MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Eugene Ionesco, 100

11.19.2009
Eugene Ionesco. Fuente: peoplequiz

Este mes se cumolen 100 años del nacimiento del rumano Eugene Ionesco, el autor de obras de teatro como El rinoceronte, La cantante calva o La lección. Ionesco es considerado en las enciclopedias bajo la etiqueta "Teatro del absurdo" que comparte con otros autores como Alfred Jarry e incluso, para algunos, el mismo Samuel Beckett. Sin embargo: ¿Es absurdo la palabra que buscamos para definir este teatro? Dice la nota en Clarín de Jorge Dubatti:

Pero el mismo Ionesco solía reírse de esa expresión: "¿Yo absurdo? ¡Qué absurdo!" y prefería el término "antiteatro". El prefijo "anti" expresa el gesto de violencia y destrucción de las estructuras del teatro anterior, considerado por Ionesco expresión ideológico-poética del racionalismo positivista y el pragmatismo de la burguesía occidental, así como una pérdida del vínculo más auténtico con la condición más irracional del conocimiento poético. En Notas y contranotas Ionesco escribe: "Se ha dicho que yo era un escritor del absurdo; hay palabras como ésas que van de boca en boca, una palabra de moda que ya no lo será. En todo caso, es en sí misma lo suficientemente vaga como para no querer decir nada y como para definirlo todo fácilmente". A Beckett tampoco le gustaba esta categoría crítica, que sin embargo alcanzó tan amplia difusión. En sus conversaciones con Charles Juliet, Beckett señaló: "Los valores morales no son accesibles. Y no se los puede definir. Para definirlos, haría falta pronunciar un juicio de valor, algo que no se puede. Es por eso que nunca estuve de acuerdo con esta noción de teatro del absurdo, porque encierra en ella un juicio de valor". [...] La cantante calva, por caso, Ionesco hace estallar en mil pedazos la intriga lineal aristotélica y prefiere un "volver a empezar" infinito, aunque ya no con los esposos Smith sino con los Martin. La parodia de algunos procedimientos fundantes del drama moderno –el encuentro personal, el método biográfico, la construcción de la ilusión de pasado– alcanza un momento memorable en el diálogo de los Martin, quienes luego de descubrir inesperadas coincidencias en sus vidas, llegan a reconocer que son marido y mujer. El reloj inglés del living inglés suena sin regla comprensible con desquiciadas campanadas inglesas. La entidad psíquica de los personajes es indescifrable y un bombero declara tener que marcharse porque debe apagar "un ardor de estómago". Mientras tanto "la cantante calva sigue peinándose". Para Ionesco, sabotear el sistema del lenguaje natural y el sistema del lenguaje teatral (que mimetiza el natural, a través del realismo lingüístico) es atacar en su centro mismo el principio de realidad. El sabotaje al lenguaje verbal es una de las herramientas fundamentales de su desarticulación de la ilusión del realismo. La realidad –sostiene implícitamente Ionesco– pone así en evidencia su naturaleza de construcción lingüística. Con ello Ionesco se adelanta a los pensadores del "giro lingüístico". El mundo es absurdo porque posee un régimen de realidad absurdo, pero también lo es porque la realidad burguesa ha devenido trivial, irrelevante, frívola: se advierte en sus charlas y hábitos tontos, en su banalidad. Son dos visiones diversas: no hay sentido, o tal vez exista un sentido o sentidos del mundo, pero la historicidad social del hombre burgués les ha dado la espalda, el hombre occidental vive ajeno al sentido.

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Las cartas de Beckett

8.05.2009
Samuel Beckett. Fuente: revistañ

En la Revista Ñ apareció la semana pasada una nota muy especial: un texto escrito por JM Coetzee sobre la correspondencia (un período de 12 años de cartas) de Samuel Beckett. La nota es muy extensa. Un deleite, definitivamente, lo mejor que se ha publicado en literatura durante estas semanas de ausencia. Los dejo con un párrafo donde Coetzee comenta las lecturas del escritor irlandés:

