MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

78

6.01.2008
Mario Alberto Kempes y brazos extendidos. Fuente: elmundo

Y siguiendo con la onda futbolera, en el suplemento "Radar" realizan un especial sobre la polémica celebración de los 30 años del mundial Argentina 78. Ahí participan una serie de escritores y periodistas argentinos. El denominador común es una paradoja: la negada alegría de un triunfo extraordinario que no se puede celebrar en medio de los muertos y los desaparecidos por la dictadura. Y como paradigma de esa felicidad compleja queda el partido jugado contra Perú, aquel humillante 6-0 que a todas vistas luce fraudulento. Al respecto, son especialmente interesantes los textos de Alan Pauls y Juan Sasturaín. Alan Pauls dice:
Más que la represión, los campos o el plan Martínez de Hoz, la dictadura –lo verdaderamente siniestro de la época de la dictadura– es para mí esa pareja de fabulaciones perfectas: el Mundial ’78 y Malvinas. Dos acontecimientos que exigían de nosotros algo más que nuestros cuerpos, que nuestra verdad recóndita o que los frutos de nuestra fuerza de trabajo. Exigían nuestra creencia. Las fuerzas armadas, los torturadores y los programas del gran capital siempre nos han aliviado porque nos condenan al papel de inocentes, víctimas indefensas, meros objetos o soportes de una violencia que se nos impone desde el exterior. El Mundial ’78 y Malvinas, en cambio, nos implican –en el sentido más criminal de la palabra– porque sólo podían funcionar si sintonizaban con lo que era, al parecer, el núcleo mismo de nuestra humanidad: nuestra fe, nuestra ilusión, nuestro deseo. Ver a la gente lanzarse a la calle para festejar el campeonato del mundo es espeluznante porque es ver no una comunidad de víctimas engañadas, ni siquiera un rebaño de ciegos manipulados, sino una enorme masa de deseantes satisfechos. Si el Mundial ’78 (como Malvinas) sigue siendo para mí el highlight monstruoso de la dictadura, es porque lo que pone en escena no es un pueblo secuestrado con malas armas simbólicas por el fascismo; es el deseo de un pueblo en el momento mismo en que encuentra su saciedad en el fascismo.

Por su parte, Juan Sasturaín resume así el sentimiento ambiguo:
Se sabe: Argentina ganaba 1-0, nos empató Naninga de cabeza y, cuando se acababan los noventa, sale el pelotazo de derecha a izquierda sobre la cabeza de Olguín, llega el wing izquierdo naranja y ante la salida del Pato, la toca suavecito al gol. La pelota pasó al arquero y recorrió esos pocos metros hacia el arco vacío, pareció que entraba y... no entró. Pegó en el palo y salió. Zafamos. Terminó el tiempo reglamentario, fuimos al alargue y ahí los pisamos: Mario Kempes hizo el segundo de guapo y Bertoni el tercero para liquidarlos. Ganó Argentina, fuimos campeones y nos abrazamos, fuimos felices en privado mientras mucha gente celebraba en la calle y los hijos de puta festejaban de sobretodo en el palco: los tenebrosos pulgares en alto de Videla han quedado en la foto. Soy consciente de que esa noche hubo mucha gente amiga (adentro y afuera del país) que deseó que la pelota de Resenbrink entrara: si perdíamos, los milicos –el plan exitista de los milicos– serían los derrotados, perderían puntos e imagen y, ante el desencanto de la gente, durarían mucho menos en el poder. Yo quise entonces y sigo queriendo hoy (como muchos amigos adentro y afuera del país entonces) que la pelota no entrara. Quería ganar; argentino y futbolero, quería que Argentina ganara. Nadie me iba a arrebatar esa felicidad.
En esas pelotudeces –que no lo son, claro–, en esas cuestiones de ponerse adentro o afuera, de dónde se para uno, de con todos o contra algunos, de acompañar o subestimar, de cuanto peor mejor o de juntarse para celebrar lo que hay... En esas cuestiones, digo, seguimos a veces empantanados, dando vueltas. Casi diría que todos los días llega Resenbrink para definir.

