MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

D.F. Wallace: the unfinished

David Foster Wallace. Ilustración: philip burke. Fuente: The New Yorker

Conmovedor, conmovedor, conmovedor. No sé qué más decir después de leer las 13 páginas que D.T. Max le dedica a David Foster Wallace en The New Yorker. Es un paseo por su vida y su obra, desde el nacimiento, las obras, el éxito, la depresión, las pastillas que tomaba y que dejó de tomar a último momento, el brevísimo periodo de optimismo que le siguió a esa decisión (según lo comenta Jonathan Frazen) y luego la oscuridad total, la lucha contra el instinto suicida y aquella última imagen, que atestiguó su esposa, del extraordinario narrador de 46 años ahorcado delante de 200 páginas perfectamente visibles de su inacabada novela. Esta descripción de los últimos días de la vida del escritor es contundente:

During the spring of 2008, a new combination of antidepressants seemed to stabilize him. When GQ asked him to write an essay on Obama and rhetoric, he felt almost well enough to do it. The magazine reserved a hotel room for him in Denver. But he cancelled. That June, the annual booksellers’ convention was in Los Angeles, and Wallace drove there to have dinner with Pietsch, Nadell, and a few others. Pietsch was amazed at how thin Wallace was. Nadell, at Wallace’s request, explained to magazine editors that he had a stomach malady. “It had to be severe enough to explain why he couldn’t travel,” she remembers. About ten days after the dinner, Wallace checked in to a motel about ten miles from his home and took an overdose of pills. When he woke up, he called Green, who had been searching for him all night. When she met him at the hospital, he told her that he was glad to be alive. He was sorry that he’d made her look for him. He switched doctors and agreed to try electroconvulsive therapy again. He was terrified at the prospect—in Urbana, it had temporarily taken away his short-term memory—but he underwent twelve sessions. They did not help. Caring for Wallace was exhausting. For one nine-day period, Green never left their house. In August, her son suffered an athletic injury, and she wanted to be with him. Wallace’s parents came to look after David. “It’s like they’re throwing darts at a dartboard,” he complained to them about his doctors. They went with him to an appointment with his psychiatrist; when the doctor suggested a new drug combination, Wallace rolled his eyes. Eventually, Wallace asked to go back on Nardil. But Nardil can take weeks to stabilize a patient, and Green says that he was too agitated to give it time to work. Still, in early September, Nadell spoke with him and thought that he sounded a bit better. Green believes that she knows when Wallace decided to try again to kill himself. She says of September 6th, “That Saturday was a really good day. Monday and Tuesday were not so good. He started lying to me that Wednesday.” He waited two days for an opportunity. In the early evening on Friday, September 12th, Green went to prepare for an opening at her gallery, Beautiful Crap, in the center of Claremont, about ten minutes from their home. She felt comforted by the fact that he’d seen the chiropractor on Monday. “You don’t go to the chiropractor if you’re going to commit suicide,” she says. After she left, Wallace went into the garage and turned on the lights. He wrote her a two-page note. Then he crossed through the house to the patio, where he climbed onto a chair and hanged himself. When one character dies in “Infinite Jest,” he is “catapulted home over . . . glass palisades at desperate speeds, soaring north, sounding a bell-clear and nearly maternal alarmed call-to-arms in all the world’s well-known tongues.” Green returned home at nine-thirty, and found her husband. In the garage, bathed in light from his many lamps, sat a pile of nearly two hundred pages. He had made some changes in the months since he considered sending them to Little, Brown. The story of “David Wallace” was now first. In his final hours, he had tidied up the manuscript so that his wife could find it. Below it, around it, inside his two computers, on old floppy disks in his drawers were hundreds of other pages—drafts, character sketches, notes to himself, fragments that had evaded his attempt to integrate them into the novel. This was his effort to show the world what it was to be “a fucking human being.” He had not completed it to his satisfaction. This was not an ending anyone would have wanted for him, but it was the ending he chose.

The New Yorker también publica un fragmento, bajo el título "Wiggle room", de la obra póstuma y no terminada de Wallace que será publicada sin duda antes del próximo año.

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1:00 p.m.

Entiendo que una persona como Kurt Cobain no se sometiera a psicoanálisis, pero que alguien con semejante cultura no lo hiciera, se me hace muy raro...no se...tal vez arrogancia ("Freud está mandado a recoger" "el psicoanálisis no sirve para nada" la dos babosadas más populares entre la gente "culta"). Paz en la tumba del Sr. Wallace.

