, escritas por igual número de autores. Dice Paper Cuts:

At the end of his essay “A Brother’s Story,” Tobias Wolff writes, “The good luck of having a brother is partly the luck of having stories to tell.” Andrew Blauner includes “A Brother’s Story” in his new anthology, “Brothers: 26 Stories of Love and Rivalry,” along with pieces by the other Wolff son (Geoffrey), Richard Ford, John Edgar Wideman, Pete Hamill, Phillip Lopate, David Sedaris, Dominick Dunne, Jim Shepard, David Kaczynski (brother of the Unabomber), the Cheever boys (Benjamin and Fred) and the Rich kids (Nathaniel and Simon), among others.

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Los libros del año para Granta

12.12.2008
Árbol navideño de libro en Granta. Fuente: Granta


La revista Granta ha dejado a una serie de escritores la posibilidad de escoger cuál ha sido el libro o su lectura favorita del año. Dejo aquí las respuestas de los autores más relevantes para nosotros (todos traducidos al castellano). Eso sí, no esperen encontrar entre los recomendados algún libro traducido. Todas son rarezas o novedades.

Actualización 15/12.- Rodrigo Fresán tiene un serio competidor a la hora de estar actualizado en literatura británica o norteamericana: Diego Salazar, quien me hace una magnífica acotación al post: "Veo en tu post sobre los libros del año para Granta que dices que entre los títulos elegidos por los autores no hay ninguno traducido al castellano. No es cierto, el libro de Grossman del que habla Richard Ford se encuentra en edición de Crítica bajo el título de Un escritor en guerra (2006). El libro de Kate Summerscale que menciona Doris Lessing, y que yo he leído y disfrutado muchísimo, se encuentra traducido: El asesinato de Road Hill (Lumen, 2008). Es un magnífico reportaje en que la autora reconstruye el primer caso mediático de asesinato de la historia y se centra en la figura del detective de Scotland Yard Jonathan Whicher, toda una celebridad de la época victoriana y que fue el modelo real que tanto Dickens, Poe y Wilkie Collins usaron para configurar la figura del detective en sus ficciones. También el libro del que habla Shteyngart se haya traducido al castellano, Y entonces llegamos al final de Joshua Ferris (RBA, 2008). No conozco la traducción, así que no puedo decirte qué tal es, pero leí el original en inglés y es una muy buena novela, con aires de Coupland y Delillo y que me recordó, por el tema "oficinas", al Recursos Humanos de Antonio Ortuño.

Chimamanda Ngozi Adichie
The book I most enjoyed reading this year is José Eduardo Agualusa’s The Book of Chameleons. The narrator is a dreamy, funny, brilliant gecko but there is nothing gimmicky in this beautiful, poetic novel about an Angolan albino who invents fake pasts for his clients. It is a grown-up story about a country getting to know itself again, and told in such exquisite language that I wished I could read it in the original Portuguese.

T. C. Boyle
My reading this year has mostly had to do with ecology and biology – research for the novel I am now writing. Among many others, I re-read one of the great works on the subject of island biogeography, David Quammen’s The Song of the Dodo. If you don’t know this book, you should. It is fluidly and wittily written, very wide-ranging and informative. At present, I am reading an advanced review copy of Blake Bailey’s forthcoming biography of John Cheever, under whom I studied one semester at the Iowa Writer’s Workshop. This is a very fine biography indeed, assessing and illuminating a complex life, and written with all the power and persuasion of a novel. I have been taking my time with it, savouring it chapter by chapter as I might linger over a box of chocolates. Or no: I don’t particularly like chocolates. Let’s say a pot of lobsters.

Junot Díaz
The book that most disturbed, moved and stayed with me this last year was Taichi Yamada’s I Haven’t Dreamed of Flying for a While. Yamada is one of my favourite Japanese writers and this is his masterwork. My God what a love story, my God what a ghost story! And Yamada shows us how little difference there is between these two types of tales. I wish I could read this book again for a first time; that’s how fine it is.