Las cartas de Beckett están llenas de comentarios sobre obras de arte que vio, música que escuchó, libros que leyó. Algunos de los primeros de esos comentarios no son más que tonterías, sentencias de un principiante soberbio, como por ejemplo: "Los cuartetos de Beethoven son una pérdida de tiempo". Entre los escritores que tienen que soportar su cáustica ironía juvenil se encuentran Balzac ("La banalidad de estilo & pensamiento [de Cousine Bette ] es tan enorme que me pregunto si escribe en serio o como parodia") y Goethe ("sería difícil crear algo más desagradable" que su drama Tasso ). Aparte de incursiones en el ámbito literario de Dublín, su lectura tiende a concentrarse en los muertos ilustres. De los novelistas ingleses, Henry Fielding y Jane Austen cuentan con su favor, Fielding por la libertad con que interviene como autor en sus relatos (una práctica que el propio Beckett adopta en Murphy ). Ariosto, Sainte-Beuve y Hölderlin también reciben su aprobación. Uno de sus entusiasmos literarios más inesperados es Samuel Johnson. Impresionado ante el "rostro demente aterrado" del retrato de James Barry, en 1936 se le ocurre la idea de convertir la historia de la relación de Johnson con Hester Thrale en una obra teatral. No es el gran pontificador de la Vida de Boswell el que le interesa, como surge de las cartas, sino el hombre que luchó toda su vida contra la indolencia y la depresión. En la versión de Beckett de los acontecimientos, Johnson se instala con Hester –mucho menor que él– y su esposo cuando ya es impotente y, por lo tanto, está condenado a ser un "gigoló platónico" en el ménage a trois . Primero sufre la desesperación "del amante que no tiene con qué amar"; luego se le parte el corazón cuando el marido se muere y Hester se va con otro hombre. "La mera existencia es tanto mejor que la nada, que más vale existir, incluso con dolor", dijo el Dr. Johnson. La Hester Thrale del proyecto dramático de Beckett no logrará entender que un hombre puede preferir amar sin esperanzas que no sentir nada en absoluto, por lo que no podrá reconocer la dimensión trágica del amor que siente Johnson por ella. En el hombre público seguro que en privado lucha contra la indiferencia y la depresión, que considera que vivir no tiene sentido, a pesar de lo cual no puede afrontar la aniquilación, Beckett detecta un espíritu afín. Sin embargo, luego de una primera emoción respecto del proyecto de Johnson, su propia indolencia se impone. Pasan tres años antes de que ponga manos a la obra, y abandona el trabajo por la mitad del Acto I. Antes de descubrir a Johnson, el escritor con el que Beckett se identificaba era el activo y productivo James Joyce. Sus primeros trabajos, según admite con alegría, "apestan a Joyce". Pero Beckett y Joyce intercambiaron muy pocas cartas. La razón es simple: en los períodos en que se sintieron más cerca (1928-1930, 1937-1940) –cuando Beckett se desempeñó como secretario ocasional y empleado general de Joyce–, ambos vivían en la misma ciudad, París. Entre esos dos períodos, su relación fue más tensa y no se comunicaron. La causa de esa tensión fue la forma en que Beckett trató a Lucia, la hija de Joyce, que se sintió deslumbrada por él. Si bien le alarmaba la evidente inestabilidad mental de Lucia, Beckett permitió, para vergüenza suya, que la relación se desarrollara. Cuando por fin dio un corte a la situación, Nora Joyce se puso furiosa y lo acusó –con cierta razón– de aprovecharse de la hija para tener acceso al padre. Es probable que para Beckett no haya sido malo que lo expulsaran de ese peligroso territorio edípico. Cuando se reincorporó, en 1937, para ayudar en la corrección de pruebas de Work in Progress (luego Finnegans Wake ), su actitud en relación con el maestro se hizo menos tensa, más amable. A McGreevy le confía: "Joyce me pagó 250 fr. por unas 15 hs. de trabajo con las pruebas. (...) ¡Luego lo complementó con un sobretodo viejo y 5 corbatas! No lo rechacé. Es mucho más simple ser lastimado que lastimar." Y dos semanas después: "(Joyce) estuvo sublime anoche y condenó con gran convicción su falta de talento. Ya no siento que la relación sea peligrosa. No es más que un ser humano adorable." La noche después de escribir esas palabras, Beckett tuvo una pelea con un desconocido en una calle de París y lo apuñalaron. Poco faltó para que el cuchillo ingresara a los pulmones. Beckett tuvo que pasar dos semanas en el hospital. Los Joyce hicieron todo lo que pudieron para ayudar a su joven compatriota: lo trasladaron a una clínica privada y le llevaban flanes. La noticia de la agresión llegó a los diarios irlandeses, y la madre y el hermano de Beckett viajaron a París para acompañarlo. Entre otras visitas inesperadas, Beckett recibió la de una mujer que había conocido años antes, Suzanne Deschevaux-Dumesnil, que llegaría a convertirse en su compañera y luego en su esposa. El período posterior a la agresión, que le contó a McGreevy con cierta confusión, parece haberle revelado a Beckett que no estaba tan solo en el mundo como le gustaba pensar. Lo más curioso es que pareció confirmarlo en la decisión de hacer de París su hogar.

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Las cartas de Beckett

4.07.2009
Samuel Beckett. Fuente: revistañ

La editorial Cambridge University Press ha publicado el primer tomo (de tres que vendrán) de la correspondencia de Samuel Beckett. En The New York Times el encargado de dar la noticia ha sido Joseph O’Neill, autor de la exitosa novela Netherland, quien anuncia que el huraño autor irlandés de obras parcas y descreídas como Esperando a Godot se convierte aquí en un corresponsal frágil y amable:

Beckett, in his published output and authorial persona, was rigorously spare and self-effacing. Who knew that in his private writing he would be so humanly forthcoming? We always knew he was brilliant — but this brilliant? Just as the otherworldliness of tennis pros is most starkly revealed in their casual warm-up drills, so these letters, in which intellectual and linguistic winners are struck at will, offer a humbling, thrilling revelation of the difference between Beckett’s game and the one played by the rest of us. (Beckett played tennis, incidentally.)