Att. José María León    



11:46 a.m.

El problema no es el psicoanálisis sino los psicoanalistas. Si te toca como el de Woody Allen en Manhattan, te suicidas tú; si te toca el que psicoanalizaba a Diane Keaton en la misma película, se suicida él. Prefiero la segunda opción.    



6:56 p.m.

Totalmente de acuerdo con el comentario de JM Leon, yo estoy convencido que cuatro sesiones semanales de psicoanalisis, durante tres o cuatro meses hubieran salvado a este pobre hombre.
Ivan yo lei un articulo muy interesante sobre DFWallace que la revista dominical del New York Times publico el pasado mes de diciembre. Me tome el trabajo de traducirlo y aqui se lo envio.
Saludos!
P.D.: Lo de DT Max en The New Yorker, le comento que el pasado dia viernes (ayer) a eso de las 5pm, NPRadio aqui en los EEUU, le dedico una breve entrevista, un breve segmento radial (como de 4 o 5 minutos) todo muy interesante. Y ahora me voy con el articulo, para leerlo y espero tambien traducirlo.

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Consideremos al filósofo: las iniciales investigaciones metafísicas de David Foster Wallace.
(David Foster Wallace: Ahí donde la Filosofía y la Ficción se cruzan)(*)
Por: James Ryerson (The New York Times)

Con el suicidio de DFW autor de La broma infinita, el pasado 12 de setiembre, el mundo de la literatura contemporánea norteamericana pierde a su intelectual más ambicioso. Al igual que sus contemporáneos Richard Powers y William T. Vollmann; Wallace escibio extensas novelas cerebrales armadas enciclopédicamente de información e ideas arcanas. En sus ensayos, obras de no-ficción, abordo un amplísimo rango de temas relacionados con el saber intelectual: lexicografía, teoría literaria post-estructural y la ciencia, ética y epistemología del dolor de las langostas. Escribió un libro relacionado con la historia y la filosofía del las matemáticas del infinito. Incluso el mecanismo de su estilo, que consistía en el uso extenso de notas a pie de página y al final de la obra; se constituían como una especie de homenaje a su intelecto.

Pero Wallace era también cauteloso con sus ideas. Se encontraba perpetuamente en guardia ante las formas en que el pensamiento abstracto (especialmente el pensamiento del propio pensamiento) podía apartarnos de algo más real y genuino. Leer sus escritos, fervientemente dialécticos y cargados de una agudeza cohibida; era como presenciar o testimoniar la agonía del conocimiento: o de cómo los giros y las vueltas del pensamiento pueden al mismo tiempo contener la promesa del conocimiento verdadero, y también el peligro para este mismo pensamiento. Wallace vivía preocupado por el hecho de que existían ciertos paradigmas teóricos –el esteticismo cerebral del modernismo, o el astuto engaño de lo post-moderno- que no le daban ninguna importancia a lo que el mismo había denominado en alguna oportunidad “las tradicionales y antiquísimas verdades de la humanidad que tienen que ver con la comunidad, la espiritualidad y las emociones.” Wallace fue un ferviente instigador al llamar la atención de manera seria y comprometida, en la necesidad de retomar el tratamiento de estas verdades básicas. No obstante el mismo se había ocupado de esta problemática con sus propios, fracturados y, a menudo esotéricos métodos. Era una tensión definida: eran las mismas herramientas conceptuales que utilizaba para desentrañar su propia vida, las que a fin de cuenta lo amenazaban de mantenerlo para siempre a una buena distancia de las conexiones por las que se esforzaba de establecer.

Considerando su gran don intelectual y el extenso culto que le siguió; es una gran sorpresa descubrir que esa única, sistemática y formal contribución al mundo de las ideas, nunca fue publicada y permanece hoy en día totalmente desconocida. “El Fatalismo de Richard Taylor y la semántica de la Física Modal” Así titulo su tesis de pre-grado aprobada con honores y presentada para obtener su grado en el Amherst College en 1985. La oscuridad de sus ideas es fácilmente entendible. Es un estudio altamente especializado de 76 páginas sobre semántica y metafísica que difícilmente podría considerarse filosóficamente débil. A modo de muestra les transcribo una de las frases que el mencionado estudio contiene: “Consideremos a Ā (una posible estructura física) como un conjunto de diferentes caminos que se intersectan, a saber Ji – Jn, en donde cada uno de ellos contiene un set de funciones, Ls, en pares ordenados (t, w) ((tiempo y situación mundial)), y todo ello para cualquier Ln, Lm en algún Ji, Ln R Lm, en donde R es una relación primitiva accesible que corresponde a una posibilidad física, entendida esta en términos de compatibilidad física diacrónica.” Hay pues razones que alimentan el hecho de que era mejor conocido por un ensayo acerca de un bote.