Richard Ford
One publication I heartily recommend is Vasily Grossman’s book of cablegrams reporting on the Nazi push toward Moscow and Stalingrad. It’s called A Writer at War: Vassily Grossman and the Red Army, 1941–1945. The writing is (even in translation) extremely memorable as writing – not just for its reportorial virtues – and for the actually haunting pictures it puts into one’s mind. Grossman was a Jew, reporting on Nazis, at the same time as Stalin was exterminating Jews in various precincts of the Soviet Union. His precarious hold on his life, the truth, his profession, his sense of collegiality, his family, his own writing is a subtle but forceful torque in the writing itself.

Doris Lessing
The Suspicions of Mr Whicher by Kate Summerscale has already attracted a lot of attention. The crime – a small child killed – excited Dickens and Wilkie Collins and other novelists of the time. I can’t think of another book which takes you so fast into the smells, tastes and atmosphere of that time. The Singing Neanderthals: The Origins of Music, Language, Mind and Body by Steven Mithen is a book that has you making up your own theories about how grunts became speech and songs. Finally, I missed two books in 2003 – The Seven Daughters of Eve and Adam’s Curse: A Future Without Men by Bryan Sykes, a geneticist at Oxford. Both are truly revolutionary and wonderful.

Rick Moody
Here are a couple of contemporary books I have read and enjoyed greatly in the last year: Like You’d Understand, Anyway, a collection of short stories by Jim Shepard, and Human Smoke: The Beginnings of World War II, the End of Civilization, by Nicholson Baker.
The Shepard collection, the very best such thing in recent American letters, is historically obsessed, containing accounts of cosmonauts, Australian exploration, the invention of the guillotine and so on. It’s incredibly funny in spots, but also deeply sad. Shepard is known well for his novels and for his love of the movies, but in this book he seems to have set aside all limitations on his ambition. He swings for the fences and, if you’ll pardon a baseball metaphor, connects repeatedly for extra bases. No short-fiction collection, in recent years, has delighted me as much.
The Nicholson Baker effort is non-fiction and it is unapologetically polemical. Using only primary sources Baker purports, in very abbreviated morsels of (largely) quotation, to wonder whether the Second World War had to take place in the way it did. There are no heroes in this account – not even among the anti-war pacifists with whom Baker clearly feels some common cause – and Churchill, Roosevelt and Hitler all seem like, at best, liars and dissemblers, and, at worst, bloodthirsty megalomaniacs. The closest analogue to the methodology here is Walter Benjamin, who once made the case for a literature composed entirely of quotation. Yes, Human Smoke is a very strange book, and not one that is designed to delight your historian friends, but it is deeply felt and, in its shape, completely original. Lately, Baker has been fearless in terms of what he’s willing to say in public and I find his work exhilarating.

Gary Shteyngart
Joshua Ferris’s Then We Came to the End is a stunning paean to the declining American workplace. Stylistically brilliant, Ferris gets away with using an omniscient ‘We’ to narrate his tale of a failing Chicago ad agency. As he pokes at the ribs of his corporate crew with a sharp index finger, he still manages to fill the novel with generosity and compassion. As the American economy collapses, we’re going to need helpings of both.

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Richard Ford en España

6.05.2008
Richard Ford. Fuente: yorkblog

Richard Ford presentó su nuevo libro traducido en España, Acción de Gracias (Anagrama) en Barcelona. Obviamente, no pudo dejar de referirse a los temas políticos que están en plena vigencia en EEUU con el triunfo de Obama en la candidatura al Partido Demócrata. Dice la nota:
Para Richard Ford, estos últimos meses se está demostrando, tras el proceso de primarias en el Partido Demócrata, en el que apostó por Obama, que los norteamericanos están dispuestos a "elegir a una persona de la que no sabemos nada, pero que refleja nuestra estado de desesperación". Sin embargo, también ha advertido de que a los europeos les llega una versión distorsionada del interés que suscita la política en el ciudadano medio norteamericano. "Al ciudadano medio -ha dicho- no le interesa para nada la política. Lo que quiere es cortar el césped de su jardín o llevar a sus hijos a la universidad, y deja las decisiones políticas a la clase política". Lo que ocurre a las puertas de noviembre de 2008, cuando se celebrarán unas nuevas elecciones presidenciales, es que "se ha producido un punto de inflexión tras ocho años de Bush, la bombilla se ha encendido, y los norteamericanos están pensando que si siguen igual las cosas, perderán a su país" (...)

