MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Murió JG Ballard

4.21.2009
JG Ballard. Fuente: David Levenson/Getty Photograph: David Levenson/Getty

Tenía 78 años, pero parecía que iba a durar para siempre. Uno de los más grandes escritores ingleses que ha dado el siglo XX, J.G. Ballard, falleció hace unos días luego de una larga enfermedad. Si bien es cierto que gran parte de su obra transcurre en el universo de la ciencia ficción, quienes usan -erróneamente- ese rótulo para menospreciar un género o un autor se equivocan profundamente. Y Ballard es una prueba de ello. ¿Cómo despedir a J.G.? ¿Releeré El mundo sumergido? ¿O quizá las memorias que hace un mes conseguí entres las novedades librescas en Lima? Esto dice la nota de prensa:

El escritor JG Ballard, uno de los grandes referentes de la literatura británica de ciencia ficción de las últimas décadas, murió hoy a los 78 años después de una larga enfermedad, informó su agente, Margaret Hanbury. El autor de obras como "El Imperio del Sol" y "Crash", cuyas adaptaciones cinematográficas fueron grandes éxitos de Hollywood, escribió un total de 15 novelas y numerosas historias cortas. Ballard, que afirmaba que sus libros no eran ciencia ficción, sino "un retrato de la psicología del futuro", obtuvo fama mundial con "El Imperio del Sol" (1984), novela basada en los años que pasó en un campo de concentración japonés en China cuando era un niño. La novela fue llevada a la gran pantalla por Steven Spielberg en 1987, al igual que lo fue "Crash" (1973), adaptada por David Cronenberg en 2000 y también un gran éxito de público y crítica. Ballard nació en Shangai (China) el 18 de noviembre de 1930 y durante la II Guerra Mundial fue encarcelado junto a su familia, que formaba parte de la comunidad británica de expatriados, por los invasores japoneses, cuya violencia es descrita en su obra.Esa experiencia cuando tenía 12 años le marcó y dejó una clara impronta en su obra, que comenzó a desarrollar plenamente a principios de los años 60, ya instalado en el Reino Unido.

Por otra parte, así lo despide Tobby Litt en el especial que le ha dedicado The Guardian:
I'll start by confessing something shameful. When I was sending my first and then second, and then third and fourth novels to publishers – and having publishers send them back – there was one particular editor who must have seen some talent in what she read. The way she tried to encourage me was this: instead of just sending me a formula rejection letter, she would invite me to come to her office where, over the course of a half-hour conversation, it would become clear that, no, she wasn't going to publish this one either, but that she still thought I should keep writing. What she was publishing – I learnt because they soon started arriving in the bookshop where I worked – were reprints of JG Ballard's short story collections: The Voices of Time, The Terminal Beach, Vermillion Sands. I remember thinking, as I placed these shiny paperbacks on the shelf, "Why's she bothering with this old guy? She should be publishing me." At that point, of course, I had hardly read anything by the old guy.
It's best to get this out of the way, because it was about the only time I ever thought anything negative about Ballard, either as a writer or a man. Instead, over the years, he'd become the closest thing I had to a living role model. Henry James is fine, but he doesn't help you to deal with the violence and velocity of the contemporary world. And it was violence and velocity I was after when I wrote Corpsing, my second novel. On completing it, I felt the influence of Ballard was so obvious that it had better be acknowledged – so I put Ballard's great novel Crash in the acknowledgements. It was my first attempt at a thank you.
Crash, it seems to me, is the high-point of Ballard's writing – where his style is at its most brilliant, where his social focus is most acute. I know others will disagree. His early novels – The Drowned World particularly – have their own mesmeric power. He was, from the beginning, a great short story writer. And he reached another kind of exploratory high-point in The Atrocity Exhibition – not only for himself, but also for English literary fiction. Respectable English writers just don't do that kind of extremity, perversity, absurdity.
But Ballard did.
And I wanted to.

