MOLESKINE ® LITERARIO

Notas al vuelo en cuaderno Moleskine® .

Traductor traidor

Los traductores en Clarín. Fuente: suplemento ñ


Hace unos días hice una broma con respecto a los pobres traductores de Paul Auster, que no pueden tener descanso, así como tampoco lo tienen los de Philip Roth por cierto. Y ahora leo en el Suplemento Ñ una nota sobre la traducción. Y es cierto lo que dicen, a los latinoamericanos nos cuesta bastante leer autores (sobre todo coloquiales) traducidos por españoles. Mencionan a Bukowski pero yo pienso sobre todo en Salinger y su chaval Holden Caulfield? Dice la nota:
Desde luego, el del español neutro es un proyecto falso y represivo, y sólo se usa hoy en libros de bajo vuelo estético. La libre circulación de expresiones localistas en las traducciones literarias es buena en la medida en que evidencia la realidad de que los castellanos de todo el mundo son dialectos y que ninguno es La Lengua, cuya luz nos iluminaría a todos. Y sin embargo, claro, no hay lector que no haya experimentado alguna vez ese rechazo hacia una traducción llena de argot ibérico, hacia un libro plagado de "pitillos" y "gilipollas". Según el editor de Anagrama, Jorge Herralde, el desencanto ante ciertos localismos a veces es mutuo: "Recuerdo que cuando publicamos los primeros títulos de Bukowski, surgieron voces escandalizadas: ''Qué es eso de la máquina de follar?'. Pero hay que tener en cuenta que nosotros hemos tenido que deducir muchas veces que el saco y la pollera eran la chaqueta y la falda".

Sin embargo, lo más interesante de la nota es que nos recuerda la gran tradición de traductores argentinos que seguro todos recordamos (y si no, vayan a dar una vuela por la librería SUR y vean los viejos libros de Losada) y que tanto han hicieron por el Boom literario latinoamericano:

la tradición de traductores en la Argentina es larga y sólida. Basta mencionar algunas traducciones clásicas para imaginarla como un catálogo de raros chispazos que ya ha clavado el ancla en el imaginario de una lengua. Enrique Pezzoni traduciendo Moby Dick de Melville o Lolita, en una edición para Sur bajo el seudónimo de Enrique Tejedor (el libro estaba prohibido en varios países). Julio Cortázar traduciendo los cuentos completos de Edgar Allan Poe, y coronándolos con esa rara avis de los prólogos que es "vida de Poe", o Jorge Luis Borges y su trabajo sobre Las palmeras salvajes de Faulkner o esa perla negra que es el Bartleby de Melville. Girri y su traducción de La tierra yerma de T. S. Elliot. Aurora Bernárdez, que volcó al castellano joyas como Pálido Fuego de Nabokov. En fin; los ejemplos hablan con su propia elocuencia. El traductor, en esos casos, es siempre una voz invisible y subterránea, como si se tratara de un copista que de a poco va deformando el texto original hasta imprimirle, en silencio y para siempre, una huella personal. Alguna vez, en un diálogo con Roberto Bolaño, Piglia imaginó una posible "Enciclopedia Biográfica de Traductores Inmortales": "Una lista de oscuros personajes extraordinarios, escritores asalariados que escriben a tantos centavos por palabra, los únicos verdaderos profesionales de la literatura, los nuevos folletinistas, que viven dedicados a la literatura, pero como escritores clandestinos, mal vistos y mal pagados, los verdaderos malditos, siempre postergados, siempre ausentes, y que por eso mismo serán quizá los grandes creadores del futuro". Y si la tradición argentina es profusa en ejemplos de traducciones clásicas, de perfecta factura, también se funda a partir de un puñado de versiones desplazadas, que violentan el texto original y erigen así la idea de que la traducción es, ante todo, apropiación y saqueo. Pienso en Sarmiento que traduce en un par de noches clásicos del alemán sin conocer muy bien el idioma, o en la primera traducción al español del Ulises de James Joyce, hecha por Salas Subirat; una versión llena de erratas y exabruptos pero que, para Carlos Gamerro, refleja la convulsión y el caos genial del original: "se pasa de formas dialectales argentinas, o latinoamericanas, a formas peninsulares: vacilante, políglota, revuelta; esa es la fricción que enciende el inglés del Ulises, y que hace que el español de nuestro Ulises criollo posea algo de la misma vitalidad". También Borges llevó al hueso de su sistema literario la idea de que la traducción es desvío, y que en esa libertad está, justamente, la intervención específica del escritor.

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3:57 p.m.

Me gustó el texto, y es que tiene razón, traducir no es copiar, tiene algo humano que hace de eso imposible...Y creo, además, que debe ser un asunto de expertos, porque aspi nomás el tema resulta temible. Límites de la lengua...Suerte.    



9:33 a.m.

Yo creía que traducir el Trainspotting de Welsh de su slang edingburgués tenía que ser la peor tarea de traducción del mundo hasta que vi que traducían Los Detectives Salvajes de Bolaño y tuve que ir a ojearlo solo para ver como había hecho la traductora para traducir pinche pendejo, gilipollas y causita a inglés estandar (creo que en este caso se perdió mucho).    



11:39 a.m.

Un vínculo a este artículo hemos puesto en http://sia-news.blogspot.com/
Saludos.    



8:32 a.m.

Hazen vastantes lunas que lei “Tierra Baldia” de T.S. Elliot, traducido no se por quien y me pregunto aora ¿es la misma de Girri y su traducion de La tierra yerma? Me parese que si. Jajaja, que tiene que ver tierra baldia con la tierra yerma, y sin embargo son los mismos jajaja quien comprende a los intelectuales?
JACINTO MALOSVIENTOS (Peluquero y maquillador)    



6:38 a.m.

Hay que distinguir dos aspectos en el asunto de las traducciones: una es la calidad objetiva de la traducción, difícil de controlar. No creo que Losada en su época o Tusquets paguen o contraten a correctores de traducciones (de hecho los traductores literarios son peor pagados que los autores, que ya es decir). He encontrado errores de traducción en la versión alemana de "Cien años de soledad" y su editorial es una de la más serias y prestigiosas. Qué leeremos cuando leemos a Szymborska traducida del polaco.. a veces pienso que no lo sabe ni el traductor mismo.

El segundo aspecto es el del gusto: si América Latina fuera un continente de países con políticas culturales y presupuestos de apoyo editorial. Seguramente podríamos permitirnos 2 o 3 versiones al castellano de una misma obra, de manera similar a lo que hace España con el catalán y otras lenguas nacionales. Después de todo es lo que hacen con algunas películas de Disney o Pixar.

Saludos,    



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