MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Caicedo en el Bafici

4.02.2009
Andrés Caicedo. Fuente: radarlibros

"¿Cómo alguien que acaba de comprar una heladera se suicida?" se preguntó ayer Luis Ospina en el Bafici, donde junto a Alberto Fuguet habló ayer en una mesa redonda sobre Andrés Caicedo. Albero Fuguet se encuentra promocionando el libro Mi cuerpo es una celda que le dedicó al escritor caleño (y que yo reseñé hace unos meses en este blog). El suicidio fue uno de los temas tocados:

Para Fuguet que enseguida recogió el guante da para pensar que "se le fue la mano" con los 60 seconales (el mismo final que eligieron, entre otros, Charles Boyer, Marilyn Monroe, Judy Garland y Alejandra Pizarnik) justo después de recomendar por carta, tal como aparece en el libro, que hiciera una crítica justa (buena) de Taxi Driver, del genial Scorsese, un película, que a priori es más inspiradora que depresiva. "Él sabía perfectamente que matarse iba colaborar a su mito y efectivamente lo logró. Si bien no era una estrella sí salió en un diario 'se suicidó un crítico de cine caleño'. El suicidio es parte de su obra, por eso iba dejando notas y así como a Luis Ospina le tocó recoger parte de su legado ahora me tocó a mí", insistía minutos antes Fuguet para justificar porqué hizo su "own private Caicedo". "Yo también quería saber por qué se mató, pero también sentía que Caicedo tenía que llegar a más gente, salir de su país, donde sólo era considerado como un rockero. Yo sentí que tenía que cumplir ese rol y a la larga es por agradecimiento, porque él contribuyó a hacer este mundo más fácil", se emociona un ahora emocionante autor de Sobredosis.

Por otra parte, también la moda Caicedo fue comentada en la mesa:

"A mí también me molesta esté de moda, pero yo lo había leído antes", se ufana Fuguet. "Es una etapa, y este tipo se merece la oportunidad de acceder a nuevos lectores. Esto -un documental, una conferencia y una charla casual sobre el autor- era impensable hasta hace poco tiempo incluso en Bogotá. Hace cinco años era un fenómeno exclusivo de Cali", se calma Fuguet (...) De una forma u otra la sala y el auditorio del Espacio Bafici estaba colmado de jóvenes que reafirmaban el mito de la iglesia caicedeana. No había tantos, como por ahí se dijo, lookeados como el rey muerto, como los que asquearon a Fuguet cuando los vio drogándose y añorándolo, besando su lápida en el cementero caleño donde Caicedo descansa. "Caicedo era joven y estaba embobado con los jóvenes. Era un chico de 24 años, un autor en proceso. Por eso creo que ¡Que viva la música! es más que nada para jóvenes, pero Mi cuerpo es una celda tiene la capacidad de alterarte tengas la edad que tengas", promete. (...) Entre el mito, el personaje, la pose cool y desafiante tomándose "el paquete", queda nada más que su prosa vertiginosa, apurada y abrupta, como sus textos. Queda también la última y celebratoria reflexión de Fuguet: "Que se presente un libro de él en el Bafici significa que Caicedo logró lo que siempre quiso lograr".

A propósito, en Radar Libro aparece el epílogo al libro de Norma dedicado por Fuguet a Caicedo. Es de lo mejor del libro, no pueden perdérselo.

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Fuguet, no Caicedo

2.09.2009
Lectura en Starbucks de Trujillo. Foto: moleskine

1.-
Primera confesión: En 1994, un amigo escritor colombiano que moriría unos meses después, autor de Opio en las nubes, me regaló en Barquisimeto su propio ejemplar de Que Viva la Música en la que, sospecho, era una primera edición. Fue un gesto de desprendimiento insólito motivado solo por una conversación en la que me declaré fan de los Rolling Stones. Leí la novela en Lima apenas regresé de aquel encuentro, y la encontré muy mala. Unos meses después, la vendí en un lote de libros viejos a un precio miserable ignorante de la celebridad que luego adquiriría Andrés Caicedo. Pese a ello, lo único que en realidad lamento es haberme desprendido de un objeto que le perteneció al bueno de Rafael Chaparro.