Por otra parte, O´Neill también cita algunas reflexiones personales del autor sobre su familia, su época (la Segunda Guerra Mundial), la mujer que amó:

Although there are no letters here to his parents — perhaps because Beckett authorized the publication only of letters “having bearing on my work”? — there is no doubt he remained deeply preoccupied by “the fading fact of my family.” He notes: “Lovely walk this morning with Father, who grows old with a very graceful philosophy. Comparing bees & butterflies to elephants & parrots & speaking of indentures with the leveler. Barging through hedges and over the walls with the help of my shoulder, blaspheming and stopping to rest under color of admiring the view. I’ll never have anyone like him.” Several months later, the father dies. The son says, “I can’t write about him, I can only walk the fields and climb the ditches after him.” This bereavement was, no doubt, one of the events that influenced the progressive calming, over the years, of Beckett’s tone. About the possible Nazi invasion, he writes from Paris: “No matter how things go I shall stay on here. . . . All I have to lose is legs, arms, balls etc., and I owe them no particular debt of gratitude as far as I know.” There is little sign, in these ­pages, of sustained attention to political and economic crises. The Great Depression is not mentioned, and Hitler and his cronies figure, briefly, as absurdities; even when he travels in Nazi Germany in 1936-37, Beckett’s focus is on galleries and churches. The future member of the Resistance has yet to show himself. In June 1940, he writes from Paris: “Suzanne seems to want to get away. I don’t. Where would we go, and with what?” Suzanne is Suzanne Deschevaux-­Dumesnil. Here’s how we learn of her: “There is a French girl also whom I am fond of, dispassionately, and who is very good to me. The hand will not be overbid. As we both know that it will come to an end there is no knowing how long it may last.” Beckettists will know, of course, that in due time Suzanne and Sam married, and that the marriage lasted till their deaths.

Pueden encontrar un comentario en español a la nota de NYT en la revista Ñ.

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Beckett en NY

5.22.2008
Samuel Beckett. Fuente: afp/ the guardian

En una nota en el ABC me entero de la resurrección de Samuel Beckett en Nueva York, a través de la puesta en escena de la compleja Final de Partida, protagonizada por John Turturro. Todos se han quedado impresionados del éxito. ¿Significará eso el renacimiento de Beckett tambié en castellano? Hace unas décadas, cuando ingresé a la universidad, se lo mencionaba con veneración, pero hace un tiempo que no se le cita para nada y sus libros sólo se encuentran en ediciones ochentaras. Y es injusto para un autor complejo pero notable.
Las obras de Samuel Beckett han tenido un marcado protagonismo en la última temporada teatral de Nueva York, pero ningún montaje ha suscitado tanta expectación como el «Final de partida» protagonizado por John Turturro en la mítica Brooklyn Academy of Music (BAM). No es infrecuente que actores consagrados por el cine se pasen al teatro buscando respetabilidad, a la vez que el teatro busca aprovecharse de su tirón para ganar público. Es una simbiosis habitual. Pero en este caso puede tener algo de broma del director, el rumano Andrei Belgrader, que lleva diez años enlazando éxitos con una marcada querencia por el humor del absurdo. Según como se mire, «Final de partida» es una de las obras más densas de Beckett. Y según como se monte, puede ser de las más divertidas. Centrada en un personaje ciego y en silla de ruedas, Hamm, alrededor del cual pulula su reluctante y a la vez solícito sirviente Clov, y con sus propios progenitores metidos en cubos de basura, es un texto tan fatalista y terrorífico como cómico. Esto se aprecia sobre todo viendo la obra en inglés y con un público americano. Es normal para los espectadores europeos que van al teatro en Estados Unidos sorprenderse con las imprevisibles explosiones de risa ajena. ¿Dónde está el chiste?, se pregunta uno. Se diría que se ríen más cuanta menos gracia tiene. (...) El resultado es una química ambiciosa que funciona, aunque quizás pilla un poco por sorpresa. Turturro se ha llevado incluso alguna mala crítica —aunque ha sido inequívocamente bendecido por el B.O.E de las artes neoyorquinas, The New York Times—, por no eclipsar a todos sus compañeros, cuando se da la circunstancia de que el protagonista nominal de la obra no es ni siquiera su personaje, Hamm, sino el que interpreta Casella, Clov. Aunque Turturro es un actor mucho más conocido por sus éxitos en el cine, tiene bastante experiencia en las tablas. Eso trasluce en su buena voluntad de equipo, en una vocación orgánica para fundirse con el conjunto, una joint venture de talentos superlativos. Y que se lo pasan muy bien juntos al borde del abismo, no hay más que verlos.

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