MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Francisco Porrúa entrevistado

6.09.2009
Francisco Porrúa. Fuente: radar libros

Haber editado Cien años de soledad cuando otros editores dudaban -inexplicablemente- del valor de ese libro es suficiente para que Francisco "Paco" Porrúa pase a la memoria literaria del siglo XX. Si a eso se le suma haber editado Rayuela y a un sin fin de autores del Boom latinoamericano, y haber traducido El señor de los anillos por primera vez, además de otros autores notables (en traducciones espléndidas e inhallables, por cierto) tanto en Sudamericana como en su mítico sello sci-fi Minotauro, el resultado será considerar a Porrúa como uno de los editores más trascedentales para nuestra literatura en el siglo XX. Y de una lucidez extraordinaria, hay que decir. Patricio Lennard lo entrevista en Radar Libros: Dejo aquí algunas de las respuestas contundentes del editor:

¿Y en qué contribuyó usted a que Cien años de soledad mejorara como texto?
-Absolutamente en nada. No sugerí ningún cambio.

¿Y con Rayuela?
-Con Rayuela tampoco. La única vez que con Cortázar sugerí algo fue con Los premios y creo que me equivoqué. Por eso el editor tiene que tener mucho cuidado. En esa novela, aparecían unos personajes que subían a un barco y pertenecían al pueblo común de Buenos Aires, pero cuando llegaban al puerto empezaban a hablar de Schönberg, de la pintura cubista... Eran unos cerebros realmente iluminados, y se lo dije a Julio: le dije que eso me resultaba un tanto inverosímil. Y Julio me dijo que lo tuvo en cuenta. Pero creo que me equivoqué porque allí había un efecto cómico, un efecto de humor que estaba bien ahora que lo pienso. No importaba la verosimilitud en ese libro, la verosimilitud de la vida cotidiana. Importaba, como siempre importa, la verosimilitud del relato. La verdad literaria del texto.

Cortázar, García Márquez, Borges, Carlos Fuentes, Vargas Llosa y tantos otros, forman parte de una constelación de escritores que pertenece a una “edad de oro” de la literatura latinoamericana. ¿Cree que la literatura del continente no terminó de sacarse de encima el peso de esa tradición?
–Yo creo que la literatura latinoamericana, en general, y también la argentina, siguen siendo una especie de caldera de invención de futuro. Si pienso en la literatura española contemporánea, el escritor común vive muy atado a su tradición. Una tradición que ellos mismos se han inventado, por otra parte, y que es muy rara, porque omite libros. Es notable, por ejemplo, que el Quijote ha influido en todas las literaturas menos en la española. En la literatura española no hay derivados del Quijote, mientras que sí los hay en la literatura francesa y en la inglesa está Sterne y su Tristam Shandy. Otra cosa curiosa es que en la literatura española hay muy poca literatura fantástica, y la que hay es casi toda de fantasmas o de muertos. En cambio, en la Argentina, la literatura fantástica es tan normal, digamos, como la literatura realista. Vila Matas, que creo que es el escritor más interesante de España, por lo menos entre los que leo, escribe una literatura muy personal y hay lectores que suelen reprocharle que no sea más realista.

Pero no me contestó la pregunta... Después del boom, y con excepciones como por ejemplo la de Roberto Bolaño, ¿por qué cree que son tan pocos los escritores latinoamericanos que han trascendido internacionalmente?
–Pero ¿acaso no se puede decir lo mismo de casi todas las literaturas? Si pensás en los años ’40, que fue una época de mucha lectura para mí, estaban Thomas Mann, Aldous Huxley, Virginia Woolf, William Faulkner... Era una constelación bastante poderosa. Y hoy... Hoy ya no es lo mismo, evidentemente. Hay más figuras individuales, aisladas, pero no hay un cielo completo de grandes escritores. También es posible que esté equivocado y que sea otro el panorama actual, aunque no tengo dudas de que la literatura latinoamericana y la argentina siguen siendo muy activas y absolutamente creadoras. Si llegan al nivel o no de los años ’60, no sé, no me parece una cuestión relevante. Es un error establecer juicios de valor en literatura en términos comparativos. No se puede decir que Rayuela sea superior a Cien años de soledad, ni que Cien años de soledad sea superior a Rayuela. Cuando comprendes, aceptas la palabra “incomparable”, ahí se resuelve el problema. Si un libro es incomparable, entonces no lo comparemos.

