MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

¿Quién es Guido Ceronetti?

2.23.2010
Guido Ceronetti. Fuente: cetona


La respuesta rápida: Ceronetti es un escritor hecho a medida de Enrique Vila Matas. La respuesta un poco más larga: un escritor de culto, un narrador extravagante, un viajero anónimo y lúcido que, para colmo, publica un libro llamado Pequeño infierno turines en una editorial llamada Días Contados. La respuesta completa, si la quieren, la podemos encontrar en este estupendo artículo de Vila Matas en El País:

Entro en mi librería habitual y un caballero que no conozco, un cliente que estaba ya enfilando la puerta de salida, retrasa su partida para preguntarme si me puede entregar Pequeño infierno turinés, de Guido Ceronetti. El nombre de la editorial, me dice, comenta su previsible frágil paso por este mundo: Editorial Días Contados. Ya en el autobús, de regreso a casa, hojeo distraídamente el libro (traducción de González Rovira) y no tarda en llegarme un primer latigazo de deslumbramiento ante el estilo audaz e incisivo del escritor. Pequeño infierno turinés, trabado por una serie de semblanzas, habla de una ciudad que ya no existe, de una época de Turín en la que todavía podía verse belleza. Sin embargo, las "portadoras de luz-en-el-rostro de entonces" ya son ahora viejas. Y las jóvenes de hoy, dice Ceronetti, tienen rictus de teléfono móvil, no se las comería ni un perro. Me adentro en una de las semblanzas, Un viejo turinés, y recorro la vida del padre del autor, dueño de una moral fundada sobre la interesante base de no molestar nunca a nadie: "Hay vidas que terminan sin dejar nada, ni destruido ni detenido, sin abrir ni congelar ningún desorden, mínimas obras de arte de orden en el gran desequilibrio humano". Voy imaginando el Turín de otro tiempo a medida que leo a Ceronetti, experto en mundos borrados y creador cercano a Gadda, Manganelli y otros grandes raros de la escritura italiana del siglo pasado. En su escritura encuentro lo que el crítico James Wood llama vividad: vida en el papel, vida traída a una vida distinta por el arte más elevado. Ya en casa, sigo cruzando por donde cruza Ceronetti, escritor que a veces incluso parece que va a personarse él mismo en alguna de sus intensas páginas. Retrata a las turinesas de su época como mujeres castigadas por la soledad, pero muy capaces de soportarla, obsesionadas como andaban siempre por la sastromodistitis y por no ir desgreñadas. En la semblanza Boxeo en Turín aparece el púgil Bonaglia, terrible marrullero que siempre iba al grano y golpeaba en la nuca y en los riñones y acabó de torturador fascista, bonito empleo. Y en El peatón de Turín hay una moderna redefinición del flâneur que, en tiempos de calles peligrosas, se ha transformado en "un metafísico inerme, con curiosidad por el crimen, pero inclinado a evitarlo". El conjunto es de una rara intensidad conmovida y parece próximo a grandes libros sobre ciudades, como Lisboa, de Cardoso Pires, o La forme d'une ville, de Julien Gracq. Al investigar dónde encontrar más obras del sabio turinés, he tropezado en las imágenes de Google con un Ceronetti que no me esperaba del todo: una mezcla de loco y de genio medieval. He decidido seguir leyéndolo, o investigándolo. Nacido en el 27, es poeta, filósofo, traductor, eterno articulista de La Stampa, dramaturgo, filólogo, marionetista. En Acantilado han publicado su ensayo sobre El cantar de los cantares y un libro del que llevaba años oyendo hablar, El silencio del cuerpo, traducción de J. A. González Sainz. Al cierre de esta edición, me cuentan que ese carnal y mítico libro es una obra tejida con reflexiones y lecturas sobre el cuerpo, con aforismos y fragmentos sencillamente formidables. Un amigo -supongo que para que salga disparado hacia mi librería habitual- me envía uno de esos aforismos, idóneo para antitaurinos: "Protejo a la vaca e incluso a la araña. Pero ¿y si te piden cuentas de los mosquitos? ¿De los microbios que involuntariamente matas?". Y luego me envía también este otro: "El arte está acabado desde que los artistas ya no tienen enfermedades venéreas". Salgo disparado.

