MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Parejas (in) disolubles

9.03.2009
Scott Fitzgerald y su esposa Zelda, ejemplo de pareja (in)disoluble. Fuente: macpick´s

En estos días, las carteleras cinematográficas de Lima están presentando -con mucho atraso- dos películas con disonantes parejas románticas basadas en textos literarios: El lector, basada en la novela homónima de Bernard Schlink y Elegía, basada en Animal Moribundo de Philip Roth. Ya está dicho: La felicidad no crea buena literatura; en cambio, las parejas románticas en colapso pueden originar novelas extraordinarias. Este extenso artículo en La Vanguardia y Clarín así lo confirma. Son varios ejemplos los que brinda la nota. Empezando por el rapto de Helena de Troya, los adulterios de Madame Bovary y Ana Karenina, las novelas de Richard Yates, Vladímir Nabokov, hasta Mario Vargas Llosa y su niña mala y la pareja de moda Mikael Blomkvist / Lisbeth Salander de Millenium de Stieg Larrson. Muchas veces, las malas relaciones entre personajes son reflejos de la vida de los propios autores. Por ejemplo, sobre la obra de Scott Fitzgerald dice:

"Las vidas americanas no tienen segundo acto", dijo Scott Fitzgerald, refiriéndose a que la felicidad como promesa siempre desemboca en eso, en una promesa. A decir verdad, para algunos autores ninguna vida tiene segundo acto, y los matrimonios difícilmente llegan a finalizar el primer acto sin nocturnidad y alevosía. Si hay una pareja que llegó a alcanzar cotas de amor y odio inaccesibles para los mortales fue el matrimonio Fitzgerald, o lo que es lo mismo, Francis Scott y Zelda Sayre. Una novela, Alabama song, escrita por Gilles Leroy y premio Goncourt 2007, cuenta la historia de Zelda. El amor de Leroy por el escritor estadounidense le hizo descubrir la personalidad excepcional y esquizofrénica de Zelda, y exponer la cara oscura del autor de El gran Gatsby y uno de los mitos de la Generación Perdida. Zelda no era una gran escritora, pero sus textos demuestran su influencia en la novelística de Fitzgerald. Existen tantas Zeldas en las obras del autor, que la caída a los infiernos del escritor fue a la par de la destrucción mental de su mujer. Ella le sobrevivió ocho años, hasta que falleció en 1948, durante el incendio en el psiquiátrico en el que estaba internada. No sin ciertas dosis de imaginación, Leroy utiliza la voz de Zelda para tildar a Scott Fitzgerald de homosexual y de mantener relaciones con un supuesto Hemingway. Sean ciertas o no las especulaciones literarias del francés, debemos agradecer a la tormentosa relación del matrimonio una novela como Tierna es la noche. La Generación Perdida fue definida por Scott Fitzgerald como aquella generación que había encontrado "todos los dioses muertos, las guerras combatidas y la fe en el hombre destruida". Pero mientras algunos de sus miembros lograron la eternidad narrando los desastres de la Gran Depresión, los Fitzgerald alcanzaron la gloria y la destrucción ahogados por la marea de los felices años veinte,eslogan inventado por el propio escritor, tan hermoso y maldito como sus personajes. Como la vida misma Tierna es la noche es la propia historia de los Fitzgerald, convertidos en Dick Diver, psicoanalista, y en su antigua paciente y actual esposa Nicole, glamurosa pareja que ha alquilado una villa en la Costa Azul. Ricos y triunfadores, los falsos cimientos de un matrimonio empiezan a resquebrajarse cuando admiten en el grupo a una actriz llamada Rosemary Hoyt. Es el principio del fin. Los celos descubrirán la verdad sobre los Diver. Ella es una rica heredera enamorada locamente de su marido y confesor; él es un psiquiatra con deseos de triunfar. Pero el idealismo va desapareciendo y poco a poco van sumergiéndose en la vida extravagante y superficial. Si bien Dick utiliza la frágil psicología de Nicole para escalar socialmente, al final será él el gran perdedor. La caída de Dick Diver en el alcoholismo y la autodestrucción por haberse quedado allí, en el primer acto de la vida, narcotizado por el opio del lujo, irá en paralelo al resurgimiento de Nicole. Como la propia existencia de los Fitzgerald. El escritor murió en Hollywood en 1940, alcoholizado y malviviendo como guionista fracasado dejando como legado sus novelas y un estilo literario que sería adoptado por muchos de los autores que le siguieron.

