MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Benjamín Black (y Banville) en el ABCD

3.17.2009
John Banville (Benjamín Black) en su estudio. Fuente: elpaís

Finalmente, el tándem maravilla de las reseñas literarias del ABCD Las letras se fusionó para hablar de un mismo autor. Y el autor elegido es de los mejores: John Banville, que acaba de entregar en España un nuevo libro de la saga de Benjamín Black, su seudónimo como novelista policial. Mercedes Monmany hace la reseña de la novela El Lémur editada por Alfaguara como los anteriores títulos policiales (El secreto de Christine y El otro nombre de Laura) Dice sobre la novela: "En El Lémur navegamos sin cesar entre un ayer muchas veces sin control y un hoy que silencia pecados y culpas del pasado". Por otra parte, Rodrigo Fresán entrevista acuciosamente a John Banville sobre El Lémur y sobre su relación con el heterónimo B.B. Aquí algunas estupendas preguntas y respuestas:

Alguna vez se refirió a Black como «mi gemelo idiota». ¿Cómo califica Black a Banville?
Como «el pretencioso».

Resulta comprensible, teniendo en cuenta que Banville siempre defendió el estilo por encima de la trama, mientras que Black?
A Black le preocupan cosas como argumento, personaje, diálogo. Yo, en cambio, trato de ir más allá de estas convenciones y concentrarme en la esencia. Es una cuestión de personalidades, de niveles. Un amigo me dijo el otro día que yo me convierto en Black por la misma razón que Beckett escribía en francés: pour ecrire sans style. Y puede que tenga razón. El seudónimo es mi manera de advertirles a mis lectores de que Black trabaja de manera diferente a la mía. No hay intención alguna de perpetrar una broma literaria à la Borges. Pero también es cierto que Black nació a partir de mi lectura de los romans durs -no los protagonizados por Maigret- de Simenon, a quien siempre consideré un maestro más que merecedor del Nobel.

Y aún así, ¿no siente que tal vez haya traicionado a Black obligándolo a escribir «El Lémur», una suerte de folletín por encargo de «The New York Times» donde el patólogo Quirke y el Dublín de los años 50 de los dos primeros libros brilla por su ausencia?
En absoluto: ni Black ni yo nos tomamos estas cosas demasiado en serio. El Lémur es un jeu d´sprit en el que ambos disfrutamos del desafío de producir quince capítulos de 1.500 palabras cada uno. Y también me divirtió descubrir lo poco que yo sabía del Nueva York contemporáneo. La idea surgió a partir de un documental sobre mi persona. Un día almorcé con el researcher encargado de «investigarme» y? El editor del New York Times me envió un e-mail invitándome a participar y no dudé en aceptar. Pensé que tendría que escribir un episodio a la semana y que enviarían un mensajero cada viernes para arrancarlo de la pantalla de mi ordenador, caliente y recién hecho. Me desilusionó un poco el tener que entregarlo -así lo especificaba el contrato con el periódico- todo por anticipado y no poder avanzar semana a semana, como en el siglo XIX. Pero me lo pasé muy bien y volvería a hacerlo. La parte técnica de la cuestión, el cómo ir dosificando los acontecimientos, me resultó un ejercicio apasionante.


Basta de Black y de sus intereses. ¿Cómo está Banville? Su último libro fue el muy exitoso «El mar»: ganador del Premio Booker y «best seller» que le cambió la vida y para cuya escritura dijo haber estado preparándose cuarenta años.
En realidad, cada libro que escribo es aquél para el que me he estado preparando. Pero está claro que el Booker me proporcionó muchos nuevos lectores. Dejé de ser «escritor de escritores». Y lo bueno de ganar el Booker es que ya no piensas más en la posibilidad de ganarlo, lo que es un gran alivio. Pero el problema continúa siendo el mismo, más allá del éxito. Y ese problema es el problema de la escritura. En realidad, siento que apenas he comenzado.

Y, sin embargo, ha declarado odiar todos sus libros y tener «la fantasía de pasar frente a una librería, chasquear mis dedos, y hacer que todos mis libros queden en blanco y poder empezar de cero otra vez».
Con eso quise decir que todos mis libros son un motivo de vergüenza. Mejores que los de cualquier otro, pero no lo suficientemente buenos para mí. Desearía que existieran otras vidas y otros mundos donde poder volver a escribirlos. Pero no se puede. Y la perfección tampoco es posible.