Etiquetas: , , , ,

La visibilidad de Invisible

11.24.2009
Paul Auster. Ilustración: André Carrilho. Fuente: newyorker

Invisible, la última novela de Paul Auster, se deja ver cada vez más nítidamente en castellano. Anagrama ya anunció que el 1 de diciembre estará en librerías. No, amigos limeños, ni sueñen que estará en la Feria del Libro Ricardo Palma. A no ser que Océano rente un avión solo para traerla. Como sea, el anuncio del nuevo libro de Auster viene acompañado de elogios (lo que no es usual últimamente) y también palos. Clancy Martin, en The New York Times, dice que es la mejor novela que Auster ha escrito hasta ahora:


As soon as you finish Paul Auster’s “Invisible” you want to read it again. And not because, as sometimes with his novels — as with the novels of Georges Perec, one of a handful of other real authors mentioned in the book — you suddenly suspect, at the very end, that you haven’t properly understood a word of what has gone before. You want to reread “Invisible” because it moves quickly, easily, somehow sinuously, and you worry that there were good parts that you read right past, insights that you missed. The prose is contemporary American writing at its best: crisp, elegant, brisk. It has the illusion of effortlessness that comes only with fierce discipline. As often happens when you are in the hands of a master, you read the next sentence almost before you are finished with the previous one. The novel could be read shallowly, because it is such a pleasure to read. [...] For years now there have been two Austers waiting to embrace: the psychologist/­storyteller of novels like “Leviathan,” and the metatextual trickster of “The New York Trilogy.” Freud once claimed that our greatest frustration was that we could never kiss ourselves — well, Auster has knotted the pretzel, he has brought his two loves together (it is, after all, a novel about incest). So if, like me, part of why you read is the great pleasure of falling in love with a novel, then read “Invisible.” It is the finest novel Paul Auster has ever written.

Mientras tanto, el renegón James Wood aprovecha la novedad para extenderse en la narrativa de Paul Auster en la última edición de The New Yorker. Wood, a diferencia de Clancy Martin, se muestra reticente a aceptar que está ante una buena novela. Acepta algunos halagos pero, en síntesis, podríamos aceptar que concluye que Invisible, como otras novelas de Auster, es solo más postmodernidad para espíritus ligeros. Dice:

What Auster often gets instead is the worst of both worlds: fake realism and shallow skepticism. The two weaknesses are related. Auster is a compelling storyteller, but his stories are assertions rather than persuasions. They declare themselves; they hound the next revelation. Because nothing is persuasively assembled, the inevitable postmodern disassembly leaves one largely untouched. (The disassembly is also grindingly explicit, spelled out in billboard-size type.) Presence fails to turn into significant absence, because presence was not present enough. This is the crevasse that divides Auster from novelists like José Saramago, or the Philip Roth of “The Ghost Writer.” Saramago’s realism is braced with skepticism, so his skepticism feels real. Roth’s narrative games emerge naturally from his consideration of ordinary human ironies and comedies; they do not start life as allegories about the relativity of mimesis, though they may become them. Saramago and Roth both assemble and disassemble their stories in ways that seem fundamentally grave. Auster, despite all the games, is the least ironic of contemporary writers. [...] The classic formulations of postmodernism, by philosophers and theorists like Maurice Blanchot and Ihab Hassan, emphasize the way that contemporary language abuts silence. For Blanchot, as indeed for Beckett, language is always announcing its invalidity. Texts stutter and fragment, shred themselves around a void. Perhaps the strangest element of Auster’s reputation as an American postmodernist is that his language never registers this kind of absence at the level of the sentence. The void is all too speakable in Auster’s work. The pleasing, slightly facile books come out almost every year, as tidy and punctual as postage stamps, and the applauding reviewers line up like eager stamp collectors to get the latest issue. Peter Aaron, the narrator of “Leviathan,” whose prose is so pressureless, claims that “I have always been a plodder, a person who anguishes and struggles over each sentence, and even on my best days I do no more than inch along, crawling on my belly like a man lost in the desert. The smallest word is surrounded by acres of silence for me.” Not enough silence, alas.