Sobre Francosi Sagan y Buenos días, tristeza dice:

Es probable que sin la novela de McCullers Frankie y la boda (1946), la francesa Françoise Sagan no hubiese escrito en 1954 Buenos días tristeza con dieciocho años. El amor de Cécile por su padre Raimond hará de ella una Electra de la Francia de los cincuenta y sus sentimientos conducirán al drama más rotundo. Sagan triunfó con esa novela triste, acorde con los pensamientos de esa niña bien y despreocupada que terminará transformándose en el más melancólico de los verdugos. Huérfana de madre, tras estar interna varios años, Cecile descubre los placeres de la vida y el lujo en el París del flash y lahautecouture o bajo la suave luz de la Costa Azul. Idolatra asu padre, su mentor y su príncipe, pero la aparición de Anne, mujer equilibrada y recta, y el anuncio de la inminente boda con Raimond, hacen que los sentimientos de Cécile bailen serenamente entre el amor y el odio por su futura madrastra. Admira a Anne, pero deberá destruirla para recuperar una dolce vita en la que ella dominaba el mundoasu antojoyenel que era el centro de las atenciones de su padre. Aunque, como cabía esperar, los planes fallan y Cécile abandonará para siempre la dulce adolescencia cuando Anne y Raimond terminan dentro de un coche en el fondo de un acantilado. No hay mejor remordimiento literario que el que se torna tristeza.

También comenta la novela de James Salter Años luz:

De la misma generación que Yates, James Salter escribió también una novela fantástica que versaba sobre la disolución de una familia en apariencia sin fisuras. Años luz es la crónica de veinte años de vida en común de Nedra y Viri Berland, acomodado matrimonio que habita en el valle del Hudson. Influenciado por la prosa de Hemingway, Miller y Gide, Salter cuenta, con una prosa lúcida, cómo va pudriéndose la idílica unión de los Berland sin que ellos se den cuenta de la gangrena. Sin sobresaltos, sin culpabilidades, los Berland pasan de la alegría a la desilusión, y de la desilusión a una invisibilidad con una sola salida de emergencia: el adulterio y el divorcio. La prematura muerte de Nedra sumirá a Viri en la derrota: el hastío venció las expectativas de un matrimonio cuyas ambiciones estaban, al final, separadas a años luz. Una historia, la de los Berland, con claras similitudes a la de Salter, como quedó reflejado en las magníficas memorias del escritor tituladas Burning the days. El amor, al fin y al cabo, puede descubrir los páramos más oscuros de nuestro carácter.

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Lo otro de Yates

6.02.2009
Richard Yates. Fuente: austincronichle

Todo el mundo habla de Vía Revolucionaria, y algunos cuantos de Once tipos de soledad. Pero quienes han leído a Richard Yates completo dicen que la novela traducida al castellano como Las hermanas Grimes (Alfaguara) es lo mejor de Yates. Rosa Montero, sin embargo, piensa que no es una novela apta para depresivos, nostálgicos ni melancólicos. Y al mismo tiempo, los califica como libros "feministas" ¿Será posible? Dice la reseña en "Babelia":

Si estás deprimido, lo que se dice verdaderamente deprimido, no leas Las hermanas Grimes, de Richard Yates. Todos los demás, melancólicos y tristones incluidos, deberíais leer inmediatamente esta novela, si aún no lo habéis hecho. Es un libro relativamente breve (224 páginas) que logra la rara magia de ser monumental. El relato, limpio y afilado como un bisturí, nos cuenta la vida de dos hermanas, desde la niñez hasta los cuarenta y muchos años de edad. Aunque sería más atinado decir que el relato nos cuenta simplemente lo que es la vida, punto. La vida de todos, con la indefensión y la maravilla de la niñez, la esperanza y la confusión de la juventud, la lucha por la supervivencia de los años adultos y la desolación de la madurez. Polvo y cenizas. Permaneció en el limbo de los olvidados hasta que, hace algunos años, los críticos comenzaron poco a poco a rescatarlo. Para Yates, la existencia es una pura decepción. Un trayecto conmovedoramente penoso. Ni siquiera es una gran tragedia: no olvidemos que sus protagonistas son dos mujeres comunes y cotidianas, humildes heroínas de la vida vulgar. Tanto en esta novela como en su primer libro, Vía revolucionaria, ahora puesto de moda por la película protagonizada por Leonardo Di Caprio y Kate Winslet [Revolutionary Road], Yates muestra un finísimo instinto antisexista, un extraordinario entendimiento de las muchas limitaciones que la sociedad machista de los años cincuenta imponía a las mujeres. Son libros feministas en el mejor y más profundo sentido de la palabra, porque no son textos voluntaristas ni dibuja heroínas perfectas y admirables, sino que retrata con sobrecogedora elocuencia el destino innecesariamente cruel de unos seres humanos atrapados en la telaraña de los prejuicios. De manera que, en Las hermanas Grimes, Yates huye voluntariamente de lo grandioso. En su libro, la vida se rompe al final sin apenas ruido y la realidad se revela como un fraude, como un mediocre decorado teatral que acaba por despintarse y resquebrajarse, evidenciando su triste falsedad. Las existencias que describe son diminutas, pero están tan llenas de deseos y esperanzas como las de las personas más prominentes. El fuego de la vida arde igual para Alejandro el Magno que para el individuo más modesto, y esta mezcla tan humana de lo ínfimo y lo enorme es lo que hace que la obra de Yates resulte formidable. Como demostró Flaubert con Madame Bovary, los buenos escritores son capaces de hacer novelas muy grandes con personajes muy pequeños.