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Fuentes literarias de Ian Curtis

12.21.2008
Ian Curtis. Fuente: plain or pan

Para todos los fans de Joy Division, y en particular de Ian Curtis, les dejo este regalo que me encontré en la revista Ñ: Un comentario sobre la relación de Curtis con la literatura. Era obvio, ¿no? Dice la extensa nota de Jon Savage (guionista de una película sobre Joy Division), traducida de The Guardian:

No se trata de legitimar las letras de Curtis como obra literaria, sino de dejar en claro que en los años 60 y los 70, la cultura pop actuaba como centro de intercambio para la información que estaba literalmente oculta como la esotérica, o era degradada, impopular y estaba por debajo del radar de la literatura. Y existía toda una subcultura y un mercado que sostenían estos intentos de clandestinidad. Joy Division continúa inspirando nuevas generaciones de oyentes, pero sin duda fueron el producto de un tiempo y un lugar. Ian Curtis era un ávido lector que se convirtió en escritor fecundo. En el noroeste de Inglaterra, a mediados de los años setenta, encontró los materiales que necesitaba para escapar, pero sólo para descubrir, como era evidente en muchas de sus lecturas, que escapar era imposible. Como los Doors y The Fall, Joy Division tomó su nombre de un libro. No se inspiraron en Huxley o en Camus, sino en una pieza relacionada con el Holocausto. The House of Dolls de Ka-Tzetnik (su verdadero nombre es Yehiel Feiner) cuenta de zonas en los campos de concentración en las que se forzaba a las mujeres a la esclavitud sexual: no era la División de trabajo forzado (Labour Division) sino la División del placer (Joy Division). En 1978, cuando el grupo adopta el nombre, la novela había vendido millones de copias en edición rústica. Desde principios hasta mediados de la década del setenta, fue la época dorada de las publicaciones en rústica, fueran buenas o malas. Aparte de Penguin, con su fuerte línea de ciencia-ficción, que incluía autores como Philip K. Dick, Olaf Stapledon y J. G. Ballard, estaba Picador, Pan, Mayflower y Paladin, este último con una amplia lista que incluía a Jeff Nuttall y Timothy Leary. Con sólo 50 peniques, cuando un disco LP costaba 3,25 libras, estos libros estaban al alcance de los jóvenes. (...) Joy Division muy rara vez daba una entrevista. En enero de 1980, sin embargo, le dieron una audiencia al joven escritor y cantante Alan Hempsall. Esta sería la única vez que Curtis habló de sus lecturas. Mencionó Naked Lunch y The Wild Boys como dos de sus libros favoritos. Curtis comenzó escribir en serio durante 1977 cuando él y su esposa Deborah se mudaron a Barton Street en Macclesfield, al sur de Manchester. En sus memorias Touching from a Distance, Deborah Curtis recuerda que "la mayoría de las noches Ian se encerraba a escribir en el cuarto azul, interrumpiendo solamente para beber una taza de café entre las volutas de humo de un Marlboro. No me importaba la situación: lo encarábamos como un proyecto, algo que debía hacerse". (...) Como muchos jóvenes, los sentimientos de Curtis oscilaban entre la omnipotencia y la protesta, esto se reflejaba en sus letras. La sensación de luchar en vano, tal vez, contra un sistema laberíntico es un tema recurrente en Kafka, Gogol y Burroughs, entre otros. Es fácil seguir una línea temática entre los agentes de control en El Castillo de Kafka y las teorías del control en Burroughs, o en el fatalismo de los rusos del siglo XIX a la ciencia-ficción de posguerra. (...) No es difícil darse cuenta cómo Curtis se identificó con el funcionario público, el héroe de Memorias del subsuelo de Dostoievski con su desdén nihilista por el "hormiguero humano": Nacimos muertos. El problema con la música rock es la idea de autenticidad, requiere que el cantante actúe, caracterice las letras y el estado de ánimo. En la medida que Joy Division despegaba, él quedó atrapado en sus propias letras. Curtis escribe para Atrocity Exhibition: "para divertirse miran como se retuerce su cuerpo/ Detrás de sus ojos dice 'todavía existo'". Aunque se refiere a la novela de Ballard, el clima de la canción es más parecido a El Lobo Estepario de Hermann Hesse. En 1980, cuando Alan Hempsall le preguntó al respecto, Curtis dijo que había escrito la canción mucho antes de leer el libro. "Sólo vi el título y me pareció que encajaba con las ideas de la letra".