Y ante la pregunta sobre por qué dio fin a la trilogía de su personaje más famoso, Frank Bascombe, declaró sin empacho que "por cansancio" para luego agregar: "Para escribir este libro he dado lo mejor de mí, sin tomar ningún atajo. Pero como persona continúo siendo un ser normal que se levanta cada mañana de la cama".

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Etiquetas EEUU

4.30.2008
Parche EEUU Flag. Fuente: spaciobiker

Ayer me olvidé de comentar, al mencionar el especial dedicado a Richard Ford en "Babelia", la síntesis de Eduardo Lago sobre narrativa norteamericana contemporánea, la que titula "Historia de una etiqueta". Vale la pena citarla extensamente por ser un repaso, aunque general, útil para quienes empiezan a ubicarse en esa literatura y no tienen a Rodrigo Fresán a la mano:

La mejor manera de entrar en la centuria es hacerlo de la mano de Henry James, eligiendo alguno de los títulos mayores de la monumental revisión de sus obras conocida como la edición de Nueva York. Una buena opción es Retrato de una dama (1908). Ya en los años veinte, nos encontramos con El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald, y El ruido y la furia, de William Faulkner. La siguiente década nos ofrece tres títulos imprescindibles: la trilogía USA de John Dos Passos; Llámalo Sueño, de Henry Roth, y Las uvas de la ira, de John Steinbeck. Los cincuenta fueron una década prodigiosamente fértil, con El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger; El hombre invisible, de Ralph Ellison; las Aventuras de Augie March, de Saul Bellow, y la gran épica de la carretera que es En el camino, de Jack Kerouac. En los sesenta, Truman Capote erigió el escalofriante monumento narrativo que es A sangre fría. Los setenta nos dejaron Ragtime, de E. L. Doctorow. En los ochenta, con Meridiano de sangre, Cormac McCarthy se adentró en las zonas más abismales de la conducta humana. En cuanto a las grandes sagas novelísticas, cuya gestación lleva décadas, destacan el ciclo de Albany, de William Kennedy y la serie dedicada a Conejo Armstrong, de John Updike, integrada por cinco títulos publicados entre 1960 y 2001. La responsabilidad de hacer que el concepto de gran novela norteamericana efectuara una cómoda transición al siglo XXI corrió a cargo de Don DeLillo y Philip Roth, quienes han creado obras de calibre en las dos centurias. En el caso de Roth, su gran friso de la sociedad norteamericana lo constituiría el ciclo narrativo protagonizado por Nathan Zuckerman. La novela de DeLillo que mejor encarna el concepto que estamos discutiendo es Submundo. Demasiadas ausencias de peso en este recorrido, algunas muy a mi pesar: El gran Norman Mailer se pasó toda la vida hablando de la gran novela americana e intentando escribirla. Como le ocurrió al capitán Ahab con Moby Dick, murió sin conseguirlo. Tampoco lo consiguió Hemingway, cuya grandeza está en las formas breves, como ocurriría décadas después con Raymond Carver. En realidad, el concepto de gran novela norteamericana resulta excesivamente restrictivo: se suele reservar para cultivadores del realismo más tradicional, por eso quedan fuera escritores del calibre de Thomas Pynchon, o William Gaddis, por inaccesibles. Richard Ford, por el contrario, encaja perfectamente en el arquetipo.

(...) En este contexto, ¿qué ofrecen los más jóvenes entre los consagrados? La broma infinita, de David Foster Wallace, es una obra de culto, excesivamente experimental para el lector de a pie. El prolífico William Vollmann, autor de narraciones a veces desmesuradas que intentan radiografiar la totalidad de nuestro tiempo, no ha producido ninguna novela que haya logrado ser bendecida con el título de marras, como tampoco lo ha sido ninguna de las más de sesenta obras de Joyce Carol Oates. Las correcciones, de Jonathan Franzen, se acercó, gracias al esfuerzo realizado por su autor, que trató de conciliar el legado de la tradición con las fórmulas del posmodernismo. ¿Cuál es la situación en este momento? A tenor de lo ocurrido con el último Premio Pulitzer, que ha ganado un narrador hispano de 40 años apenas hace dos semanas, puede que las cosas estén cambiando. Todo apunta a que la gran novela americana está desesperadamente necesitada de un nuevo look. En La maravillosa vida breve de Óscar Wao se produce un encuentro entre Derek Walcott y La guerra de las galaxias, pasando por la tradición de la novela latinoamericana de dictadores, por citar sólo unos pocos ingredientes. ¿El nombre del autor? Junot Díaz. Estén atentos a sus receptores.

