MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Fresán es feliz

11.13.2009
Rodrigo Fresán elogiado en Radar Libros por Marcelo Figueras. Fuente: radarlibros

Siempre sucede: Cuando menciono en un post a Rodrigo Fresán, luego aparece otra noticia que lo incluye. Dos por uno siempre. En fin. Marcelo Figueras, en su extensa reseña en Radar Libros a El fondo del cielo (Mondadori) de Rodrigo Fresán, considera la novela como un complejo artefacto literario en 272 páginas. Primero dice "Las novelas de Fresán deberían venir con un track de comentarios en simultáneo, como los buenos DVDs. O con una conexión a la Play, para que uno gane vidas a medida que va identificando citas y referencias". Pero luego se emociona -o excita- más y termina comparándola con el orgasmatrón, aquel invento de Woody Allen en Sleeper, es decir una máquina de placer que jamás falla. Sin embargo, además de los conceptos acerca de la nueva novela de Fresán (que espero leer apenas llegue a Lima en unas semanas, según me dicen), me llama la atención lo que Figueras dice acerca del "silencio" crítico en Argentina contra las novelas de Fresán. ¿Por qué?, se pregunta Figueras. Y la respuesta parece simple: Porque Rodrigo Fresán es feliz. ¿Será esa una posible explicación? Pues no solo creo que sí es una posible sino, por qué no, lo más cierto que se puede decir en las siempre complejas relaciones entre un autor extraordinario, además de exitoso, y sus contemporáneos paisanos. Dice Marcelo Figueras:

Desde Historia argentina en adelante han ocurrido dos cosas. Por una parte, Fresán siguió construyendo una de las obras más singulares de la narrativa hispanoamericana. (No le pongo fecha a esa obra para no cometer el error de anclarla en el siglo XX. A veces pienso que la insistente señalización de Fresán hacia el desvío de la ciencia ficción es su forma de sugerir que, en realidad, deberíamos considerarlo un escritor del siglo XXI.) Y al mismo tiempo la corporación literaria de la Argentina, a la que le resulta tan natural comportarse como un Gulag, decidió someterlo a un tratamiento de silencio. La mayor parte de los ensayos y trabajos críticos sobre la obra de Fresán provienen de sitios que no son la Argentina. Y esto no puede atribuirse al hecho de que Fresán viva en Barcelona desde hace años. Ya ocurría cuando Fresán vivía aún en Buenos Aires, y sólo se potenció en su (aparente) ausencia. De no ser por la labor de tantos críticos formalmente extranjeros (no se pierdan el ensayo de Ignacio Echevarría, en la reedición de Historia argentina que Anagrama lanzó al cumplir 40 años), las señales que el satélite Fresán emite desde 1991 le habrían pasado por completo desapercibidas a miles de lectores de todas partes. Pero (bip) por fortuna (bip bip), eso no ocurrió. ¿Cuál sería el pecado por el que estaría pagando semejante precio? Se me ocurren dos. El primero es, precisamente, el de haber hurtado el cuerpo al pecado que Borges definió, en un poema tristemente célebre, como el peor de todos: Fresán es feliz. Pocas escrituras trasuntan más goce, en la narrativa contemporánea, que la de este dichoso hombre. En Fresán, la literatura es lo más parecido al orgasmatrón de Woody Allen que el ser humano pudo concebir desde que lanzó un hueso al aire: una fuente de placer que no falla jamás –siempre y cuando, claro, el cilindro en el que uno elige entrar sea el adecuado y funcione como debe–. En un medio donde tantos escritores pretenden encontrar un nicho dentro del canon literario local aun antes de haber escrito una sola línea; donde se concibe la escritura como un mecanismo de sobrecompensación ante inseguridades y carencias variopintas (de las cuales, imagino, las sexuales no deben ser las peores); y donde terminan produciéndose, de manera inevitable, más operativos intelectuales y de marketing que verdaderas novelas, lo de Fresán no puede resultar sino una afrenta. El segundo pecado de Fresán es haber obtenido con naturalidad aquello que el común de los escritores no suele lograr, ni siquiera trabajando a destajo: una voz propia. Ignacio Echevarría también subraya aquello que intenté decir al principio: que con el libro Historia argentina, y en particular con el cuento “El aprendiz de brujo”, Fresán debuta “ya acuñado, resuelto”. Para colmo Fresán llega a escena con otras marcas imperdonables. Empezando por la impronta biográfica. La mayoría de los grandes escritores viene, o se ha forjado (Borges es el ejemplo típico) una experiencia y/o prosapia que informan su prosa casi a la manera de un preámbulo. Y Fresán ya viene de fábrica con ingredientes dignos de nota. Un secuestro a tierna edad, el exilio al que lo arrastraron, contacto con los grandes escritores de su tiempo (Rodolfo Walsh, García Márquez) a una altura de la vida en que los demás no bebíamos nada más fuerte que el Nesquik, y last but not least, una doble herencia por vía sanguínea que forma un combo que te la voglio dire: el arte y el (dolor que conlleva el) divorcio. Desde el comienzo mismo, además, Fresán hace suyo ese desplazamiento que es característico de los grandes escritores argentinos, y que también es lícito entender como excentricidad, en tanto supone correrse de lo que se considera el centro –lo axial, lo canónico–. “Ser argentino es una fatalidad”, dice Borges en El escritor argentino y la tradición. Y por eso nuestras figuras insignes no se preocuparon ni un segundo por su propia argentinidad: eso era lo ya dado, lo inevitable. Lo no dado, la libre elección, pasaba en todo caso por lo que querían ser y todavía no eran, o bien (aquí radica buena parte de la gracia) no podrían ser nunca. Sarmiento quería ser francés. Arlt quería ser Dostoievski. Borges se sentía más cerca de las sagas nórdicas que de Los Cinco Grandes del Buen Humor. Cortázar estaba llamado a perderse en París desde que empezó a hablar con esa erre para nosotros defectuosa, pero tan bien cortada para los veinte arrondissements. Empujado a la excentricidad por el preámbulo de su historia, Fresán esquivó sin esfuerzo las tentaciones que acechan al grueso de los escritores locales (querer ser Arlt, Borges, Cortázar o bien conformarse con la categoría de discípulos aplicados) y en vez de emular su prosa, emuló sus procedimientos. Eligió los modelos que le quedaban mejor de sisa (del mar de influencias citables, quedémonos ahora con aquellas que horadan El fondo del cielo: John Cheever y Kurt Vonnegut, que además aparecen en “La vocación literaria”, el cuento de Historia argentina donde, ja, narra aquel secuestro que sufrió cuando niño) y se re-imaginó a sí mismo a su imagen y semejanza, sin importarle un pito que ni Cheever y Vonnegut figurasen en la lista de Modelos Recomenda-bles para El Joven Escritor Argentino Políticamente Correcto y Funcional a la Tradición. En todo caso Fresán entiende la tradición en un sentido distinto a la estrecha que predica, y además practica, el establishment local. Lo suyo es más bien la tradición a la manera del citado ensayo, donde Borges sostenía que nuestro campo de juego debía ser “toda la cultura occidental” (ahí se quedó corto, en estos tiempos también abrimos ventanas a otras culturas) y llamaba a “ensayar todos los temas”. Pero hay otra frase del mismo ensayo por donde pasa, creo, el quid de la cuestión. “Todo lo que hagamos con felicidad los escritores argentinos pertenecerá a la tradición argentina”, dice Borges. (Las cursivas son mías.) Y si hay algo que resulta indudable en Fresán es que hace lo que hace con felicidad. Lo cual, si hay que creerle a Borges, bastaría para colocarlo en el corazón de la tradición argentina, por más que haya tantos que trabajen para mantenerlo en el ostracismo.