A pesar de lo críptico, debemos considerar que esta tesis representa una fase importante en el desarrollo intelectual de Wallace. Una vez que sus metas y ambiciones son atendidas, el papel proyectara una luz reveladora aun en las etapas tempranas de su lucha por usar los poderes de su mente extraordinaria, para obtener el mas preciado de sus bienes: como protegernos en contra de las seducciones del intelecto y como encontrar esa superficie sólida, segura para posesionar ahí todo lo que hay –o había- de urgente y genuino en sus convicciones.

En Amherst, a inicios de los 80’s, Wallace, que era el hijo de un distinguido filosofo; era considerado por sus profesores como una persona con un raro y especial talento filosófico; un genio en pleno desarrollo. (Ingresaría mas tarde a la escuela de graduados de filosofía de Harvard, aunque no duraría por mucho tiempo) Si bien empezó a escribir ficción en el college –simultáneamente desarrollo y termino una segunda tesis de pre-grado en Ingles que finalmente devino en 1987 en la novela titulada “The Broom of the System” (La escoba del sistema)-, fue la Filosofía lo que definió a este escritor en el ámbito académico. “Lo conocí como un filosofo que tenia un hobby por la ficción”, me comento recientemente Jay Garfield, el asesor de tesis de Wallace y hoy profesor en Smith College. “Nunca me hubiera imaginado que el era uno de los grandes escritores de ficción de su generación, con un hobby por la Filosofía.” –Concluye diciendo.

En algún momento de sus últimos años como alumno en el collage, Wallace devino preocupado, problematizado, por un estudio filosófico publicado inicialmente en 1962 por el filosofo Richard Taylor, titulado “Fatalismo”. El fatalismo supone de manera radical que las acciones y decisiones del ser humano no tienen ninguna influencia en el futuro. En otras palabras, la conducta que tienes hoy de ninguna manera modela o da forma a los eventos del mañana o los del pasado. Por el contrario, y de manera inversa, los fatalistas dicen que es como las cosas se suceden en el futuro, lo que únicamente interesa y afecta a lo que sucede en este momento. Lo que se presentaba como una posibilidad abierta sujeta a elección humana –dispares o no dispares tu revolver- es de antemano o imposible o absolutamente necesario. Tú sencillamente eres parte o vas transitando dentro de cierto fluido cósmico.

Tal vez en forma más contra intuitiva, los fatalistas argumentan que de esta extrema y caótica doctrina se puede establecer una reflexión más simple bajo la sencilla lógica de proposiciones sobre el futuro. Veámoslo. Si yo disparo mi revolver, luego de un segundo, el cañón va a estar caliente; pero si yo no lo disparo, luego de un segundo el cañón no estará caliente; pero la preposición “luego de un segundo el cañón va a estar caliente” es en este momento verdadero o falsa. Si la preposición es verdadera, entonces se da el caso que yo voy a disparar el arma y si la preposición es falsa; entonces se da el caso que no la disparare. En ambos casos, será el estado de los acontecimientos futuros lo que dictara lo que yo haré o no haré en el presente.

Obviamente hay algo sospechoso en todo esto. Pero la versión altamente sofisticada de los argumentos de Taylor hacia extremadamente difícil identificar lo que estaba errado y ello no tanto porque Taylor desarrollo su controversial teoría utilizando un puñado de asunciones poco controversiales sobre la lógica y el lenguaje (para empezar ninguna afirmación es verdadera o falsa) Lo que mas exaspero a Wallace del estudio de Taylor fue no ese desesperado e inducido punto de vista del fatalismo como tal (lo cual es de por si preocupante); sino, y tal como Jay Garfield lo recuerda, “que esta problemática conclusión metafísica venia antecedida de premisas aparentemente corrientes o sencillas”. Pareciera como si Taylor hubiera revuelto las relaciones normales entre la lógica, el lenguaje y el mundo físico, arrancándolas de sus propias esferas. En Wallace existía aquel tipo de angustia que se alimentaba o yacía en la perspectiva de un mundo tan deficitario de triunfo, de golpes. “Su razonamiento era prodigioso y múltiple y tenia una sensibilidad muy grande”, me comentaba Willem deVries, filosofo y en la actualidad profesor de la Universidad de New Hampshire y principal asesor de la tesis de Wallace. “El no sentía mucha atracción por la filosofía porque descubrió que a través de ella se podía construir todo tipo de psicodelias y argumentaciones extrañas” (weird, mind-bending arguments). Era en extremo cauteloso frente a estas argumentaciones disparatadas. Tal vez porque su propia mente se sensibilizaba o doblegaba con facilidad.