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Fresán sobre Mad Men

5.08.2009
Serie de televisión e íconos literarios. Fuente: filmica.com

Dran Dreper, el protagonista de la serie Mad Men, podría ser un personaje creado por algunos mad men literarios (en este caso, sin la doble acepción "Hombres de Madison" y "Hombres locos" sino solo quedándose con la segunda). Al menos así lo cree Rodrigo Fresán quien se aprovecha de la serie -que va por su segunda temporada- para hacer semblanzas de algunos mad men culurales norteamericanos: John Cheever, Richard Yates, John O´Hara, John Upidke, Miles Davis. Dejo aquí, por ser extraordinarias, las semblanzas de John Cheever y de Richard Yates. Y -como me sucede con todas las recomendaciones de Fresán- voy corriendo a buscar la primera temporada de Mad Men, que no he visto:

JOHN CHEEVER
Era alguien que se ocupaba de contar las historias de hombres como Dan Draper. Hombres enloquecidos por la idea de que, se supone, tienen todo para ser felices y sin embargo hay algo que falla en el teóricamente perfecto producto de sus vidas. Eso que algún publicista tan astuto como Draper bautizó como el Sueño Americano pero que cada vez se confundía y se fundía más con la pesadilla del insomnio. “No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado y tomo mis disfraces demasiado en serio”, escribió Cheever en una entrada de sus Diarios. Y, de algún modo, todavía sigue allí. Nunca se ha ido y siempre vuelve: John Cheever (1912-1982) entró en marzo, por fin, en la canónica Library of America coincidiendo con la publicación de una nueva biografía firmada por Blake Bailey, que ya había publicado un perfecto y demoledor retrato de Richard Yates en el 2003: Tragic Honesty: The Life and Work of Richard Yates. Pero a no confundirse: para los antihéroes de Cheever —-para los nadadores, los maridos rurales o los hermanos siempre en discordia— existe, siempre, la posibilidad cierta de una redención epifánica con resabios de antiguas y divinas mitologías. Dan Draper, creo, no goza de ese privilegio.

RICHARD YATES
Y, mucho menos, los muy tristes personajes del tristísimo Richard Yates (1926-1992), a quien tan poco han comprendido el director Sam Mendes y la actriz Kate Winslet y el actor Leonardo Di Caprio. Entro a ver ilusionado la adaptación fílmica de Revolutionary Road y a los diez minutos comprendo que hay algo —mucho— que no funciona. La adaptación de Mendes es, paradójicamente, tan mal teatro como la obrita amateur con que arranca la película. Lo que en las novelas de Yates es una prosa seca y de dientes apretados aquí se convierte en alarido melodramático y, claro, Di Caprio está condenado a lucir, siempre, como si se hubiera puesto la ropa de su padre y jugara a ser mayor. Di Caprio es, apenas, un hombrecito loquito; y no puedo evitar imaginarme lo bien que habría estado alguien como Edward Norton —o, ya que estamos, Jon Hamm— en el rol de Frank Wheeler. Winslet no hace mal lo suyo pero, otra vez, la misma incómoda sensación que uno ya tuvo en Titanic: la de ver a una mujer aprovechándose de un niño. Tal vez deban filmar juntos —Winslet sería una magnífica Mrs. Robinson y Di Caprio un perfecto Benjamin Braddock— una remake de El graduado, otra de hombres locos. Así que salgo del cine y entro en una librería y no puedo resistirme a la flamante edición conjunta de las novelas Revolutionary Road (1961) y The Easter Parade (1976, mi favorita entre las suyas) y el legendario volumen de relatos Eleven Kinds of Loneliness (1962) que le ha dedicado la Everyman’s Library al ahora súbitamente hot y cool Yates. Las dos primeras han sido recientemente publicadas por Alfaguara con los títulos de Vía revolucionaria y Las hermanas Grimes, el tercero fue publicado hace unos años por Emecé Argentina, y yo ya tengo todos por separado. Pero hay un placer raro en comprarse libros que ya se tienen. Y el prólogo de Richard Price justifica la inversión. Allí se lee: “El territorio de Yates se ubica ligeramente al Sur de Cheever, al Oeste del de O’Hara, al Este de Carver y al norte de Tobias Wolff y Richard Ford”. Price cuenta cómo conoció al entonces perdedor y olvidado Yates y lo define así: “Se nutría de rencores, era una incubadora de desaires. Sus dioses personales eran Hemingway y Fitzgerald. Estaba amargado. Tenía todo el derecho del mundo para estar amargado. Estaba realmente amargado”.

