MOLESKINE ® LITERARIO

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El caso Di Nucci (III)

6.03.2007
Carmen Laforet, autora de Nada, y extraño renacimiento porteño gracias al affaire Di Nucci. Fuente: ucm.es

Leo en el blog de Daniel Link que Sergio Di Nucci, bajo el seudónimo Bruno Morales con que publicó su novela Bolivia Construcciones, ha escrito en Radar un texto llamado "Cómo escribí algunos libros míos" donde justifica el uso de Nada, de Carmen Laforet, y dice que su novela era para él sólo un medio de conseguir dinero para los migrantes bolivianos.

Dice así Di Nucci: "Comprendí que para sostener la ilusión de ese pasaje casi final, que serviría de contraste, debía crear un marco. Y que convenía elegir como referencia un texto casi obligatorio en español, de estilo llano, con infinitas ediciones, que aun el narrador protagonista pudiera llegar a leer. Un clásico que contara, además, con el encanto de la distancia. Nada (1944), de la católica Carmen Laforet, se impuso por esos y otros motivos (...) Adecuar su vida al libro que lo contaminó no ha sido posible: es esencialmente ajeno. Todo efecto de extrañeza se habría anulado si las pistas fueran fáciles, o si la intervención de Nada fuera prenunciada. Las pistas sólo valen para un lector que ya conoce Nada, no para otro. En el siglo XVIII, los novelistas filosóficos hacían que un piel roja visitara Europa para poder criticarla sin riesgo. En Bolivia Construcciones, la voz del narrador boliviano podría pasar por la única verdadera en un mundo de imposturas argentinas. También ésta revela ser una ilusión perdida cuando el lector descubre la evocación".

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El caso Di Nucci (II)

Carátula de la novela cuestionada, aún con el fajín del premio. Fuente: Revista Noticias

El caso Di Nucci trajo, desde luego, varias opiniones encontradas en periódicos y blogs argentinos. Uno de esos medios, el que hizo un seguimiento del caso, fue el estupendo blog de Daniel Link, Linkillo, quien publicó una carta de apoyo de un grupo de catedráticos, la que se dio en llamar “La carta de Puán”; unos ejemplos del plagio (o la intertextualidad, si quieren) donde un peruano curiosamente paga pato; la publicación de diversas opiniones y artículos al respecto (uno muy bueno de Veintitrés, donde entrevista a varios autores argentinos como Ana María Shua y Federico Andahazi, luego complicado también en un tema parecido); y finalmente un texto del mismo Linkillo, donde deja en claro su posición. Dice:

“(…) leyendo los argumentos esgrimidos por los comentaristas del caso, puedo, sin embargo, manifestar mi sorpresa ante las sólidas convicciones que sobre el robo y el plagio ostentan la mayoría de los lectores, sin siquiera dudar por un instante de nociones que se corresponden (siempre, siempre) con un formación cultural (ideológica, económica, y si se quiere ser un poco arcaico, económica) determinada: lo que llamamos capitalismo en su forma actual. (…) Yo no leí Bolivia construcciones ni la novela de Carmen Laforet. No puedo, pues, analizar esos textos ni saber qué agrega o quita cada párrafo. Pero me preocupa que se ataque tan injustificadamente a quienes firmaron la "Carta de Puán" (hermoso nombre) sin considerar lo que en el fondo se discute: concepciones de lo literario. ¿Que la literatura no puede ni debe ser eso? ¿Quién lo dice? ¿En qué se fundamenta? Y si los argumentos se desarrollaran con todo el rigor que merece, y dado que la literatura está hecha de frases (y no de cosas que pasan), ¿no habría que condenar, también, toda sintaxis copiada, robada, transferida de un texto a otro? Y ahí los quiero ver, detectando puntuaciones déjà fair (…) Si yo lamenté que Di Nucci no hubiera dedicado su novela a Nada (por ejemplo), no fue porque ese gesto módico le agregara legitimidad adicional a una operación posible, sino porque de ese modo hubiera podido tapar la boca soez de los esbirros del coyright. Tenía razón, naturalmente, Josefina Ludmer: Bolivia construcciones es un ejemplo de lo que ya deberíamos llamar postliteratura. Bolivia construcciones nos obliga a pensar en la literatura en nuevos términos. ¿Hay felicidad mayor?

