MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Seis hipótesis sobre el "tú"

2.18.2010
Fuente: revista ñ

En el suplemento Ñ de Clarín, Gabriela Saidon ha descubierto en una serie de novelas actualmente en librerías (desde Más liviano que el aire, de Federico Jeanmaire, hasta Las benévolas de Jonhatan Litell u Ovejas feroces de Lange Muller), además de una cantidad de referentes realmentes estimulantes, el uso de la segunda persona. ¿Por qué? Ella elabora seis hipótesis al respecto. Vale la pena tenerlas en cuenta para cuando uno decida usar el tú a la hora de contar (PD.- he usado la segunda persona alguna vez en un relato, pero no me acomoda, lo confieso, me quedo con el egocéntrico "yo"):

Primera hipótesis (y su negación): la segunda persona vendría a reac­cionar contra la tan visitada "litera­tura del yo" o "autoficción", incor­porando a otro cercano con el que dialogar, al que contarle la histo­ria, a quien apelar, representación de esa otra ausencia: el lector. O, por el contrario, las ficciones del tú no son sino una derivación de aquellas ficciones del yo.

Segunda hipótesis: la segunda persona es la mejor elección cuan­do se trata de seguir la perspectiva de un chico, o de un adolescente. En "Conejo" ( Las otras puertas , 1962), cuento de Abelardo Casti­llo, un chico abandonado por su madre "se las agarra con" su pe­luche en un monólogo modelo. Hablando de J. D. Salinger, El cazador oculto (1951) apela a la segunda persona del lector ("Si en realidad quieres escucharlo, lo primero que querrás saber es dónde nací y cómo fue mi jodida niñez..."; también fue traducido en segunda del plural). La apela­ción es intencional: una novela iniciática en grado sumo necesita acercar lo más posible a ese nue­vo público adolescente, buscando un lector cómplice, de códigos comunes.

Tercera hipótesis: del lado de afuera de la literatura, pero cer­ca del mundo femenino, Buenos Aires se está llenando de casas de ropa que usan como marca la segunda persona: Cómo quieres que te quiera; Agarrate Catalina; Decime tortuga; Haceme tuya; Cuando te conocí; Te conozco Margarita; Lo que tú digas; Me importas tú; Palito bombón, ves­tite y andate; Ponte guapa, y así (algo de encajes y puntillas tendrá la segunda persona).

Cuarta hipótesis: la segun­da persona no es uniforme pero siempre es inclusiva, implica y contiene necesariamente a la pri­mera y la tercera. O dicho de otra manera: no hay dos sin tres. El mismo procedimiento de Meradi y de Forn (un tú que "ca­mufla" a un yo) utiliza Matías Ca­pelli (Buenos Aires, 1982) en su relato (o capítulo) "Sólo estás san­grando", de su libro Frío en Alaska (Eterna Cadencia). Y al contrario, en el cuento "Ser otro", que cie­rra su libro Mármara (Alfaguara), Inés Fernández Moreno (Buenos Aires, 1947) utiliza el recurso de un "usted" lector o interlocutor que se "traga" la historia que le cuenta un narrador-guía. Pero las nuevas ficciones del tú no sólo se producen en la Argen­tina, no son generacionales ni de género. En Alemania, donde los escritores vienen anunciando una salida estratégica de la literatura del yo, de la escritora Katja Lange-Müller (1951, Berlín Oriental), aca­ba de publicarse Ovejas feroces , la historia de un amor "autodestruc­tivo" de los 80, entre Soja y Harry, una mujer de 39 años y un adicto en proceso de supuesta recupera­ción, en la que "tú" es él, el otro, el ex, el amor que fue.

Quinta hipótesis : la narrativa toma la segunda persona en préstamo de la lírica (la gran mayoría de la poesía amorosa: amor se dice en segunda persona), las canciones, algunos rezos. Podríamos llenar miles de páginas con ejemplos. Pero hay uno en particular que "ilustra" estos conceptos. Es el comienzo del Canto a mí mismo , de Walt Whitman: "Me celebro y me canto a mí mismo / Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti". Y uno de los fragmentos más bellos de la literatura de todos los tiempos: hacia el final de Romeo y Julieta (William Shakespeare), el monólogo de Romeo frente al cuerpo de Julieta narcotizada. Aquí deberíamos hacer un mí­nimo recorrido por aquellos clási­cos del tú. Los 60 alentaron el uso de la segunda persona, tendencia que se instaló en esa década en Latinoamérica. Diez años des­pués del paradigmático y conta­gioso La modificación (1957), de Michel Butor (21.35 horas de viaje en tren, París-Roma, en segunda persona del plural), otro francés experimentador y único, George Perec, publicaba Un hombre que duerme , con un lector-protagonis­ta.

