MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

La literatura como bluff

9.11.2009
Ilustración. Fernando Gutiérrez. Fuente: elcultural

"Bluff" es el término que el narrador francés Julien Gracq (El mar de las sirtes), en la revista Empedoclé que dirigía Albert Camus, usó en 1950 para calificar la literatura. "Sólo una parte ínfima del público que habla hoy en día de literatura la conoce de verdad" dijo entonces. La editorial española Nortesur ha publicado el texto muy citado en el 2007, cuando murió el patriarca Gracq, pero aún inédito en su totalidad en castellano. Ahora que la publicidad de los libros incluye cifras de venta, las palabras de Gracq no suenan solo acertadas sino incluso proféticas. La revista "El Cultural" ofece algunos fragmentos:

Diríase que la producción literaria contemporánea presiente que tiene por delante, en algún lugar, una cita desagradable; por lo demás, se consuela por adelantado y le pone al tiempo incierto buena cara: está metida hasta el cuello en la actualidad, nos dice, la escriben para su tiempo. En cualquier caso, hay algo que, desde la Liberación, está más claro a cada año que pasa, y es que, pese a lo que afirman las escuelas y el tono cada vez más categórico de los juicios críticos, nadie, ni los escritores ni el público, sabe ya muy bien a qué carta quedarse. Una sensación de desvalimiento, de incertidumbre, de distancia entre ellos y el público va despuntando en muchos escritores, y algo así como la desagradable impresión de caminar por un tablón podrido (¿cuántos, de entre los más conocidos, considerarían hoy en día, sin que cierta angustia les oprimiera el corazón, la posibilidad de ese experimento que les proponía tiempo ha Paul Morand, la de convocar un buen día a sus fieles lectores a las ocho de la mañana en la plaza de la Concorde?). De una semana a otra, las brújulas de los críticos apuntan por turnos hacia todos los horizontes de la rosa de los vientos, vientos que dan ganas de calificar, como poco, de variables flojos. Estamos en una época que, pese la evidente plétora de talentos críticos (quizá sea ésta su marca más característica), parece más incapaz que cualquier otra para empezar a seleccionar por sí misma su propia aportación. No sabemos si hay una crisis de la literatura, pero salta a la vista que existe una crisis del criterio literario. [...]

Existe una carta forzada que resulta lucrativa, y una nada sonora que tiene mucho poder en el mundo de las letras, incluso sobre las mentes más claras: no hay nadie que consiga impedir del todo que se opere en la suya, aunque no sea más que en una proporción modesta, el paso hegeliano de la cantidad a la cualidad en provecho de un nombre que repiten miles de voces. La mirada que se posa en el rostro de un personaje famoso lo ve, incluso a su pesar, como cubierto del sutil barniz que toma del calor de miles de ojos que se abrasaron en él. Tengamos el valor de admitir que lo que hace que una obra "cuente", como suele decirse, para nosotros es a veces "es también" la cantidad de votos que suma y que auguramos con excesiva docilidad basándonos en la intensidad de una campaña electoral que nunca cesa [...]

El suplemento también ha invitado al editor Manolo Borrás, al crítico Ignacio Echevarría y al escritor Andrés Neuman ha dar su opinión.

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Ermitaños literarios

1.20.2008
La última foto conocida de JD Salinger. Fuente: caretas

La muerte de Julien Gracq ha hecho recordar a muchos la figura del escritor retirado, el eremita, que muere en silencio y lejos de cualquier plataforma mediática (incluso hay pocas fotografías suyas, ni se diga de asistir a programas de TV o mantener blogs). ¿Es la figura del escritor ermitaño un dinosaurio pronto a desaparecer en tiempos mediáticos? Jesús Marchamalo, para el ABCD las letras, menciona algunos casos notables:

