MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Las cartas de Emily Dickinson

9.04.2009
Manuscrito de Emily Dickinson. Fuente: wikimedia

Mientras las cartas de amor lésbico de Gabriela Mistral siguen escandalizando y emocionando en el ámbito literario hispanohablante, Lumen publica las cartas de otra poeta que se supone vivía dentro del clóset, la gran Emily Dickinson. Luis Antonio de Villena comenta en "El Cultural" la correspondencia de la mejor poeta de lengua inglesa y, al mismo tiempo, la más secreta.

Vestida sólo de blanco los últimos años de su vida, cuando muy pocos la veían o entreveían por su jardín, E. Dickinson pasó leyendo la Biblia protestante y a Emerson como una de sus principales influencias, y cuidando a su madre enferma, una existencia dedicada a las amistades y experiencias del espíritu, cada vez más sublime y más lejos. Los tres últimos años de su vida no salió siquiera de su habitación, abrumada por la muerte del último de sus amores imposibles, el juez Lord, que le había pedido en matrimonio, y por el Mal de Bright, la misma nefritis que padeció Mozart y que acabaría matándola en 1886. Es extraño que Tennessee Williams no hiciera de ella uno de sus personajes, porque bajo cierta óptica lo parece. Como dice bien Nicole d'Amonville Alegría en su trabajado prólogo a esta acertada selección de la fértil correspondencia de Emily, en pocos autores sus cartas tendrán tanto que ver con sus poemas. En realidad, salvo muy cortas excepciones, no hacen sino desarrollar hacia sus amigos, conocidos, parientes o maestros -consideró tener dos- la misma salvaje y potente vida interior o íntima que aparece en su lírica. Cuando en una carta temprana a Susan termina diciendo: “¿Quién te quiere más, y mejor, y piensa en ti cuando a otros vence el sopor? Es Emilie” (como firmó antes que Emily), ¿cómo no pensar no sólo en sus poemas, sino en que contrariamente a lo que dice Harold Bloom, no reprimió su vida pasional, que es caudalosa en cartas y poemas, la practicara directamente o no? (...) Esta antología de la correspondencia de Dickinson -muy notable a mi gusto, en una traductora que ya vertió una antología poética de la autora- se divide en cuatro grandes períodos que son la primera juventud (1842-57), los años en que secretamente empezó a escribir poesía en serio (1858-65), los años de reclusión casi absoluta en que escribe menos cartas o poemas (1866-79) y finalmente los años finales signados por lo elegíaco de varias muertes cercanas y el culmen de su reclusa excentricidad (1880-1886).

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Tribulaciones del cuento

12.02.2007
Sergio Pitol en mesa de cuentistas. Fuente: milenio

Teniendo como atracciones principales a dos premios Juan Rulfo: Sergio Pitol y Rubem Fonseca, se llevó a cabo en la FIL Guadalajara el Encuentro Internacional de cuentistas, en el que participaron también escritores como Ednodio Quinteros, Luisa Valenzuela, Eraclio Zepeda y Roberto Rubiano. Coincidiendo con este encuentro, en "Babelia" Luis Antonio de Villena escribe sobre las tribulaciones del cuento que, a juzgar por la opinión que tienen sobre él los editores, cada vez se convierte más en un arte minoritario.

Dice Villena: "Lo curioso es que si el cuento (con la poesía) es la cenicienta de la literatura española, no ocurre lo propio en Hispanoamérica, tan rica en relatos. Todos sabemos que Galdós, Baroja, Aldecoa o Juan García Hortelano escribieron muchos cuentos, pero ¿quién los lee hoy? Borges -un genio- no escribió ninguna novela, sino espléndidos cuentos. Y es cierto, hace años los cuentos de Borges, de Cortázar, de Onetti, de Rulfo o incluso de autores menos clásicos como el argentino Marco Denevi o el guatemalteco Monterroso gozaban de un suficiente y férvido público lector... ¿Por qué no se lee el cuento español? ¿Somos peores cuentistas que los latinoamericanos, o acaso los propios latinoamericanos nuevos se leen menos también? Cierto que hay muchos tipos de cuento, pero desde Chéjov, Katherine Mansfield y Horacio Quiroga (cuando menos) el cuento es como un ágil pedazo de vida del que, por elipsis, sale la vida toda. Pero como es breve, ha de acentuarlo todo. El lirismo -a veces componente de la elipsis- o la narratividad rápida, que aunque pueda parecerlo no es contraria al lirismo más sutil... Curiosamente en medio de la crisis lectora o editora del cuento español (¿dónde confluyen lo editor y lo lector?) los autores que se pretenden más nuevos, hablan y editan "microrrelatos" que vendrían a ser algo así como el "haiku" del cuento. Se supone que la madre de todos los microrrelatos es aquel de Augusto Monterroso (el autor al final parecía harto de este asunto) titulado 'El dinosaurio' y que dice -casi todos lo sabemos de memoria- "cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí", que para más ajustada intención pertenece a un librito de cuentos (otros más largos, desde luego) titulado Obras completas. Tito Monterroso, bajito y amante del latín, era un tipo genial... Argentina y México -recordemos también a Juan José Arreola- están llenos de cuentistas magníficos, desde el relato clásico al microrrelato, que también usó Borges, haciéndose el apócrifo, pues qué otra cosa sino un microrrelato sería Le regret d'Heraclite: "Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca / aquel en cuyo abrazo desfallecía de amor Matilde Urbach". Ah, perdón, acabo de darme cuenta, estos textos de 'Museo', Borges los incluyó en su Obra poética, de donde acaso tuviéramos que colegir que, a la postre, los problemas del cuento y del poema son vecinos... ¿Será eso? ¿Tornamos a hablar de la feroz incultura de nuestro país en estos últimos años, más de un decenio ya? Abramos un paréntesis para pensar: mientras la literatura bestsellerista se alarga (salvemos las excepciones que hay que salvar), las doradas catacumbas producen arte breve: haikus, tankas -la moda japonesa- o el microrrelato de estirpe latianoamericana... ¿por qué, insisto?

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