Etiquetas: , , , , , ,

James Wood comentado

11.10.2009
James Wood. Fuente: observer

James Wood es uno de los críticos más prestigiosos del mundo anglosajón. Y de los más influyentes, como lo comprueban sus polémicas (muchas de ellas comentadas en Moleskine) literarias sobre el realismo. Hace unos años, el crítico publicó Los mecanismos de la ficción, el ensayo que ahora traduce Gredos, para saber cómo funcionaba la ficción interiormente. Era, dicen, el libro que él quiso leer cuando tenía 20 años. En El País comentan la edición en castellano:

El libro no es un texto de crítica académica al uso, mantiene un tono de conversación con breves capítulos que dan agilidad a sus argumentos. En sus páginas, Wood habla de las personas narrativas, de los personajes, del uso del detalle y de la temporalidad y de la eterna cuestión del realismo en la novela. "Recurrimos a la ficción porque nos plantea preguntas sobre el ser humano. El argumento que intento exponer es que uno puede obtener placeres convencionales sin tener que recurrir a formas tradicionales y de la misma manera uno puede tener un gran interés en lo real sin tener interés alguno en el realismo", precisa. La tendencia de algunos lectores a buscar personajes que les caigan bien más allá de entender si están suficientemente vivos, es uno de los errores más comunes, según Wood, a la hora de comprender los mecanismos de la ficción. "Hay una enorme diferencia entre simpatía e identificación", dice. "Es complicado encontrar gente que te caiga bien en la vida y aún más en la literatura, pero la ficción te vuelve más perspicaz ante las situaciones humanas". El profesor no ha querido renunciar a su vocación de crítico y argumenta con fuerza señalando por ejemplo a Flaubert y no a Balzac como el padre de la novela moderna. "Me interesa la forma. Flaubert creó un estándar para la narrativa y Sebald, Marías o Roth le deben algo. Quería abrir debate. A menudo me tildan de defensor del realismo tradicional", explica. "Se trata de una corriente muy común en América: textos sólidos un poco periodísticos, abarrotados de detalles. A mí me resultan bastante aburridos". Al otro lado, se sitúan los detractores del realismo. Wood sostiene que intenta buscar el punto medio. En el centro de su libro ha querido situar la figura del personaje; lo vivo que éste puede estar, el misterio de cómo un novelista crea a un ser en una página. Para ello Wood dice que es fundamental crear el contexto, las reglas del juego. "Se trata de un problema de gestión del apetito, de ver cómo de grande es el plato en relación con la ración de comida que en él se sirve".
Ajeno a sus reflexiones sobre los misterios y trucos de la ficción ha quedado el argumento, algo por lo que Wood no siente mucho interés. (...) Fuera ha quedado también una mención directa al realismo histérico, un término que Wood acuñó para referirse al trabajo de Zadie Smith, o David Foster Wallace, entre otros.