Sexta hipótesis: las instruccio­nes, recetas y manuales son textos que usan la segunda per­sona pero en modo imperativo, así como los libros de autoayu­da. Géneros no literarios pero, una vez más, que ponen a esa persona, la segunda, en pri­mer plano. Tataranietos de ese famosísimo texto imperativo que son Los diez mandamien­tos . Tú o usted también es el modo en que curas y psicoana­listas se dirigen a sus fieles en el confesionario o sus pacien­tes en el diván. Entonces: mails, mensajes de texto, recetas, autoayuda, manuales de instrucciones, gi­ros de la oralidad, insultos, ne­gocios de moda, confesionarios y consultorios... las acciones de la segunda persona cotizan, y el contexto empapa, o se cuela en la literatura, y están aque­llos autores que pescan algo en el aire, algo que estuvo y ya no está: un amor, una ausen­cia, una evocación, la niñez, la adolescencia, en fin, algo que se fue para no volver.

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Lange-Muller reseñada

12.03.2009
Carátula de la edición alemana. Fuente: von bernd sperber

Una de las mejores escritoras alemanas, Katja Lange-Muller, tiene la inusitada fortuna de que la editorial Adriana Hidalgo se haya fijado en ella. O, más bien, somos los lectores los afortunados. Ahora, la editorial argentina acaba de editar una nueva novela suya, Ovejas feroces, y aparece reseñada en el ADN Cultura:

Basta recorrer con la mirada las primeras páginas de Ovejas feroces para respirar aliviado: el texto sale disparado en busca de la literatura. No hay aquí motivos ulteriores. No se trata de un potencial guión de cine, ni de un relato breve con injertos desmañados. De entrada, sabemos que hay una historia potente, que algo del orden de lo "necesario" impulsará la acción. Y aunque ese hecho sea tan banal como el recuerdo de un amor pasado, la urgencia apaña un misterioso móvil suplementario: la protagonista, de nombre Soja, acaba de encontrar un pequeño cuaderno de notas de Harry, quien fuera su pareja algunos años, antes y durante la reunificación alemana. Harry ya no existe, pero Soja descubre que el sucinto diario de su amante -89 oraciones sin cronología apuntadas durante el tiempo que compartieron- no contiene ni una sola referencia a ella. Nada. Ni su nombre, ni un vestigio de su existencia, ni la menor evidencia de su vida juntos. La narradora tomará entonces el camino del recuerdo de ese amor e irá reproduciendo, como hitos que demarcan el relato, esas 89 frases donde no se la menciona. [...] Esta novela de Lange-Müller es generosa y vital. Uno advierte la fruición del escritor que ha encontrado un contexto histórico y social que lo habilita a fundir la intimidad con lo que sucede más allá de la ventana del dormitorio de los amantes. La autora hace un exquisito uso de la anticipación, sin perder en ningún momento la escrupulosidad de no dejar cabos sueltos. La traducción es inteligente y sobria, guardándose los brillos -que la mejor literatura alemana siempre tiene- para los momentos adecuados. Y si bien la nostalgia es el destino inevitable de las novelas de amor, aquí la melodía del tiempo pasado nos llega con una sonrisa piadosa, que no se ahoga en el cinismo.

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Katja Lange-Muller

8.19.2007
Carátula de la novela en AH. Fuente: Adriana Hidalgo

Hace unos días, posteando sobre el Booker alemán, mencioné que la mayoría de nominados eran desconocidos. Pedí además que si alguien conocía a alguno, que pase la voz. Y ahora leo en Radar Libros que la gente de Adriana Hidalgo conocía muy bien a una de las nominadas: Katja Lange-Müller, de quien acaban de publicar una novela titulada Los últimos. La reseña es de Federico Kukso.

Dice la reseña: "Las primeras veces están sobrevaluadas. Con esa convicción en mente, y en esa clave, hay que leer (se sugiere leer) la pequeña pero gran novela Los últimos de la escritora alemana Katja Lange-Müller. Porque si bien no tiene nada en contra de los primeros besos, los primeros trabajos, los primeros amores, la autora se encarga de revalorizar las conclusiones, las clausuras: los retazos de una época que termina, lo que se apresta a desaparecer y un día, pues, desaparece. El epicentro de esta novela publicada originariamente en el año 2000 es la Berlín oriental de fines de los ’70 (aquella que vivía con el aliento soviético sobre la nuca) y el centro de gravedad pivotea entre la imprenta de Udo Posbichs y el bar Waldschänke, donde los trabajadores apaciguan sus penas y frustraciones entre cervezas y leberwürst. Tragedias no les faltan, porque al fin y al cabo Lange-Müller (exponente del reciente boom literario alemán) no escatimó recursos literarios para construir, con descripciones condensadas pero con una fuerza atropelladora, personajes grises (como el hormigón de los edificios de la RDA) y trágicos como cualquier alemán, cuyas vidas fluyen rutinariamente entre páginas, tinta, galeras y composiciones. Así vive la protagonista de nombre desconocido (apodada simplemente "Muñequita"), tipógrafa, zurda y con una autoestima por el suelo ("tengo ojos pequeños como ojalitos, muy separados en el aniñado, cuando no ingenuo, redondo, chato rostro, del que cuelga tristemente una nariz larga y carnosa"); Fritz, el linotipista duro; Willi, el compositor intoxicado de plomo; Manfred, el extraño impresor que escucha voces de sus dos prensas y Udo Pobischs, el jefe-empresario, que un día desaparece (y la policía cierra la imprenta) y desata más que conflictos externos, dilemas internos, psicológicos en todos los demás".

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