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Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Zambra, boom y bonsai

Bonsai para móviles. Una opción que no se le ocurrió a Zambra. Fuente: lacuevadelbrujo

Que a Alejandro Zambra el Boom fue una resonancia que sonó lejos de su barrio, donde solo se le permitía la entrada a George Perec por lo visto, es algo obvio luego de la elección de los 10 libros que le cambiaron la vida. Pero si eso no bastara, nos dejó en "Babelia" un comentario sobre su relación con los autores del Boom. Vamos a ver cómo trata a sus abuelitos:
Mi generación creció creyendo que la literatura chilena era de color café, y que no había algo así como una literatura latinoamericana. Por eso siento tan lejana la experiencia del boom. Una de las mejores novelas que he leído es El coronel no tiene quien le escriba y una de las peores sin duda es Memoria de mis putas tristes. Pero discutir sobre el boom sería, para mí, tan estimulante como debatir si el conceptismo o el culteranismo. Para quienes nacimos durante los primeros años de la dictadura, la adolescencia coincidió con el retorno de la democracia (de una democracia adolescente, por decirlo con elegancia). Fue entonces cuando llegaron o reaparecieron todos los libros: la literatura del exilio, la literatura latinoamericana y la literatura a secas. Leímos como pudimos, con ímpetu, sin horizontes definidos, sin miedo a la promiscuidad: Yukio Mishima fue nuestro Severo Sarduy, Macedonio Fernández fue nuestro Laurence Sterne, Paul Celan fue nuestro César Vallejo, Álvaro Mutis fue nuestro abuelito, Robert Creeley nuestro amigo mudo y Emily Dickinson nuestra primera polola. Y Borges fue nuestro Borges.

A decir verdad, una experiencia nada distinta a ese eclecticismo que uno sentía cuando era adolescente y en vez de leer el ABC del Boom se compraba esos libritos marrones de Oveja Negra donde llegaban desde Nabokov hasta el ilegible payaso de Henry Miller (may para el que replique). Por eso es más interesante lo que Zambra dice de su propia obra. Ahí sí que es lúcido el chileno:
En cuanto a mí, los libros que he escrito los imaginaba distintos. Pero yo no tengo mucha imaginación: tal vez tengo buena memoria o buena voluntad de memoria, o buena memoria involuntaria. Al escribir Bonsái o La vida privada de los árboles no sabía muy bien qué quería representar. Tal vez nada. Todo lo que puedo decir sobre esos libros es posterior a la escritura, y corresponde, más bien, a la primera y única vez que los leí ya terminados. En ambos libros obedecí al solo deseo de desplegar imágenes que me parecían válidas. Ahora pienso que al escribir esas novelas quería nombrar las vidas medianas y nada novelescas de quienes crecimos leyendo libros de color rojo, beige y café. Ahora pienso que deseaba, quizás, hablar de personajes que no quieren o que no pueden ser personajes, tal vez porque son chilenos. Quizás deseaba hablar de nuestro pobre pasado vegetal, de la impostura, de las frágiles nuevas familias, en fin, de la vida que, como dice John Ashbery, es "un libro cuya lectura alguien ha abandonado", y de la muerte, de los muertos ajenos y de los muertos propios. Pero tal vez me lo invento. Tal vez me proponía nada más que descubrir, para mí, una prosa pasable. Tal vez hablé de lo que hablé porque no quería o no podía hablar de otra cosa o de otra manera. Toda literatura es, finalmente, una falla. Toda literatura es personal y nacional. Toda literatura lucha contra sí misma, contra lo personal y contra lo nacional, porque, como escribe Henry Miller al comienzo de Black Spring, "lo que no está en medio de la calle es falso, derivado, es decir, literatura".

¿Se han dado cuenta de que Zambra menciona a Miller al final de su artículo? ¡Esto es una confabulación!

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4:57 p.m.

Y bonsai empieza así, dice al final del primer párrafo: "el resto es literatura". Lindos libros hace el chileno. Y se aburre en las conferencias de crítica literaria.    



7:11 p.m.

Miller, jaja. ¿Acaso no será que hay quienes aún lo leen y no lo aceptan?    



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