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Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Canibalismo literario

el conde Ugolino. Fuente: altroviaggio

Hace unos meses, en "Puente Aéreo" (blog que pronto será reactivado según su relajado administrador), Gustavo Faverón pidió que le recomienden libros o textos que hablen del canibalismo. Se refería a obras hispanoamericanas exclusivamente, creo. Como si Laura Restrepo lo hubiera leído, en "Babelia" ha escrito un artículo sobre caníbales y literatura en obras universales. Habla de obras contemporáneas conocidas, como las de Thomas Harry o Junichiro Tanizaki, pero también clásicos. Se refiere, por ejemplo, a La Divina Comedia.
Otro de mis favoritos es ese Conde Ugolino de la Divina Comedia, que se ha comido a sus hijos y a sus nietos y a quien Dante desde luego condena al infierno. Pero aquí viene el quiebre que le pone sal a la historia: de todos los círculos infernales, Dante escoge a Antenora para confinarlo, siendo Antenora el lugar reservado para eterno castigo de los traidores. Los datos históricos echan luces sobre el porqué de esta decisión: en la vida real Ugolino, siendo güelfo, jugó a favor de los gibelinos, por lo cual los suyos lo encerraron hasta la muerte junto con sus descendientes en la llamada torre del hambre, en Pisa, escenario que le sirve a Dante para montar esa magnífica escena en que los jóvenes se le ofrecen al anciano conde: "Padre, menor será nuestro dolor si tú nos comes: tú nos vestiste estas míseras carnes, tú tómalas ahora". Ugolino sólo acepta la amorosa oferta en medio de su duelo, cuando ya los demás han muerto de inanición, porque "más que el dolor, pudo el ayuno". Al condenarlo por alta traición política contra los güelfos y no por entrarle a mordiscos a los restos de su progenie, Dante reconoce tácitamente que el conde ha incurrido en una oblicua modalidad de canibalismo que podría pasar por moralmente aceptable, en el mismo sentido en que la entendería Montaigne siglos después, al desafiar los prejuicios imperantes afirmando que era más atroz que los civilizados de la Inquisición torturaran a los vivos, a que los salvajes del Nuevo Mundo se comieran a los muertos. La clave en el canto de Ugolino es, pues, la traición, y no el canibalismo. Ugolino, o el canibalismo soslayado.

Y también a William Shakespeare:
También es fascinante el proceso mediante el cual Shakespeare parece haber llegado a la conclusión de que se extrae más sustancia artística del tabú del canibalismo que del canibalismo mismo. En su Titus Andronicus, esa tragedia que por aparatosamente sangrienta parece más bien una farsa, las violaciones, los crímenes y las mutilaciones son los eslabones de una cadena de venganzas que termina en canibalismo -el desquite más brutal que se pueda concebir, la retaliación extrema, como lo llamó Montaigne-, cuando Titus engaña a la reina Tamora y la hace comer de un cocido hecho con la carne de sus propios hijos. Años después aparece Hamlet, otra tragedia de venganza que de haber cumplido con el previsible patrón tradicional hubiera podido terminar en un banquete similar. Pero aquí Shakespeare, en un golpe de genialidad, hace que el joven príncipe se niegue a vengar a su padre, con lo cual el drama rompe con el esquema prototípico, deja de lado la secuencia lineal del ojo por ojo y desemboca en el terreno más hondo, complejo y contemporáneo de las vicisitudes internas del personaje. Hamlet, o la fuerza del canibalismo evitado.

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9:37 a.m.

Lo último que leí de canibalismo fue de Andrés Caicedo, en su "Calicalabozo". Aunque nada tan sádico cómo estos que comentan aquí.    



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