"A pesar de este mercado de vanidades, este escaparate de notoriedad, hay quien decide convertirse en eremita de las letras. El escritor alemán Patrick Süskind, por ejemplo, raramente concede entrevistas, ni aparece fotografiado, y ha rechazado varios premios. Tampoco Philip Roth resulta especialmente accesible. Vive en su casa de Conecticut, apenas da entrevistas -un síntoma recurrente- y se precia de no haber aparecido jamás sonriendo en una foto. Y hay quien, como Thomas Pynchon, ha hecho de su defensa de la intimidad una seña de identidad. De él se cuenta que ni siquiera sus editores lo conocen, y que destruyó documentación sobre su servicio militar y su paso por el instituto para borrar las huellas de su pasado. Aunque sin duda el personaje esquivo por definición sea Salinger, cuya última foto conocida, increpando al fotógrafo que se la hacía, dio la vuelta al mundo. Últimamente, Cormac McCarthy, autor de La carretera y No es país para viejos, también se ha pasado al bando de los huidizos. McCarthy, según su agente, no existe para los periodistas, ni existe para sus editores. Y aunque en junio de 2007, a los setenta y tres años, concedió su primera entrevista en televisión a Oprah Winfrey (tampoco es una mala elección), entiende que su escritura y su obra hablan perfectamente por sí mismas.
Pimpampum de feria. «Es cierto que todavía el escritor mantiene una aureola sacra -opina el editor Constantino Bértolo-. Provoca una curiosidad saber cómo es, qué piensa, cómo se expresa. Creo que en este sentido aún hay cierta necesidad de tocar al santo. Pero hay quienes tienen claros los límites. Hace tiempo conocí a Naipaul y, aunque tiene fama de maleducado, no se niega a participar en un diálogo sobre su obra, siempre desde el respeto. No entiende que alguien pueda ir a hablar de sus libros sin haberlos leído, o que le saque a colación otros temas que nada tienen que ver con la literatura, o que lo traten no como a un escritor sino como a un pimpampum de feria. Es perfectamente capaz de distinguir entre el autor y la obra.» En España, entre otros muchos silenciosos ilustres, Javier Marías, que es relativamente reacio a aparecer en los medios de comunicación fuera de los estrictos periodos de promoción, y Rafael Sánchez Ferlosio: no suele conceder entrevistas, ni hacer apariciones públicas, ni declaraciones. Parece que cuando el entonces director del Instituto Cervantes y hoy ministro de Cultura, César Antonio Molina, le comunicó en un acto público que pensaban poner su nombre a una biblioteca, el escurridizo Ferlosio le miró, tomó la palabra, y allí mismo le dijo que de ninguna manera.

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Gracq por Vila-Matas

1.06.2008
Julien Gracq. Fuente: Ouest-France

En Babelia aparece una reseña sobre el recientemente fallecido escritor francés Julien Gracq en lectura de Enrique Vila Matas, quien lo considera "el último clásico de la literatura francesa".

Dice la nota: "Le creíamos anticuado y es el más moderno de todos, es el porvenir. Julien Gracq, que murió el pasado 22 de diciembre a los 97 años, seguía viviendo en su casa natal de Saint-Florent-le-Vieil, a orillas del Loira, en austero retiro ya legendario. Cuanto más descubrimos lo muy contemporánea que es El mar de las Sirtes, más comenzamos a explicarnos las reacciones de estupor o de altivo menosprecio que pudieron provocar sus "bacterias literarias" entre los supuestos genios que triunfaban por aquellos días de 1951 -eran los tiempos modernos de Sartre y compañía- en que apareció el "anticuado" libro de Gracq y fue premiado con un Goncourt que el escritor rechazó. En El mar de las Sirtes el procedimiento narrativo acoge tendencias y tradiciones literarias que el autor absorbe y transforma, lo que le relaciona, aunque sea sólo de manera oblicua, con ciertas técnicas modernas, borgianas, por llamarlas de alguna forma. El mar de las Sirtes no sólo se alimenta de los materiales que le proporciona la vida, sino que también crece, misteriosamente, sobre otros libros. Es una novela hecha con el estilo de un espíritu nuevo que absorbe, transforma y, finalmente, restituye, con una forma inédita, la enorme materia literaria que le precede.