Etiquetas: , , ,

La lista Wood

3.12.2009
notebook. Fuente: nosvemosenelblog

Luego de que en 1994 Harold Bloom publicase El Canon Occidental, en las páginas de The Guardian el siempre cabalgate James Wood publicó una lista que vendría a complementar la preparada por Bloom (que a éste no le hizo nada de gracia) que incluía a los Mejores Libros británicos y norteamericanos publicados desde 1945 hasta esa fecha, casi 50 años de febril actividad literaria. El mismo Wood comentó los agujeros de su selección, que descuidaba el teatro y la crónica periodística y se enfocaba sobre todo en poesía y novela. Esta especie de Canon o Lista Wood no existía en red hasta que un lector se la envió en pdf al administrador del blog The Elegant Variation y él la ha colocado en su blog íntegramente. ¿Qué tanto ha envejecido esta lista después de 15 años? Es una lista muy extensa, ¿realmente dio tantos libros memorables el idioma inglés en esos 50 años? Por otra parte, Wood dijo que Vladímir Nabokov era "inelegible" probablemente por haber nacido en Rusia, lo que es ridículo (supongo que Joseph Conrad tampoco). En el Paper Cuts dan una lista de otras ausencias notables: "The good news (for me) is that Jane Bowles made the cut; the bad news (for me) is that Paul Bowles did not. Other notable omissions: Kingsley Amis, Julian Barnes, E.L. Doctorow, Lawrence Durrell, William Gaddis, Allen Ginsberg, David Lodge, Joyce Carol Oates, Grace Paley and Richard Yates".

JG Farrell: The Siege of Krishnapur

Jane Bowles: Collected Works

LP Hartley: The Go-Between

Norman Mailer: The Naked and the Dead; Armies of the Night

Walter Abish: How German Is It

Harold Brodkey: Stories in an Almost Classical Mode

Cynthia Ozick: The Messiah of Stockholm; Art and Ardour

William Burroughs: The Naked Lunch

Kurt Vonnegut: Slaughterhouse 5

Elizabeth Bishop: The Complete Poems

John Cheever: Collected Stories; Falconer

Ralph Ellison: Invisible Man

Angus Wilson: The Wrong Set; Hemlock and After; Anglo-Saxon Attitudes

Fred Exley: A Fan's Notes

Randall Jarrell: Poetry and the Age

Robert Lowell: Life Studies; For the Union Dead; Near the Ocean

Bernard Malamud: The Assistant; The Stories of Bernard Malamud

William Trevor: Collected Stories

James Baldwin: The Fire Next Time; Giovanni's Room

Toni Morrison: Sula; Beloved

Henry Green: Loving; Concluding; Nothing

Howard Nemerov: Collected Poems

AS Byatt: Still Life

VS Naipaul: A House for Mr. Biswas; In a Free State; The Enigma of Arrival

Tim O'Brien: If I Die In A Combat Zone

Kazuo Ishiguro: The Remains of the Day

Flannery O'Connor: A Good Man Is Hard To Find

Frank O'Hara: Selected Poems

Sylvia Plath: Collected Poems

Ezra Pound: Pisan Cantos

John Barth: The Sotweed Factor

Saul Bellow: The Adventures of Augie March; Seize the Day; Herzog; Humboldt's Gift