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El enorme Tolstoi

3.09.2009
León Tolstoi. Fuente: elmundo

La edición de Cuentos completos (Relatos, Sudamericana) de León Tolstoi le ha servido a Guillermo Saccomanno para escribir un texto extenso en "Radar Libros" de Página12, lleno de dmiración, por aquel narrador ruso que incluso antes de su muerte alcanzaba alturas proteicas, de gigante. Cada vez es más cierto que en un siglo de grandes genios, como lo fue el XIX, el nombre de Tolstoi empieza a echar sombra a la mayoría hasta convertirse en un verdadero titán literario más allá de sus anacronismos. Tolstoi no solo era el mejor contador de historias de su tiempo, sino un escritor capaz de mirar el mundo e interrogarlo con razón e inteligencia. Y el único, realmente el único, que se enfrentó a la muerte sin armaduras, tratando describirla tal como es. Si lo logró o no, solo Dios sabe. Pero no le tuvo miedo, y eso es seguro. Dice Saccomanno:

¿Quién se cree Tolstoi?, se pregunta uno. ¿Dios? La idea de Tolstoi como Dios no es nueva. “Este hombre es como Dios”, dice Máximo Gorki. León Trotsky, en uno de sus artículos de Literatura y revolución, comenta que al leer a Tolstoi su fuerza le recuerda La Ilíada y el Pentateuco. Lejos de Trotsky, Harold Bloom comparte a su modo la opinión: cuando lo lee a Tolstoi, como al leer a Homero, siente que la voz narradora es la de Dios. Tolstoi propugnaba la humildad en la fe, pero, ¿hasta dónde, con su omnipotencia, no se creía él mismo Dios? Al mirar sus fotos, como un coloso de Miguel Angel, su gran barba, su porte gigante, su mirada severa, Tolstoi impone un instintivo respeto. Dios, padre, patriarca. Tolstoi es un torrente. Las pasiones lo desbordan. Para bosquejar su ideología literaria puede ser un aporte internarse en esta recopilación (formato pocket, más de 600 páginas en tipografía diminuta) que incorpora relatos inéditos, otros poco conocidos y unos pocos clásicos. Como prodigio de orfebrería, lo integran también muchos relatos de los “libros de lectura” que Tolstoi compiló con ficciones de tono moral. Cuentos cortísimos, parábolas que, hacia acá, pueden asociarse con un anti La Fontaine, más próximo a Kafka o Monterroso. Tolstoi dio a leer algunos de estos textos a Scholem Aleijem y se publicaron antes en yiddish que en ruso. Sus fábulas suelen respirar un aire taoísta. En Buda anticipa, varias décadas antes y en pocas páginas, Siddharta, de Herman Hesse. Sus crónicas de aventuras y “hechos reales”, nouvelles introspectivas y amargas, pueden juzgarse un esbozo pionero de fiction non fiction. Como en su mayoría estos materiales fueron publicados originalmente en revistas, se recortan pequeños núcleos narrativos que, sin perder la gracia de lo autoconclusivo, enriquecen la lectura de sus grandes novelas. El escritor ajusta y perfecciona su técnica de la síntesis narrativa en función de una transparencia que le permita un impacto más directo, más certero. Porque Tolstoi pretende ser recordado no como el autor de Guerra y paz y Ana Karenina sino como el educador de estos libros de lectura. Este es el Tolstoi predicador pero, aun cuando pone en primer plano la cuestión de la fe, su bajada de línea no molesta. En muchas ocasiones, la incorporación de lo maravilloso (un milagro, una visión, una aparición celestial) produce el estupor de la literatura fantástica. Y si el gancho de cada pieza (en particular las más breves) sorprende, se debe sin duda a que Tolstoi extrema con austeridad el realismo de sus novelas.

El artículo también se detiene a comentar la relación entre Tolstoi y el arte:

A los cincuenta años, cuando podría reposar en su fama de artista y hacendado, Tolstoi lanza Mi confesión: “Sentí que aquello en que se apoyaba mi vida se rompía, que no encontraba ningún asidero, que lo que había construido mi vida ya no existía, que moralmente no podía vivir”. En el mismo período de crisis escribe el ensayo ¿Qué es el arte?, dueño de una mordacidad que le significará un camino sin retorno. Le indigna que una gorda soprano gesticulando a los gritos, como si alguien pudiera así expresar sus sentimientos con tanta estridencia, o un director de orquesta, con ese autoritarismo caprichoso típico, puedan ganar más que el obrero detrás de escena que se amasija como tramoyista. Le indigna que se gasten millones de rublos en academias, teatros y conservatorios, y apenas la centésima parte en educación. Le indigna que, en las grandes ciudades, centenares de millares de obreros –carpinteros, albañiles, pintores, tapiceros, sastres, peluqueros, joyeros, impresores– consuman su vida en trabajos forzados para satisfacer la necesidad de “arte” de un público aburrido y pretencioso. Tolstoi traza un relevamiento concienzudo de las discusiones sobre estética desde la antigüedad. No hay disciplina como la estética que se haya prestado, según Tolstoi, a tantas y tantas lucubraciones abstrusas. Y la definición de belleza, en tanto, sigue en discusión. Cualquier petimetre habla de arte, pero nadie sabe para qué sirve. A una edad en que tantos se jubilan y apoltronan, Tolstoi carga contra los críticos, las modas y la frivolidad, da vuelta otra página de su biografía y se dedica a construir escuelas, redactar un Nuevo Abecedario, una compilación de relatos brevísimos, y cuatro Libros rusos de lectura. Contra los juicios más adversos, estos libros venden más de un millón de ejemplares. Tolstoi se explica: “Mi ambicioso sueño es el siguiente: que durante dos generaciones todos los niños rusos, tanto los de la familia imperial como los de los mujiks, se formen con estos libros y extraigan sus primeras impresiones poéticas, y yo pueda morir en paz”. Hilarantes y filosos, cuentos como El abuelo se había vuelto viejo, La niña ratón o Las liebres exceden el género “para chicos”. Pero Tolstoi, el educador, no se engaña: sabe que no basta con predicar y cada uno debe ingeniárselas para descubrir su verdad. En todos los relatos que Tolstoi crea y también adapta para la educación popular (saqueando, cuando una historia le entusiasma, tanto Las mil y una noches como Herodoto), es el lector quien debe tomarse el trabajo de pensar. Qué hace vivir a los hombres, un relato fantástico con un ángel caído (y hay que animarse a un relato con un ángel, a menos que se sea García Márquez), tiene un sinfín de citas bíblicas como epígrafes, pero su capacidad para conseguir que el extrañamiento sea verosímil deslumbra. Mientras muchos escritores practican el cuento como entrenamiento para la novela, en Tolstoi pareciera que el proceso es al revés: del todo al uno, sus novelas monumentales devienen el laboratorio de ensayo para adquirir, en el relato corto, una sutileza que, más tarde, será influencia poderosa en Chejov. Tolstoi cuestiona la utilidad del arte. No jugar, no sorprender: enseñar. El cuento como sermón que propicia la meditación. Su contundencia es tal que impide saltar con apuro de un cuento a otro.

Finalmente, este párrafo, dedicado a la muerte y Tolstoi, en el que se menciona uno de mis libro favoritos (La muerte de Iván Ilich) me parece lo mejor del artículo:

En una carta a Gorki, escribe: “Cuando un hombre ha aprendido a pensar, todos sus pensamientos se ocupan de su propia muerte”. Esta idea, la muerte que se presenta como revelación, impregna, además de su clásico La muerte de Ivan Illich, varios de estos relatos. La oración es un ejemplo. En tiempos de la guerra ruso-japonesa, un bebé muere de hidrocefalia. En sus rezos, la madre interpela a Dios. Tiene una alucinación: divisa un viejo libertino con una puta. En el viejo reconoce los rasgos de su bebé. Despierta horrorizada. La mucama le explica que Dios supo lo que hacía al llevarse al bebé. Dios, ese azar que llamamos Dios, en este cuento se comporta como un demonio implacable a lo Stephen King, que abdujo esa almita. El cuento puede leerse como fantástico, pero también, por qué no, como de terror. Cabe consignarlo: el terror, en su eficacia, nubla el mensaje. Se vuelve boomerang: Dios es un poder arbitrario y letal. Una digresión y no tanto ahora: si este cuento, que se pretende evangelizador, opera como relato de terror; si transmite, contra su voluntad, una concepción monstruosa de Dios, ¿no será porque a Tolstoi le importa más escribir una buena historia, ser potente en la seducción, cincelar la forma, subyugar el lector, tenerlo agarrado, antes que suministrar una monserga? Desde esta interpretación, ¿no pesa más su vanidad de escritor que su intención predicadora? De ser así, estaría en juego ya no su idea de Dios tanto como su poder demiúrgico. “Vanidad de vanidades.” Con variaciones distintas, en estos relatos fluye la desesperación por vencer el dolor y superar el miedo a la muerte. Si un sentido se encuentra en este tránsito, machaca Tolstoi, es en el amor, pero el amor es un compromiso con los otros. Inflexible, Tolstoi es un creador de ficciones memorables, pero en su imaginar no abandona nunca la denuncia. Chejov, menos expansivo y más desencantado, coincidirá en su mirada: “Si los hombres pudieran ver cómo viven, el mundo sería tal vez mejor”