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La carretera

9.26.2007

Portada del libro. Fuente: Mondadori

Esta semana he estado con gripe, con una ligera pero persistente fiebre durante la noche y tembladeras en el día. Y por las noches, mirando a mi hijo dormir, tratando de evitar que la gripe lo contagie, he leído en dos noches de insomnio La carretera de Cormac McCarthy. ¿Qué les puedo decir? La conjugación de ambas situaciones (la fiebre y el niño al lado) eran el ideal para aspirar el espíritu de este libro gris, o negro y rojo como la carátula. Lo he leído como si me hablara a mí, he levantado la cabeza hacia la nuca de mi hijo dormido y me he preguntado si somos parte de los buenos, o si tenemos o no el fuego. Mi hijo, tan seguro y feliz bajo sus colchas a pesar de tener un padre con gripe y la amenaza del contagio.

No pueden dejar de leer La carretera. Ya saben, yo nunca les he recomendado nada. O sí, un poco. Pero créanme, este libro no pueden dejar de leerlo. A menos en lo que a mí concierne: chau recetas, chau convicciones sobre lo que es escribir "bien", chau trucos y florituras. Sólo una carretera, un hombre y un niño. Es una de esas lecturas impostergables. Les dejo por lo pronto con la reseña en The New York Times y también con la reseña, que está muy buena, en El Cultural de El Mundo. Y el comentario de Marcelo Figueras, conmovido como yo por esta historia extraordinaria de un padre y su hijo en un futuro post-apocalipsis. También con lo que dijo Rodrigo Fresán sobre el libro en Qué leer. Seguro él será más convincente que yo:

El gran diseñador de portadas americano Chip Kidd no tuvo dudas: letras rojas sobre fondo negro. Y eso es todo y no hace falta nada más: sangre y oscuridad y un paisaje devastado que ya se insinuaba en títulos anteriores de McCarthy, pero que aquí es el fondo y la forma y el tema. En La carretera, los Estados Unidos han dejado de ser una potencia y -fragmentados e impotentes- son ahora el sitio donde el sueño americano ha virado a pesadilla despierta. Final de línea. The end. Y está claro que no es un tema nuevo: infinidad de cómics, varios episodios de The Twiligth Zone, numerosos films paranoides de la Guerra Fría y unas cuantas novelas (joyas de la ciencia ficción, Stephen King, Bernard Malamud y la recién aparecida The Pesthouse del injustamente poco reconocido Jim Crace) han explorado la cuestión del nuevo robinsón que intenta sobrevivir al naufragio del planeta. La diferencia de La carretera -lo que amerita su escritura y justifica su lectura- es la misma que consagró a Suttree como picaresca de perdedores, a la genial y acaso insuperable Meridiano de sangre como wéstern, a la "Trilogía de la frontera" como iniciático rito de paso o a No es país para viejos como policial duro: el modo en que McCarthy fagocita géneros muy frecuentados valiéndose de un lenguaje que, por momentos, puede recordar a Melville, a Faulkner, a Hemingway e incluso, aquí, a Beckett (y en ocasiones, cierta compulsión metafísica amenaza con arrasarlo todo), pero que ya es, a esta altura, propia e inequívocamente de McCarthy. Y así -lengua de ángeles, endemoniado talento- este sombrío Apocalipsis acaba sonando a luminoso Génesis.

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Las finalistas del Gallegos

6.26.2007
David Toscana y El ejército iluminado, primera finalista del Rómulo Gallegos. Fuente: culturamazatlan.

Aunque las notas de prensa destacan que, en esta ocasión, las novelas finalistas del premio no se mencionaron antes de declarar al ganador, como era usual, en la página oficial de la Fundación Rómulo Gallegos (Celarg) aparece el detalle de la jornada. Primero, eligieron 12 obras con méritos relevante, del universo de más de 220 en concurso. Estas fueron: Tres lindas cubanas de Gonzalo Celorio (México), La hora azul de Alonso Cueto (Perú), Salvador Golomón de Alexis Díaz (Cuba), La batalla del calentamiento de Marcelo Figueras (Argentina), El síndrome de Ulises de Santiago Gamboa (Colombia ), Florencia y ruiseñor de Bárbara Jacob (México), Los cristales de la noche de Carlos Noguera (Venezuela), Zapata de Pedro Ángel Palou (México), El barrio era una fiesta de Mauricio Rosencof (Uruguay), Los minutos negros de Martín Solares (México), El ejército iluminado de David Toscana (México) y la ganadora El tren pasa primero de Elena Poniatowska.

Luego, eligieron a las cuatro finalistas, coincidentemente todas ellas obras de autores mexicanos: Gonzalo Celorio, Martín Solares, David Toscana y Poniatowska. Finalmente, escogieron como ganadora a la novela de Elena Poniatowska quedando como primera finalista El ejército iluminado, de David Toscana, publicada por Tusquets.

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Benavides: telúricos y evadidos

6.20.2007
Jorge Eduardo Benavides. Fuente: escuela canaria de creación literaria

La revista Quorum 17 trae una entrevista de Caridad Mendoza a dos escritores contemporáneoas, Marcelos Figueras de Argentina (autor de la novela Kamchatka) y Jorge Eduardo Benavides de Perú. Ambos conversaron sobre su propia obra y la literatura en nuestros países. El blog colectivo "El Boomerang" deja un enlace en pdf para leer la extensa nota.

Refiriéndose a la literatura peruana actual que tiene el tema de la violencia senderista y ha ganado premios en España, dijo Jorge Eduardo: "Yo creo en el compromiso del escritor porque tenemos una tribuna, la novela, que nos permite contar lo que está pasando. La literatura, aunque sea ciencia ficción, siempre está denunciando una parte de la realidad pero, en Perú, ha habido un compromiso mal entendido, que era subordinar la literatura hasta convertirla en un panfleto.Vargas Llosa decía que los escritores peruanos se dividían en telúricos y evadidos. Los telúricos eran los que tenían esa idea del compromiso ideológico y panfletario y los evadidos eran los «viles traidores», como Vargas Llosa o Bryce, que se escapaban de su realidad, aunque ahora resulte que contaron bastante bien esa realidad. Y todavía hoy hay escritores que están incómodos porque dos libros muy conocidos fuera de Perú: Abril Rojo, de Roncagliolo y La hora azul, de Alonso Cueto hablan de la violencia política, a pesar de que los telúricos los denuncian como poco consecuentes con la realidad. Se da esa paradoja. Y lo que pasa es que, tanto Santiago como Alonso, consideran la literatura como un oficio y muchos otros escriben panfletos y cartas a los periódicos denunciando la discriminación que padecen, en lugar de buscar historias. Todo esto lo ha generado la situación social por la que atraviesa el país, pero, de todos modos creo que hay escritores que han perdido la oportunidad de contar historias desde su perspectiva y no es justo que vean a Roncagliolo como la epifaníade la «pituquería».

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