En una ocasión dijo que le interesaba observar «cómo las cosas se convierten en clásicos. El modo en que una película cursi en la que la gente viste ropa ridícula y dice cosas ridículas se transforma en algo sagrado». ¿Hay para usted algo que se esté convirtiendo en «clásico» de la literatura aquí y ahora?
Es difícil saberlo. Es una tarea que le corresponde a las generaciones que vendrán. Pero supongo que la trilogía de Frank Bascombe, de Richard Ford, será un clásico americano. Lo mismo que las novelas de Conejo, de John Updike, otro escritor al que tampoco puedo entender cómo no le dieron el Nobel. No estoy de acuerdo con la Academia en cuanto a la inferioridad de las letras norteamericanas. Es cierto, sí, que los novelistas estadounidenses no parecen preocuparse por las grandes cuestiones metafísicas que interesan a los novelistas europeos? Pero también es verdad que, a partir del análisis de lo cotidiano, los norteamericanos han generado una metafísica propia y personal.

...Lo que no ha impedido que le irrite un poco la proliferación de novelas que giran alrededor del 11 de septiembre de 2001.
Creo que debería declararse una moratoria de veinte años en lo que se refiere al 11 de septiembre de 2001 como materia novelesca. Basta con apreciar las grandes novelas del siglo XIX: eran todas novelas históricas, eran todas partes del pasado. Yo pienso que la Historia necesita un tiempo para convertirse en historias de las que la ficción pueda ocuparse. Y hay ocasiones en que ni siquiera todo el tiempo del mundo es suficiente. «El mundo imaginado es el bien definitivo»: no lo digo yo, lo dijo Wallace Stevens.

¿Qué quiso decir exactamente con «los artistas no tienen realmente mucha experiencia vital. Lo que hacemos es mucho con la poca experiencia que tenemos»?
Hay una anécdota muy simpática y reveladora de W. H. Auden mientras cruzaba los Alpes junto a unos amigos. El poeta iba leyendo un libro, pero sus amigos no dejaban de lanzar exclamaciones de éxtasis ante lo majestuoso del paisaje. En un momento dado, Auden despegó la vista del libro, miró por la ventanilla del vagón de tren y regresó a su lectura diciendo: «Con una mirada alcanza y sobra». Y también está aquella declaración de Henry James en la que asegura que una mujer de buena educación que pasara por un instante junto a un regimiento tendría material suficiente para escribir una saga en tres volúmenes sobre la vida militar. Lo cierto es que apenas necesitamos de un atisbo de la realidad. La imaginación hace el resto.

Y puestos a imaginar, ¿puede imaginarse cómo será leído Banville en el futuro? ¿Y cómo Black?
Sí. En mis pesadillas veo un diccionario de escritores editado en 2080 donde en la entrada de John Banville se lee: «"Banville, John": ver "Black, Benjamin"».

En la entrevista, además, John Banville da una buena noticia a los que amamos sus novelas mucho más que las de Black: está escribiendo una novela que llevará por título The Infinities. Respecto a ella declara que se trata de:

"Una novela que transcurre a lo largo de un día de verano, en una casa en el campo en la que un anciano en coma agoniza. Su familia se ha reunido para despedirlo y, con ellos, también acuden los dioses junto al lecho del moribundo. Espero, como mínimo, que sea una obra maestra, un éxito de ventas y que me lleve hasta las puertas del Nobel, ¡ja!".

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Banville Babelia

5.04.2008
John Banville en su estudio. Como podrán ver, usa Mac y tiene tres libretas Moleskine sobre la mesa. Definitivamente, es de los míos. Fuente: el país

