MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Edwin Drood: misterio irresuelto

3.27.2009
Carátula de las primeras entregas del relato de Dickens. Fuente: fidnet.com

The Mystery of Edwin Drood el libro que Charles Dickens dejó sin terminar. "La única novela que Dickens no terminó fue la única entre todas las suyas que realmente necesitaba un final" dijo G.K. Chesterton, según comenta Rodrigo Fresán en esta nota en Página 12 sobre el best seller norteamericano Dan Simmons y su intento de relatar no el final sino el génesis de ese misterio sin resolver. Dice Fresán:

Drood es también, de aquí en más, el título de la voluminosa nueva obra del polimorfo y polifacético norteamericano Dan Simmons (Illinois, 1941). Narrador todoterreno y todo género quien –luego de El Terror, otro thriller imperial ocupándose de la desafortunada expedición al Polo Norte de Sir John Frankin, tragedia que vuelve a explorar lateralmente en Drood– no se propone aquí concluir lo inconcluso sino fantasear sobre su turbulenta génesis. Y todo arranca con el accidente de ferrocarril de 1865 al que sobrevivió de milagro el autor de David Copperfield y –todos sus biógrafos coinciden en ello– que lo cambió para siempre transformándolo en un hombre sombrío y atemorizado por fuerzas oscuras que no alcanzaba a comprender. Según Simmons, en la escena de la terrible catástrofe ferrocarrilera, Dickens –quien moriría exactamente cinco años después de la tragedia– conoce a una suerte de ser espectral, mezcla de Drácula con Moriarty y Jack, que se le presenta como Drood. Quien nos cuenta todo esto no es otro que Wilkie Collins: amigo y colega y autor de los clásicos La dama de blanco y La piedra lunar quien, desde el vamos, pone bien claro cuál es su rol en el asunto. Collins admira a Dickens, pero está un tanto cansado de ser un Salieri para su Amadeus. Y, para colmo, de pronto descubre que ahora tendrá que ser, también, un Watson siguiendo y obedeciendo las órdenes de un Dickens sherlockholmesiado y prisionero de la obsesión de averiguar quién es y qué quiere el misterioso Drood, acaso la avanzada de una misteriosa secta egipcia que pretende restaurar el orden de los faraones en la entonces enorme Gran Bretaña. Y el resultado es más bien curioso: Drood funciona como policial clásico, como biografía alternativa y como una virtual enciclopedia de la época girando en un vértigo caótico que consigue emular a la perfección, sí, los grandes aciertos de Dickens sin por eso olvidarse (de esto se mofa Collins en Drood, quien, con razón, se considera un mucho más riguroso arquitecto narrativo) de las adorables improbabilidades características de sus argumentos, sí, inequívocamente dickensianos. Así, Drood es homenaje, pastiche y –consciente o inconscientemente– estudio crítico más o menos subliminal. (...) finalmente –más allá de tantas persecuciones, muertes y revelaciones– lo más interesante de Drood pasa por el misterio casi íntimo de un Dickens infeliz y desesperanzado que intuye que le queda poco tiempo, que odia la idea de envejecer, que no quiere morir y que daría cualquier cosa por ser inmortal. Tal vez de ahí, la obvia solución al sencillo misterio: nunca alcances la última página de tu último libro.
Mejor dejarlos a todos en vilo. Para que no dejen de pensar en ti. Para que así te mantengan vivo para siempre mientras se preguntan cómo terminará todo esto, cómo habría terminado todo aquello.

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Dan Simmons por Rodrigo Fresán

2.18.2009
Una de las carátulas de las novelas de Simmons. Fuente: crucialaunt

Debo reconocer que esta reseña de Los cantos de Hyperión, de Dan Simmons, me ha dado risa, me ha parecido escrita no por Rodrigo Fresán sino por Sheldon Cooper, el divertido geek de la sit-com The Big Bang Theory. Soy un absoluto ignorante -pero no indiferente- del género de ciencia ficción, a pesar de algunas lecturas insuficientes y, muy propablemente, mal digeridas. Igual, la coloco aquí con la esperanza de que el lecto Daniel Salvo me saque de la ignorancia o, por lo menos, disfrute la reseña publicada en el ABCD Las Letras. Dice:

A la hora de lo icónico y estelar, para mí la figura del Alcaudón -esa suerte de golem metálico que custodia las Tumbas del Tiempo- está casi a la misma altura de aquel ominoso monolito negro en 2001: Odisea del espacio. Y claro: casi es aquí la palabra clave y capaz de contener en su brevedad millones de años luz de distancia entre un punto y otro. Pero me reafirmo: Los cantos de Hyperion hacen por la space opera lo que el filme de Kubrick por la space symphony, y ambas se elevan hasta los confines del universo, sólo habitados por los clásicos. De ahí que esta más que merecida reedición de luxe de Los cantos de Hyperion -que reúne en un solo volumen las novelas Hyperion (1989) y La caída de Hyperion (1990)- sea ocasión de regocijo. Muy superior a lo que en su momento hicieron Isaac «Fundación» Asimov y Frank «Dune» Herbert -y acaso tan solo superada por Gene Wolfe y su vasto ciclo de los tres soles-, la multipremiada Los cantos de Hyperion desafía toda posibilidad de sinopsis argumental. Suele ocurrir con lo mejor de la sci-fi: resumir equivale a perderse en una jungla de jerga y tecnicismos que suenan absurdos e infantiles fuera de contexto. (...) El más que versátil Simmons -no hay territorio que se le resista; lo último fue el monstruo ártico de El terror, lo nuevo es un thriller victoriano con Charles Dickens y Wilkie Collins de protagonistas titulado Drood- abandonó los conflictos galácticos para regresar en 1999, brevemente, con el relato hyperiónico «Orphans of the Helix», y a lo grande con el monumental díptico compuesto por Ilion (2003) y Olimpo (2005), donde androides fans de Homero escenifican en Marte la caída de Troya con ayuda de las memorias de Shakespeare, Proust y Nabokov.Todo muy bueno; pero todo sale de aquí, de Hyperion, y de la pasmosa habilidad de Simmons para ordenar y hacer apasionante la complejísima trama panorámica -narrando toda una época en la que la política se confunde con la religión- y revolucionando un género a la vez que lo respeta. No es fácil (hay que lamentarse por cómo falló ese noble intento de Neal Stephenson que es la reciente Anathem), pero Simmons lo consiguió, en dieciocho meses de trabajo, para ganar 25.000 dólares. Eran otros tiempos y otros precios. Mucho más costará la anunciada adaptación a la pantalla grande de Los cantos de Hyperion (aunque lo mejor sería que el proyecto aterrizara como miniserie en HBO o el Sci-Fi Channel). En cualquier caso, el que aquí gana es el lector. Ya se sabe: en tiempos de crisis, nada más sabio que viajar lejos, lo más lejos posible. Para fugas así se inventó la mejor literatura de evasión. Y cuando nos encontremos con el Alcaudón, bueno, ya se nos ocurrirá algo.

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