MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Prohibido admirar

3.02.2010
Crucifixión de Messina. Fuente: crucifixión

La apurada versión de John Berger. Fuente: revista Ñ

John Berger no es solo un excelente escritor sino también un gran pintor, conocedor además de teorías y conceptos pictóricos que literalmemente "tiñen" su obra a través de imágenes, descripciones o reflexiones. Uno esperaría que un hombre de su talla intelectual no debería tener problemas con los "guachimanes" (léase guardias, vigilantes celadores o lo que quieran) de los museos. Pero no. No hay nada peor que intentar interactuar con los museos clásicos llenos de cartelintos que prohiben fotografíar, beber o comer. Y reproducir. Esto es lo que le pasó a Berger -en sus propias palabras- visitando The National Gallery de Londres.

Estaba en Londres el Viernes Santo de 2008. Temprano por la mañana decidí ir a la National Gallery a ver la "Crucifixión" de Antonello da Messina. Es la pintura más solitaria que conozco de esa escena, la menos alegórica. En el trabajo de Antonello –y hay menos de cuarenta pinturas que se le atribuyen sin discusión alguna– hay un especial sentido siciliano de presencia que es desmedido, que rechaza toda moderación o autoprotección. Se puede escuchar lo mismo en estas palabras que dijo un pescador de la costa cercana a Palermo y que Danilo Dolci registró hace unas décadas."Hay veces que veo las estrellas por la noche, sobre todo cuando salimos a buscar anguilas, y me pongo a pensar. '¿El mundo es en verdad real?' No puedo creerlo. Si hay calma, puedo creer en Jesús. Si alguien insulta a Jesucristo, lo mato. Pero hay veces que no creo, ni siquiera en Dios. 'Si es cierto que Dios existe, ¿por qué no me da un respiro y un trabajo?'" [...]

