MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Ecuador no queda en la Antártida Literaria

9.30.2009
Una bandera ecuatoriana en la Antártida. Fuente: antárticos

Si no fuera por Marcelo Chiriboga, la literatura ecuatoriana no tendría un autor dentro del Boom. Y si no fuera por Marcelo Chiriboga- una broma de José Donoso- no nos daríamos cuenta de lo realmente raro que fue que el Boom Literario careciera de una presencia ecuatoriana. Más allá de Huasipungo (y de Pablo Palacio para los amantes de rarezas), la literatura ecuatoriana es la hermana menor de América Latina. ¿Es bueno o malo eso? ¿Qué parricidio debe cometer un escritor ecuatoriano si Chiriboga no existe? Leonardo Valencia, escritor ecuatoriano de última generación y de gran éxito radicado en España, escribió un artículo al respecto en el último "Babelia":

Lo cierto es que el gran padre literario a enfrentar en Ecuador es la política. Las tres maneras de no dejarse afectar por ella en la escritura han sido el delirio, el exilio o la proximidad de la muerte. No menciono una fuerte consciencia estética o el humor, porque ambos tienen su parte delirante y exiliada. Las novelas que han recurrido a esas tres vías son de lo mejor que se ha escrito en Ecuador y, al mismo tiempo, son novelas imposibles. El caso de Humberto Salvador (1907-1982) es sintomático de la injerencia política que tuvo la novela ecuatoriana a lo largo del siglo veinte, injerencia que condiciona la expresión literaria si el autor no sabe resistirla, esquivarla o reinventarla desde adentro. Salvador escribió En la ciudad he perdido una novela... y un par de libros de cuentos cuando tenía veintidós años. Pero luego cedió a la presión de los camaradas de su tiempo y publicó novelas comprometidas, sometiéndolas al condicionante mimético de lo inequívoco, con las que cosechó algunas traducciones y el aplauso internacional, ahora fantasma. Hacia la segunda parte de su vida quiso volver a sus comienzos pero no recuperó el fulgor de esa primera novela escrita en el puro trance de una novela imposible. Con Salvador ni siquiera puede uno dejarse seducir por su título de 1942, La novela interrumpida, porque no hay novela ni discontinuidad, sólo los pasajes inverosímiles de una escritura allanada. El halo de imposibilidad de varias novelas ecuatorianas, una especie de inmolación en el inacabamiento, la parodia y la extrañeza, que se dio en las novelas de Montalvo, Palacio o Salvador, ocurrió también con la última novela de Alfredo Pareja Diezcanseco, La Manticora, que arrasaba con su propia trayectoria de autor realista, o en novelas como El espejo y la ventana, de Adalberto Ortiz; Siete lunas y siete serpientes, de Aguilera Malta; Entre Marx y una mujer desnuda, de Jorge Enrique Adoum; Pájara la memoria, de Iván Égüez; El viajero de Praga, de Javier Vásconez; Las tertulias de San Li Tun, de Juan Andrade Heymann, o una que es mi preferida, Carta larga sin final, de Lupe Rumazo, por su combinación de géneros, entre el diario, la carta y el ensayo, en una progresión que se abisma ante la muerte de un familiar. Todas estas novelas han permitido una trasgresión frente a la imagen de un Ecuador restrictivamente andino, de un realismo chato y testimonial. Acercarse a ellas sorprenderá a un lector sin prisa y sin referentes mediáticos, porque esos autores, saboteando las nociones convencionales de la novela, han buscado la escritura, esa patria de la que Blanchot decía que no permite profetas.

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Pablo Palacio en Argentina

9.24.2009
carátula de la edición argentina. Fuente: final abierto web

En Página12, dentro del suplemento Radar, Patricio Lennard comenta un par de clásicos olvidados de la literatura ecuatoriana: Un hombre muerto a puntapiés / Débora de Pablo Palacio, editado por Final Abierto (editorial argentina que inicia así su catálogo). Lennard califica a Pablo Palacio como "un eslabón perdido de las vanguardias latinoamericanas". Dice la reseña:

Lector de Lautréamont (y por ende dueño de una imaginación que, sin ser del todo truculenta, es proclive a lo morboso), Palacio construyó en ese primer libro de cuentos una serie de personajes cuya monstruosidad no busca impresionar a la manera del gótico sino desestabilizar las clasificaciones en cuyos límites se cierne lo anormal, lo inmoral, lo enfermizo. Así, el homosexual cuyo feroz asesinato es aludido en el relato que da título al libro y al que una breve noticia policial tilda simplemente de “vicioso”; así, el antropófago que a la manera de Cronos desfigura a dentelladas el rostro de su propio hijo. ¿Y qué decir de las siamesas que en “La doble y única mujer” desbaratan toda certeza pronominal cuando el “yo” del relato se refiere a su “segundo cerebro”, mientras describe el modo en que sus dos cabezas urden, en simultáneo, sus pensamientos? Maestro del humor macabro y la ironía, Palacio gesta lo que cierta crítica leería luego como profecía autocumplida en “Luz lateral”, cuyo protagonista decide separarse de su mujer por la desagradable costumbre que ésta tiene de intercalar la palabra “¡claro!” en todo lo que dice. Entonces él se encuentra con una prostituta que lo contagia de sífilis; lo que, en un estado avanzado de la enfermedad, lo termina sumiendo en la demencia. Curiosamente, ese mismo destino le tocó a Palacio, quien en 1932 publica su segunda novela, Vida del ahorcado, tras lo cual deja de escribir literatura para dedicarse a otros menesteres (fue decano de la Facultad de Filosofía y Letras, funcionario del área educativa, secretario de la Asamblea Constituyente de 1938, y autor de dos trabajos de divulgación filosófica destinados a formar parte de un libro que quedó inconcluso). Hacia fines de la década del ‘30 aparecen en él los primeros síntomas de locura asociados con la sífilis. A raíz de lo cual pasará los últimos siete años de su vida internado en un hospital de Guayaquil, hasta su muerte en 1947. (...) Entre la parodia y la metaficción, Palacio hace estallar definitivamente los resortes de su escritura en Débora, una novela breve que narra las vicisitudes de un personaje, el Teniente, que vaga por la ciudad de Quito con indefinidos planes de seducción, a la espera de una sorpresa que ponga en marcha el relato, pero que nunca sucede. Deudora en más de un sentido de Seis personajes en busca de un autor, de Luigi Pirandello, y situada en la línea de experimentos como el que Miguel de Unamuno realiza en Cómo se hace una novela (también de 1927), Débora expone un gozo por lo artificial, por la incongruencia, por la digresión: la percepción de que la novela como estructura ya no tiene casi nada que contar. Así se explica, por ejemplo, que el narrador se olvide virtualmente de su personaje en algunos pasajes (“olvidado de la novela hasta parecer insensible”), o que la Débora del título no aparezca sino hasta el final, en donde apenas se la menciona sumariamente. La súbita muerte del Teniente es la última jugada de un texto deliciosamente arbitrario cuya inercia reside, al decir del narrador, en su “voluntad de parálisis”. “Es La náusea escrita por Macedonio Fernández”, arriesga sobre esta novela César Aira en su Diccionario de autores latinoamericanos: una curiosa definición que tiene el mérito de considerar el tono entre lúdico y metafísico con que Palacio ensayó una literatura del agotamiento.

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Más Pablo Palacio

1.03.2008
Pablo Palacio. Foto: Revista Anaconda Nº 4 (Quito, 2006). Fuente: busetadepapel

Y un nombre más se suma a la lista de los que recomiendan leer al "raro" ecuatoriano Pablo Palacio. Se trata del mexicano Heriberto Yépez en "Laberinto", el suplemento de Milenio. Menciona también a dos raros, para hacer la trilogía: Macedonio Fernández y Felisberto Hernández. Si superan el ingenuo pobre de llamarlo "Kantinflas" -difícil de superar, ciertamente- y palabras como "desclichea" (o frases como "Era un escritor conceptual absurdista. Era demasiado filosófico como para ser comprendido") el artículo no se equivoca en lo central: Palacio es de esos escritores que se van al margen para hacernos recordar qué es realmente la literatura, de qué se trata esta cosa.

Dice la nota: "Nuestro máximo escritor menor, el ecuatoriano Pablo Palacio, cumple 60 años de muerto y su principal obra, Débora, 80 de publicada. Pero ¿a quién le importa Pablo Palacio?Macedonio Fernández, Felisberto Hernández y Pablo Palacio son los tres oros raros de la literatura latinoamericana. A Macedonio lo memorizamos porque fue el mentor mago de Borges. De no haberlo sido, lo consideraríamos el dilapidador de un mamotreto eleático: Museo de la Novela de la Eterna. Felisberto —gracias a los boómicos— fue releído. (Es genial.) Pero ¿y Palacio? Nuestros canónicos no le han dado importancia y sus libros no serán nunca populares. Palacio es un ultrarraro. No tuvo prójimos. No se parece ni a sí mismo.

