MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

John Updike por McEwan

John Upidke. Ilustración: Richard Allen/ todayinart

Un hermoso homenaje (en el que recorre con precisión de entomólogo toda su obra) al colega fallecido es el que Ian McEwan, cada vez mejor posicionado como el escritor inglés más importante de la actualidad, le rinde a John Upidke, al que llama "Maestro blasfemo" y dice, además, que apenas Roth queda de aquella "edad de oro de la novelaa norteamericana". Se acabó. Lo publica "Babelia" en su última edición:

Ahora, este maestro blasfemo, cuyos esquemas y hermosos conceptos literarios parecían a veces casi shakespearianos, ha muerto, y las letras estadounidenses, privadas en años recientes de dos gigantes como Bellow y Mailer, se han convertido en una llanura plana, con un solo promontorio vigilado por Roth. Nos acercamos al fin de la edad de oro de la novela norteamericana en la segunda mitad del siglo XX. Henry Bech, el remoto álter ego judío de Updike, nunca inmune a ataques de ansiedad de clase, reflexionaba sobre las pobladas hordas de contemporáneos llenos de talento y despreciados: "Quienes no parecían, como John Irving y John Fowles, llenos de verborrea y dotados de un método reaccionario y dickensiano, resultaban, como John Hawkes y John Barth, soberbios y herméticamente experimentales. O'Hara, Hersey, Cheever, Updike: todos ellos vivían a salvo en zonas residenciales mientras los barrios bajos del arte se desintegraban. Y eso, para no hablar más que de los Johns". A Updike, el más luterano de los escritores, movido por la curiosidad intelectual toda su vida, la ciencia le inquietaba como Dios inquieta a otros. Cuando le parecía bien, podía fácilmente absorber y admirar la física, la biología y la astronomía, pero tenía una incapacidad congénita de "dar el salto a la falta de fe". La "carga" de la muerte personal no se lo permitía, y esa tensión entre la apertura intelectual y el temor metafísico es fuente de mucha seriedad y mucho humor negro. (...) La obra de Updike es tan vasta, tan variada y tan rica, que tardaremos años en captar toda su medida. Hemos pasado tanto tiempo, todas nuestras vidas, esperando su nueva novela, o relato, o ensayo, que no parece posible que este río de invenciones se haya detenido de pronto. Estamos verdaderamente desconsolados por el hecho de que este hombre reticente y amable, de feroz ética de trabajo y facilidad sobrehumana, no vaya a escribir más para nosotros. Era un hombre muy privado, culto, generoso, educado, el tipo de persona que podía pedir perdón por responder a una carta a vuelta de correo porque era la única forma de mantener su mesa despejada.
Al contrario de lo que podría indicar su obra, en la vida real, John Updike estaba totalmente dedicado a su enorme familia, repartida en varias generaciones, así que, por qué no dejar que sea uno de sus personajes más jóvenes el que se despida en su nombre. Cuando Henry Bech sube al estrado en Estocolmo para pronunciar su discurso de aceptación del Nobel lleva en brazos, apoyada en su cadera, a su hija de un año. La niña se retuerce con impaciencia durante el discurso y, cuando ve que por fin ha terminado, agarra el micrófono "con los dedos medio cerrados y llenos de babas, como si quisiera arrancar la gruesa bola de metal". Bech siente el calor de su cabecita, inhala "el aroma a polvos de talco de su cuero cabelludo... Entonces, ella levantó la mano derecha, a la vista de todos, e hizo ese suave abrir y cerrar de dedos que significa adiós".

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1:09 p.m.

Hola Iván.
Una sugerencia anodina. No uses aquello de "colega", cuando te refieres a los escritores que admiras. No queda bien. Tranquilo. Todo cae, todo llega. Recuerda aquello que resulta tan huachafo como llamarse a sí mismos, "poeta".
Había una huachafada constante en aquel huachafo insufrible que era el abogado, Dr. Enrique Chirinos Soto. Cuando lo entrevistaban, o cuando alguna vez tuvo un programa televisivo, y ´´el entrevistaba, solía usar el "colega", para referirse a otros periodistas. No corre, no queda, no fluye.
De buena fe: Lucio.    



9:30 a.m.

Gracias Ivan por publicar el homenaje a Updike. En la última New Yorker hay uno del editor de la revista que también vale la pena (http://www.newyorker.com/talk/2009/02/09/090209ta_talk_gopnik)
* A diferencia de Lucio no veo problema en llamar colega a Updike o cualquier otro escritor. Así como se debe aceptar que escritores a los que no se les tiene el más mínimo aprecio lo son también. Digo, quién es quién para separar en clases al gremio, o ¿hay unos más iguales que otros?    



5:31 a.m.

Aunque a mí tampoco me parece mal llamar "colega" a un escritor, quiero aclarar que el contexto de la frase implica claramente que uso "colega" para relacionar a McEwan con Updike.

Saludos

IVAN    



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