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Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Tiburones en formol

Tiburones en formol. Fuente: street anathomy

"Tiburones en formol" es el título de la estupenda columna de esta semana de Mario Vargas Llosa. El tema es el artista británicoDamien Hirst que luego de subastar en un par de días sus obras consiguió la escandalosa cifra de 198 millones de dólares. Dice Vargas Llosa:
Más interesante que esta noticia, y que, por ejemplo, saber que gracias a su exitosa subasta Damien Hirst ha inyectado un buen puñado de millones a su fortuna personal calculada en unos mil millones de dólares, es el hecho de que, a raíz del remate de Sotheby's, muchos críticos que habían contribuido con sus elogios desmedidos a cimentar el prestigio de Hirst como uno de los más audaces artistas modernos comienzan ahora a preguntarse si el ex delincuente juvenil y exhibicionista impenitente --cuando yo vivía en Londres hizo mucha alharaca que posara ante la prensa con un cigarrillo colgado en el pene-- tiene en verdad algún talento o es solamente un embaucador de formidable vuelo.

Luego de comentar algunas críticas contra las obras de Hirst y sus operaciones de marketing, Vargas Llosa va al centro de su comentario:
Yo estoy convencido de que las mariposas muertas, los frascos farmacéuticos y los animales disecados de Hirst no tienen nada que ver con el arte, la belleza, la inteligencia, ni siquiera con la destreza artesanal --entre otras cosas porque él ni siquiera trabaja esas obras que fabrican los 120 artesanos que, según leo en su biografía, trabajan en su taller--pero no tengo manera alguna de demostrarlo. Como tampoco podría ninguno de sus admiradores probar que sus obras son originales, profundas y portadoras de emociones estéticas. Como hemos renunciado a los cánones y a las tablas de valores en el dominio del arte, en este no hay otro criterio vigente que el de los precios de las obras de arte en el mercado, un mercado, digamos de inmediato, susceptible de ser manipulado, inflando y desinflando a un artista, en función de los intereses invertidos en él. Ese proceso explica que uno de esos productos ridículos que salen de los talleres de Damien Hirst llegue a valorizarse en doce millones de dólares. ¿Pero, es menos disparatado que se pague 33 millones de dólares por una pintura de Lucien Freud y 86 millones por un tríptico de Francis Bacon, por más que en este caso se trate de genuinos creadores, como hizo el millonario ruso Roman Abramovich en una subasta en Nueva York el pasado mayo?

Y, al final, la estupenda lección de Mario Vargas Llosa, que ojalá sea aprendida por algunos escritores contemporáneos ocupados en su inconsciente, adrenalínico y ciego ego trip: la subjetividad en el arte no como un valor sino como un dilema:


El otro criterio para juzgar al arte de nuestros días es el del puro subjetivismo, el derecho que tiene cada cual de decidir, por sí mismo, de acuerdo con sus gustos y disgustos, si aquel cuadro, escultura o instalación es magnífica, buena, regular, mala o malísima. Desde mi punto de vista, la única forma de salir de la behetría en la que nos hemos metido por nuestra generosa disposición a alentar la demolición de todas las certidumbres y valores estéticos por las vanguardias de los últimos ochenta años es propagar aquel subjetivismo y exhortar al público que todavía no ha renunciado a ver arte moderno a emanciparse de la frivolidad y la tolerancia con las fraudulentas operaciones que imponen valores y falsos valores por igual, tratando de juzgar por cuenta propia, en contra las modas y consignas, y afirmando que un cuadro, una exposición, un artista, le gusta o no le gusta, pero de verdad, no porque haya oído y leído que deba ser así. De esta manera, tal vez, poco a poco, apoyado y asesorado por los críticos y artistas que se atreven a rebelarse contra las bravatas y desplantes que la civilización del espectáculo exige a sus ídolos, vuelva a surgir un esquema de valores que permita al público, como antaño, discernir, desde la autenticidad de lo sentido y vivido, lo que es el arte verdaderamente creativo de nuestro tiempo y lo que no es más que simulacro o mojiganga. Será un largo proceso, y por eso sería conveniente que comenzara cuanto antes, porque el arte tiene una función central que cumplir dentro de la cultura de una época, es un centro neurálgico de la vida espiritual de una comunidad, una fuente de solaz y de goce, de enseñanzas para depurar las imperfecciones de que está hecha la rutina cotidiana y un guía que constantemente señala unas formas ideales de ser, de amar, de vivir y hasta de morir. Por eso el arte no puede quedar secuestrado por unas minorías insignificantes de pitonisas, bufones y negociantes, cortado casi totalmente de ese barro nutricio que es la colectividad, de la que todo gran arte ha extraído siempre su energía y su materia prima a la vez que a ella devolvía unas formas y unos modelos que ennoblecían sus deseos y sus sueños. Solo si el arte recupera su libertad y se emancipa de esos grupúsculos de esnobs, frívolos y especuladores entre los que ha quedado confinado, nos libraremos de los Damien Hirst.

Si quieren saber un poco más del tema, los enlazo con una nota en "El País" escrita por Fietta Jarque.

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1:49 p.m.

Iván, lo que dice Vargas Llosa está en contra de lo que tú y tus amigos piensan y hacen. Me estoy refiriendo a Cueto, Ampuero, Faveron. Es increible como, con que desparpajo puedes referirte a las ideas y valores de Vargas Llosa como si fueran tuyos, si tú piensas y haces todo lo contrario,justamente lo que Mario crítica.    



2:04 p.m.

Al contrario, creo que el comentario final de VLL nos da la razón a muchos que hemos intentado reflexionar sobre litertaura peruana sin insultos, como Faverón, Cueto, Ampuero y yo mismo.

Los que quedan mal parados son ese montón de payasos que últimamente inundan el mundo blogueril peruano haciendo aspas de molino y pucheros para que notemos su existencia y su ignorancia.

Un montón de payasos entre los que, sin duda, estás tú "Anónimo"

IVAN    



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