Su mejor libro es Débora. Antinovelema. Una obra metadiscursiva o, mejor dicho, humorística, en que explora el artificio de la novela, a la que desrealiza. Palacio ridiculiza literaturizar.Él humorizaba novelar. Si parodia significa canto lateral, nadie como él representa una literatura lateral, una palabra paralela al canon (la inercia). Cada vez que escribía se preguntaba: ¿cómo se espera que escriba esto? Y no lo hacía. Incumplía. Palacio es un filósofo ecuatoriano que hizo comedia de la novela. “Lo que quiero es dar trascendentalismo a la novela”; ser el Kantinflas de la Razón Narrativa. Nótese que en Latinoamérica hay una tradición de literatos-filósofos (como el mismo Macedonio y Oswald de Andrade) que trazan una tradición aparte, un margen indomable, para citar a Bargalló. Palacio filosofa en sus comedias. Burla fórmulas y estamentos de la novela europea. Desclichea. Palacio estaba pensando lo que los formalistas rusos: la construcción de lo literario. Sólo que no lo hizo en teoría sino en mofa. Era un escritor conceptual absurdista. Era demasiado filosófico como para ser comprendido. No era “realista”, por ende (o por manda) lo que hacía no era reconocible. Hacía Objetos Verbales No Identificados. En 1940 comienza, se dice, su crisis mental. En 1947 murió “loco”. Débora premedita esa demencia. La explica. “Sólo quedará el fantoche, huyendo cada vez más, sediento de la revelación”. En desasosiego, Palacio locuró una fuga imaginativa, una vereda evasiva contra el realismo: lo automatizado. Pirarse es parodiar toda una sociedad. Y si escribir es desautomatizar, Palacio no es un escritor raro sino es un raro porque es un escritor. Escritor: el que hace obras no-reconocibles. Lo demás es lo de menos. Aunque hoy lo de menos es lo más.

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¿Quién es Pablo Palacio?

12.18.2007
carátula de una edición en Quito. Fuente: adn cultura

Cada cierto tiempo uno escucha esa pregunta: ¿Quién es Pablo Palacio? Y luego viene una explicación estupenda sobre por qué hay que conocer a este escritor desconocido. La pregunta se la hace ahora, y la contesta, Pablo Gianera en su blog en ADN Cultura.

Dice Gianera: "Lo más notable son los cuentos y, sobre todo, dos de ellos: "Un Hombre muerto a puntapiés" y "Luz Lateral", que la crítica explicó cómodamente como efecto colateral de la sífilis del autor (uno de ellos, es cierto, concluye con la invocación "¡Treponema pálido! ¡Treponema pálido!"). En el primero, un individuo lee en el diario una noticia policial y se propone indagar, siguiendo un método enteramente inductivo (he aquí la gracia del cuento), los motivos por los que un hombre fue asesinado a puntapiés. De una extravagancia radical, el relato que se arma es el relato sobre el modo de escribir un cuento, sobre los modos en los que un dato mínimo puede disparar una ficción. En el segundo, la percepción irritada de un detalle mínimo se agiganta hasta la exasperación: el marido ya no tolera que su esposa incruste en sus parlamentos la expresión "¡claro": "Sabes que yo no voy a poder salir porque? ¡claro! me siento un poquito indispuesta". El tono general haría pensar en la vertiente más kafkiana de Virgilio Piñera, si no fuera (¡claro!) porque Palacio, por una simple imposibilidad cronológica, no leyó a ninguno de los dos. Vida del ahorcado, subtitulada como Novela subjetiva, tiene además uno de los comienzos más memorables, incómodos y tristes que se hayan escrito: "Ocurre que los hombres, el día una vez terminado, suelen despedirse de parientes y amigos y, aislándose en grandes cubos ad-hoc, después de hacer las tinieblas se desnudan, se estiran sobre sus propias espaldas, se cubren con mantas de colores y se quedan ahí sin pensamiento, inmóviles, ciegos, sordos y mudos. Ocurre también generalmente que estos mismos hombres, transcurrido ya cierto tiempo, de improviso se sienten vueltos a la vida y comienzan a moverse y a ver y a oír como desde lejos. Ya cerca, un mínimo número de esos mismos hombres introducen sus pellejos en agua, bufan, tiritan y silban. Luego ocultan todo su cuerpo en telas especiales, dejando fuera sólo sus aparatos más indispensables para ponerse en relación con sus vecinos y abandonan esos grandes cubos, con los párpados hinchados y amarillos".