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Los abortos de Vía Revolucionaria

2.13.2009
Mi adorada Kate como April Wheeler. Fuente: canaltcm

Hace unos días fui a ver la película Vía Revolucionaria (traducida pésima, mediocremente, como Solo un sueño) de Sam Mendes, basada en la novela de Richard Yates. Bueno, ya saben, en realidad fui a ver a la mujer de mi vida, Kate Winslet (dirigida por el hombre de su vida, Mendes). Los disfuerzos de Leonardo di Caprio por robarse un show donde solo era una comparsa competían con el afán, ambicioso, desmedido, enamorado, de Sam Mendes de convertir a la magullada April Wheeler en una heroína a la altura de su adoradísima Kate. Con eso traiciona la novela de Richard Yates, en la que los dos esposos Wheeler están igual de encarcelados y atrapados en sus sueños imposibles de cumplir (aunque la diferencia es que Frank es solo un hablador y April una revolucionaria ilusa que alguna vez le creyó); pero hay que decir a su favor que ha sabido subrayar las mejores frases de la novela y las ha dicho tal cual. Para los fans de Yates, eso es de agradecer. Mi momento favorito (en la novela y en la película) es cuando Frank Wheeler, convencido al fin de su propia mediocridad, dice en el dictáfono: "Título: Hablando de Control de Inventarios, paréntesis, tercera revisión. Párrafo. Saber lo que uno tiene, coma, saber lo que uno necesita, coma, saber de lo que uno puede prescindir, guión. Eso es..." Tampoco voy a negar el impacto que me dio la frase de April, en mitad de una pelea con Frank, a quien ha dejado de amar: "Yo pensé que era amor pero solo era un chico que me hizo reír en una fiesta". Esa frase, textualmente, no existe en la novela pero sí un apropiado, cinematográfico, resumen del pensamiento de April en el momento que toma la decisión de abortar, mientras recuerda el beso de despedida (muy bien dirigido en le película, ciertamente) luego del mejor desayuno de sus vidas: "El beso, puesto a pensarlo, había sido perfectamente correcto: un beso casto, un beso amistoso, el beso que se da a un chico que acabas de conocer en una diesta, el chico con el que has bailado y te ha hecho reír y después te ha acompañado a casa, hablando de él todo el tiempo. El único error real, la única cosa injusta y deshonesta, había sido verle como algo más que eso. Oh, durante un par de meses, solo por diversión, no habría estado mal jugar a eso con un chico ¡pero tantos años seguidos!"

A la amiga con la que fui a ver la película le pareció que no había mucha coherencia en la amenaza de Frank, en una pelea anterior a la final, de conseguirle a April un psiquiatra. También le pareció un poco maniquea la presencia de John Givings, el hijo loco de la casera que sin embargo es el único lúcido de la novela. Ambas apreciaciones son correctas en cuanto a que Mendes ha eliminado completamente todas las referencias al psiconálisis que se hacen en la novela. Es obvio que Yates detestaba el psiconálisis y esa búsqueda contemporánea de "solucionar" la vida de los demás haciéndolos encajar en una línea media. Yates, realmente, odiaba a los psiquiatras (loqueros los llama) y a los manicomios; quería vivir establecido en aquella locura lúcida que le permitía escribir. Yates es Givings, eso es obvio. De hecho, al final de la novela un exitoso negociante Frank Wheeler se encuentra con su vecino Shep y le comenta que está en terapia con un psicólogo. Le dice "A mí me parece que estamos llegando a un terreno bastante básico; cosa que yo nunca me había planteado acerca de la relación con mi padre..." Shep siente lástima y decpeción por aquello en "lo que se ha convertido" Frank. A mí me da más bien ternura. Pobre Frank. Pobre April.