2.-
Segunda confesión: Apenas me enteré por internet de la aparición de Mi cuerpo era una celda (Norma) supe que era un libro que jamás leería. Las fotografías de Caicedo como hippie o como nerd me hartan -la edtorial Norma en Lima ha mandado hacer una ridícula publicidad con la silueta recortada de Caicedo cogiéndose los huevos-, su novela y sus cuentos me parecen malos, su actitud suicida es una mitología adolescente de la que ya tuve bastante con Luis Hernández (quien, a diferencia de Caicedo, por lo menos era un buen poeta). ¿Por qué tendría que leer, entonces, un libro dedicado a un autor que considero menor y sobrevalorado? Lo único que me tentaba era que el autor era Alberto Fuguet (amigo mío y a quien respeto como escritor) y la curiosidad del método de composición que Alberto había elegido -a manera de montaje a partir de la correspondencia y los artículos de Caicedo- para redactar el libro. Pero eso no era suficiente para comprarlo. Desde que dejé Vano Oficio ya no me regalan nada, así que debo pensar bien qué comprar y qué no. Y este libro era un no rotundo.

3.-
Tercera confesión: Nunca entendí aquella fascinación que tiene Alberto Fuguet por los personajes looser de la literatura. Por recomendación en su blog vi las dos temporadas de Californication y su ídolo-modelo de escritor, Hank Moody, me parece un completo imbécil (su ex esposa, en cambio, está muy guapa y salva la serie). Siempre he pensado que Alberto se defiende a puños cerrados contra lo "literario" porque, en el fondo, le teme. Probablemente, siente que en un mundo de lectores cultísimos y escritores virtuosos, él es un salvaje que no puede ni sabe competir. Es como si todo el tiempo estuviera esperando que Donoso lo eche de su taller por no haber leído a Dostoievski. Incluso su desprecio por la obra de ficción de los autores, que lo conduce a sobreestimar las obras de no-ficción de algunos, me parece sospechosa y sintomática de alguien que teme ser rechazado por el mundo (mucho más complejo y con reglas más imprecisas que el de los diarios personales y las correspondencias) de la poderosa ficción. A pesar de eso, Fuguet no sólo es un buen escritor de ficciones sino, además, una persona capaz de crear generaciones y lectores, como lo hizo con McOndo. Y ojo que no es fácil conseguirlo. Decenas de editores, escritores, prologuistas, agentes literarios y periodistas han intentado crear un grupo de escritores identificable y reconocible para promocionarlos, y no lo han logrado jamás. A Alberto le bastó una palabra, McOndo, para conseguirlo. Pese a ello, ese compulsivo comedor de sushi que es Alberto Fuguet desconfía de la literatura y prefiere meterse en un mundo definitivamente más competitivo, frívolo (y menos complejo por lo general) como es el del cine. Un mundo lleno de concesiones y donde un solitario escéptico, como él, debe lidiar con productores mezquinos y actores divos. Una contradicción aparente. Por eso no me llamó la atención que Fuguet finalmente escogiera como ídolo literario ("amigo imaginario" lo llama en el libro) a un escritor menos talentoso que él como Caicedo. Es el camino inverso al de Mario Vargas Llosa (ídolo literario de Caicedo y del mismo Fuguet, por cierto) quien le dedica años de investigación a obras auténticamente transgresoras, fundamentales y prometeicas como las de Víctor Hugo, Flaubert, Gabo u Onetti. Fuguet en cambio prefiere dedicarle su tiempo a autores cuya discreta obra no ha influido en nada al mundo literario al que Fuguet pertenece e influye, aún sin quererlo.