Encuentro la "Crucifixión" de Antonello con facilidad, colgada al nivel de los ojos, a la izquierda de la entrada a la sala. Lo que resulta tan notable de las cabezas y los cuerpos que pintó no es sólo su solidez, sino la forma en que el espacio pintado circundante ejerce presión sobre ellos y la manera en que éstos luego resisten esa presión. Es esa resistencia lo que les da una presencia tan concreta e indiscutible. Después de mirar un largo rato, decido tratar de dibujar sólo la figura de Cristo. Algo a la derecha de la pintura, cerca de la entrada, hay una silla. La hay en toda sala de exposición, y es para los vigilantes oficiales de la galería, que observan a los visitantes, les advierten si se acercan demasiado a una pintura y contestan preguntas. [...] Los vigilantes siempre tienen dos o tres salas a su cargo, por lo que van de una a otra. La silla junto a la "Crucifixión" por el momento está vacía. Después de sacar mi cuaderno, una lapicera y un pañuelo, coloco con cuidado mi mochila sobre la silla. Empiezo a dibujar. Corrijo error tras error. Algunos triviales. Otros no. La cuestión más importante es la escala de la cruz en la página. Si eso no está bien, el espacio circundante no ejercerá presión alguna y no habrá resistencia. Dibujo con tinta y me humedezco el dedo índice con saliva. Mal comienzo. Doy vuelta la página y empiezo de nuevo.No voy a cometer el mismo error otra vez. Cometeré otros, por supuesto. Dibujo, corrijo, dibujo. Antonello pintó en total cuatro Crucifixiones. La escena a la que más volvió, sin embargo, fue a la de Ecce Homo, donde Cristo, liberado por Poncio Pilatos, se ve expuesto a las burlas y oye a los sumos sacerdotes judíos pedir su crucifixión. Pintó seis versiones, todas ellas retratos de la cabeza de Cristo sufriente. Tanto el rostro como su pintura son firmes. La misma tradición lúcida siciliana de poner a prueba las cosas sin sentimentalismo ni complacencia.¿El bolso que está en la silla es suyo? Miro a un lado. Un guardia de seguridad armado mira con severidad y señala la silla. Sí, es mío. ¡No es su silla! Lo sé. Puse el bolso ahí porque no había nadie sentado. Lo retiraré de inmediato. Levanto el bolso, doy un paso a la izquierda hacia la pintura, me pongo el bolso entre los pies, en el piso, y vuelvo a mirar mi dibujo. Su bolso no puede estar en el piso. Puede revisarlo. Aquí está la billetera y estas son cosas para dibujar, nada más. Abro el bolso. El guardia se da vuelta. Dejo el bolso en el suelo y empiezo a dibujar otra vez. A pesar de su solidez, el cuerpo que está en la cruz es muy delgado. Más delgado de lo que se puede imaginar antes de dibujarlo. Se lo advierto. Ese bolso no puede seguir en el piso. Vine a dibujar esta pintura porque es Viernes Santo. Está prohibido. Sigo dibujando. Si insiste, dice el guardia de seguridad, llamaré al supervisor. Levanto el dibujo para que pueda verlo. Tiene cuarenta y tantos años. Macizo. De ojos chicos, u ojos que achica al adelantar la cabeza. Diez minutos, digo, y termino. Llamaré al supervisor ya mismo, dice. Escuche, contesto, si hay que llamar, llamemos a alguien del personal de la galería, y con un poco de suerte van a explicar que no hay problema. El personal de la galería no tiene nada que ver con nosotros, dice entre dientes. Somos independientes y nos ocupamos de la seguridad. ¡Seguridad, las pelotas! Pero no lo digo. Empieza a pasearse lentamente de un lado a otro, como un centinela. Yo dibujo. Ahora estoy dibujando los pies. Cuento hasta seis, dice, y luego llamo. Se acerca el celular a la boca. ¡Uno! Me lamo el dedo para hacer el gris. ¡Dos! Corro la tinta sobre el papel con el dedo para marcar el hueco oscuro de una mano. ¡Tres! La otra mano. ¡Cuatro! Avanza hacia mí. ¡Cinco! Póngase el bolso al hombro. Le explico que, dado el tamaño del cuaderno de dibujo, si hago eso no podré dibujar.¡ El bolso al hombro! Lo levanta y lo sostiene ante mis ojos. Cierro la lapicera, tomo el bolso y digo mierda en voz alta. ¡Mierda! Abre los ojos y mueve la cabeza sonriendo. Lenguaje obsceno en un lugar público, anuncia, nada menos. Vendrá el supervisor. Distendido, da lentas vueltas por la sala.Dejo caer el bolso al suelo, saco la lapicera y echo otra mirada al dibujo. La tierra tiene que estar ahí para limitar el cielo. Con unos pocos toques indico la tierra. En una "Anunciación" que pintó Antonello, la virgen está de pie ante un estante en el que hay una biblia abierta. No hay ángel. Un retrato de la cabeza y los hombros de María. Los dedos de las dos manos colocados sobre el corazón están abiertos como las páginas del libro profético. La profecía pasa entre sus dedos. Cuando el supervisor llega, se para, brazos en jarra, más o menos detrás de mí, y anuncia: Abandonará la galería escoltado. Insultó a uno de mis hombres, que estaba haciendo su trabajo, y gritó palabras obscenas en una institución pública. Ahora va a caminar delante de nosotros hasta la salida principal. Supongo que sabe el camino. Me escoltan escaleras abajo hasta la plaza. Ahí me dejan, y suben con energía los escalones, ya cumplida la misión. Aquí está el dibujo.

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Egos revueltos

2.18.2010
Editores y agentes, cuidad a los caprichosos y frágiles escritores. Fuente: pixelada

En su libro de memorias Egos revueltos, además de contar historias de y con escritores, Juan Cruz trata de definir algunas de las labores no consideradas en el contrato de los editores (y los agentes literarios). Una de ellas, dice, es de asistentes (de las megaestrellas, porque a los que venden poco no les dan a veces ni los saludos navideños). Dice por ejemplo:

El editor como farmacia de guardia. Los editores son, sobre todo, acompañantes. Ésa es una de las tesis mayores de Egos revueltos. "El autor necesita auxilio, y aunque no lo pida, tú se lo has de dar; ser editor, además de conducir de la mejor manera posible las ideas que están detrás de los libros, es también ser farmacia de guardia, médico de guardia, estanco de guardia, dentista de guardia, periódico de guardia, comisaría de guardia y hasta salvavidas de guardia; al menos has de estar dispuesto a serlo". Las peticiones de un autor no admiten demora, ya necesite compañía para ir al baño (Borges) o para dormir (Cela), un dentista (John Berger), un oculista (Paul Bowles), un fisioterapeuta (Vargas Llosa, Azcona) o un helicóptero de madrugada (Carmen Balcells para sacar a Nélida Piñon de un atasco provocado por la nieve). Una novela de aventuras, vamos. A veces dictada por Kafka. Escrita a veces por Groucho Marx. O por Torrente Ballester, que en la presentación de Vigilia del almirante, de Roa Bastos, le dice a Juan Cruz por lo bajo antes de tomar la palabra: "Qué novela tan mala". A lo que el entonces editor responde: "Don Gonzalo, pero usted no lo diga".

