MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

El final de Lezama

José Lezama Lima. Fuente: Letraslibres

Tomás Eloy Martínez ha escrito un texto en el que recuerda las últimas horas de ese escritor cubano inmenso, José Lezama Lima, autor de la persistente Paradiso. El "peregrino inmóvil" lo llama. Una imagen más para alimentar el mito del lector voraz, del intrincado barroco, que vivía enfermo encerrado en su pequeño departamento de La Habana que jamás abandonó, asediado al mismo tiempo por el asma y por la fama casi incomprensible, irónica, para un autor tan hermético.

Cuenta Tomás Eloy Martínez: "Al caer la tarde llegó a la casa Roberto Fernández Retamar, el hombre fuerte de la cultura cubana. "¿Tú también vienes a verme morir?", bromeó el poeta. "No pienso darles el gusto. Hasta Fidel imagina que ya he bajado a la mansión del Hades, pero estoy en Guanabacoa, bailando una rumba en cueros". La papada se le plegaba enorme sobre el pecho. Cada tanto, el poeta se la palpaba y repetía, con la voz entrecortada: Hinchado está el mulo, valerosa hinchazón/ que le lleva a caer hinchado en el abismo. Cuando Retamar se marchó, Lezama trató de levantarse. Un desmayo fulminante lo derrumbó en la cama. El doctor Moreno se dio cuenta que ya no podía perder tiempo y que ésa era una oportunidad de providencia. La neumonía estrangulaba los pulmones del enfermo y le apagaba la vida. Los camilleros que montaban guardia intentaron llevarlo a la ambulancia pero fueron vencidos por el cuerpo descomunal del poeta. Los vecinos más fuertes del barrio acudieron a socorrerlos. Aun así, se les quedaba estancado a cada paso. Les cerraban el paso los muebles, las figuritas de porcelana, las torres de libros. Tuvieron que quitar las persianas del balcón y abrir un hueco en la mampostería porque el cuerpo afiebrado seguía hinchándose. Antes de las seis de la tarde, Lezama despertó en una cama del hospital. Lo primero que hizo fue pedir que le llevaran un flan con crema. Apenas podía respirar y, por primera vez en la vida, una sola cucharada lo sació. Cuando el poeta Cintio Vitier entró en el cuarto para darle un abrazo, Lezama le dijo que los médicos exageraban lo que era "un simple catarrito". El doctor Moreno contó que ya estaba en agonía y no se daba cuenta. Las flemas aumentaban y le enrarecían la respiración. Tuvieron que entubarlo, inyectarle más antibióticos, ponerle broncodilatadores. La abnegada María Luisa lo tenía de las manos y lloraba tragándose las lágrimas. A las dos de la mañana del lunes 9 de abril le oyó decir, con el hilo de voz que le quedaba: "Ave María, me cubre la manta negra". Tenía los ojos muy abiertos, llenos de curiosidad por el mundo que dejaba. La eternidad que había empezado con Paradiso ahora también tenía un fin.

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