Por mi parte, confieso que el mundial Argentina 78 tiene una significado enormísimo para mí. Fue el primero que viví intensamente, con 10 años, y el primero que lloré y celebré, ignorante de las condiciones políticas que se describen en "Radar". La derrota de Perú fue lamentable, pero yo quería que Argentina gane ese mundial y me hice fanático de la garra de Kempes, que desde entonces se volvió para mí en un ícono del triunfador. Y aunque es probable que el partido con Perú haya sido amañado, nadie les regaló la copa. Ganar a la Holanda del 78, el mejor equipo del mundo entonces, no era sencillo y lo hicieron de manera contundente e inobjetable. Saber que detrás de ese mundial hubo un decorado de terror e injusticia le da mal gusto a mis recuerdos, pero no los anula. Siempre que imagino a alguien que consigue un triunfo por el que ha luchado épicamente se me viene a la cabeza la sonrisa y los brazos extendidos del peluca Mario Alberto Kempes. Y esa alegría no fue el logro de ningún dictador, por más que este pretendió usar ese triunfo con fines indignos, sino de un muchacho talentoso que quiso ganar un mundial e hizo todo lo que estaba a su alcance para conseguirlo.

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De Santis televidente

5.15.2008
Pablo de Santis, entre otros autores, el día de la presentación del libro de Ver para Leer. Fuente: primicias.ya

Pablo de Santis estuvo en Lima esta semana invitado por el Club de Lectores de la Universidad Católica para dar una conferencia sobre El enigma de París. Y el fin de semana pubicó en "Babelia" un artículo sobre los escritores en televisión. ¿Se puede? Sí se puede. Con creatividad y una producción que confía en ti hasta el punto de arriesgar unos pesos, todo se puede. Como ejemplo, el éxito en Argentina de Juan Sasturain (del exitoso Ver para Leer) y mi recordado roomate Alberto Laiseca. Dice Pablo:
El año pasado comenzó en la televisión argentina un curioso experimento: un programa de televisión dedicado a los libros, con una producción cuidada y generosa, armado como si se tratara de una comedia intelectual y conducido por un escritor, Juan Sasturain, cuya experiencia en los medios audiovisuales se limitaba a algunas intervenciones ocasionales en la radio. Quienes conocemos a Sasturain desde hace muchos años nos sorprendimos viéndolo actuar con soltura, en auténticos pasos de comedia, acompañado por un actor profesional, Fabián Arenilla, con quien ha llegado a formar una especie de dúo cómico de impecable solvencia (de paso comentemos que en la televisión argentina han desaparecido los programas de humor, y que es curioso que los únicos momentos para la risa que existen provengan de un programa dedicado a los libros). En cada programa Sasturain -un señor de 62 años, barbado, larga melena blanca- sufre un problema: tiene que encontrar un regalo para su hija, le han robado un libro, tiene que reemplazar a su primo actor en una obra de teatro, le han encargado la tarea de disfrazarse de Papá Noel. Y cada una de esas situaciones impone su tema al programa: cómo regalar el libro adecuado, la literatura teatral, la novela policial, los libros y la Navidad. (...) El programa tiene una estética de cómic: las escenografías están hechas por dibujantes de historietas, lo que le da un aire extremadamente moderno y a la vez irreal. No es casual esta elección, porque Sasturain es uno de los grandes nombres de la historieta argentina. (...) Pero además de Sasturain hay otro escritor que ha probado suerte en la televisión hablando de libros: Alberto Laiseca. Altísimo, dotado de un par de bigotes desmesurados, aprovechó su aspecto de dueño de castillo transilvano para contar cuentos de horror en la televisión. Gesticulante y tan desmesurado como su imaginativa literatura (que incluye una novela, Los Soria, de más de mil páginas, y una apócrifa antología de la poesía china de todos los tiempos), Laiseca generó un público fiel y difundió obras de autores poco conocidos, recordando siempre su pasado de lector de la revista Más Allá, que a fines de los años cincuenta difundía en español cuentos de ciencia ficción y horror made in USA. Estos dos escritores han probado que se puede mostrar de modo vehemente la inasible pasión por leer. Para la actuación, terreno ajeno, los dos probaron la misma estrategia: tirar toda la carne al asador, no guardarse nada. Eso no significa que todos los escritores debamos seguir su ejemplo. A unos cuantos nos ha tocado pasar por el programa de Sasturain y meter uno o dos bocadillos exigidos por el guión, antes de la entrevista correspondiente, y hemos pasado el papelón de nuestra vida. Pero no le viene mal a ninguna literatura hacer un poco el ridículo, para perder la solemnidad con la que cargamos, y aun esa otra forma de solemnidad, que es la irreverencia obligatoria y sin motivo.

