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Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

McEwan sobre Upidke

John Updike. Fuente: the guardian

La muerte de John Upidke sigue tendiendo su estela sobre la literatura en lengua inglesa. Ahora, uno de los grandes escritores del Dream Team británico en palabras de Jorge Herralde, Ian McEwan, le ha dedicado un hermoso texto que reproduce el diario Clarín en el suplemento Ñ. Aquí los párrafos dedicados a la Tetralogia de Conejo:

La tetralogía de Conejo es la obra maestra de Updike y será probablemente su monumento. En todos sus detalles, más hogareños o más duros, y en todos sus territorios, el trabajo, la política, la jubilación y, sobre todo, el sexo, lo metafísico siempre está presente, a veces como un mero reflejo enterrado en una frase, otras veces de forma cómica y descarada. En la primera novela, Corre Conejo , cuando el joven Harry, cajista y ex jugador de béisbol, se acuesta con Ruth, una prostituta de pueblo, sus sesiones se ven interrumpidas por un debate teológico visceral sobre la existencia de Dios, inspirado por la gente que acude a la iglesia bajo la ventana. Harry, por supuesto, está de parte de Dios; "La idea de hacerlo mientras se llenan las iglesias le excita". Muchos años después, está en la mesa de operaciones, contemplando sus propias entrañas en una pantalla (El show de Conejo Angstrom), rodeado de máquinas y médicos tecnócratas y sus adláteres que "se inclinan entre murmullos sobre el cuerpo de Harry, cubierto con una sábana y con las partes estratégicas expuestas", mientras llevan a cabo una angioplastia de tres horas y media después de su ataque al corazón. La escena está llena de las mejores cualidades de Updike. "El espectro oscuro y mecánicamente preciso del catéter es el gusano de la muerte en su interior. La tecnología impía está jodiendo los tubos húmedos y pulsantes que heredamos del calamar, el coño sin huesos de los mares". La experiencia es profundamente desagradable, "como si su pecho estuviera cociéndose en un microondas. Jesús". Cierra sus ojos unas cuantas veces e intenta rezar, "pero parece una ocasión impropia, hay demasiados elementos del mundo material. Ningún viejo y menudo Dios bíblico se atrevería a interferir". El único consuelo es que su médico es judío, porque Harry tiene "un prejuicio gentil de que los judíos hacen todo un poco mejor que los demás, algo relacionado con todas esas generaciones encorvadas sobre el Talmud y las mesas de relojero, no se distraen tanto como otras religiones, no aspiran a divertirse tanto. Se mantienen apartados del alcohol y la droga y sólo tienen debilidad... por las tías". Como Bellow, el único equiparable a él en este aspecto, Updike es un maestro de la capacidad de pasar sin esfuerzo de la tercera persona a la primera, de la densidad metafórica de la prosa literaria a lo popular, del detalle específico a la amplia generalización, de lo real a lo sobrenatural, de lo terrorífico a lo cómico. Para lograr sus propósitos, Updike inventó un estilo de narración, un intenso tiempo presente, un estilo indirecto libre, que puede saltar, cuando quiere, a la imagen de Harry desde la perspectiva de Dios, o a la visión de su sufrida esposa, Janice, o su hijo tan injustamente tratado, Nelson. Esta maquinaria cuidadosamente elaborada permite plantear hipótesis de teoría evolutiva, que son más de Updike que de Harry, y generalizaciones cómicas sobre los judíos, que son más de Harry que de Updike. Todo esto es una de las cualidades fundamentales de la tetralogía. Updike dijo en una ocasión que los libros de Conejo eran un ejercicio de punto de vista. Fue una afirmación típicamente humilde, pero que contenía algo de verdad. La educación de Harry llega sólo hasta el bachillerato, y sus ideas están limitadas además por una serie de prejuicios y un espíritu terco y combativo, y, sin embargo, sirve de vehículo para una meditación de medio millón de palabras sobre las ansiedades, los fracasos y la prosperidad de Estados Unidos en la posguerra. Había que idear un modo de hacer eso posible, y eso significaba forzar los límites del realismo. En una novela como ésta, insistía Updike, hay que ser generoso y otorgar elocuencia a los personajes, "y no reducirlos al que uno crea que es su tamaño adecuado". También tenía claro que todos percibimos más de lo que podemos expresar con palabras, y nunca olvidaba el ejemplo de Joyce y su "gran intento de capturar cómo recorremos la vida".

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11:03 a.m.

Metió las patas McEwan y los del Clarín ni se enteraron. Harry "Rabbit" Angstrom nunca jugó al baseball. Su efímera gloria la consiguió como jugador de basketball en la secundaria. Si se trata de recordar a alguien hay que recordarlo como se debe.    



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