Por cierto, en un comentario a uno de los numerosos post que dedicó al tema, Daniel Link se muestra menos teórico, más ideológico, como si el acto de venderles "gato por liebre" fuera una venganza, dado que la novela trata de obreros maltratados bolivianos en Argentina, y Di Nucci un Robin Hood literario al decidir (antes de conocerse la acusación, por cierto) que donaba el dinero del premio a una asociación de migrantes bolivianos en Argentina:

Descreditada la literatura como esfera de actuación separada del mundo, habría que entender la "Operación Di Nucci" como una expropiación revolucionaria: sacarle unos dineros al grupo La Nación para dárselos a una asociación de migrantes bolivianos (...) no me lo tomo en joda, muy por el contrario. Lo que mueve a risa son los "grandes premios literarios".

Desde la esquina opuesta, la crítica literaria Elsa Drucaroff, citada por Mario Libertella en su artículo en Radar, declaró lo siguiente con respecto sobre la diferencia ética que hay entre la intertextualidad y el plagio:
“La intertextualidad es una dimensión inevitable y fascinante en la literatura y sin duda plantea interesantísimos problemas a la concepción literaria del autor, pero eso lo discutimos en el terreno de la teoría literaria. Cuando alguien copia más de 30 páginas de una novela ajena y encima les borra toda marca que denuncie que allí hay una voz ajena, antes que discutirlo en términos de teoría literaria hay que defender a quien trabajó para crear esas páginas robadas. Si el producto armado con el robo es genial o no, estamos ante otro problema. Para dar un ejemplo terrible y extremo: no me importa la calidad estética de las obras hechas por los nazis con piel humana. El trabajo ajeno merece respeto y solidaridad, usar argumentos de izquierda para negarlo revela profunda ignorancia sobre el corpus teórico marxista y se pone al servicio de la justificación de la expropiación del trabajo, es decir de la burguesía. Y usar teoría literaria para justificar un robo es parte de un menemismo seguramente inconsciente, que se ha vuelto tristemente natural. Contra esa naturalización reaccioné, contra la aceptación pasiva de cualquier uso cínico de la teoría, si viene vestida de jerga francesa o glamorosa, jerga que pertenece a un fascinante aparato crítico, malversado en la justificación de cosas así"

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El caso Di Nucci (I)

Sergio Di Nucci, en el ojo de la tormenta. Foto: Revista Noticias

No, no se trata del título de una nueva novela negra. Se trata de dos sonados casos de supuestos plagios que sucedieron en Argentina hace unos meses. Uno de ellos involucró a Federico Andahazi, ganador del Planeta 2006 como comenté en una nota anterior. Los familiares de un dramaturgo desconocido denunciaron que Andahazi había copiado el argumento Los conquistadores de una obra de teatro de su padre. El autor premiado dijo que nunca había leído esa obra y la cosa no pasó a mayores. La otra acusación fue más compleja, más interesante, y tuvo más consecuencias. Se trata del premio La Nación-Sudamericana que consiguió el argentino Sergio Di Nucci con Bolivia Construcciones (fue publicada bajo el seudónimo Bruno Morales). Luego de unas semanas, un chico de 19 años descubrió que la novela tendría párrafos ligeramente modificados de un clásico catalán: Nada, de Carmen Laforet. Al principio se suponía que eran 30 páginas, pero luego se redujeron a 15 párrafos por ahí y por allá. Como sea, el jurado (Carlos Fuentes, Tomás Eloy Martínez, Griselda Gambaro, Luis Chitarroni y Hugo Beccacece) deliberó nuevamente y revocó el fallo, quitándole el premio a Di Nucci bajo la siguiente consideración:

Bien sabemos que las distancias entre texto ajeno y propio, entre copia y originalidad, son muy difusas, y que incluso cierta crítica especializada ha borrado esas distancias. Las discusiones al respecto podrían ser infinitas. Sin embargo, la manera en que se efectúa la apropiación es la que determina su validez dentro del discurso literario. En el caso de Bolivia Construcciones, los fragmentos de Nada, incluidos con mínimos retoques, no significan una reescritura. La novela avanza, las situaciones siguen porque Carmen Laforet las aporta. La ética de un escritor, su honestidad intelectual, consiste en adjudicar a quien corresponda lo que no es fruto de su propio trabajo

Sergio Di Nucci (quien antes de conocerse el tema había cedido los 19,000 dólares del premio a la Asociación Deportiva Altiplano) trató de defenderse de una manera tan torpe que lo único que hizo fue quedar al descubierto:

"Desde la primera entrevista con LA NACION hablé de la reescritura como un principio constructivo de la novela, que por algo se llama Bolivia Construcciones. (…) Con sólo introducir una única modificación un mismo texto cuenta otra historia. Nunca quise perjudicar a Carmen Laforet. Por el contrario, quise que Nada , la novela de ella, tuviera más lectores y no menos. Nada es una novela clásica que se enseña a los chicos en el secundario. Quise que Nada se reconociera en Bolivia Construcciones. Es decir, se quiso mostrar a Nada, no se la quiso ocultar, lo cual hubiera sido muy fácil. Se quiso señalar a esta otra novela, no ocultarla, se la quiso homenajear, no cancelarla. Esto de la reescritura de Nada se hace en música con el sampleo, o en artes plásticas, como lo que hizo Warhol con La última cena"

Cabe anotar que en ningún lugar de la novela aparece alguna referencia a Nada ni a su autora Laforet ¿Cómo pretendía homenajearla? En el suplemento Radar, Mario Libertella hace un buen resumen del caso. La pregunta queda resonando en ese artículo es: ¿Cuándo termina la intertextualidad y comienza el plagio? Un tema largamente tratado en la crítica literaria y artística que no será resuelto ahora, y que atañe no sólo a la ética profesional sino a consideraciones sobre la naturaleza de la obra artística. En este caso en particular, sin embargo, Libertella sí hace un alcance muy interesante y pocas veces atendido: ¿qué sucede, o cuánto se modifican los conceptos de plagio o intertextualidad, cuando estas acusaciones son hechas contra novelas premiadas? Libertella pone así el dedo en la llaga:

“¿Por qué las acusaciones de plagio en lo que va del año –casos Di Nucci y Andahazi– recayeron sobre obras premiadas? ¿Una obra premiada, con todo su aparato atrás, se lee desde otro registro que una obra no premiada o que una edición de autor? En una de las intervenciones de Jorge Panesi en los debates en cuestión, escribió: “La acusación de plagio implica cuestionar toda la literatura moderna. Además, la literatura es el territorio del robo, todos roban, todo aquel que escribe roba, la literatura implica la suspensión de la moral. Esto cambia cuando está la ley de por medio. Y un jurado, un premio y el dinero son las representaciones de la ley en la institución literaria. En un certamen de esa naturaleza entran en consideración cuestiones económicas, éticas e institucionales. Creo que el jurado está compuesto por lectores de primera línea. De cualquier modo, cuando leyeron y premiaron Bolivia Construcciones por primera vez, leyeron la novela como literatura. Cuando la leyeron por segunda vez, la leyeron desde lo institucional, desde el punto de vista económico, del qué dirán. Hay dos lecturas, ¿con cuál se queda el público? ¿Con la primera o con la segunda?”


Buena pregunta, ¿verdad?

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