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Germán Marín

10.08.2007
Germán Marín. Fuente: letras.s5.com

Hace un mes viajé a Berlín en un vuelo que tendría dos escalas: una en Santiago de Chile y otra en Madrid. La escala en Santiago era exótica, de seis horas, pero la verdad es que me hacía mucha ilusión pensar que en alguna librería del aeropuerto podría conseguir libros de Germán Marín. Les pregunté a Alejandro Zambra y a Alvaro Bisama qué libro de él me sugerían, y tal como supuse sus recomendaciones fueron muy distintas. Al final, las cosas no salieron como yo pensaba (tuvimos que desviarnos al aeropuerto de Concepción por neblina) y no compré nada. "Otra vez será", diría Leonardo Favio. Por ejemplo, el martes 16 de octubre. Hoy me entero que en Argentina la editorial Sudamericana ha publicado Basuras de Shanghai de Marín y que la revista Ñ lo ha entrevistado. Y fiel a su fama de polémico, declara: "En Chile no hay buenos escritores"

Dice sobre la novela: "Se trata de una memoria personal, subjetiva. Aparentemente, la melancolía puede resultar una elección individualista y hasta egoísta, pero también la melancolía puede tener una visión totalizante de la realidad, mucho más fuerte que otros sentimientos. Al decir melancolía uno está apretando una serie de teclas que podrían ser, qué sé yo, la cultura popular, el yo en sus tribulaciones, las canciones, los políticos, las frases de la época, la vestimenta, los olores. Porque las épocas también tienen olores propios. Yo echo de menos ciertos olores que tenía Buenos Aires. En un viaje que hice dos meses atrás, tenía unas enormes ganas de andar en subte. Echaba de menos un olor, y entré al que está en Corrientes y Florida. Quería llegar hasta Chacarita, y desde allí tomar el 111, que era el colectivo que yo tomaba antiguamente para ir hasta el barrio de Villa Urquiza. Ese era el trayecto un poco proustiano del viaje, melancólico, que yo quería hacer. Me extrañó muchísimo: el subte había cambiado de olor. Ahí está la verdadera identidad que tiene la memoria."

también habla de algunos escritores chilenos. Sobre Roberto Bolaño declara: "El peligro de Bolaño es que, entre los escritores chilenos y los medios, lo conviertan en una figura casi religiosa. Bolaño es menos que eso y mucho más. A los escritores no hay que sacralizarlos. En Chile existe un culto a Bolaño, lo digo sin desmerecer sus valores." Y sobre Isabel Allende: "Es un producto comercial. La culpa no es de ella. La culpa es de esa masa de lectores que la consumen, que con eso cumplen con la cuota de literatura que quieren consumir."

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Alan Pauls

9.02.2007
Alan Pauls en Brasil. Fuente: boteco do ribeiro

La entrevista central de La Revista de Libros está dedicada al narrador argentino Alan Pauls, ganador del premio Herralde con la estupenda El Pasado. En la entrevista habla sobre su libro de memorias sobre la playa, La vida descalzo, editado por Sudamericana, y su experiencia como escritor de ensayos y de artículos periodísticos. Anuncia además la publicación de una nueva novela, Historia del llanto, (versión en clave íntima de los años setenta en Argentina, dice) pero no da noticias sobre si alguna vez se animará a reeditar aquella novela de título inmejorable: El pudor del pornógrafo.

Dice Alan Pauls: "Yo rechazo toda oposición entre vida y cultura, que es algo que todavía persiste en nuestro medio. Para mí nunca es vida o literatura, vida o cine; siempre es y."

También hace una alabanza a la digresión como método literario: "Yo creo mucho en irse por las ramas, perder tiempo, distraerse. Lo que para la ortodoxia narrativa son enfermedades, para mí es la felicidad total. Mal que les pese a los escritores lineales, la digresión es una gran tradición novelesca, desde Tristram Shandy y El Quijote, podemos decir que la novela occidental está fundada en el arte de la digresión. Nadie debería arrogarse, entonces, el derecho de decir que una buena novela es la que cuenta una historia de principio a fin y que atrapa al lector en las primeras páginas (...) después de esa distracción, cuando el autor vuelva al tronco principal de la novela, ni el lector ni el libro serán los mismos. Esa es una gran experiencia artística. Hay una ideología nefasta, que es la de la productividad, la eficacia, el aprovechar al máximo el tiempo, siendo que el arte sirve básicamente para perder el tiempo. Algo que, dicho sea de paso, es lo más productivo del mundo. Cuando uno vuelve de perder el tiempo, el mundo no es el mismo de antes. Eso es lo único interesante que puede pasarnos."

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