MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Morabito entrevistado

8.31.2009
Fabio Morabito. Fuente: cronopios.com.br

Emilio, los chistes y la muerte (Anagrama), la primera novela del mexicano Fabio Morabito, ha causado una enorme expectativa. No solo Christopher Domínguez Michael la ha calificado de "perfecta" sino que sus editores la relacionan con Moravia e Italo Svevo, ni más ni menos. En la revista Ñ entrevistan al autor. Eso sí, escandalosamente Fabio Morabito afirma que no ha leído Lolita de Nabokov aunque sí vio la película. Parece que prefiere leer autores italianos.

A un poeta y cuentista nato como usted, ¿qué experiencia le deparó la escritura de una historia más larga?
-Estas escasas ciento sesenta páginas me han perseguido durante quince años. Estuve a punto de renunciar muchas veces, pero la historia no se dejaba abandonar fácilmente. Fue durante mi estancia de ocho meses en Buenos Aires, en el 2007, cuando pude al fin tomar el toro por los cuernos. Me dediqué a ella sin pensar en otra cosa. Tuve que volver a escribir a mano, porque mi mujer necesitaba el ordenador para su trabajo de investigación. Quién sabe si no fue este regreso a la escritura a mano lo que destrabó todo y me permitió vislumbrar al fin la secuencia y el sentido de toda la historia. Con respecto a los cuentos, aprendí que la novela supone una lucha menos intensa, pero más angustiosa. En la novela hay que aprender a tantear en lo oscuro y a no precipitarse, esperando que muchos cabos sueltos y muchos motivos apenas esbozados, tengan en algún momento su resolución. Hay que tener fe y ser paciente, armándose de una mentalidad agrícola. Los cuentos pertenecen más bien al orden de la depredación.

-¿Cómo concibió esa especie de Funes joven que ejercita la memoria en un cementerio?
-La idea me surgió a partir del cementerio. Aquí entra algo de anécdota autobiográfica. En la calle donde vivía, en el D.F., había un mega cementerio que yo visitaba de vez en cuando. Me fumaba ahí un cigarro a la hora de la digestión, mirando los nichos y los nombres de los difuntos. Me atraían las fechas y los nombres. Terminé por adoptar a uno de esos muertos, le llevaba flores y un día llevé a mi hijo para que lo conociera. Como mi patria es Italia y no tengo muertos en México, me pareció bien adherirme a uno, por así decirlo. No lo elegí al azar. Había nacido el mismo año que yo y había muerto a los 24 años, una edad que fue crucial en mi vida. Sentí que él no había podido cruzar una línea que yo, más afortunado, había cruzado. Todavía le llevo cada año, en el día de Muertos, sus cempasúchil, la flor de los muertos que inunda en noviembre todos los cementerios mexicanos. Pues bien, no me fue difícil imaginar que Emilio, mi protagonista, fuera atraído por lo mismo que yo, o sea los nombres de los muertos, y pensé adjudicarle una memoria prodigiosa para aprendérselos. Un niño con un detector de chistes, que se pasa las mañanas y algunas tardes aprendiéndose los nombres de un cementerio. Ahí estaba todo el meollo de la historia.

El lector no puede dejar de rememorar a "Lolita", pero quizás tuvo otro modelo literario.
-No he leído Lolita, sólo vi la película de Kubrick, que no me impactó gran cosa. Si hay una obra bajo cuyo amparo escribí mi novela, ésta es el Aminta, el drama pastoril de Torquato Tasso, a cuya traducción me dediqué durante varios años. Ahí no hay niños, es cierto, pero la atmósfera erótica del drama, entre asfixiante e idílica, y sobre todo la mezcla de lubricidad y malicia que acabo de mencionar, y en la que Tasso era un maestro, me influyeron profundamente.

-¿Cuánto lo ha influido en su formación de escritor la literatura italiana?
-Muchísimo. Buzzati, Primo Levi, Moravia, Calvino y Saba, Ungaretti y Montale... Me los he leído y también los he traducido. Soy un modesto aprendiz de todos ellos. Si hubiera escrito El desierto de los tártaros ahora estaría retirado en alguna playa del Pacífico resolviendo crucigramas.

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Reseñas en Letras Libres

9.24.2007
Man reading alone. Fuente: alberto fuguet blog

Como lo he dicho antes, lo mejor de la revista Letras Libres siempre me parecen las reseñas. Es un placer leer reseñas literarias no sólo inteligentes y argumentadas sino extensas, como si el número de palabras no fuera una limitación (aunque seguro es solo una impresión). En el número de setiembre, aparecen algunas reseñas que recomiendo leer: Valeria Luiselli escribe sobre El enigma de París de Pablo de Santis (que en la sumas y restas no sale bien parado); Rafael Lemus escribe sobre El capital de las ruinas de Samuel Beckett; Christopher Domínguez Michael escribe sobre el libro de Eduardo Lorenco, Pessoa Revisitado.

Por otra parte, Esther Andradi escribe sobre El olvido que seremos, las memorias de Héctor Abad sobre su padre; Eduardo Moga comenta la antología de Severo Sarduy Arqueología de la piel; Luis Felipe Novelí comenta el exitoso libro Cuentos de Firozsha Baag, del escritor hindú Rohinton Mistry; y finalmente el infaltable Rodrigo Fresán da cuenta de Sin respiro, la última novela traducida de William Boyd.

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