MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Un taxi en Cuba

Taxi en Cuba. Fuente: Letras Libres

He recibido en mi email varios correos acerca de las largas, y absolutamente previsibles, reacciones de los escritores cubanos en Cuba (como diría Vallejo "perdonen la tristeza") a raíz de la participación de un grupo de avanzada (Halfon, Enrigue y yo) en La Habana, financiado por el Hay Festival y teniendo como anfitriones a Senel Paz y Wendy Guerra (y con el marco fotográfico de Mordzinski). Como dije, todo muy previsible. Pronto daré mi propia versión sobre el tema. Por lo pronto, les dejo con este extraordinario artículo que publicó en enero el autor de Livadia, José Manuel Prieto, en el último número de Letras Libres (dedicado a Cuba, por cierto) que tiene un artículo también del gran Antonio José Ponte y Ernesto Hernández Busto (un trío bastante peliagudo si se han enterado algo leyendo La fiesta vigilada). Les dejo la parte titulada "¿Quién soy yo y por qué voy viajando en ese taxi?"

¿Quién soy yo y por qué voy viajando en ese taxi? Soy, podría decirlo de esta forma y levantar más de una ceja, el más genuino fruto de la Revolución cubana, su más genuino hijo, alguien que de no haberse dado esta, el acontecimiento que explico o intento explicar en este libro, jamás habría venido al mundo (mis padres consideraron posible tener otros dos niños, mi hermana y yo, en la holgura de los primeros años en que todo debe haberles parecido fácil).
Un niño modelo que creció en una guerra privada y no menos dolorosa que la que atravesaba el país, resistiéndome a Czerny, a las escalas cromáticas y los estudios para cuatro manos de Béla Bartók, las largas sesiones de piano que debí aprender porque mi madre había querido estudiarlo. Un niño revolucionario enfrascado y poniendo en práctica el sueño pequeñoburgués de una infancia con piano y lecciones de esgrima. Fui luego, cuando crecí y quedó claro que jamás sería concertista, a la mejor escuela del país, a la Eton cubana (para que se me entienda en Inglaterra). Una institución con el simpático y muy evocador nombre de Vladimir Ilich Lenin, líder de la Revolución Mundial. Donde, en el ambiente de seriedad y excelencia académica –absolutamente cierto, dicho esto sin ironía–, me decidí en el último año de estudios a convertirme en ingeniero en computación, para lo que debí, de la manera más inverosímil y en un viaje que terminó por cambiar totalmente mi vida, yéndome a Rusia. Un largo viaje en barco que, cada vez que pienso en él y lo rememoro, se me antoja más fantástico e imposible: veintiún días del Caribe al Mar Negro, una larga semana en tren luego, a lo más profundo del territorio soviético, una ciudad en su lejana retaguardia, a dos mil (¡) kilómetros de la ya muy lejana Moscú.
Mi asombro ante la coloración muy roja de las hojas la tarde que llegué a esa ciudad a fines del verano y donde viviría cinco inviernos (cinco duros inviernos) y donde, de manera insospechable para un hijo del Trópico, aprendí a calcular con facilidad a cuántos grados bajo cero por la escarcha en la ventana. Quise irme el primer año, pensé muchas veces en hacerlo y no me arrepiento de haberme quedado, terminado mis estudios y dejado entrar en mí la vida de todo un país del que el mío era meramente un aliado político, un frío (nunca mejor dicho) aliado político, un país que llegué a amar profundamente, cuya literatura llegué a conocer tan bien y a querer tan bien como la literatura de mi propio país.
Menciono esto, o debería explicarle al taxista porque viene a cuento: la vida improbable, el mundo absolutamente nuevo (y exótico) en el que la Revolución cubana colocó a todo el país (y a mí con él). Gústenos o no.
Un fruto imposible de la Revolución cubana, lo improbable de un destino del que no sólo no reniego sino que considero una gran suerte: aquella remota ciudad, los duros inviernos, la más profunda y radical experiencia.

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7:14 p.m.

Gracias a todos por sus comentarios. La cantidad de ellos prueba el interés con el que seguimos la obra de Iván Thays. Pero hay un par de preguntas que no quiero dejar en el aire. En primer lugar LuchinG pregunta si la frivolidad señalada en el protagonista “¿… no revela un rasgo particular del personaje?”. Cuando leí la novela, con el protagonista posponiendo la escritura de esa carta a su esposa, no podía dejar de pensar en Hamlet, posponiendo también la venganza del asesinato de su padre. Pero Hamlet es un personaje teatral: lo que conocemos de él son sólo aspectos exteriores: sus palabras, sus gestos, sus acciones; en él la tormenta en realidad “va por dentro”. En el caso de la novela, conocemos bien el interior del personaje; y tal vez ese es el problema: la falta de coherencia entre lo que dice sentir y lo que piensa. Un problema que además está presente casi todos los personajes.

El anónimo de las 2:05 dice no estar de acuerdo con lo del “lenguaje sumamente elaborado”. Según él, el lenguaje es más bien “desmañado… corregido bastante pero que a pesar de eso no logra transmitir nada”. Comparto la opinión, al parecer ha habido un exceso de corrección y de adorno. Se nota que en algunos pasajes se han cambiado algunas palabras por otras más sonoras y prestigiosas, aunque no estén bien empleadas. Thays dice, por ejemplo: “El antónimo ideal de la memoria debe ser la imaginación, fantasear, hacer ficción. No la amnesia”. Pero “la memoria” no puede tener antónimos, porque sólo las palabras tienes antónimos (significantes, no significados). Lo que Thays debió escribir es “Lo opuesto a la memoria debe ser la imaginación…”. Lo mismo le pasa con “pleonasmo”. Hay muchos errores de este tipo en la novela, como señalé en un foro literario hace un par de semanas.    



7:03 a.m.

has visto a Fidel?    



7:17 a.m.

o es un mito urbano?    



2:59 p.m.

eres un asno, un indiecito moque-guano    



2:40 p.m.

Iván, es usted un escritor o se alucina un actor de cine? Parece que solo quisiera ser escritor para que le tomen fotos. Qué trivial puede llegar a ser.    



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