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Richard Ford en Babelia

4.29.2008
Richard Ford. Foto: Laura Pedrick for The New York Times

Con la traducción al castellano de Acción de Gracias (Anagrama), una novela contundente de más de 700 páginas que no me pude traer del DF porque no cerraba el maletín, se cierra la Trilogía Americana de Richard Ford, compuesta además por El periodista deportivo y El día de la independencia, también traducidas por Anagrama. Es el retorno de Frank Bascombe, uno de los personajes literarios más célebres del siglo XX quien ahora "tiene 55 años, una preciosa casa acristalada en la costa de Nueva Jersey, una pequeña inmobiliaria, dos ex mujeres, un cáncer de próstata detectado hace unos meses y dos hijos vivos de su primer matrimonio". La inmbiliaria rinde más que el periodismo (y que los sueños literarios frustrados), sin duda. El suplemento Babelia le dedica su ejemplar al regreso de Richard Ford con textos de Ray Loriga sobre el "realismo sucio", una reseña de José María Guelbenzu, y una entrevista al autor por Pablo Guimon. Ahí dice Ford que las novelas autobiogáficas no le interesan:

Probablemente haya similitudes entre Frank y yo, pero no son tantas si piensa en todos los detalles de su vida. Es un hombre norteamericano de mi edad, vale... Pero yo no tengo dos ex mujeres, ni hijos, no soy agente inmobiliario, no he ido a la universidad de Michigan... Las buenas novelas no son autobiográficas. Si escribes una novela autobiográfica estará confinada, limitada por lo que tú eres. Le diré mi concepción de lo que es una buena novela: una buena novela es la que utiliza la imaginación para provocar en el lector que experimente lo impredecible. Y eso sucede cuando el escritor imagina cosas que están muy lejos de su propia vida cándida


También explica el origen del atribulado Frank Bascombe:

Publiqué mi segunda novela, y tuvo buenas críticas. Pero nadie la compró. Entonces cogí un trabajo de periodista deportivo. Y pensé que, si podía conservar aquel empleo, lo haría para siempre. Era divertido, era fácil, estaba bien pagado, viajabas por todo el mundo... era perfecto. Pero perdí ese trabajo y me senté a pensar qué querría escribir si hiciera una nueva novela. Tenía claro que debía hacer algo realmente distinto de lo que había estado haciendo, porque lo que había estado haciendo no acababa de funcionar. Un día Kristina, mi mujer, me dijo: "¿Por qué no escribes sobre alguien que es feliz?". Y me pregunté: ¿cómo demonios se hace eso? Yo tenía una concepción muy romántica de los personajes de las novelas. Eran siempre tipos conducidos por la angustia, sometidos a terribles torturas psíquicas, preocupaciones... Así que decidí cambiar mi visión del mundo. Lo primero que voy a hacer, pensé, es darle al personaje un trabajo que le guste. Y le di un trabajo de periodista deportivo. Luego pensé: una persona feliz es probablemente alguien que ha sido infeliz en el pasado y que intenta ser feliz. Y ésa es la manera en que llegué a Frank. Ésa es toda mi concepción de Frank Bascombe. Alguien que intenta hacerse un hombre mejor, un hombre más feliz.


Y obviamente, se refiere al 11/S, el tema americano por excelencia de los últimos años.

