MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Zambra, boom y bonsai

8.26.2008
Bonsai para móviles. Una opción que no se le ocurrió a Zambra. Fuente: lacuevadelbrujo

Que a Alejandro Zambra el Boom fue una resonancia que sonó lejos de su barrio, donde solo se le permitía la entrada a George Perec por lo visto, es algo obvio luego de la elección de los 10 libros que le cambiaron la vida. Pero si eso no bastara, nos dejó en "Babelia" un comentario sobre su relación con los autores del Boom. Vamos a ver cómo trata a sus abuelitos:
Mi generación creció creyendo que la literatura chilena era de color café, y que no había algo así como una literatura latinoamericana. Por eso siento tan lejana la experiencia del boom. Una de las mejores novelas que he leído es El coronel no tiene quien le escriba y una de las peores sin duda es Memoria de mis putas tristes. Pero discutir sobre el boom sería, para mí, tan estimulante como debatir si el conceptismo o el culteranismo. Para quienes nacimos durante los primeros años de la dictadura, la adolescencia coincidió con el retorno de la democracia (de una democracia adolescente, por decirlo con elegancia). Fue entonces cuando llegaron o reaparecieron todos los libros: la literatura del exilio, la literatura latinoamericana y la literatura a secas. Leímos como pudimos, con ímpetu, sin horizontes definidos, sin miedo a la promiscuidad: Yukio Mishima fue nuestro Severo Sarduy, Macedonio Fernández fue nuestro Laurence Sterne, Paul Celan fue nuestro César Vallejo, Álvaro Mutis fue nuestro abuelito, Robert Creeley nuestro amigo mudo y Emily Dickinson nuestra primera polola. Y Borges fue nuestro Borges.

A decir verdad, una experiencia nada distinta a ese eclecticismo que uno sentía cuando era adolescente y en vez de leer el ABC del Boom se compraba esos libritos marrones de Oveja Negra donde llegaban desde Nabokov hasta el ilegible payaso de Henry Miller (may para el que replique). Por eso es más interesante lo que Zambra dice de su propia obra. Ahí sí que es lúcido el chileno:
En cuanto a mí, los libros que he escrito los imaginaba distintos. Pero yo no tengo mucha imaginación: tal vez tengo buena memoria o buena voluntad de memoria, o buena memoria involuntaria. Al escribir Bonsái o La vida privada de los árboles no sabía muy bien qué quería representar. Tal vez nada. Todo lo que puedo decir sobre esos libros es posterior a la escritura, y corresponde, más bien, a la primera y única vez que los leí ya terminados. En ambos libros obedecí al solo deseo de desplegar imágenes que me parecían válidas. Ahora pienso que al escribir esas novelas quería nombrar las vidas medianas y nada novelescas de quienes crecimos leyendo libros de color rojo, beige y café. Ahora pienso que deseaba, quizás, hablar de personajes que no quieren o que no pueden ser personajes, tal vez porque son chilenos. Quizás deseaba hablar de nuestro pobre pasado vegetal, de la impostura, de las frágiles nuevas familias, en fin, de la vida que, como dice John Ashbery, es "un libro cuya lectura alguien ha abandonado", y de la muerte, de los muertos ajenos y de los muertos propios. Pero tal vez me lo invento. Tal vez me proponía nada más que descubrir, para mí, una prosa pasable. Tal vez hablé de lo que hablé porque no quería o no podía hablar de otra cosa o de otra manera. Toda literatura es, finalmente, una falla. Toda literatura es personal y nacional. Toda literatura lucha contra sí misma, contra lo personal y contra lo nacional, porque, como escribe Henry Miller al comienzo de Black Spring, "lo que no está en medio de la calle es falso, derivado, es decir, literatura".

¿Se han dado cuenta de que Zambra menciona a Miller al final de su artículo? ¡Esto es una confabulación!