Por cierto, si quieren ver los "bocadillos" de Pablo de Santis en el programa de Juan Saturaín hacer clic aquí.

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Ver para leer

6.19.2007
Martín Caparrós habla de comida con Juan Saturain, en Ver para Leer. Fuente: sitio oficial

Desde que empecé a dirigir el programa literario en TV “Vano Oficio” he ensayado varias formas para tratar de acercarme al público. Desde la seriedad a lo Denegri del principio, pasando por las payasadas durante unos años, luego la ficción de la “librería” y finalmente la actual, que está dirigida especialmente para apoyar al Plan lector recomendando lecturas clásicas. Pero esta que se les ocurrió a los de Telefé, y que me entero por el periódico Página12, me parece extraordinaria: “Ver para leer” del escritor y periodista Juan Sasturain.

En la página oficial del programa, explican al detalle cómo se realiza el programa: “Cada episodio comienza con un problema doméstico que Juan debe resolver: su hija cumple años y no sabe qué regalarle, un amigo le toca el timbre porque lo abandonó su mujer, lo invitan a dar una charla en el sindicato de bañeros de Mar del Plata. Frente a estas dificultades, Juan siempre recurre a los libros. Cada problema lo conduce a hablar de temas vinculados con la literatura. En el camino, visita librerías, nos recomienda lecturas, y ofrece datos sobre libros y escritores. Juan debe también lidiar con una serie de personajes que colaboran con la resolución de su problemas ¡o lo hunden más! Por el programa desfilan el psicoanalista de Juan, su médico de cabecera y un detective que recupera libros prestados, entre otros. Todos estos personajes son encarnados por el mismo (versátil) actor, Fabián Arenillas.”

Este es un ejemplo típico de un programa: “Juan tiene un invitado a comer. Es un importante editor francés, que puede ayudarlo a que sus libros triunfen en Europa. Por eso, Juan lo quiero agasajar, sólo que ¡había olvidado completamente la cita! En busca de rápidas soluciones culinarias, Juan visitará carnicerías, mercados y hasta un restaurante chino. Asimismo, se encuentra con Martín Caparrós, quien le ayuda a terminar la cena. Un recorrido gastronómico que servirá de excusa para hablar de un tema delicioso: los cruces entre comida y literatura.


La pregunta crucial es: ¿se podrá hacer algo similar en el Perú? Sólo si un canal importante decidiera invertir en la producción, que es costosa –o por lo menos, muchísimo más costosa que la franciscana de Vano Oficio- pues no sólo requiere de unidades móviles, guiones, locaciones, escenografía sino del pago del equoipo de producción, asistentes, actor (y el conductor, ya que estamos), etc. Pero también está el tema de la necesidad de que los escritores se presten al juego y decidan asumir el reto de “actuar” un rato con buen humor. ¿Cuántos escritores solemnes en el Perú, donde la palabra “mediático” es un insulto, estarían dispuestos a jugar con Juan? Mejor lo dejo ahí.

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