MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

La rutina de Kristof

1.15.2010
Agota Kristof. Fuente: sf.tv

Lolita Bosch ha escrito en Letras Libres, y reproducido en el ADN Cultura de La Nación, una reseña sobre esa misteriosa y densa escritora húngara Agota Kristof reeditada por ediciones El Aleph. Una lectura intensa, fuerte, para valientes, ojo, a ver quién se atreve. El artículo de Lolita es una lectura interesante. La rutina como impulso literario. Y sí, es cierto, Claus y Lucas al menos es una de las lecturas más profundamente tristes y dolorosas que pueden hacer. No aconsejable en los años con trece lunas o después de viajes interiores por Buenos Aires. Dice la reseña de Ayer:

Kristof ya no escribe. Ahora vive en un piso anodino de una ciudad anodina, ve la televisión todo el día y no tiene ninguna curiosidad literaria. Se agotó. O eso dice, aunque su pasado demuestre lo contrario: nació en Hungría en 1935, cruzó a pie la frontera hasta Suiza en 1956, aprendió a marcar el ritmo literario en una fábrica de relojes de Neuchâtel y durante muchos años sus obras de teatro se representaron en cafés suizos sin que ella le contara a nadie que en realidad estaba escribiendo poesía. Así que probablemente, entre lo que Agota Kristof hace y lo que Agota Kristof dice que hace, exista el mismo abismo de ambigüedad y certeza en el que se mueven sus personajes exquisitos. El Aleph había editado ya su trilogía Claus y Lucas ( El gran cuaderno , La prueba y La tercera mentira ). Kristof había comenzado a escribirla en 1986, cuando había abandonado su húngaro materno y escribía en francés. Es una trilogía en la que trabajó seis años. Durante ese tiempo vivía en Suiza. Pocos meses antes su marido se había revelado contra la imposición del régimen soviético y la familia se vio obligada a cruzar la frontera a pie: por miedo. Pero cuando Agota Kristof, su esposo y su hija llegaron a Suiza y se sintieron libres, al fin, descubrieron que en realidad no tenían nada que hacer. Así que comenzaron una vida con la que no se sentían identificados y que estaba profundamente alejada de la que habían llevado en Budapest. Eso fue, curiosamente y en contra de lo que hubiera podido esperarse, lo que llevó a Kristof a escribir: la rutina. El Aleph había publicado también colección de relatos bajo el título No importa que la autora no había recopilado en un solo volumen. Pero no pienso en esa antología cuando digo que Ayer (escrita originalmente en 1995, en francés) es una fusión de sus libros anteriores, sino que la novela es el encuentro de la biografía que Kristof sintetizó en La analfabeta y el estado de ánimo que parece emanar de la novela Claus y Lucas . Y es además, por encima de todo, el libro más poético de la autora. Su prosa tiene algo profundamente doloroso, sin consuelo, un desamparo radicalmente humano y triste. Y, no obstante, mantiene la esperanza en la literatura que ya ha sido escrita; no como memoria, sino como la posibilidad precisa y meticulosa de construir un artefacto en el que encajar. Como si la autora húngara hubiese sido capaz de entender algún tipo de experiencia traumática y hubiera radicalizado su prosa. Y logra también que nosotros seamos capaces de entender su agotamiento. Porque aunque no sea una escritora mitómana, produce la sensación de haber hecho un esfuerzo inconsciente e inmenso para encajar en ese lugar abstracto desde el que se escribe con un ritmo literario auténtico que nosotros sólo tenemos la oportunidad de percibir leyendo a autores fundamentales como ella.