Así como la semana pasada el suplemento Babelia estuvo dedicado a Richard Ford, esta semana se lo han dedicado al extraordinario John Banville quien acaba de publicar en traducción española una segunda novela bajo el seudónimo Benjamín Black, titulada El otro nombre de Laura (editorial Alfaguara). Mi recordado amigo Marcos Giralt Torrente es el encargado de escribir la elogiosa reseña, mientras que Enric González le hace una extensa entrevista. Ahí comenta la importancia de sentirse un escritor irlandés:
Empieza con el viejo y solvente argumento de la condición irlandesa. “Yo soy irlandés, y los escritores irlandeses escribimos en inglés, una lengua extranjera. No nos sentimos cómodos, miramos el lenguaje desde fuera. Cuando leo a Nabokov [de origen ruso] le entiendo perfectamente, porque también escribe inglés desde fuera. Un autor inglés intenta que su prosa sea fácil y transparente, siguiendo el consejo de George Orwell: el texto debe ser como una hoja de cristal. Para mí, para los irlandeses, no debe ser un cristal, sino una lente capaz de aproximar, alejar o distorsionar. Mire, venimos del gaélico, una lengua extraordinariamente evasiva en la que no es posible decir cosas directas. No se puede decir, por ejemplo, “soy un hombre”. Habría que decir algo así como “estoy en mi hombría”. El gaélico es oblicuo y se aleja continuamente de lo esencial, mientras el inglés es lo contrario, va directo al grano. “Esa tensión, nacida a mediados del siglo XIX, cuando dejamos de hablar gaélico y adoptamos el inglés del imperio, generó un lenguaje nuevo y potente. El lenguaje de Wilde, Keats, Shaw, Joyce, Beckett, distinto del inglés de Inglaterra, Estados Unidos o Australia”. “Irlanda es un país de contadores de historias”, prosigue. “Imagine que uno de nuestros políticos o uno de nuestros obispos comete algo terrible. Bien. A usted le interesaría saber exactamente cómo han sucedido las cosas. Para nosotros, eso es secundario. Lo que nos importa es cómo van a explicarse. Si el político o el obispo son capaces de justificarse con gracia, es decir, con un relato humano y apasionante, pueden salir del apuro sin grandes problemas”.

Por otra parte, también comenta su necesidad de dominar el lenguaje, rechazando el extendido halago que lo considera el mejor prosista del inglés contemporáneo:
"Tengo muy desarrollado el sentido del absurdo y no creo en la noción del gran hombre, el maestro. Muchos de los males del siglo XX surgieron de ahí, de la devoción por el presunto gran hombre. Yo llevo casi 50 años en esto y, sí, creo que a estas alturas he aprendido a manejar mi idioma. Soy capaz de escribirlo todo exactamente como quiero. Pero no soy un maestro, no tengo autoridad. Sigo peleándome con las sombras, aún me pregunto con qué palabra empezar y aún tengo miedo a hacerlo mal. Soy como un bogavante. ¿Se imagina un bogavante? ¿Recuerda esas pinzas enormes? Yo tengo la pinza: es esta mano. Está increíblemente desarrollada para escribir historias. Sé que dispongo de ese talento. El resto de mí, como le ocurre al bogavante, es coraza y fragilidad".

También aclara que, aunque se le puede considerar un autor exigente, de ningún modo eso implica que es una de esas raras avis llamadas "escritor para escritores":
"Esa fama es un desastre porque los escritores no compran libros, y si lo hacen es para apuñalarte por la espalda [mi prosa] puede ser difícil, aunque a mí no me lo parezca. Es cierto, mis textos no toleran al lector que se duerme entre una línea y otra. Exigen atención. Si no fuera así, ¿qué sentido tendría escribir?”

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Benjamin Black

6.24.2007
Carátula de El retorno de Christine de Benjamin Black


Como todos los que admiramos a John Banville sabemos, éste escribió una novela policial (o más precisamente, una novela negra que mezcla el policial con el thriller) bajo el seudónimo Benjamín Black para salir del bloqueo. El retorno de Christine, la primera en salir de esa pluma, acaba de ser publicada en España por Alfaguara y Rodrigo Fresán comenta al respecto en “Babelia”.

Para leer la contratapa, pulse aquí:


Dice la reseña: “Hace unos meses, en estas páginas, se le preguntó a Banville: "¿El estilo es rey y la trama soldado raso? ¿O viceversa?". A lo que Banville contestó: "El estilo avanza dando triunfales zancadas, la trama camina detrás arrastrando los pies". Cabe pensar que Black afirmaría lo contrario. De ahí que el mejor elogio que se le puede hacer a los dos autores es comunicarles que ambos están equivocados. En El secreto de Christine tanto estilo como trama avanzan triunfales. Y el único que camina detrás arrastrando los pies es el cada vez más asqueado Quirke. Y de más está decir que, al final, Quirke descubre lo que estaba escondido y que el haber hecho "algo" no le convierte en alguien más feliz de lo que era cuando apenas tenía en claro la triste hora de cierre de su pub favorito. Pero no importa: bien hecho. Muy bien hecho.”

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