El que sí conoce a Palacio, y muy bien, es César Aira. En su Diccionario de autores latinoamericanos, le dedica una de las entradas más extensas. Allí cita una frase en la que Palacio explica su singular abordaje del realismo: "Yo entiendo que hay dos literaturas que siguen el criterio materialístico: una de lucha, de combate, y otra que puede ser simplemente expositiva. De este punto de vista, vivimos en momento de crisis, en momento decadentista, que debe ser expuesto a secas, sin comentario. Dos actitudes, pues, existen para mí en el escritor: la del encauzador y reformador, y la del expositor simplemente, y este punto de vista es el que me corresponde: el descrédito de las realidades presentes: invitar al asco de nuestra verdad actual".

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Ecuador en Barcelona

10.18.2007
Ecuador en Barcelona. Fuente: rdjportal

Hace unas semanas coincidieron en Bracelona escritores de México (invitados al festival Hecho en México) y de Perú (invitados a la Líber 2007). Y ahora le toca el turno a Ecuador. Leonardo Valencia me advierte de este encuentro de escritores ecuatorianos que se llevará a cabo este 30 y 31 de octubre, en la Casa de América de Cataluña. También me envía el programa. Recomendación para los que asistan al encuentro para descubrir a la casi secreta literatura ecuatoriana: no se olviden de preguntar por Pablo Palacio.
Martes 30 de Octubre

18.00h. Inauguración

18.20h. DISERTACIONES:
Eduardo Crespo: Arqueología precolombina y literatura en el Ecuador.
Luis Enrique Fierro: La palabra del Ecuador fuera de sus fronteras.
Diego Velasco: Identidades y literatura en el Ecuador

19.00h. CONVERSATORIO

19.20h. DISERTACIONES:
Efraín Espinoza: El colectivo ecuatoriano en Europa.
Leonardo Valencia: Nunca me fui con tu nombre por la tierra

20.00h. RECITAL POETICO

Miércoles 31 de octubre

18.00h. DISERTACIONES:
Ramiro Oviedo: Actores culturales ecuatorianos en Francia
Raúl Pérez Torres: La nueva narrativa ecuatoriana
Williamns Kastillo: Corrientes literarias ecuatorianas actuales

18.45h. CONVERSATORIO

19.00h. DISERTACIONES:
Huilo Ruales: La escritura literaria en el exilio
Iván Carrasco: Cultura ecuatoriana en Catalunya
Pablo Yépez: Literatura y postmodernidad

20.00h. RECITAL POETICO

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Pablo Palacio

6.12.2007
Dibujo de Pablo Palacio. Fuente: epdlp

Y ya que hablamos de rescates, es interesante el hallazgo que ha hecho Gustavo Faverón y comenta en “Puente aéreo”: la obra completa del narrador vanguardista ecuatoriano Pablo Palacio (1906-1947) puede conseguirse en internet. Recuerdo haberlo leído hace años, gracias a un escritor ecuatoriano que vivía en Lima: Leonardo Valencia. Palacio es un autor que no le hace asco a la palabra "experimento" literario, afín a autores como Martín Adán en La casa de cartón o al mismo Macedonio Fernández.

Dice entusiasmado Faverón: “Pocas veces he recomendado algo con tanta emoción: tienen que leer cuentos como Un hombre muerto a puntapiés, en donde Palacio demuestra una maestría inequívoca para revelar el mecanismo de la imaginación prejuicosa; La doble y única mujer (que Peter Elmore me presentó hace años como una suerte de premonición de Lacan, escrita mucho antes de que existiera la obra del psicoanalista francés, y, por cierto, con mucho mejor estilo); El antropófago, una peligrosa investigación sobre los límites del deseo y la animalidad de lo humano. Y, por supuesto, tienen que leer Vida del ahorcado, un ejemplo extremo de la mejor vanguardia narrativa sudamericana.”

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