Atención, que lo siguiente puede ser considerado spolier así que, si no han visto la pela ni leído el libro, no lo lean: La escena en que April aparece ensangrentada luego de su aborto viendo por su enorme ventana la luminosa Revolutionary road y sus jardines verdes, una sofisticación innecesaria de Sam Mendes, se justifica dada la lectura del propio Richard Yates sobre su novela. En la edición de Emecé recuperan felizmente sus palabras al respecto:

Alguien me preguntó en una fiesta sobre mi novela y le respondí que estaba escribiendo sobre el aborto. Le dije que era una sucesión de abortos de todo tipo: una obra abortada, varias carreras abortadas, una infinidad de ambiciones y planes abortados, todo lo cual conduce a un aborto real, físico, y a una muerte al final. Tal vez ése sea el mejor resumen de la novela que puedo ofrecer. Durante los cincuenta prevalecía un generalizado deseo conformista en todo el país, y no solo en las urbanizaciones: una suerte de búsqueda de seguridad, ciega y desesperada, que se encarnó políticamente en el gobierno de Eisenhower y en la caza de brujas de Joe McCarthy. Muchos estadounidenses estaban muy preocupados por ello, pues parecía una traición absoluta a nuestro más gallardo espíritu revolucionario, un espíritu que quise ver encarnado en el personaje de April Wheeler. El título alude a que la vía revolucionaria de 1776 había llegado prácticamente a su fin en los años cincuenta"

Finalmente, solo me queda agregar que las citas de este post las he tomado de la edición de la novela publicada por Emecé (2003) y traducida por Luis Murillo Fort, y que Kate Winslet es una estupenda actriz y una mujer hermosa, absolutamente hermosa, tanto cuando se está riendo como cuando está peleándose, cuando tiene fe o cuando la ha perdido, cuando hace el amor en la cocina, cuando baila el jitterbug o cuando huye de sí misma por un bosque. Hermosa.

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Yatesmanía

1.21.2009
Richard Yates. Fuente: sequenza21

"Sam Mendes ha rescatado del olvido a Richard Yates" dice Javier Aparicio en su reseña en "Babelia" a Vías Revolucionarias, la novela de Yates adaptado con enormísimo éxito por Mendes (quien, eso sí, merece nuestro odio eterno por acaparar a Kate Winslet; eso le hace daño a los amores platónicos). La novela, que editó Emecé hace unos años sin mayor bombo ni platillo (salvo en la librería Metales Pesados, en la que Sergio Parra ofrecía la novela de Yates a todos los que pasaban buscando novedades sin que nadie -salvo yo- le hiciera caso), ha sido reeditada por Alfaguara y ya se ha convertido en Libro de Bolsillo . Dice Aparicio:

Vía revolucionaria, la novela de los sueños truncados que Kurt Vonnegut llamó "El Gran Gatsby de mi época", finalista del National Book Award en 1961 y situada en 1955, describe la tensión claustrofóbica, el lento deterioro y el fracaso social de los Wheeler, una prometedora pareja incapaz de comulgar con los decepcionantes ideales de vida de los aburridos suburbios y con la dudosa gloria de una clase media manejada por el sistema como un muñeco de guiñol. La novela, rezaba el texto de la cubierta de la primera edición de Greenwood Press, es "un poderoso comentario acerca del modo en que vivimos hoy en día, situando en el matrimonio la nueva tragedia americana", y ahí "poderoso comentario" vale por el eufemismo que esconde "crítica radical", "invectiva demoledora" o expresión similar. Yates denunció, en plena paranoia de la caza de brujas, que los electrodomésticos mejoraban pero la ética social no, y le sacó los colores a un país que se refugió en McDonald's, Elvis Presley y el cine de Wilder y Hitchcock para no ver cómo perdía su espíritu crítico. Porque sueñan, porque se cuestionan su identidad ("yo tampoco sé quién soy", confiesa April), porque fantasean con el éxito y el arte, rebeldes con causa enjaulados en la soledad de un amargo matrimonio, "una pareja extraña de verdad, unos caprichosos irresponsables", dice de ellos el personaje de la Sra. Givings, Frank -otro oficinista de El apartamento- y April Wheeler -ama de casa con ínfulas artísticas- se sienten distintos a los demás, no piden permiso para pensar por sí mismos y rehuir la rutina, y pagarán por ello cayendo en la ruina.

