MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Diarios 1984-1989

12.14.2008
Sandor Marai en sus últimos días. Fuente: etiqueta

Dentro de unos días, Salamandra publicará los últimos diarios de Sandor Marai, aquellos que escribió cuando era un escritor vuelto en desconocido luego de su primera fama; un extraño húngaro de la vieja escuela viviendo en pisto de California; un hombre apunto del suicidio que al fin se suicida. En el ADN Cultura encontramos un anticipo, algunas tristes entradas de ese diario final, donde leemos cosas así:

12 de agosto. Dice Edmund Wilson que alrededor de 1932, en los años de la Gran Depresión, San Diego era el destino preferido de los suicidas americanos: los deprimidos y los desesperados venían aquí para morir. Entre 1911 y 1927 llegaron más de quinientas personas para suicidarse. La ciudad entonces tendría unos trescientos mil habitantes. Hoy tiene el triple; sin embargo, el número de suicidas ha disminuido, la gente se traslada aquí porque espera vivir al calor del sol.

También se publica en el suplemento una breve reseña de Mercedes Monmany sobre los diarios del adiós, donde dice:

Su exilio fue algo lúcidamente elegido. Algo a lo que no estaba dispuesto a negociar, a no ser que llegara por fin la democracia y "las fuerzas de ocupación rusas" salieran de su país. Ni siquiera ahora está dispuesto a claudicar: cuando sus fuerzas ya lo están abandonando, cuando todo son sinsabores, y cuando, un día tras otro, le llegan nuevos e insistentes halagos en su carácter de "monumento nacional" al que se intenta acercar de nuevo a la patria, en las condiciones que sea. Con una tenebrosa y aterradora clarividencia hacia todo lo que lo rodea, tiempo después de haber tirado al océano las cenizas de su mujer y también, con tan sólo seis meses de diferencia, las de su hijo adoptivo, Janos; con las lecturas nocturnas, cada vez más ausentes a causa de su ceguera, de poetas húngaros del XVI, de autores amados de su siglo (Karinthy, Kosztolanyi, Krudy), de Cervantes y Edmund Wilson, o de sus filósofos preferidos, tan sólo le queda levantar pulcra acta de su adiós. Un adiós voluntario, un suicidio, que se produce poco antes de la caída del Muro, de ese fin de la pesadilla que le será negado conocer. "Estoy esperando el llamamiento a filas. No me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora", escribe en la última entrada de estos Diarios 1984-1989.

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Perfil de Sandor Marai

11.25.2008
Monumento a Sandor Marai en su Hungría natal. Una replica del mismo está siendo construida en la sala de mi casa -contra mi voluntad- por mis fanatizados alumnos. Fuente: masquecine

Llevo en mi casa un grupo de lecturas desde hace tres años. Es una docena fiel de lectores de diversas edades y distintas profesiones, que todos los miércoles se juntan para leer conmigo obras clásicas universales (hace un par de meses leímos Anna Karenina en inolvidables jornadas maratónicas) o novedades de escaparate. Se trata de que yo les "enseñe" a leer, pero son ellos los que me han terminado enseñando muchas veces a mí. Si tengo que elegir un autor que, por consenso, es el favorito de todas las mujeres del grupo es Sandor Marai. Qué éxito. Lo aman. Ya quisiera Nabokov tener esas fans enamoradas (que se negaron a leer Pálido fuego pese a mis amenazas de expulsión y llantos de frustración) Por eso, para mis alumnas enamoradas de Marai, les dejo estan semblanza maravillosa que Mercedes Monmany ha escrito a propósito de la edición de sus Diarios finales:
En enero de 1984 no sólo comenzaba el año que daba título al famoso libro de Orwell. Casi ciego, atrincherado en su pequeño apartamento de San Diego, en California, con su mujer apagándose a la vez que él, con una amargura acrecentada por la total soledad en la que se encuentra, sin el consuelo o bálsamo último de una literatura hacia la que ahora sólo confiesa sentir «nauseas», sobre todo la de su país y la de su lengua originaria, el húngaro, principal baluarte de supervivencia en su duro exilio, quien fue el famoso escritor Sándor Márai (Kassa, 1900-San Diego, 1989) sigue haciendo un implacable balance de lo que queda de su vida a través de unos diarios que siempre le acompañaron, junto a sus célebres novelas. Prohibido en su propio país, pero no en otros de su entorno inmediato, como Alemania, en 1984 Márai anotará que le acaba de llegar de Múnich el último de estos diarios editados, el que cubre los años 1976 a 1983. Un volumen de un total de cinco que había publicado a lo largo de cuarenta años de un exilio iniciado con la llegada del régimen comunista a su país.

Ya escucho los suspiros de ternura al leer la semblanza, mientras los hombres del grupo nos morimos de celos. Y seguro el próximo miércoles me obligarán a leer un libro de Marai. Otra vez.

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Sandor Marai

9.23.2007
Sandor Marai en Budapest. Fuente: adn cultura

La publicación en castellano de El último encuentro de Sandor Marai desató una inusiatada fiebre por el escritor húngaro que una década antes, olvidado y en el exilio, se había suicidado en Estados Unidos. El comienzo de su éxito se dio en 1999 (se había matado en el 89) de la mano de un editor con una erudición y un olfato como Roberto Calasso. En castellano, es Salamandra la que tuvo el buen tino de traducir su obra y conseguir así éxitos enormes con todos sus títulos, incluyendo sus primeras novelas. El narrador argentino Leopoldo Brizuela ha escrito para ADN Cultura una detallada biografía de Marai que nos conduce por sus escenarios vitales y por sus afectos, y obviamente también por la compleja escritura de sus obras.

Dice Brizuela: "Hay un misterio en las novelas de Sándor Márai, en el silencio de sus personajes, en la oscura motivación de sus acciones y sus reposos tensos, en las sombras de esos escenarios opulentos y decadentes, ya para siempre perdidos. Ese misterio empezó a conquistar a millones de lectores en todo el mundo desde 1999 (diez años después del suicidio del autor y a medio siglo de su partida de Hungría), a la vez como un presagio y una clave del horror que pronto estallaría. Algo parecido pasa con su vida. Los recuerdos de su familia, que lo concibió y lo crió como la flor de una estirpe y una clase social; sus prematuras memorias; los infinitos testimonios dejados por la prensa y la crítica, que durante al menos veinte años lo reflejaron según el molde del "escritor exitoso"; y por fin, las miles y miles de páginas de los diarios personales que llevaron, durante décadas y décadas, él y su esposa; todo ese material revela, por contraste, un itinerario irreducible a cualquier esquema o mote, empezando por el que él mismo eligió ponerse: el de burgués. ¿Quién era Sándor (Alejandro) Márai?, se pregunta el lector de sus relatos, perplejo ante la reserva de sus biografías, intuyendo que en él hubo alguien capaz de mirar a los ojos la tragedia y de sobrevivir a ella. "Pero ¿qué puede responderse con palabras?", replica uno de los personajes de su novela El último encuentro. "¿Y de qué vale, en todo caso, una respuesta dada en palabras y no en la moneda de una vida entera." Así, mientras dure nuestra pasión por su literatura, quizá no nos quede otro remedio que narrarnos una y otra vez la historia de Sándor Márai, dispuestos a corregirla cuando un nuevo dato invalide el esbozo anterior; guiados apenas por la esperanza de recibir, en su moneda, el pago a la templanza que exige su lectura. "

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