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Burgess por Justo Navarro

7.06.2008
Carátula del libro. Fuente: libreríaluces

Hace unas semanas comenté el prólogo de Rodrigo Fresán que precedía la aparición de Poderes terrenales (El Aleph) la ambiciosa novela de Anthony Burgess. Ahora, en "Babelia" Justo Navarro publica una reseña sobre la novela del casi olvidado autor de La Naranja Mecánica. Dice:
Poderes terrenales abunda en criaturas reales: Rilke llora en una cervecería de Trieste; Keynes guía a Toomey por París a la compra de pintores contemporáneos baratos; Hemingway presume de un imposible encuentro amoroso con Mata Hari. Toomey cuenta historias compulsivamente, incluidos los argumentos de sus obras y las novelas de Jakob Strehler, Nobel de 1935, año en que el premio quedó desierto en el otro mundo, es decir, en el nuestro. Quizá la mejor aventura sea su descubrimiento de la homosexualidad y su renuncia a la fe católica materna mientras pronuncia la oración de san Agustín: "Señor, hazme casto, pero no todavía". El episodio, en el que tiene algo que ver James Joyce, culminará para Toomey cuando la esposa de su segundo amante sorprenda a los enamorados en la cama. Entonces la homosexualidad era un pecado castigado con cárcel, aunque, como Havelock Ellis le dice a Toomey en Mónaco, lo patológico son las leyes, no la homosexualidad. La hipertrofia narrativa de Burgess, poderosa y convincentemente traducida por José Manuel Álvarez Flórez, se sostiene en un incómodo equilibrio: entre la más alta fiesta literaria y la atracción hacia un histrionismo de reportaje sobre experimentos revolucionarios en África y sectas californianas suicidas.

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Fresán sobre Burgess

5.26.2008
Anthony Burgess. Fuente: bu-univ.angers

A Antonhy Burgess se le recordará siempre por La naranja mecánica, aunque quizá no por la propia novela sino por la famosa adaptación cinematográfica. Pero en realidad fue un escritor muy prolífico. Entre sus muchas obras destaca Poderes terranales, considerada como la más ambiciosa de sus novelas, que será publicada en castellano por El Aleph y que tiene un prólogo de Rodrigo Fresán que anticipa "Radar libros" Aquí un fragmento del prólogo, donde explica la ambición de esta novela:
Uno de los títulos originales de Poderes terrenales –uno de los varios que le había puesto Burgess mientras la escribía– era Los creadores. Y si algo queda claro es que aquí leemos y disfrutamos de un creador en la summa de sus poderes. De ahí que Poderes terrenales pueda leerse casi como un compendio de sus obsesiones a la vez que una suerte de greatest hits donde se reformulan sus ideas y sus trucos con una gracia y elegancia nunca superadas antes o después por el autor. En este sentido, debe considerarse Poderes terrenales como la novela burgessiana total del mismo modo en que –aunque con diferentes modales– Ada, o el ardor es la novela nabokoviana total. De ahí también que el biógrafo Roger Lewis –en su Anthony Burgess, 2002– defina Poderes terrenales como si se tratase de “todos sus libros anteriores dentro de uno” y de “una comedia que simula ser una tragedia”. Burgess, por su parte, no dudó en revelar que consideraba el libro todo un desafío, incluso para su habitual velocidad y en una carta a su editor alemán, a punto de poner su punto final, lo sintetizaba como “mi intento de demostrar que puedo escribir algo tan largo como esos novelones del siglo XIX (aunque Dickens y Tolstoi escribían muchas páginas porque primero publicaban en entregas, forma del oficio con la que, ay, ya no contamos). He aquí un relevo panorámico del siglo XX narrado por el cuñado del ficticio papa Gregorio XVII y un intento de encontrarle una explicación al condenable misterio del bien y del mal manifestándose en el peor siglo que la humanidad jamás haya conocido. También se supone que sea divertida”. Burgess consideraba la novela como “la única gran forma literaria que nos queda. Tiene la capacidad de albergar todas las formas literarias menores. La novela tiene actualmente el monopolio de la forma” sin por eso negarse o renegar de la certeza de que “todas mis novelas intentan ser, diríamos, un entretenimiento serio, sin propósito moral, sin solemnidad. Lo que yo quiero es complacer”. De acuerdo en todo y aquí está la incontestable evidencia de sus intenciones realizadas.

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