(...) está el espectro del 11 de septiembre que sucederá 11 meses después. No es un símbolo de nada, es lo que hay. Es sólo el hecho de que América es una sociedad muy violenta. Cuando empecé a escribir sobre la Nueva Jersey del año 2000, cada vez que imaginaba una escena y pensaba cuál sería el sonido ambiente, siempre había un coche de policía. Es parte de la vida americana, estamos entumecidos por nuestra violencia, y por la violencia que estamos infligiendo a otros países. Así que no era yo intentando señalar algo. Era sólo el paisaje. Era yo intentando que el paisaje de Acción de Gracias pareciera lo que es. (...) Sólo este invierno he sido capaz de escribir de cosas que tienen que ver con el 11-S. Pretendo escribir un libro de relatos políticos. Pero cuando empecé Acción de Gracias, que debió de ser en 2002, estaba demasiado fresco el tema. Esos grandes sucesos necesitan asentarse, alejarse de la escena pública, para que una pieza de arte sobre ellos pueda resultar útil. Así que decidí situarlo antes del 11-S, pero de alguna manera su sombra está presente en el libro. Y esto es algo que captan los europeos, los americanos no. Los americanos son los seres menos políticos del mundo.

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Richard Ford ornitólogo

11.04.2007
Richard Ford. Foto: Pat Wellembach. Fiuente: NY enterteinment

¿Cuánto sabe un pájaro de ornitología? Esa es la pregunta que muchos se hacen cuando ven a un escritor teorizar sobre literatura. Concretamente, Jakobson usó la metáfora (ligeramente más ofensiva, no dijo pájaro sino elefante) para impedir que Vladímir Nabokov consiguiera un cargo universitario mejor remunerado. Pero leer las lecciones de literatura de Nabokov representan para quienes queremos aprender el oficio una experiencia insuperable. Lo mismo podría decirse de este texto de Richard Ford, un fragmento de un texto que se publicará en Granta, que aparece en The Guardian y en el que comenta -a partir de la lectura de un cuento de "La dama del perrito" de Chejov y "Reunión" de John Cheever- el ejercicio de la autoridad en la escritura de los textos breves. Imprescindible.

Dice Ford: " "Really, universally, relations stop nowhere ... the exquisite problem of the artist is eternally to draw, by a geometry of his own, the circle within which they shall happily appear to do so." Henry James, here, is commenting on art's abstracting-coercing relation to lived life when performed by the hand of the artist. James's "geometry of his own" is the restrictive, importance-making exercise of (in the case of writing fiction) the writer's authority - as expressed by such authorial decisions as how much of this character to reveal, when to end a scene, where to commence the story and where to stop it. When John Cheever's narrator, at the astonishing conclusion of his brief but harrowing story "Reunion" - published in the New Yorker in 1962 - bluntly tells us, "And that was the last time I saw my father ...", we readers feel the story's "geometry" fiercely close down. We have known Cheever's two people - a father and son - for only a page or two and not well, we think. Can it really be, though, that the son never sees his father again - ever? We would surely wonder about this in real life and demand to know more - require a novel to explain it all. But the story doesn't entertain doubt and neither do we. Relations in life may, indeed, stop nowhere. But in the hot alembic of the story's manufacture they do. Cheever's story is a model of short-story virtue, focus and conciseness. In fewer than a thousand words we visit Grand Central station twice, enter and depart three distinct midtown eateries. Cocktails are consumed, harsh, assaultive even hilarious words are exchanged, tempers burn hot, dismay turns toxic. A callow son's hopes for resuscitating the love of his father are summarily ruined, following which a vital part of life is over for ever. Only, life's not like that - we say again. At least ours isn't - we hope. Yet within Cheever's great authority something of life we couldn't know any other way and that can't be truly paraphrased is shaped into indisputable truth for which the story is the only testament and evidence. Moreover, this ferocity and concentration of the story's formal resources (its formal brevity, dramatic emphasis, word choice, sudden closure) are aesthetic features we readers like being close to, and submit to with pleasure - if only because these events aren't really happening to us. And while saying this much may not tell us precisely why "Reunion" is so dazzling, it begins to suggest importantly how. And our awareness of this how may please us, too. Nothing, in fact, may tell us definitively why any story is excellent. Cheever's story is about a father and a son in an instant of defining, galvanising crisis - the dramatic and moral values are thus set up high (always a help). The scene and settings are recognisable, vivid and deftly limned. It's extremely funny, albeit in a hateful sort of way. A risibly mean and pathetic drunk is given his (to us) satisfying comeuppance, while a sweet-seeming, impressionable son survives to tell the tale. Bliss is once again moved revealingly into the orbit of bale, all of it delivered inside a streamlined little verbal torpedo that explodes upon us almost before we know it.

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