Por mi parte, lo mejor que ha hecho un agente literario por mí fue llevarme a ver los bichitos de luz en la oscuridad el primer día de este año. Imposible olvidarlo. Jamás.

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John Berger en revista Ñ

7.19.2008
Muros. Fuente: cela

Un estupendo ensayo de John Berger aparece hoy en la Revista Ñ, del diario argentino Clarín, en forma exclusiva. El título es "Los nuevos muros de la prisión global" y menciona el modo en que, a pesar de que muchos muros han caído simbólica y concretamente (y otros se mantienen como viejos rezagos del siglo XX), nuevos muros se levantan con el fin de seguir convirtiéndonos en prisioneros incluso en el mundo global. Imperdible. Dice:
Estoy buscando las palabras para describir el período de la historia que vivimos. Decir que es sin precedente significa muy poco porque todas las épocas han sidosin precedente ¡desde que se descubrió la Historia! No estoy buscando una definición compleja del período que estamos atravesando –hay muchos pensadores, como Zygmunt Bauman, embarcados en esa tarea esencial. Lo que yo busco no pasa de ser una imagen figurativa que sirva como signo distintivo. Los signos distintivos no se explican totalmente a sí mismos pero ofrecen un punto de referencia susceptible de ser compartido. En eso se parecen a los supuestos tácitos contenidos en los dichos populares. Sin puntos de referencia, se corre el gran riesgo humano de dar vueltas en círculo. El signo distintivo que encontré es la prisión. Nada menos. A lo largo y a lo ancho del planeta, estamos viviendo en una prisión. Como el término "nosotros ", tanto impreso como pronunciado en las pantallas, se ha vuelto sospechoso desde que lo emplean continuamente quienes están en el poder en la afirmación demagógica de que también hablan en nombre de aquellos a los que se niega el poder, hablaremos de nosotros como "ellos ". "Ellos " están viviendo en una prisión. ¿Qué clase de prisión? ¿Cómo está construida?¿Dónde está?¿O sólo estoy usando la palabra como figura del discurso? No, no es una metáfora, el encarcelamiento es real, pero para describirlo debemos pensar históricamente. ¿Qué clase de prisión?

También menciona concretamente el mundo de las comunicaciones, donde podemos incluir los blogs, como mensajes codificados de un prisionero a otro:
Las autoridades se esfuerzan sistemáticamente al máximo por mantener a los compañeros de prisión desinformados acerca de lo que está pasando en otras partes de la prisión mundial. No adoctrinan, en el sentido agresivo de la palabra. El adoctrinamiento queda reservado para entrenar a la pequeña elite de responsables de las transacciones de compra y venta y los expertos en gestión y mercados. Para la masa de la población carcelaria el objetivo es no activarla, sino mantenerla en un estado de incertidumbre pasiva, recordarle sin remordimiento que en la vida no hay nada más que riesgo y que la tierra es un lugar inseguro. Esto se realiza gracias a una información cuidadosamente seleccionada, con desinformación, con comentarios, rumores, ficciones. Mientras la operación es exitosa, propone y mantiene una paradoja alucinante, pues engaña a una población carcelaria haciéndole creer que la prioridad para cada uno de ellos es tomar medidas destinadas a propia protección personal y adquirir de alguna manera, pese a estar encarcelados, su exención particular del destino común. La imagen de la humanidad, tal como la transmite esta visión del mundo, es una vez más sin precedente. La humanidad es presentada como cobarde; sólo los ganadores son valientes. Además, no hay dones; solamente hay premios. Los prisioneros siempre han encontrado una vuelta para comunicarse entre sí. En la prisión global actual el ciberespacio puede ser utilizado en contra de los intereses de quienes en un primer momento lo instalaron. De esa manera, los prisioneros se informan sobre lo que el mundo hace cada día y rastrean historias eliminadas del pasado y así se mantienen hombro a hombro con los muertos. Al hacerlo, redescubren pequeños dones, ejemplos de coraje, una rosa solitaria en una cocina donde la comida no alcanza, dolores indelebles, lo infatigable de las madres, la risa, la ayuda mutua, el silencio, la resistencia cada vez más amplia, el sacrificio voluntario, más risa. . . Los mensajes son breves, pero se extienden en la soledad de sus (nuestras) noches.

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