Pero como corregimos el fatalismo de Taylor? Wallace propuso que el argumento de Taylor ocultaba un defecto. En esencia Taylor estaba trabajando con dos tipos de preposiciones como si fueran las mismas, cuando en los hechos necesitaban ser diferenciadas y por tanto tratadas en forma diferente. Considere la oración: “Se dio el caso de que ya no puedo disparar mi revolver.” Y la oración: “No puede ser el caso de que yo he disparado mi revolver.” A primeras podría sonar igual pero para Wallace encerraban nociones de imposibilidad marcadamente diferentes. Veamos. “Se dio el caso de que yo no puedo disparar mi revolver” esta referido a una situación en el pasado en donde disparar es prácticamente imposible, debido a que digamos, mi revolver estaba averiado. Y, “No puede ser el caso de que yo he disparado mi revolver” esta referido a una situación del presente en donde disparar es prácticamente imposible debido a que digamos, mi revolver no se encuentra listo para disparar. La primera noción envuelve una coacción temprana y física de disparar (a saber, el revolver averiado), la segunda noción envuelve la ausencia actual de una consecuencia necesaria de disparar (a saber, que el cañón este caliente) Como observador extremadamente sensible del lenguaje, Wallace, nota esas sutiles diferencias que el lenguaje contiene: la fina diferencia en el significado de las frases: “Yo no podría haber hecho esto y lo otro” y “Yo no puedo hacer esto y lo otro.”

Armado con esta pequeña pero poderosa idea, Wallace quedo habilitado para desarmar toda la maquinaria argumental de Taylor. Todos los asuntos relacionados con el “FATALISMO” y su simpleza de pronto empezaron a mostrarse espinosos y complejos y, para el tiempo en que Wallace trabajo todos los detalles en su tesis –las interacciones precisas entre los elementos del significado, tiempo y posibilidad- estaba claro que había refutado los argumentos de Taylor (El aparato formal que Wallace desarrollo en la tesis; el llamado sistema “intencional-físico-modal”, hubiera podido constituir una contribución novísima para el ámbito de la literatura filosófica; y tanto los profesores deVries como Garfield, me expresaron, cada uno a su manera, su pesar de que Wallace nunca publicara su tesis) Tal vez nuestras acciones estén en efecto predestinadas, reconoce Wallace –en todo caso no tenia absolutamente nada que decir acerca de la substancia metafísica de la doctrina. Pero si el fatalismo es verdadero y el lo demostró, vamos a aprender este hecho solo a través de un argumento que bosqueje algo mas rico y mas sustantivo que las reflexiones puramente lógicas y áridas que realizo Taylor. Si Taylor quiere derribar nuestro punto de vista tendré que enrollar sus cadenas intelectuales y escarbar reflexionando en temas más sustanciales como la cosmología, la entropía o similares.

El gran logro de la tesis de Wallace no radica sin embargo en sus aspectos técnicos o argumentativos, sino en el campo de lo que podríamos llamar una victoria moral. Su atención endemoniada, detallando los aspectos del lenguaje y la lógica y su a todas vistas, habilidades cognitivas ilimitadas, had set aright a world momentarily upended by a conceptual sleight of hand. (**) “A la luz de lo que hemos podido conocer sobre la semántica de la física modal”, escribe Wallace en la parte final de su estudio, “yo sostengo que los argumentos semánticos de Taylor no están a la altura de sus conclusiones metafísicas.” Y a continuación argumenta modestamente en el sentido de que su propio análisis sobre el problema “radica en advertir acerca de la siguiente conclusión: si Taylor y los fatalistas nos quieren obligar a aceptar una conclusión metafísica, entonces deberán trabajar desarrollando metafísica y no semántica. Y esto nos parece completamente apropiado.”
Las cosas por el momento están donde deben de estar…


(*) Esta seria mi traducción libre para el titulo original:
“Consider the Philosopher. The early metaphysical investigations of David Foster Wallace.”

(**) Esta frase pendiente de traducir    



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