Pero no es todo. También ha aparecido en Alfaguara Las hermanas Grimmes del mismo Yates. La Yatesmanía a toda vela. El mismo Aparicio hace la reseña en el artículo:

Las hermanas Grimes (1976), citada en Hannah y sus hermanas, contempla la soledad y el desvalimiento de dos hermanas a lo largo de cuarenta años de algo así como un estado del bienestar en perpetuo entredicho. Emily, cosmopolita, busca en sus affaires un refugio para su desaliento, mientras Sarah, más convencional, arrastra su tristeza por un matrimonio con un inglés con el que abandona Nueva York para embarrancar en otro suburbio. Detrás de su retrato neovictoriano, su madre, inspirada en la suya propia, y la sombra lejana de un padre alcohólico que decía ser más de lo que era en realidad. Yates, cuya narrativa temperada pero plástica con frecuencia resulta hipnótica, dispone toda una sociedad vacua y conformista bajo su objetivo, pero le interesa retratar a los personajes enfermos de ansiedad que la padecen, a los luchadores que estrellan sus ideales contra el muro social, a los iluminados por la ilusión que naufragan entre quienes profesan la indolencia en blanco y negro. "No lo transformes en un melodrama", pide uno de los personajes de Las hermanas. Y él le hace caso y no carga las tintas de su crónica porque sabe que la elocuencia de su estilo desapegado lo hace innecesario. Primeros planos para un crítico retrato social del Sueño Americano al que le ha sabido extirpar todo sentimentalismo, pero que mantiene intacta su tristeza, su lúcido sentido de la condición humana en la tragedia cotidiana. -

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La voz de los suburbios

12.21.2008
Fotograma de la película Vía Revolucionaria con Kate Winslet y un sujeto. Fuente: the atlantic

"Suburbs of Our Discontent" es el nombre que tiene la columna del gran Christopher Hitchens, en The Atlantic, sobre la novela del momento (gracias a Kate Winslet, insisto) Vía Revolucionaria, de Richard Yates. Debo agradecer, otra vez, a Diego Salazar que me haya pasado este enlace como tantas otras veces ha colaborado desinteresadamente con Moleskine Literario. Junto a Daniel Mordzinski, dos auténticos socios honorarios de este blog. Dice Hitchens ("Hitch" para los friends):

The achievement of Richard Yates’s Revolutionary Road was to anatomize the ills and woes of suburbia while simultaneously satirizing those suburbanites and others who thought that they themselves were too good for the ’burbs. It is also the reason why the novel can seem, and in the literal sense is, dated. Published in 1961 and set in 1955, this psychodrama of an ambitiously named development in Connecticut (the source of Yates’s superbly misleading title) recalls us to the period that saw the publication of David Riesman’s The Lonely Crowd (1950), Sloan Wilson’s novel The Man in the Gray Flannel Suit (1955), the pop sociology of men like William H. Whyte and Vance Packard, whose critiques The Organization Man (1956) and The Hidden Persuaders (1957) made American business seem impersonal and cynical, and—if this isn’t too fanciful—Edward Albee’s Who’s Afraid of Virginia Woolf? and Malvina Reynolds’s song “Little Boxes,” both of which made their debut in 1962. Pete Seeger had a huge success of his own with the song, which ridiculed the harmless citizens of Daly City, California, and gave us the word ticky-tacky. No less a man than Tom Lehrer was to say that it was “the most sanctimonious song ever written,” but this insight would be buried by later developments in the ’60s, when removal to the suburbs became a polite synonym for “white flight” (see the mythscape of Jeffrey Eugenides’s Detroit) (...) Frank and April Wheeler are the reverse of the unhappy family in Chekhov’s Cherry Orchard. They have already tasted the fruits and sweets of the big city, and qualified as urban—perhaps better say urbane—sophisticates. But you know how it is. Pregnancy comes to April a teeny bit earlier than had been anticipated (or desired), and the distressing need to earn some actual money is then imposed upon Frank, who must martyr his aestheticism to the brute requirements of “the firm.” Soon enough the days become regulated by the commute and, of course, by the needs of the children. Even so, the lost Bohemia of their Greenwich Village period will not be denied, and before too long Frank and April are smilingly condescending to help out a local troupe called, with brilliant ominousness, the Laurel Players. They decide to build up the spirit of community theater with a production of The Petrified Forest. I shall simply say that I don’t remember ever feeling so sorry for a set of fictional characters. If Yates had one talent above all, it was for conveying the feeling of disappointment and anticlimax, heavily infused with the sort of embarrassment that amounts to humiliation. As the full horror of the first night, and the full catastrophe of April’s own performance, become apparent, Yates catches the ghastly moment by writing, “The virus of calamity, dormant and threatening all these weeks, had erupted now.”