4.-
Cuarta confesión: Tenía calor en Trujillo. Una persona con la que debía encontrarme me falló, y otro amigo me dijo que lo esperase unas horas. Me metí en una librería y compré Mi cuerpo era una celda para leerlo, para más mcondianismo, en un Starbucks de aire acondicionado. ¿Por qué compré ese libro y no otro? Bueno, sí compré otros libros, pero de pronto pensé que sería bueno leer lo de Fuguet con todas las expecatativas en contra, y dejarlo olvidado en una mesa cuando mi amigo viniese a rescatarme. Sin embargo, el libro me atrajo. No ha logrado convencerme de que Caicedo es un buen escritor de 24 años (no es esa la intención del libro, además), y no comparto la opinión de Alberto de que sus críticas de cine o su correspondencia son más respetables que sus textos de ficción, pero hay algo en ese libro que rescata al personaje. Y es el método de composición. Curiosamente, lo que Fuguet ha descubierto es algo que jamás pretendió hacer: que la vida de cualquier sujeto puede resultar atractiva e incluso intensa cuando detrás de él hay un buen montaje. Este libro es lo más Puig que he leído en mi vida. Las cartas intrascendentes, las lamentaciones adolescentes en su páginas de diarios y las impresionistas críticas de cine empiezan a adquirir sentido al aparecer montadas una sobre otras, del mismo modo como las fotografías más anodinas de alguien podrían adquirir significado hasta épico si son filmadas por un director genial, con un soundtrack motivador y un montaje inteligente. No voy a decir que no me ha conmovido el personaje: aquel muchacho ingenuo que a los 21 años pretende vender un guión de cine en Los Angeles sin saber las reglas formales de cómo se hace un script; aquel chico edípico que le pide plata a su madre, que anda enamorado de sus hermanas, y le envía cartas llenas de temor al padre; el cinéfilo solitario y rabioso; el hippie nerd; el amante de la música que lo mismo cita a los Rolling Stones que a la Fania o a un bolero de Leo Marini; el bisexual reprimido, cuya ambiguedad sexual no es lascivia sino, al contrario, anafroditismo y soledad terminal; el enamorado de una casquivana que al final lo desprecia y lo cornea; y aquel que, antes de cumplir con su tantas veces anticipado suicidio, el mismo día que recibe los ejemplares de su novela, se da tiempo de escribir una carta llena de comentarios técnicos sobre películas a un amigo. Sí, es un buen personaje, pero en todo ese espectro el Andrés Caicedo escritor está muy por debajo de la línea, algo anecdótico casi. El empeño de Alberto Fuguet de convertirlo en el eslabón perdido entre el Boom y McOndo es fallido. Sin embargo, no lo es el convertirlo en un personaje real, complicado, entrañable, un ser humano lleno de contradicciones luminosas, de aquellos que parecen existir solo en las mejores ficciones y jamás en la realidad. En este libro, escrito con las palabras de otro, Alberto ha firmado algo más que un método de composición o un homenaje a un ídolo literario. Lo que ha hecho, en realidad, es escribir una de las más sensibles, sofisticadas e inteligentes obras de ficción escritas por los autores de su generación en los últimos años. Y Alberto ni se ha enterado.

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Fuguet en Bs As

11.11.2008
Alberto Fuguet cuando estuvo en Lima. Fuente: cinencuentro

Alberto Fuguet se encuentra en Buenos Aires para participar, junto a una decena de escritores latinomericanos, en el Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires (Filba). En Página12 aparece una entrevista a Alberto en la que se habla, sobre todo, del rol mediático del escritor, una obsesión de Fuguet (en sus ensayos, porque en sus películas o libros no aparece mucho ese tema me parece). Dice:
La vida es una película. Todo ahora es show. Pero insisto: no todos hacen show en la vida real ni en la red. Hay gente que se ve a sí misma como una cinta de arte o un documental de bajo presupuesto. Quizá todos sienten que desean ser parte de la red, del gran escenario, pero no todos creen que la vida es un programa de farándula. Supongo que publicar es mostrarse, exhibirse, sea en la red o en las librerías; pero otra cosa es hacer show, quilombo e inventarse un personaje. Yo al menos creo que la literatura tiene que ver con encontrar un modo de expresarte mejor de lo que te expresas en la vida.