¿Y qué decir de la morosa espera que cruza la trama de El mar de las Sirtes y nos acerca al presentimiento terrorífico del estéril porvenir que a Occidente le espera? La novela es, de hecho, una sorprendente aproximación a lo que nos está sucediendo ahora. Es la narración de una decadencia brutal y de una angustia. Es literatura de percepción, no profética. A lo largo de El mar de las Sirtes el lector se cruzará con una sucesión de iluminaciones de estirpe rimbaudiana. Gracq muestra una especial sabiduría de percepción del futuro, como si supiera que un aspecto muy seductor de la literatura estriba en ser como un espejo que se adelanta: un espejo que, como algunos relojes, tiene la capacidad de avanzarse. Kafka fue un buen ejemplo de esto porque presintió, percibió hacia dónde evolucionaría la distancia entre Estado e individuo, máquina de poder e individuo, singularidad y colectividad, masa y ser ciudadano. El libro de Gracq no sólo se sitúa en esta corriente de escritores con espejos que se adelantan, sino que parece conocer el centro de nuestro problema actual: la situación de absoluta imposibilidad, de impotencia del individuo frente a la máquina devastadora del poder, del sistema político. Ése precisamente es el paisaje moral y literario que hace más de medio siglo prefigurara El mar de las Sirtes, donde el género novelístico es abordado como género supremo de la utopía y como instrumento idóneo para enseñorearse nuevamente de la irrealidad en una época en la que la realidad debería perder sentido. Toda esa atmósfera gracquiana alcanza su cumbre máxima cuando, en el famoso séptimo capítulo, vemos aparecer, fantasmagórico, al volcán Tängri, una montaña emergida del mar, un cono blanco y nevado flotando como una madrugada lunar sobre un tenue velo morado que parece despegarlo del horizonte. Ahí está plenamente el gran Gracq, ahí le tenemos señalando pautas y alineado con la mejor narrativa actual. A veces, sus palabras sobre el volcán, esa iluminación tan rimbaudiana, me evocan la calma y dignidad del propio Gracq y su papel de faro y de imaginario jefe de la renovación de las tendencias narrativas: "Ahí estaba, allí le teníamos. Su fría luz irradiaba como un manantial de silencio, maestro en la noche desierta". -

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Muere Julien Gracq

12.25.2007
Julien Gracq. Foto: Rolland Allan. Fuente: le monde

Uno de los inmortales de la literatura francesa ha muerto: Julien Gracq, autor de la extraordinaria novela El mar de las Sirtes y retirado del mundo literario durante sus últimos años, luego de rechazar el Goncourt. Así lo comenta Pierre Aussouline.
Dice la nota: "Gracq alcanzó verdadero renombre como escritor en 1950 con el ensayo La literatura en el estómago, con el que criticaba la orientación consumista de la literatura francesa y los excesos de los premios literarios. En 1951, él mismo rechazó el prestigioso Premio Goncourt, que le fue concedido por El mar de las Sirtes. Esta actitud le valió la admiración y el respeto de la crítica literaria parisina. Años después, rechazaría las invitaciones de Francois Miterrand. Fue poeta en Gran libertad (1947), crítico en Preferencias (1967) y novelista en La península (1970) y por supuesto en Un balcón en el bosque (1958). La editorial Gallimard lo honró en los años 90 con una edición completa de su obra en la lujosa colección Pléiade, privilegio que pocos autores llegaron a disfrutar en vida. El editor de esta obra, Bernhild Boie, lo definió como "un escritor para iniciados, cuyos escritos simbólicos y mágicos revelan secretos perdidos".Qué opinaba él se puede entender de una de sus declaraciones: "La única literatura necesaria es siempre una respuesta a lo que no ha sido aún preguntado."

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Julien Gracq y el Goncourt

11.04.2007
Julien Gracq. Foto: Rolland Allard. Fuente: michel volkovitch

Mañana entregan el premio Goncourt en Francia. Y mientras esperamos por saber el nombre del ganador (en un año en que no hay grandes nombres), es bueno recordar como lo hace el suplemento "Laberinto" la anécdota más célebre del premio: cuando el inclasificable Julien Gracq rechazó el premio (ojo: no sólo rechazó asistir a la ceremonia, como Littell, sino que se negó a aceptarlo). El autor, actualmente de 92 años, vive recluído y aunque escribe ocasionalmente se ha negado a publicar ficción desde 1971.

Dice la nota: "Gracq es el escritor de la búsqueda de la palabra justa, de la revelación a través de la palabra justa, de la precisión, una precisión geográfica que desemboca en la gran prosa narrativa del siglo XX aunque sin novedad técnica alguna, clásica, a fin de cuentas. Gracq es también la gran conciencia de la literatura como arte. Luego de rechazar el Goncourt por El mar de las Sirtes, libro de la espera —de una guerra en este caso— como buena parte de su obra, tuvo una especie de estallido que lo llevó a publicar una justificación a su rechazo: La littérature à l’estomac, panfleto venenoso que diagnostica con gran atingencia y adelanto las enfermedades de la literatura por venir. Gracq advierte sobre una literatura horizontal, nivelada por abajo, por el autor–vedette que, en busca del éxito, hipnotizará a un público sin brújula literaria—. Así, en el desprecio del premio más importante en lengua francesa, buscó resaltar una literatura vertical, independiente del mercado. "

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