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Los girasoles ciegos sigue triunfando

12.19.2008
Maribel Verdú en adaptación del libro de Alberto Méndez. Fuente: fotogramas

Aunque no actúa Kate Winslet, lo es que un handicap para cualquier película del Universo, la película Los girasoles ciegos ha arrasado con las candidaturas en la XXIII edición de los Premios de la Academia del Cine Español. Tiene 15 posibilidades, y seguro se llevará la mayoría de ellas. Dice la nota:

Los girasoles ciegos, la adaptación del best-seller de Alberto Méndez por José Luis Cuerda, parte como gran favorita en la XXIII edición de los Premios de la Academia del Cine Español. 15 nominaciones en total incluidas las categorías de mejor película, director, actor (Raúl Arévalo) y actriz (Maribel Verdú) para la candidata española de este año a los Oscars. Una producción que se las tendrá que ver en la lucha por el Goya a la mejor película con Solo quiero caminar (11 candidaturas), Camino (7), y Los Crímenes de Oxford (6) (...) En la rueda de prensa posterior a la lectura de nominados, el director José Luis Cuerda se mostró muy satisfecho con las quince nominaciones que ha conseguido con su película. "No recuerdo una película con tantas candidaturas. Es un récord absoluto. Me he inflado: yo no soy así de gordo. Quince candidaturas es un auténtico disparate, no lo esperaba. Anoche hicimos una porra y ni de lejos", comentó Cuerda para después comentar lo emocionante que resulta para él la nominación al guión del recientemente fallecido Rafael Azcona.

Ya que Kate no aparece en la película, el mérito solo podemos dárselo a la magia Alberto Méndez, esa especie de ola gigantesca o torbellino que empezó con un viento leve y que terminó sorprendiendo a todos, incluso los más optimistas. Los girasoles ciegos es uno de los libros más vendidos de la editorial Anagrama. Su autor, que publicó los relatos siendo un hombre mayor, no pudo jamás disfrutar de esa celebridad. Me pregunto qué pensaría ahora don Alberto si viese el éxito que tiene (sin Kate, insisto) la adaptación cinematográfica de sus textos. Yo creo que simplemente sonreiría.

Por cierto, ya que estamos hablando de cine español, veo en el ADN.es que por fin alguien se pregunta en impreso lo que los miles o millones de espectadores de cine latinoamericanos nos preguntamos siempre en voz alta: ¿Por qué demonios doblan las películas extranjeras los españoles? La pregunta cobra nueva trascendencia ante la proximidad de la película Revolutionary road, con Kate Winslet a la cabeza. Ya basta de ponerle esas voces ridículas que jamás podrán traducir la ronquera leve de Kate. Si es cómico oír a Tarzán traducido llamando "¡Consuelo!" a la mona Chita cuando está molesto con ella, lo que le hacen a la Winslet es una tragedia.

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Revolutionary Road, Paz Soldán y K.W.

12.14.2008
La hermosa Kate y Leonardo Di Caprio en la película. Fuente: flickr

Hay dos motivos para ver la película Revolutionary Road: la novela de Richard Yates en la que se basa es extraordinaria, y aparece como protagonista Kate Winslet. Pero como casi siempre la sensación, lual ver una película basada en una novela estupenda, es de frustración, acordemos que solo existe una razón para ver Revolutionary Road y esa es Kate Winslet. Y no hace falta ninguna más. Desde luego, no todos los seres humanos son tan francos a la hora de confesar sus amores platónicos como yo, por lo que no me sorprende que Edmundo Paz Soldán haya preferido hablar de la novela de Yates, editada por Mondadori y reeditada por Alfaguara, antes que decir lo único que obviamente quería decir: que Kate Winslet es la actriz más guapa, inteligente y maravillosa de Hollywood en los últimos 25 años. ¡Anda a llorar al río, Scarlette! Dice Paz Soldán:

Confieso que decidí leer Vía Revolucionaria (Alfaguara), la novela de Richard Yates, gracias a la avalancha publicitaria para promocionar la película basada en la novela. (...) El efecto Hollywood puede verse incluso en las páginas del New Yorker, la revista que en vida rechazó los cuentos de Yates por considerarlos crueles: esta semana, su crítico literario estrella, James Wood, dedica cinco páginas a una relectura de Vía Revolucionaria, y concluye que, a casi cincuenta años de su publicación, la novela de Yates "parece más radical que nunca".¿Qué tiene de radical esta novela? Sus logros pueden apreciarse mejor si comparamos el trabajo de Yates con el de los escritores de su generación, J. D. Salinger y John Cheever. Salinger creó rebeldes al sistema en la década conformista de los cincuenta, y Cheever se ocupó de dotar a sus personajes de un aura romántica y situarlos en medio de los suburbios, esa invención de fines de los cuarenta. Lo que hace Yates en Vía Revolucionaria es, con una prosa que no llama la atención en sí misma pero que se las ingenia para alcanzar profundas resonancias simbólicas, crear personajes con apariencia rebelde y romántica, pero que en el fondo no son nada revolucionarios (el título de la novela es, por supuesto, irónico) (...) La excelencia de una obra no sólo se mide por los admiradores o detractores que tiene sino por su capacidad de generar textos. Vía Revolucionaria es una máquina productora de textos: de ahí proceden las novelas de A. M. Homes (Music for Torching), Rick Moody (The Ice Storm) y Tom Perrota (Little Children), y los guiones de la película American Beauty y la serie televisiva Mad Men. Su mundo también insinúa varios temas que serán luego explorados por Carver y Ford. Los adultos del suburbio de Yates son niños atrapados en un parque, y ya lo sabe el narrador de la novela: "en la distancia, todas las voces de los niños suenan igual". Sí, muchas obras nos suenan parecidas a Vía Revolucionaria. Pero Yates llegó primero, y lo que hizo, lo hizo mejor que nadie.

Por cierto, como no podía ser de otro modo K.W. es el ícono para todos los que quieren adaptar novelas al cine. También está teniendo mucho éxito por su papel en "The Reader", adaptación de la novela de Bernard Schlink, también notable. Y ya que estamos hablando de Kate, absolutamente en plan off topic, les recomiendo que vean el capítulo en el que aparece en la serie de la BBC, "Extras", divertidísima y absolutamente encantadora, y si después no caen rendidos a sus pies entonces es que ustedes hasta ahora no se enteran de nada.

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Affluenza

1.14.2008
Carátula de la novela de Yates en EEUU. Fuente: canaltcm

El término "Affluenza" se ha puesto de moda a partir del libro del psicólogo Oliver James. Se trata de una gripe social, germinada en la sociedad de consumo, cuyo síntoma principal es confundir nuestros deseos con nuestras necesidades reales. Con mucho tino, Belinda Webb nos recuerda en un post en los blogs de The Guardian que los síntomas de la affluenza han sido descrito antes que Oliver James por una serie de escritores varias décadas antes. Entre ellos menciona a mi admirado Richard Yates y su muy aconsejable novela Vías Revolucionarias (en cuya versión fílmica aún no estrenada, por cierto, actuará mi adorada Kate Winslet)

Well, for starters, that master of prose Richard Yates perfectly exemplifies the frustrations of alienated labour in his 1961 novel Revolutionary Road. It portrays the stifling corporate conformity of the fifties, and centres on the deep frustrations and thwarted desires of characters Frank and April Wheeler. And Yates was only building on an earlier novel by Sloan Wilson, The Man in the Gray Flannel Suit, in which the main character has to decide whether to put sanity and his family's welbeing ahead of a high-flying yet soul-destroying career. The figure of the crumbling corporate yes man is also a main concern Arthur Miller's play Death of a Salesman and his novel, Focus. In Britain, there is George Orwell, who grappled with it through Gordon Comstock, the main character in my favourite of his novels, Keep the Aspidistra Flying. J G Ballard also brilliantly evoked the madness of alienated labour and commodity fetishism - sorry, affluenza - in his 1963 short story, The Subliminal Man. And Shakespeare, writing as he was at the dawn of capitalism as we know it, wrote much on money, not least the hypocrisies of The Merchant of Venice; which may explain why Marx was obsessed with our great playwright. I'm not saying that psychologists such as James don't serve a valuable role. That would be ludicrous. But literature, in my opinion, tells us much more. It highlights social ills and how they affect us better than any clinician could. As creative expression, often the antithesis of corporate conformity, it can help us identify those fears and feelings, and develop our own views of society. Then, of course, through awareness, it can inspire us enough to implement change. Of course, this is only possible when literature is engaged with, and not used just as escapism and pacification. When it comes to affluenza, I'd rather engage with the reading cure.

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