También habla mucho de Andrés Caicedo, su nuevo ícono (o curioso alter-ego o hermano gemelo a la distancia de los años) los blogs y hasta se anima a decir quiénes tendrían ahora un blog:

Ahora publiqué un libro llamado Mi cuerpo es una celda, una suerte de autobiografía del escritor colombiano Andrés Caicedo, que se mató a los 25 años en 1977. El enviaba y enviaba cartas, casi a destinatarios desconocidos. Sin duda, Caicedo era un blogger, un tipo que necesitaba postear más de una vez al día. Todos aquellos escritores que tuvieron una gran correspondencia o tuvieron diarios son autores que hoy encontraríamos en la red. Desde Pizarnik a Pavese, todo aquel que siente que necesita comunicarse pero no sabe cómo, la red es un hogar.

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Andres Caicedo al teatro

10.29.2007
Andrés Caicedo. Fuente: fuguet blog

Lo confieso: no soy un lector de Andrés Caicedo. Lo leí hace más de una década gracias a un regalo de Rafael Chaparro (autor de Opio en las nubes y también fallecido tempranamente) en un Encuentro de Escritores en Barquisimeto. Me regaló entonces ¡Que viva la música!, un libro sumamente importante para la obra de Chaparro, y lo leí interesado pero aunque reconocí el talento no entré en su mundo. Luego, muchos años después, motivado por el entusiasmo de Alberto Fuguet -que debe ver a Caicedo como un precursor de su actituda McOnda y cinéfila-, intenté volver a los libros del colombiano ahora editado por Norma. Tampoco me enganché. Pero algunos lectores -como Fuguet o Chaparro- son fanáticos de Caicedo. O como Sandro Romero, un colombiano que ha dedicado parte de su vida a difundir la obra del escritor suicida y ahora está promoviendo una obra de teatro titulada, sin sutileza de ninguna clase, no la necesita, ¡Que viva Andrés Caicedo!

Dice la nota: "Teníamos muchas cosas en común", dice Sandro Romero para explicar por qué en estos 27 años desde la muerte de Caicedo ha dictado innumerables conferencias y ha montado piezas teatrales basadas en el autor de ¡Que viva la música! Además del montaje acaba de publicar el libro 'Andrés Caicedo o la muerte sin sosiego' y con él dice que pondrá fin a su trabajo sobre el caleño. "Claro que eso dije hace 20 años", asegura el dramaturgo. Al mediodía del 4 de marzo de 1977, Romero vio a Caicedo almorzando, en el emblemático restaurante Los Turcos, en Cali. A la distancia, nada indicaba que esa tarde el autor de Angelitos empantanados se tomaría una alta cantidad de pastillas de Seconal, con las que acabaría su vida, a los 25 años. Desde entonces, la carrera de Romero ha estado marcada por el desconcierto que le generó el inesperado deceso del hombre al que conoció vagamente en los cine clubes de Cali. Luego de la trágica noticia se presentó en la casa de la familia Caicedo y pidió permiso para hurgar el baúl donde reposaban algunos escritos del fallecido escritor, no sin antes aclarar que no cobraría un centavo.

Sobre la obra se informa: "Tres niños de la burguesía caleña, aparentemente inocentes, son los personajes de esta obra, que escenifica partes de algunos textos de Caicedo. En el montaje, son proyectadas imágenes de la única entrevista que se conserva del caleño y de 'Angelita y Miguel Ángel', su película inacabada. "'¡Que viva Andrés Caicedo!' es un recorrido por la música, la literatura, el cine y el teatro que apasionaba a este autor", dice Sandro Romero, director de la obra. Será presentada en Bogotá, el lunes a las 7 p.m., en la Casa del Teatro Nacional, y el martes, a las 7:30 p.m., en el Teatro Colón

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