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Novedades en España

7.25.2008
Jaime Bayly amenaza con nueva obra autobiográfica. Fuente: otraexpresión

En el suplemento "El Cultural" del diario El Mundo aumentan la lista de Summer Reading o lecturas para verano con la recomendación de una serie de escritores españoles como Javier Reverte, Vicente Verdú, Juan Bonilla y Lorenzo Silva, además de proponer sus propia lista de best seller, policiacos, libros de viaje, etc. Pero eso no es todo. Juan Palomo en su Papelera se adelanta y da la lista de novedades para después de las vacaciones, preparando la temporada navideña:
Menos títulos pero mejores para la rentrée (y eso que aún no me he ido). Los editores piensan lanzar sus mejores apuestas antes de Navidad para apurar posibilidades y balances de resultados. Hacen bien. Por ejemplo, Destino publica en septiembre lo último de Sánchez Ferlosio, God and Gun. Apuntes de polemología, y me cuentan que tiene tralla para todos. Anagrama nos ofrece nuestra dosis casi anual de Paul Auster con Un hombre en la oscuridad, y las últimas crónicas del maestro Kapuscinski, La jungla polaca. Vuelven al fin a la novela Juan Goytisolo con El exiliado de aquí y de allá (Galaxia Gutenberg/Círculo), Haruki Murakami con After dark (Tusquets) y Antonio Gala con Los papeles de agua (Planeta), sello que también lanza El canalla sentimental, de Jaime Bayly, con visos de autobiografía descarnada. Mención especial merece una estremecedora joya literaria inédita por estos pagos, Las memorias privadas de Madame Roland, que ven la luz en Siruela gracias al empeño personal de Ángeles Caso. Aunque para autobiografía pura y dura, Milagros de vida (Mondadori) de J. G. Ballard.

¿Otra vez una "autobiografía descarnada" de Jaime Bayly? ¡No te pases, Jaime! Eso es como invitar al Puma Carranza a todos tus programas. Ya aburre. En fin, también hay Murakami y hay Auster y hay Ballard para elegir. ¿Qué más se puede pedir?

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Crisis en la Ciencia Ficción

7.21.2008
El increíble hombre menguante, fotograma. Fuente: elpaís

La literatura de Ciencia Ficción ha sido el tema central del último número de "Babelia". Pero no crean que es para entusiasmarse. En realidad, es una especie de adelantada despedida del género. Con la mayoría de maestros indiscutibles de la Ciencia Ficción muertos o muy ancianos, parece que la renovación no ha sido posible. "Una galaxia que se apaga" titula la nota, y la grafica con maliciosa ironía con un fotograma de la película "El increíble hombre menguante". Dice la nota:

La ciencia-ficción está de capa caída, un manto más oscuro que el de Darth Vader parece haber caído sobre nuestro querido género, en el terreno literario. La muerte y el crepúsculo se han adueñado de los viejos grandes maestros: el risueño Arthur C. Clarke ha fallecido (adieu Rama), JG Ballard se enfrenta a su personal apocalipsis en forma de cáncer y Ray Bradbury, a punto de cumplir 88 años, estruja su melancolía soñando con que esparcirán sus cenizas en los desiertos de Marte. Ya no están con nosotros Stanislaw Lem, Zelazny, Heinlein, Asimov... Son unos ancianos Aldiss, Pohl, Harry Harrison. No se ve surgir nombres a la altura de aquellos grandes que desaparecen. Muchos buenos autores se pasan a la fantasía. Ursula K. Le Guin acaba de publicar en Estados Unidos Lavinia, ¡una relectura de la Eneida contada por una mujer! Pero es que además, y esto es lo peor, nadie parece leer ya ciencia-ficción. Las colecciones languidecen. Editoriales que se lanzaron a publicar sellos nuevos, confiadas en un boom como el de la historia militar, se replantean la decisión. Los aficionados de siempre aparecen como aquellos vagabundos solitarios de Fahrenheit 451 que deambulaban como fantasmas con los viejos libros memorizados buscando infructuosamente a alguien a quien traspasar el legado. ¿Alguien ha oído hablar de La Fundación? ¿Qué ha sido de los Heechees? ¿Queda vida en el superjoviano planeta Mesklin, aunque sea vida muy aplastada por la gravedad? El futuro ya no es lo que era. Clarke, al que le gustaba hacer profecías científicas, había vaticinado alegremente para este julio de 2008 (véase Greetings, carbon-based bipeds, Harper Collins, 2000) que en su ochenta cumpleaños Kubrick recibiría un Oscar especial de Hollywood. Claro que también veía al príncipe Harry en 2013 en el espacio (de momento ha estado en Afganistán) y a él mismo en su centenario (16 de diciembre de 2017) alojado en el hotel espacial Hilton Orbiter... Pobrecillo, que los Superseñores de El fin de la infancia le tengan en su seno. En fin, no sigamos poniéndonos nostálgicos. ¿Qué le pasa a la ciencia-ficción? ¿Está realmente mal la cosa?