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Miller reeditado

8.24.2008
Henry Miller. Fuente: sci.muni.cz

Hace poco, dicté la primera clase de la Escuela de Literatura en la CCPUCP y me encontré con un joven que había llevado un libro, Nexus, de Henry Miller. Y no pude evitar pensar, sin decírselo, ¿es que todavía alguien lee a Henry Miller? La respuesta puede estar en esta noticia de "El Mundo". Edhasa acaba de reeditar Primavera negra:
Entre sus dos famosos trópicos literarios, justo a mediados de los años 30, Henry Miller escribió 'Primavera Negra', un título más o menos desconocido, que recientemente fue reeditado por Edhasa (...) Como buen trazado 'milleriano', en esta obra se aprecia un objeto retrospectivo y costumbrista. Se habla de la juventud neoyorkina del hijo de un sastre -como él-, en un barrio más bien pobre, rodeado de alemanes, judíos y polacos acogidos por la pujante América. La temática, que parece un suceder de personas, acaba adoptando la tristeza, la ternura y la manera conclusiva del capítulo de una autobiografía: "La fragmentación de la madurez. El gran cambio. En la juventud, éramos íntegros y el terror y el dolor del mundo nos penetraron por completo(...) Nos levantábamos por la mañana siendo unos seres, y por la noche, completamente ahogados, bajamos a un mar empuñando las estrellas y la fiebre del día". Los pormenores de 'Primavera Negra' se centran en el zoológico del barrio, con los ojos del chico de barrio, que adoraba los urinarios y que admiraba a los golfos problemáticos. El padre de Miller es uno de los centros de la obra, y aunque su familia no viene descrita con profusión, sí sus aledaños: "Los hombres que mi padre quería eran blandos y adorables. Todos y cada uno se desvanecieron como brillante estrellas ante el sol. Se apagaron tranquila y catastróficamente" (...) Entre páginas, asalta el borbotón de palabras, de especial sonoridad, que parece haberse inspirado en 'Hojas de hierba', de Walt Whitman, o 'Temporada en el infierno', de Arthur Rimbaud, y que ha permanecido como nuevo paradigma para muchos autores, entre otros, los beats. Y es que, con su obra, Miller ha hecho del adjetivo algo más maleable, más plástico, más desentendido del escrúpulo moral, más rabioso, y ha compuesto un nuevo canto de belleza, enfermedad y delirio profético: "Una bóveda de obscena angustia saturada de ángeles gusanos que cuelgan del útero caído de un cielo. En este último cuerpo de la ballena, el mundo entero se ha convertido en una pura llaga. Cuando la trompeta resuene de nuevo, será como apretar un botón: al caer el primer hombre arrastrará al siguiente, y éste a otro, y a otro, y así a lo largo de toda la fila, alrededor del mundo, desde Nueva York hasta Nagasaki, desde el Ártico hasta el Antártico".

Después de leer ese párrafo de ejemplo de los adjetivos millerianos, que me he permitido colocar en negrita, vuelvo a hacerme la pregunta con más ansiedad: ¿Es que realmente alguien puede leer aún a Henry Miller?

Actualización 26 de agosto.- Inusualmente, este inocente texto sobre Miller ha ocasionado una serie de comentarios abundantes que no serán pubicados porque ya ha y bastantes blogs dedicados a que los imbéciles lancen sus flatulencias sin moderación. Lo lamento y por favor no insistir.

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Acuarelas de Miller

6.13.2008
Acuarela sin título firmada por Henry Miller. Fuente: personalcollection

Los que han leído Big Sur o las naranjas de Jeronimus Bosch, de Henry Miller, sabrán que Miller siempre estuvo interesado en la pintura, en especial en la técnica de la acuarela. Hay varios sites y museos reales (en Japón existe uno muy importante y hay muchos fanáticos del Miller pintor que incluso, creo, desconocen al narrador) donde se exponen los cuadros del autor de Trópico de Cáncer. Y también hay muestras itinerantes. Una de ellas, titulada Transmutaciones, acaba de llegar a México y así lo cuenta Milenio:
Pianista amateur, el escritor neoyorquino tuvo una faceta poco conocida, aun cuando la desarrolló con fruición en la última etapa de su vida: la de artista plástico, algunas de cuyas obras forman parte de la exposición Transmutaciones, albergada por la sala Leopoldo Méndez de la Galería del Sur de la Unidad Xochimilco de la Universidad Autónoma Metropolitana. El escritor Andrés de Luna, coordinador de la muestra, cuenta que las 27 litografías y serigrafías, procedentes de colecciones privadas de Japón, iban a presentarse en una edición pasada del Festival Internacional Cervantino, pero la misma sorpresa que causa conocer a Miller como artista plástico propició que hasta ahora se difundan las obras, que se exhiben por vez primera en México. “Miller no sólo fue uno de los escritores más importantes del siglo XX, sino también un grandísimo artista que hay que conocer y apreciar. Lo más interesante es que es como la parte complementaria: si en sus libros es muy crudo, su lenguaje, sus formas, la manera de ver al mundo, en la parte plástica hay una especie de reconquista de la inocencia perdida: es un trabajo bellísimo, casi ingenuo, pero con una muy buena idea técnica: no sólo es un muy buen concepto, sino que su realización es excelente”, explica (...) Las piezas de la exposición son propiedad de los coleccionistas japoneses Tamako Shimizu y Kunio Akachi, en cuyo país se valoraron mucho los grabados realizados por Miller, de ahí que los grandes coleccionistas de este trabajo sean de aquella nación, lo cual se debió al nexo creado porque su última esposa era japonesa, y eso casi lo obligó a ver al grabado japonés.“En la vejez se refugió mucho en las artes plásticas. Desde que tenía 50 años se concentró en la idea de plasmar todas sus emociones y no sólo a través de la escritura. Con motivo de sus 80 años de edad escribió un texto en el que uno encuentra la vitalidad de un hombre que no se rinde ante la edad, que forma parte de un mundo erotizado en el mejor sentido de la creación, no sólo en la alcoba, sino también en la creación, en el estudio.”

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