John Berryman: The Dream Songs; The Freedom of the Poet and Other Essays

Thomas Pynchon: The Crying of Lot 49; V

Philip Roth: Goodbye, Columbus; The Counterlife; Reading Myself and Others

JD Salinger: The Catcher in the Rye

Donald Barthelme: Sixty Stories

Susan Sontag: Styles of Radical Will

Wallace Stevens: Collected Poems

Robert Penn Warren: All The King's Men

Eudora Welty: Collected Stories

William Carlos Williams: Paterson

Edmund White: A Boy's Own Story

Amy Clampitt: The Kingfisher

Don DeLillo: White Noise

WH Auden: The Dyer's Hand and Other Essays; Collected Poems

Paul Bailey: Gabriel's Lament

Angela Carter: The Magic Toyshop; Nights at the Circus

Bruce Chatwin: On The Black Hill

James Fenton: The Memory of War

William Golding: Lord of the Flies; The Spire

WS Graham: Collected Poems

Raymond Carver: The Stories of Raymond Carver

Martin Amis: Money; The Moronic Inferno

Jean Rhys: Wide Sargasso Sea

Graham Greene: The Heart of the Matter

Jonh Ashbery: Self-Portrait in a Convex Mirror; Selected Poems

Geoffrey Hill: Collected Poems

Doris Lessing: The Golden Notebook

Ivy Compton-Burnett: A Heritage and its History

Muriel Spark: Memento Mori; The Prime of Miss Jean Brodie

Malcolm Lowry: Under the Volcano

Walker Percy: The Moviegoer

Phillip Larkin: Collected Poems

Ian McEwan: First Love Last Rites; The Cement Garden

Andrew Motion: Secret Narratives

Iris Murdoch: Under the Net; The Bell; The Nice and the Good

George Orwell: 1984; Collected Essay and Journalism (4 vols)

Carson McCullers: The Ballad of the Sad Cafe

JG Ballard: Concrete Island

Anthony Powell: A Dance of the Music of Time

John Updike: Of the Farm; The Centaur; The Rabbit Quartet; Hugging the Shore

Jeanette Winterson: Oranges Are Not The Only Fruit

Ted Hughes: Selected Poems 1957-81

VS Pritchett: Complete Stories; Complete Essays

Craig Raine: A Martian Sends A Postcard Home

Marianne Moore: Complete Poems

Elizabeth Taylor: The Wedding Group

Salman Rushdie: Midnight's Children; The Satanic Verses

Tom Paulin: Fivemiletown

Joseph Heller: Catch 22

Christine Brook-Rose: The Christine Brook-Rose Reader

Anthony Burgess: Earthly Powers

Alan Sillitoe: The Loneliness of the Long Distance Runner

Graham Swift: Waterland

Iain Sinclair: Downriver

Evelyn Waugh: Brideshead Revisited; The Ordeal of Gilbert Pinfold; Through a Cloud

Jack Kerouac: On the Road

Denton Welch: A Voice Through a Cloud

Etiquetas: , , , , ,

Fogel comenta el affaire Wood-Smith

2.24.2009
James Wood en polémica con Zadie Smith. Fuente: smh.com.au

"De vez en cuando sale algún artículo que dice algo de verdad sobre las polémicas en el mundo de la crítica literaria" dice sabiamente Jean Francois Fogel en su último post en el Boomeran(g). Y dice más: califica al affaire James Wood-Zadie Smith sobre la novela histórica y la verosimilitud como una "polémica real, y noble en el fondo" Ah, suspiro. Polémica real y noble. Qué lejos se ven esas polémicas en América Latina, y en el Perú concretamente. Pero, en fin, imprima y no deprima decía Martín Romaña. Fogel se refiere en su post al artículo de Daniel Miller en The Prospect Magazine que resume el affaire Wood-Smith. El mismo Fogel hace su propio resumen en el blog:

¿De qué se trata? De la denuncia, ya muy antigua, que hizo Wood del realismo histórico. Novelas que ofrecen historias inverosímiles, de un postmodernismo perfecto pero donde no cabe la vida humana, la vida real tal como se conoce en sociedades humanas. Wood, denunciando en esta época a Smith, llegaba a hablar de unos especialistas en la escuela sociológica de Francfort disfrazados de novelistas para producir historias enormes. Esta polémica, la conocemos a fondo, incluyendo la hermosa respuesta de Smith en el New York Review of Books explicando que la novela en este momento tiene la posibilidad de escoger entre dos caminos. Un camino abierto, que deja muchas preguntas disponibles, sin respuesta para el lector (el verdadero realismo para ella) y un camino más convencional, más formal, donde reconocemos el camino de Wood. El camino de Wood viene de Stendhal explicando que una novela es lo que se ve en un espejo desplazado por un novelista a lo largo de un camino.

El artículo de Zadie Smith al que se refiere Fogel (titulado "Two Paths for the Novel") lo pueden leer aquí.

Etiquetas: , , , , ,