Pero ¿no era que, más bien, la Ciencia Ficción estaba en auge, introduciéndose en las obras de escritores no de género (la nueva literatura mexicana, la novela de Chabon o la de Junot Díaz? Pues para los amantes del género, esa ruptura de fronteras no puede ser sino signo de la disolución del género como tal:

Una clara evidencia de la mencionada permeabilidad de fronteras es que le hayan dado el Nebula, otro de los grandes galardones del género, a El sindicato de policía yiddish, nada menos, de alguien a quien la gente relaciona tan poco con la ciencia-ficción como Michel Chabon. Es cierto que la novela es una distopía -una utopía negativa- en la que Israel ha quedado colapsado en 1948 y los judíos europeos han debido establecerse en Alaska, que ya es tema. En España la ha publicado Mondadori. En buena manera, como ha señalado muy ingeniosamente un colega, la ciencia-ficción está siguiendo los pasos de la narrativa erótica, que ha desbordado el género estricto salpicándolo todo, y perdón por la imagen. La ciencia-ficción, podría decirse, está perdiendo su identidad genérica. Encontramos, pues, ciencia-ficción por todas partes: en los numerosos thrillers biotecnológicos que han proliferado en las colecciones de best sellers, por ejemplo. "Pero la buena ciencia-ficción", considera Barceló, "en última instancia pierde en esos formatos. Domingo Santos, el gran padre teórico del género entre nosotros, decía que la ciencia-ficción no puede ser editada en España por editoriales grandes porque tiene un clarísimo tope de mercado y eso hace impacientarse, frustrarse y desanimarse a las empresas que buscan muchos beneficios. En este país han funcionado tradicionalmente las pequeñas editoriales, de las que ahora son ejemplo Bibliópolis, La Factoría de Ideas, Gigamesh..., que publican quizá dos mil ejemplares por norma de cada título y cuidan más sus programaciones". Un problema grave para la salud de la literatura de ciencia-ficción es que el lector típico del género, que era muy coleccionista, muy seguidor de las colecciones y solía comprarse todos los títulos de sus favoritas, ha dejado de serlo. "Antes vivíamos mucho de ese lector que compraba todo lo que publicabas, que quería estar al día, seguir contigo las vicisitudes del género. Ese lector casi ha desaparecido".

También aparece un interesante artículo de José Manuel Sánchez Ron en el que declara enfáticamente que "La ciencia ya no es ficción". Desde este Moleskine Literario esperamos la reacción, sin duda furibunda, de Daniel Salvo, nuestro corresponsal en Ganímedes.

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Cuentos de Ballard

4.20.2008
J.G. Ballard. Foto: Paul Murphy. Fuente: ballardian.com

Finalmente se ha publicado en castellano el volumen de cuentos de J.G. Ballard Fiebre de guerra en la editorial cordobesa Berenice y Rodrigo Fresán comenta para el suplemento ABCD la publicación de esta obra que, según reseña, es la última colección de relatos antes de que emprenda "una de las más bizarras y triunfales maniobras de las que se tenga memoria en la literatura mundial: la sucesiva escritura de novelas casi idénticas". Los cuentos aparecieron por primera vez en 1990. Dice Fresán:

He aquí entonces su consciente o inconsciente despedida del formato en catorce textos que funcionan como una suerte de greatest hits; porque en Fiebre de guerra -con esa prosa cromada e inoxidable produciendo la sensación de estar leyendo un informativo cercano y, al mismo tiempo, transmitido desde otra dimensión- Ballard revisita sus grandes obsesiones. A saber: la entropía de la sociedad contemporánea, la fatiga de materiales de artefactos varios, la práctica de la violencia como ceremonia más cercana al jadeo orgásmico que al alarido doloroso, Estados Unidos como tumor terminal, la televisión como oráculo espasmódico, la regularización del sexo, las zonas de conflicto como áreas de esparcimiento, los cataclismos climatológicos (cabe afirmar que Ballard -a quien nunca le interesó el costado profético de la sci-fi- fue el primero en encender los calores y sequías del calentamiento global) y, por supuesto, Ronald Reagan.


Por otra parte, al inicio de la reseña Fresán adelanta la estupenda noticia de la próxima aparición en castellano -por la editorial Mondadori, de las memorias de Ballard editadas con enorme éxito en Inglaterra el año pasado: Miracles of Life: Shanghai to Shepperton. Hay que esperarla en Septiembre.

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