MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Las visibles voces de Porchia

El "Viejo" Antonio Porchia. Fuente: radar

¿Existe la "posteridad invisible"? La posteridad de Antonio Porchia parace responder que "sí". Porchia y sus brevísimos textos, resumidos bajo el simple título de "Voces" (que en Argentina, supongo, tiene un doble significado), han influido a generaciones de poetas extraordinarios de Argentina -el mejor de todos, Roberto Juarroz- y sin embargo apenas es posible encontrar poemarios suyos. Una editorial cordobesa acaba de publicar un compendio de Voces y eso es un buen pretexto para que el escritor Guillermo Saccomanno escriba un dedicado perfil del invisible Antonio Porchia en "Radar". Antes de que vuelva a la invisibilidad, dejo el enlace y un largo párrafo (lleno de su poesía, además) que pinta bien al maestro:

"Lo que hice o no hice, creo que pasó. Y lo que haré o no haré, creo que también pasó”, escribió alguna vez el Viejo, y seguro que al Viejo le corresponde la mayúscula, el Viejo al que todos llaman Don Antonio. Cuando alguien viene a visitarlo a su casa de la calle Malaver, en Olivos, Don Antonio agarra la bolsa de los mandados y va hasta el almacén. Ahora, en la vejez, otra vez contando el centavo como cuando tenía diecisiete años y recién había bajado del barco. Trabajaba día y noche entonces. “Un poco más de pan en mis primeros años y mi todo hubiera sido todo lo que es todo en todos mis años”, escribió. No es ninguna excepción, en este país y no sólo, un poeta que termina en la pobreza o tirado en una cama de hospital. Pero el Viejo tiene aguante: “La pobreza ajena me basta para sentirme pobre; la mía no me basta”, dice en una de sus anotaciones. A pesar de todo, se las arregla para volver del almacén con vino, queso, salame y pan. Así agasaja a sus visitantes. La humildad en que vive, más que pobreza es austeridad. Es decir, dignidad. Su casa tiene cuadros que forman una cotizadísima pinacoteca: Pettoruti, Quinquela, Victorica, Castagnino, Soldi, Butler y Forner. Pero no está dispuesto a venderlos. De todos los libros que tiene, hay dos que están siempre a mano: La Divina Comedia y Jerusalén Liberada. Quienes lo visitan son, por lo general, jóvenes. “Saber morir cuesta la vida”, les enseña. Aunque el Viejo no es de muchas palabras, quienes vienen a verlo sienten que están consultando un oráculo. A los que aprecia suele regalarles una anotación. Una de sus “voces”, así las llama. “La verdad tiene muy pocos amigos y los muy pocos amigos que tiene son suicidas.” Que no se llame aforismo a estas voces, se enoja. “Hablo pensando que no debería hablar: así hablo.” Se indigna cuando lo tratan de aforista. Lo suyo es una poesía de visión metafísica. “Habla con su propia palabra sólo la herida.” Esas voces que escucha, dice, no son una alucinación. Más que autor se piensa intérprete de esas ideas. El Viejo tiene clara la dialéctica entre el uno y el todo. Contra las corrientes poéticas de su tiempo, está en otra cosa. Y en otra parte. Como cuando escribe: “Eramos yo y el mar. Y el mar estaba solo y solo yo. Uno de los dos faltaba”. Siempre estuvo en otra parte. Y en otra. Sin entrar en ninguna: “No, no entro. Porque si entro no hay nadie”. Aunque vienen a verlo, él elige, como lo hizo en toda su vida, permanecer al margen del ambiente literario. El Viejo escribió: “En plena luz no somos ni una sombra”. Y tanto más se aleja ahora que su nombre, su apellido especialmente, se ha convertido en un mito: Porchia. Hace unas noches Dal Masetto me comentó que en los ’60, al entrar a una librería, un amigo le señaló: “Ahí va uno de los poetas más grandes de la Argentina”. El joven Dal Masetto lo miró. El Viejo tenía todo el aspecto de uno de esos italianos inmigrantes, rudos, curtidos por el trabajo áspero. Podía ser un maestro mayor de obra. En verdad, lo era. Era maestro y era mayor. También tenía una obra. La diferencia entre un arquitecto y un maestro mayor de obra consiste en que el primero puede levantar un edificio y el segundo, no más de tres pisos. Esa diferencia encubre otra más profunda. Los delirios constructivos de un arquitecto suelen ser tentaciones de la vanidad. Y derrumbarse. El segundo construye no más de tres pisos, pero el plantado es firme. Y difícilmente se vendrá abajo. La obra del Viejo tiene esta virtud: es una obra medida, enemiga de lo decorativo. “En mi silencio sólo falta mi voz”, escribe. Y, a medida que pasan los años, con su aura de escritor secreto, resiste los embates del tiempo y los istmos. Es sabido: nada atrasa tanto como la vanguardia. La vanguardia es museo. Aunque esta cuestión al Viejo no le importa: “Hombres y cosas, suben, bajan, se alejan, se acercan. Todo es una comedia de distancias”.

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